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Con mucha tranquilidad,
como quien tiene el
tiempo del mundo, recibe
Hilda Esther Davis
Portocarrero las
visitas. Y en contraste
con la dinámica
acelerada que en
ocasiones imprimimos a
nuestra cotidianidad,
Hilda se acomoda en una
antigua butaca para
evocar al tío querido
que la mimó entre
caballetes y colores en
su cuarto hasta los seis
años: René Portocarrero.
Pero antes de comenzar
la conversación con
La Jiribilla, Hilda
se espanta con la
presencia de esa intrusa
que a veces resulta la
grabadora en una
tarde-noche de
remembranzas: “A mí no
me gusta eso”, me dice.
Sin embargo, pocos
temores descubrimos en
esta señora de hablar
pausado que a cada tanto
indica “no pongas eso” o
“esto no importa mucho”.
En el recuento va
tomando contornos
definidos el carácter
del artista de la
plástica cubana, el
conjunto de una época,
de una familia, todo
estrechamente
interconectado;
imposible definir o
deslindar fronteras. Ya
lo dijo Portocarrero al
periodista Ciro Bianchi
una vez: “Como pintor
dispongo de un mundo que
me es afín. Un mundo que
fluye desde la niñez. Un
mundo que ciñe y ordena.
Ese mundo es Cuba”.
Si Hilda tuviera que
identificar una
característica de René
César Modesto
Portocarrero Villiers,
el más pequeño de una
extensa familia de siete
hijos, sería el acto de
pintar. Porque según la
sobrina del artista
“pintaba siempre” y
desde siempre, cabría
añadir: “Desde niño
tenía un caballete en su
cuarto y se dedicaba a
la pintura desde que
amanecía. Como los
padres no imponían las
cosas, él siempre se
inclinó por la pintura”.
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De la serie
Carnavales.
Caseína s/
papel. 1970. |
¿Cómo influyó la
dinámica de la familia
en la obra de René
Portocarrero?
Los primeros años de su
vida fueron muy felices.
En eso tuvo que ver la
familia por el cariño,
por la unidad y el amor
que daba a todos los
hijos. Era muy unida y
complaciente, le
gustaban las fiestas, y
realizaba tertulias en
las diferentes casas
donde vivieron, porque
se mudaba mucho. Siempre
en esa mansión había
alegría, amistad,
visitas. Su infancia y
adolescencia fueron muy
buenas, las disfrutó
mucho, y le permitió
pintar siempre.
¿De dónde proviene
esta necesidad de
Portocarrero de
expresarse a través de
la pintura?
Eso era algo muy suyo.
En la familia no se
oponían, pero tampoco lo
impulsaron a escoger
esta manifestación del
arte. Con el tiempo él
empezó a ir a las clases
en San Alejandro, pero
el director tenía un
estilo muy académico,
pegado a los referentes
europeos. René no estaba
de acuerdo y terminó
dejando la escuela. Por
eso se dice que es
autodidacta, aunque
luego fue profesor de
pintura a partir de sus
propias experiencias.
¿De qué manera
funcionó la relación
entre Ud. y su tío?
Yo nací en 1929, cuando
él tenía 17 años. René
estaba muy cercano a mi
mamá, quien murió a los
20 días de mi
nacimiento. Mi papá, que
era primo-hermano de mi
madre, no resistió la
pérdida y como a primera
vista ella había muerto
por causas relacionadas
directamente con el
embarazo, mi padre se
fue de la casa con mi
hermanita y me dejaron
con los Portocarrero.
En la década del 30, la
familia comenzó a
arruinarse. La situación
económica se había
tornado muy complicada,
había disminuido mucho
el nivel de vida.
Entonces, las tías de
René, que eran marquesas
y sabían de alta
costura, tuvieron que
salir a buscar clientes
para mejorar las
condiciones de la casa.
Mi cuna estaba en el
cuarto de ellas. Pero
como tenían que trabajar
y René estaba todo el
día en la casa, la
ponían en su habitación.
Hasta que yo cumplí los
seis años de edad estuvo
atendiéndome; pintando y
atendiéndome. Me daba
papelitos y lápices para
dibujar en la cuna, fue
completamente distinto
al resto de la familia,
que siempre me
sobreprotegía. Recuerdo
que era muy cariñoso.
¿Qué otras
características podría
señalar de la
personalidad de
Portocarrero?
René era muy bailador:
sabía bailar danzón,
danzonete y hasta tango,
y quería enseñarnos a
bailar tango. Era muy
chistoso, con una
cultura amplísima, una
persona muy agradable y
muy amigo de todo el
grupo de los pintores de
su época y de
intelectuales como
Lezama Lima.
Tenía la característica
de poder hablar con
cualquiera.
Muchas personalidades
tienen anécdotas sobre
René.
Por otro lado, él sentía
un gran respeto por las
mujeres, las admiraba de
forma general.
Y ante los múltiples
reconocimientos que
recibía por su trabajo
se mantenía normal, era
muy natural a pesar de
haber sido laureado en
muchas partes del mundo.
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"Campesina".
Óleo s/ tela.
1939. |
En cuanto a su obra, y
regresando sobre sus
propias palabras,
Portocarrero dice pintar
a partir de un mundo que
es Cuba... ¿Cómo se
comporta esta
dependencia del pintor
con su país?
