Año IX
La Habana
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Entrevista con Hilda Esther Davis Portocarrero

Un mapa para dibujar lo cubano

Celia Medina Llanusa • La Habana

 

Con mucha tranquilidad, como quien tiene el tiempo del mundo, recibe Hilda Esther Davis Portocarrero las visitas. Y en contraste con la dinámica acelerada que en ocasiones imprimimos a nuestra cotidianidad, Hilda se acomoda en una antigua butaca para evocar al tío querido que la mimó entre caballetes y colores en su cuarto hasta los seis años: René Portocarrero. Pero antes de comenzar la conversación con La Jiribilla, Hilda se espanta con la presencia de esa intrusa que a veces resulta la grabadora en una tarde-noche de remembranzas: “A mí no me gusta eso”, me dice. Sin embargo, pocos temores descubrimos en esta señora de hablar pausado que a cada tanto indica “no pongas eso” o “esto no importa mucho”.

En el recuento va tomando contornos definidos el carácter del artista de la plástica cubana, el conjunto de una época, de una familia, todo estrechamente interconectado; imposible definir o deslindar fronteras. Ya lo dijo Portocarrero al periodista Ciro Bianchi una vez: “Como pintor dispongo de un mundo que me es afín. Un mundo que fluye desde la niñez. Un mundo que ciñe y ordena. Ese mundo es Cuba”.

Si Hilda tuviera que identificar una característica de René César Modesto Portocarrero Villiers, el más pequeño de una extensa familia de siete hijos, sería el acto de pintar. Porque según la sobrina del artista “pintaba siempre” y desde siempre, cabría añadir: “Desde niño tenía un caballete en su cuarto y se dedicaba a la pintura desde que amanecía. Como los padres no imponían las cosas, él siempre se inclinó por la pintura”.


De la serie Carnavales. Caseína s/ papel. 1970.

¿Cómo influyó la dinámica de la familia en la obra de René Portocarrero?

Los primeros años de su vida fueron muy felices. En eso tuvo que ver la familia por el cariño, por la unidad y el amor que daba a todos los hijos. Era muy unida y complaciente, le gustaban las fiestas, y realizaba tertulias en las diferentes casas donde vivieron, porque se mudaba mucho. Siempre en esa mansión había alegría, amistad, visitas. Su infancia y adolescencia fueron muy buenas, las disfrutó mucho, y le permitió pintar siempre.

¿De dónde proviene esta necesidad de Portocarrero de expresarse a través de la pintura?

Eso era algo muy suyo. En la familia no se oponían, pero tampoco lo impulsaron a escoger esta manifestación del arte. Con el tiempo él empezó a ir a las clases en San Alejandro, pero el director tenía un estilo muy académico, pegado a los referentes europeos. René no estaba de acuerdo y terminó dejando la escuela. Por eso se dice que es autodidacta, aunque luego fue profesor de pintura a partir de sus propias experiencias.

¿De qué manera funcionó la relación entre Ud. y su tío?

Yo nací en 1929, cuando él tenía 17 años. René estaba muy cercano a mi mamá, quien murió a los 20 días de mi nacimiento. Mi papá, que era primo-hermano de mi madre, no resistió la pérdida y como a primera vista ella había muerto por causas relacionadas directamente con el embarazo, mi padre se fue de la casa con mi hermanita y me dejaron con los Portocarrero.

En la década del 30, la familia comenzó a arruinarse. La situación económica se había tornado muy complicada, había disminuido mucho el nivel de vida. Entonces, las tías de René, que eran marquesas y sabían de alta costura, tuvieron que salir a buscar clientes para mejorar las condiciones de la casa. Mi cuna estaba en el cuarto de ellas. Pero como tenían que trabajar y René estaba todo el día en la casa, la ponían en su habitación. Hasta que yo cumplí los seis años de edad estuvo atendiéndome; pintando y atendiéndome. Me daba papelitos y lápices para dibujar en la cuna, fue completamente distinto al resto de la familia, que siempre me sobreprotegía. Recuerdo que era muy cariñoso.

¿Qué otras características podría señalar de la personalidad de Portocarrero?

René era muy bailador: sabía bailar danzón, danzonete y hasta tango, y quería enseñarnos a bailar tango. Era muy chistoso, con una cultura amplísima, una persona muy agradable y muy amigo de todo el grupo de los pintores de su época y de intelectuales como Lezama Lima. Tenía la característica de poder hablar con cualquiera. Muchas personalidades tienen anécdotas sobre René.

Por otro lado, él sentía un gran respeto por las mujeres, las admiraba de forma general. Y ante los múltiples reconocimientos que recibía por su trabajo se mantenía normal, era muy natural a pesar de haber sido laureado en muchas partes del mundo.

"Campesina". Óleo s/ tela. 1939.

