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El 2010 viene a sellar
las bodas de plata del
pintor de las floras con
la muerte. Fue repentino
el pacto de René Portocarrero y la parca,
aunque mucho se haya
dicho de su vida
desgastada por el
alcohol y el sufrimiento
ya para 1985. La obra
del artista se detuvo
por primera vez y para
siempre desde que en su
infancia conociera el
goce de la creación.
Dejaron de proliferar
los lienzos, las
acuarelas, los dibujos,
las cerámicas y los
vitrales que solo se
habían interrumpido
temporalmente mientras
el hombre viajaba a otro
país y el alma se
quedaba en Cuba.
Poco confesó a la prensa
quien, sin embargo, se
conocía por sus charlas
amenas en familia y
conversaciones
deleitables con amigos
cercanos. A escasas
personas corresponde el
privilegio de haberlo
escuchado describir su
yo más íntimo, que desde
afuera, otro tal vez
pueda dibujar como un
alfiletero en el cual se
enganchan felicidad,
lujo, dolor, pobreza,
buen humor,
incomprensión, celos,
fama y compromiso.
La crítica llovió sobre
su trabajo desde que en
1934 presentara su
primera exposición en el
Lyceum de La Habana. Los
papeles que faltan sobre
la vida privada de
Portocarrero abundan
sobre la trascendencia
de este pintor de la
llamada segunda
vanguardia de la
plástica cubana. El
fenómeno que algunos
definen como arte de
estilo barroco —el
primero de ellos, Alejo
Carpentier—, y que
germinó casi al margen
de la escuela, dejó
huellas en las revistas
Verbum, Espuela de
Plata, Orígenes y
Tricontinental; en
la Cárcel de La Habana
(mural religioso); en la
iglesia de Bauta; en el
Museo de Arte Moderno de
New York (exposición
personal en 1944); en la
cerámica de Santiago de
Las Vegas; en el
restaurante Las Ruinas
del Parque Lenin; en la
cartelística del ICAIC;
en los salones más
importantes del Consejo
de Estado y de Ministros
de la República; en el
Teatro Nacional de Cuba;
el Museo Nacional de
Bellas Artes y muchos
otros espacios.
Habría que preguntarse
si cientos de
cuartillas, tantas
palabras, han llegado
alguna vez a comprender
el cosmos agazapado
detrás de los interiores
del Cerro, los
carnavales, los
diablillos, las máscaras
y las floras que
Portocarrero quiso poner
en colores para hablar
de lo cubano. De todos
modos, no sobrará nunca,
para lograr explicar la
quintaesencia de esta
obra, el intento de
tomar la máquina del
tiempo y el lente del
curador y volver sobre
su niñez espléndida, las
mudanzas de la familia,
los días de hambre, la
amistad con Lezama o con
Mariano, el vuelco del
´59, las exposiciones,
el vínculo con mujeres
rebeldes como Celia
Sánchez y Haydée
Santamaría, los poemas
propios, el país y el
amor.
Hay una luz amarilla
encendida en una ventana
sobre un lienzo de La
Habana. Puede ser René
Portocarrero quien
espera frente al mar. |