Es curioso que a pesar
de que René saliera
mucho al extranjero y de
que sus cuadros estén en
diferentes museos del
mundo, él nunca se
inspirara para pintar
fuera de Cuba. La
Habana, sus lugares
antiguos, sus paisajes, fueron siempre fuentes fundamentales para su creación artística.
Esto se ve en el reflejo
constante de la ciudad:
esa era su predilección.
Cualquiera de sus
rincones lo inspiraba y
quiso expresar en sus
pinturas la cubanía que
encontraba en todas las
partes de la urbe y el
amor que le tenía. En
series de temática
religiosa también se ve
su intención de
incorporar en su pintura
a nuestros ancestros,
las raíces de nuestra
idiosincrasia, porque
siempre fue muy cubano,
muy nacionalista, muy
martiano, muy humanista.
¿Mantuvieron
Portocarrero y usted la
estrecha relación de los
primeros tiempos?
Sí. Cuando mi abuela
murió, los tíos se
fueron separando, y René
decidió mudarse para el
edificio Carreño. Aún
era muy pobre, lo fue
hasta que su pintura
resultó realmente
reconocida luego del
triunfo de la
Revolución; aunque,
claro, su obra era
celebrada desde mucho
antes.
Cuando mi papá murió, me
ocupé de atenderlo,
siempre de la mano de
Celia Sánchez. Mi tío me
decía Hildita. Yo iba a
menudo a visitarlo al
apartamento donde tenía
su estudio. No dejaba
entrar a cualquiera a su
casa, pero pasé muchos
ratos allí. Cuando
estaba angustiada o
deprimida, iba a verlo y
conversaba con él mucho
tiempo: René tenía la
facultad de ayudar a las
personas a sentirse
mejor. Y contaba con un
conocimiento muy amplio
de los más diversos
temas, así que el
diálogo con él era
siempre ameno y alegre.
Le encantaba hacer
chistes y uno salía de
allí diferente, con más
ánimos.
Además, la casa era muy
linda. Tenía un hall con
una consola llena de
muñecos chinos de
porcelana y una vitrina
con copas de bacarat y
cuadros de otros
pintores de su época
como Mariano Rodríguez,
Wifredo Lam o Amelia
Peláez, y pinturas de él
y de Raúl Milián. El
apartamento estaba en un
edificio precioso frente
al Hotel Nacional, en el
sexto piso y la vista
era maravillosa.
Sin embargo, a pesar
de las conversaciones
que Ud. refiere, dicen
que le llamaban “el
mudo”...
Bueno, Raúl Milián y
René eran muy selectivos
para acoger visitas en
el apartamento donde
vivían. Se asomaban por
el ojo mágico de la
puerta y decidían quién
entraba y quién no. A mí
me dejaban pasar, pero
habían todo tipo de
historias. Y con la
prensa era parco, no le
gustaban las
entrevistas, de hecho,
dio muy pocas.
Volviendo un poco atrás,
Ud. decía que la
Revolución fue un
acontecimiento
significativo en su
vida...
Sí, él estuvo muy de
acuerdo con la
Revolución desde el
principio y muy contento
con las primeras leyes.
Luego Haydée Santamaría
lo amparó, como a otros
intelectuales y
artistas. También Celia
Sánchez, atraída por su
pintura, le encargó
muchos de los cuadros
que adornan los salones
del Consejo de Estado y
el Consejo de Ministros.
Creo que con el triunfo
de la Revolución René
fue más optimista, más
alegre. Estaba muy
impresionado por esa
expresión de pueblo y
empezó a hacer murales,
a ubicar sus mosaicos en
las calles, sobre las
aceras. Y aparecieron
series diferentes,
nuevas temáticas.
Sin duda, esta
expansión, luego de
1959, tuvo que ver mucho
con las figuras de Celia
y Haydée, a quienes él
adoraba. Para la serie
de las Floras,
según me dijo alguna
vez, él se inspiró en
Celia. En otra de las
series de mujeres, tomó
como referente el rostro
de mi mamá.
Un ejemplo de su
entusiasmo fue que no
quería dejar sus bienes
a la familia, sino al
Estado. Recuerdo que le
pedí que hiciera un
testamento y me
respondía: “eso está
arreglado. Celia me dijo
que este apartamento
quedará como museo”.
Pero Celia murió antes y
la historia fue
diferente.
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“Figura
ornamentada”.
Tinta s/ papel.
1963. |
Tengo entendido que
usted prepara un libro
sobre la vida y obra de
René Portocarrero. ¿En
qué consiste el
proyecto?
La idea, aprobada por la
Unión Nacional de
Escritores y Artistas de
Cuba, es realizar un
compendio de lo que han
expresado distintas
personalidades
nacionales y
extranjeras sobre la
propuesta artística de
René. Todos esos
testimonios o críticas
están dispersos en
revistas, catálogos de
exposiciones, textos de
conferencias. Lo que
estamos haciendo es
rescatarlos y
organizarlos. Queremos
ilustrar el libro con
sus pinturas, por
supuesto. Además, Nancy
Morejón acaba de darme
la idea de entrevistar a
otros pintores
contemporáneos, para
conocer la influencia
que ha tenido
Portocarrero en ellos.
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