En cuanto a su obra, y regresando sobre sus propias palabras, Portocarrero dice pintar a partir de un mundo que es Cuba...  ¿Cómo se comporta esta dependencia del pintor con su país?

Es curioso que a pesar de que René saliera mucho al extranjero y de que sus cuadros estén en diferentes museos del mundo, él nunca se inspirara para pintar fuera de Cuba. La Habana, sus lugares antiguos, sus paisajes, fueron siempre fuentes fundamentales para su creación artística.

Esto se ve en el reflejo constante de la ciudad: esa era su predilección. Cualquiera de sus rincones lo inspiraba y quiso expresar en sus pinturas la cubanía que encontraba en todas las partes de la urbe y el amor que le tenía. En series de temática religiosa también se ve su intención de incorporar en su pintura a nuestros ancestros, las raíces de nuestra idiosincrasia, porque siempre fue muy cubano, muy nacionalista, muy martiano, muy humanista.

¿Mantuvieron Portocarrero y usted la estrecha relación de los primeros tiempos?

Sí. Cuando mi abuela murió, los tíos se fueron separando, y René decidió mudarse para el edificio Carreño. Aún era muy pobre, lo fue hasta que su pintura resultó realmente reconocida luego del triunfo de la Revolución; aunque, claro, su obra era celebrada desde mucho antes.

Cuando mi papá murió, me ocupé de atenderlo, siempre de la mano de Celia Sánchez. Mi tío me decía Hildita. Yo iba a menudo a visitarlo al apartamento donde tenía su estudio. No dejaba entrar a cualquiera a su casa, pero pasé muchos ratos allí. Cuando estaba angustiada o deprimida, iba a verlo y conversaba con él mucho tiempo: René tenía la facultad de ayudar a las personas a sentirse mejor. Y contaba con un conocimiento muy amplio de los más diversos temas, así que el diálogo con él era siempre ameno y alegre. Le encantaba hacer chistes y uno salía de allí diferente, con más ánimos.

Además, la casa era muy linda. Tenía un hall con una consola llena de muñecos chinos de porcelana y una vitrina con copas de bacarat y cuadros de otros pintores de su época como Mariano Rodríguez, Wifredo Lam o Amelia Peláez, y pinturas de él y de Raúl Milián. El apartamento estaba en un edificio precioso frente al Hotel Nacional, en el sexto piso y la vista era maravillosa.

Sin embargo, a pesar de las conversaciones que Ud. refiere, dicen que le llamaban “el mudo”...

Bueno, Raúl Milián y René eran muy selectivos para acoger visitas en el apartamento donde vivían. Se asomaban por el ojo mágico de la puerta y decidían quién entraba y quién no. A mí me dejaban pasar, pero habían todo tipo de historias. Y con la prensa era parco, no le gustaban las entrevistas, de hecho, dio muy pocas.

Volviendo un poco atrás, Ud. decía que la Revolución fue un acontecimiento significativo en su vida...

Sí, él estuvo muy de acuerdo con la Revolución desde el principio y muy contento con las primeras leyes. Luego Haydée Santamaría lo amparó, como a otros intelectuales y artistas. También Celia Sánchez, atraída por su pintura, le encargó muchos de los cuadros que adornan los salones del Consejo de Estado y el Consejo de Ministros.

Creo que con el triunfo de la Revolución René fue más optimista, más alegre. Estaba muy impresionado por esa expresión de pueblo y empezó a hacer murales, a ubicar sus mosaicos en las calles, sobre las aceras. Y aparecieron series diferentes, nuevas temáticas.

Sin duda, esta expansión, luego de 1959, tuvo que ver mucho con las figuras de Celia y Haydée, a quienes él adoraba. Para la serie de las Floras, según me dijo alguna vez, él se inspiró en Celia. En otra de las series de mujeres, tomó como referente el rostro de mi mamá.

Un ejemplo de su entusiasmo fue que no quería dejar sus bienes a la familia, sino al Estado. Recuerdo que le pedí que hiciera un testamento y me respondía: “eso está arreglado. Celia me dijo que este apartamento quedará como museo”. Pero Celia murió antes y la historia fue diferente.


“Figura ornamentada”. Tinta s/ papel. 1963.

Tengo entendido que usted prepara un libro sobre la vida y obra de René Portocarrero. ¿En qué consiste el proyecto?

La idea, aprobada por la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, es realizar un compendio de lo que han expresado distintas personalidades  nacionales y extranjeras sobre la propuesta artística de René. Todos esos testimonios o críticas están dispersos en revistas, catálogos de exposiciones, textos de conferencias. Lo que estamos haciendo es rescatarlos y organizarlos. Queremos ilustrar el libro con sus pinturas, por supuesto. Además, Nancy Morejón acaba de darme la idea de entrevistar a otros pintores contemporáneos, para conocer la influencia que ha tenido Portocarrero en ellos.

 

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