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Una de las primeras
argucias aprendidas con
el oficio periodístico
fue la de recelar de
generalizaciones o
valoraciones totales,
por lo peligroso de que
el futuro, con sus
habituales ires y
venires, las pudiera
contradecir. Sin
embargo, no me quedan
dudas para sentenciar
que, entre la generación
de trovadores salidos a
la palestra a mediados
de la década del
noventa, el santaclareño
Leonardo García resulta
uno de los más
trascendentes. Y fíjense
que no utilizo otro
adjetivo para
caracterizarlo, pues
escucharlo me ha
convencido de que,
cuando pasen los años,
las décadas, las
generaciones, la obra de
este bardo será todavía
recordada por quienes
confíen en la magia
resultante de la
sinergia entre guitarra
y poesía.
Se trata de uno de los
integrantes de esa tropa
que desde el centro de
la Isla han hecho de la
peña La Trovuntivitis
pulso de la canción de
autor contemporánea.
Junto a él, otros como
Rolando Berrío, Alain
Garrido, Raúl Marchena y
Yaíma Orozco, convierten
al espacio habitual de
los jueves de El Mejunje
en un verdadero
laboratorio creativo,
donde convergen
disímiles estéticas y
propuestas cuyo hilo
conductor resulta esa
actitud de narrar el
mundo a través de las
cuerdas de la guitarra.
En cierta ocasión le
escuché a Leonardo que
no le interesa salir de
Santa Clara, pues allí
ha encontrado espacios
institucionales capaces
de reconocer este tipo
de trabajo, además de un
público que sigue a sus
bardos de manera
invariable. Pero, aunque
en materia de trova y
bohemia Santa Clara
continúe a la cabeza,
estar alejados de los
centros mediáticos y
promocionales
capitalinos ha sido una
de las razones por las
cuales la labor de estos
cantautores no ha
llegado a posicionarse
en el sitio que le
pertenecería.
Quién sabe si porque
privilegia el
pensamiento sobre la
banalidad imperante en
gran parte de los
proyectos preferidos por
las grandes audiencias,
ha tocado a la trova
quedar relegada por la
difusión, las casas
discográficas, la
prensa. Su propuesta,
desde Pepe Sánchez hasta
hoy, no se aviene al
ansia de consumo y
comercialidad que rige
el mercado de la música
a nivel internacional.
Sin embargo, no por ello
esta corriente creativa,
intrínseca a nuestra
nacionalidad hace ya más
de un siglo, ha quedado
olvidada. Varios son los
creadores e intérpretes
que contra viento y
marea siguen apostando
por defenderla; y más
los trovadictos que la
persiguen ya sea en
copias caseras,
grabaciones
independientes o en
conciertos casi
furtivos, si atendemos a
lo débil de su
divulgación.
Leonardo García es uno
de esos que escucha,
vive y razona, para
luego tornar su
experiencia verso y
melodía. Sus canciones
explotan la metáfora
profunda, el simbolismo
de la realidad más
cercana, toman lo mejor
de la herencia sonora
que le antecede, y, al
mismo tiempo, describen
de forma transparente la
cotidianidad del amor,
de la nostalgia, de la
Isla.
El concierto ofrecido
por el creador el sábado
3 de julio en el teatro
del Museo Nacional de
Bellas Artes, en Ciudad
de La Habana, concedió
la oportunidad a quienes
residimos en esta
provincia de
reencontrarnos en vivo
con el cantautor. Pese a
no alcanzar la alta
convocatoria de sus
anteriores
presentaciones en
escenarios capitalinos
como el Centro Pablo de
la Torriente Brau; el
patio de Baldovina, de
la revista digital La
Jiribilla; o en el
propio Museo hace ya más
de un lustro, la función
logró notoriedad y
sirvió para disfrutar de
sus temas habituales así
como para actualizarnos
de su más reciente
repertorio.
Los más de noventa
minutos de canción
transcurrieron casi
todos a guitarra, si
bien García se hizo
acompañar por el
percusionista David
Hernández,… en el bajo e
Inti Santana en las
voces. Los temas “Entre
la luna y yo”,
“Canción del puerto”,
“El demagogo”, “Emilio”,
“De paso por el Sol”,
“De casa en casa” y “El
cocodrilo”, fueron de
los más aplaudidos por
un público que pidió
bis y consiguió el
retorno del aclamado a
la escena, para terminar
con “Alcohol 90”
y “Recreación Sana”.
Contrario al estereotipo
en boga del trovador
bohemio y desenfadado,
Leonardo define su
desempeño escénico por
la sobriedad,
característica que marcó
este concierto en el
cual no existieron
grandes hallazgos o
sorpresivos giros
estilísticos, sino la
confirmación de
irrefutables certezas.
Tal como escribiera su
coterráneo Yamil Díaz,
se trata de “un trovador
profesional”, con una
carrera coherente y en
constante crecimiento.
En la nota que presenta
el disco De paso por
el sol, grabación
del concierto A
guitarra limpia de
Leonardo, el poeta
villaclareño continúa:
“Sus más cercanos
colegas admiran en él al
intérprete que se
detiene celoso en
matices y detalles; que
sabe usar con mesura el
falsete para explotar
mejor su bien timbrada
voz de color muy
atractivo, que tiende a
lo académico en su
ejecución guitarrística.
Y admiran al compositor
cuyos diseños melódicos
se apoyan en fraseos
prolongados, que muestra
preferencia por los
ritmos ternarios y que
dota sus melodías de un
tratamiento armónico
eficaz y transparente”.
Ahora bien, sobre el
talento de aprovechar al
máximo las destrezas
musicales, lo que define
a este artista es el
lirismo de su discurso.
Se trata de un autor que
sale al mundo vestido
de humano;
comprometido con su
realidad porque, como
declara en uno de sus
temas: no quiero
fallarle a los míos.
La madurez para reflejar
los conflictos de una
época en la que el
caimán cuelga de su
corazón, no pierde
la ternura que
despierta en espiral
y conoce esa
semejanza entre el árbol
y Dios; una
sensibilidad que clama
por esa pobre gente
que no ve, que el futuro
apremia, y anda de
paso por el sol,
escuchando los cantares
de su generación,
mientras una mano
alcanza la razón y otra
menos alta la imaginará.
Para nuestra fortuna,
Leonardo García es de
los que imaginan, a la
par que cuestionan y
construyen su universo.
Y, aunque sus
presentaciones no
alcancen la masividad de
otros géneros musicales,
y los medios sigan
privilegiando propuestas
de dudosas calidades
estéticas; desde Santa
Clara, con la constancia
que hasta hoy lo
identifica, este juglar
del siglo XXI continúa
legando a los seres del
mañana la metáfora
vibrante de su tiempo.
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