Año IX
La Habana
3 al 9
de JULIO
de 2010

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Trova para mañana

Helen Hernández • La Habana

Foto: Yander Zamora

 

Una de las primeras argucias aprendidas con el oficio periodístico fue la de recelar de generalizaciones o valoraciones totales, por lo peligroso de que el futuro, con sus habituales ires y venires, las pudiera contradecir. Sin embargo, no me quedan dudas para sentenciar que, entre la generación de trovadores salidos a la palestra a mediados de la década del noventa, el santaclareño Leonardo García resulta uno de los más trascendentes. Y fíjense que no utilizo otro adjetivo para caracterizarlo, pues escucharlo me ha convencido de que, cuando pasen los años, las décadas, las generaciones, la obra de este bardo será todavía recordada por quienes confíen en la magia resultante de la sinergia entre guitarra y poesía.  

Se trata de uno de los integrantes de esa tropa que desde el centro de la Isla han hecho de la peña La Trovuntivitis pulso de la canción de autor contemporánea. Junto a él, otros como Rolando Berrío, Alain Garrido, Raúl Marchena y Yaíma Orozco, convierten al espacio habitual de los jueves de El Mejunje en un verdadero laboratorio creativo, donde convergen disímiles estéticas y propuestas cuyo hilo conductor resulta esa actitud de narrar el mundo a través de las cuerdas de la guitarra.  

En cierta ocasión le escuché a Leonardo que no le interesa salir de Santa Clara, pues allí ha encontrado espacios institucionales capaces de reconocer este tipo de trabajo, además de un público que sigue a sus bardos de manera invariable. Pero, aunque en materia de trova y bohemia Santa Clara continúe a la cabeza, estar alejados de los centros mediáticos y promocionales capitalinos ha sido una de las razones por las cuales la labor de estos cantautores no ha llegado a posicionarse en el sitio que le pertenecería.  

Quién sabe si porque privilegia el pensamiento sobre la banalidad imperante en gran parte de los proyectos preferidos por las grandes audiencias, ha tocado a la trova quedar relegada por la difusión, las casas discográficas, la prensa. Su propuesta, desde Pepe Sánchez hasta hoy, no se aviene al ansia de consumo y comercialidad que rige el mercado de la música a nivel internacional. Sin embargo, no por ello esta corriente creativa, intrínseca a nuestra nacionalidad hace ya más de un siglo, ha quedado olvidada. Varios son los creadores e intérpretes que contra viento y marea siguen apostando por defenderla; y más los trovadictos que la persiguen ya sea en copias caseras, grabaciones independientes o en conciertos casi furtivos, si atendemos a lo débil de su divulgación. 

Leonardo García es uno de esos que escucha, vive y razona, para luego tornar su experiencia verso y melodía. Sus canciones explotan la metáfora profunda, el simbolismo de la realidad más cercana, toman lo mejor de la herencia sonora que le antecede, y, al mismo tiempo, describen de forma transparente la cotidianidad del amor, de la nostalgia, de la Isla.    

El concierto ofrecido por el creador el sábado 3 de julio en el teatro del Museo Nacional de Bellas Artes, en Ciudad de La Habana, concedió la oportunidad a quienes residimos en esta provincia de reencontrarnos en vivo con el cantautor. Pese a no alcanzar la alta convocatoria de sus anteriores presentaciones en escenarios capitalinos como el Centro Pablo de la Torriente Brau; el patio de Baldovina, de la revista digital La Jiribilla; o en el propio Museo hace ya más de un lustro, la función logró notoriedad y sirvió para disfrutar de sus temas habituales así como para actualizarnos de su más reciente repertorio.  

Los más de noventa minutos de canción transcurrieron casi todos a guitarra, si bien García se hizo acompañar por el percusionista David Hernández,… en el bajo e Inti Santana en las voces. Los temas “Entre la luna y yo”, “Canción del puerto”, “El demagogo”, “Emilio”, “De paso por el Sol”, “De casa en casa” y “El cocodrilo”, fueron de los más aplaudidos por un público que pidió bis y consiguió el retorno del aclamado a la escena, para terminar con “Alcohol 90” y “Recreación Sana”.   

Contrario al estereotipo en boga del trovador bohemio y desenfadado, Leonardo define su desempeño escénico por la sobriedad, característica que marcó este concierto en el cual no existieron grandes hallazgos o sorpresivos giros estilísticos, sino la confirmación de irrefutables certezas.  

Tal como escribiera su coterráneo Yamil Díaz, se trata de “un trovador profesional”, con una carrera coherente y en constante crecimiento. En la nota que presenta el disco De paso por el sol, grabación del concierto A guitarra limpia de Leonardo, el poeta villaclareño continúa: “Sus más cercanos colegas admiran en él al intérprete que se detiene celoso en matices y detalles; que sabe usar con mesura el falsete para explotar mejor su bien timbrada voz de color muy atractivo, que tiende a lo académico en su ejecución guitarrística. Y admiran al compositor cuyos diseños melódicos se apoyan en fraseos prolongados, que muestra preferencia por los ritmos ternarios y que dota sus melodías de un tratamiento armónico eficaz y transparente”. 

Ahora bien, sobre el talento de aprovechar al máximo las destrezas musicales, lo que define a este artista es el lirismo de su discurso. Se trata de un autor que sale al mundo vestido de humano; comprometido con su realidad porque, como declara en uno de sus temas: no quiero fallarle a los míos. La madurez para reflejar los conflictos de una época en la que el caimán cuelga de su corazón, no pierde la ternura que despierta en espiral y conoce esa semejanza entre el árbol y Dios; una sensibilidad que clama por esa pobre gente que no ve, que el futuro apremia, y anda de paso por el sol, escuchando los cantares de su generación, mientras una mano alcanza la razón y otra menos alta la imaginará.  

Para nuestra fortuna, Leonardo García es de los que imaginan, a la par que cuestionan y construyen su universo. Y, aunque sus presentaciones no alcancen la masividad de otros géneros musicales, y los medios sigan privilegiando propuestas de dudosas calidades estéticas; desde Santa Clara, con la constancia que hasta hoy lo identifica, este juglar del siglo XXI continúa legando a los seres del mañana la metáfora vibrante de su tiempo.

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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