|
Al estudiar el legado
plástico de René
Portocarrero, se hace
evidente la rica
simbiosis que su poética
establece con los
presupuestos del grupo
Orígenes. Volcado
en la reinvención de lo
insular, a partir de una
mirada que organiza de
manera barroca los
fragmentos de realidad
de los que va a
apoderarse, sus
Máscaras, sus
Carnavales o sus
Ciudades, son de la
misma estirpe que esas
vastas construcciones de
nuestro pensamiento que
son Tratados en La
Habana, de José
Lezama Lima o Lo
cubano en la poesía,
de Cintio Vitier. Se
trata de una impronta
generacional, más allá
de cualquier manifiesto,
que se traduce en una
voluntad de rescate y
reedificación de una
tradición nacional como
escudo contra la
trivialización y el
sinsentido.
El artista estuvo
vinculado a los empeños
congregantes de Lezama
desde muy temprano. Ya
en el segundo número de
Verbum, en agosto
de 1937, aparece su
poema “Distante voz y
signo”, en el que el
creador busca la ruptura
con ciertas rutinas
verbales y pictóricas
para entrar en lo
secreto y prohibido:
“Recomenzando siempre
retornan las palabras
que descienden directas
de la flor circuncisa.
El cristo de la estampa
me atormenta
la aurora.
La lista de sus dardos
llegando están
al sueño, de
adolescencia ardido,
de ese niño que mira
fijamente a los ojos
de la noche dormida.”[1]
Su presencia en el
proyecto de Espuela
de plata fue todavía
mayor. No solo fue uno
de los siete que
“aconsejaban” dentro de
su redacción, sino que
dibujó el logotipo de la
publicación en el que
una mano abierta muestra
en la palma la espuela
argentada que tiene algo
de brújula, junto a ella
hay una paloma de trazos
muy sumarios.
Curiosamente, este solo
se empleó en las dos
primeras entregas.
Además colocó dibujos
sumamente elaborados en
los números segundo,
quinto y sexto.
Fue precisamente en esta
revista donde apareció
uno de los primeros
textos verdaderamente
significativos sobre su
obra: “Enlaces de líneas
en Portocarrero”, de Guy
Pérez Cisneros, allí
este crítico
tempranamente fallecido,
se complace en el rigor
de su dibujo y en la
condición poética de sus
creaciones, pero su
reflexión va más allá,
hacia las relaciones
entre la obra del
creador con el mundo
real y con el tiempo.
Estamos a la vez ante el
juicio crítico, la
especulación filosófica
y la mirada poética
cuando leemos allí:
“No se puede hablar de
la línea en Portocarrero
como de un hilo tendido.
Tiene siempre valor
genético. Solo se
concibe como un punto en
desplazamiento; como un
vector sin punto final y
que ansía este último en
cada instante. (...) Con
esta línea en perpetuo
desarrollo que apresa al
ojo en su peripecia,
nuestra mente se muestra
impotente para captar
con un “vástago” la
obra. Debe resbalar y
seguir la misteriosa
continuidad del punto
generador. El tiempo a
la par que el movimiento
se infiltra así en la
obra y en esos dibujos
resulta más justo hablar
de simultaneidad que de
espacio, simultaneidad
de dos tiempos que no
crean espacio.”[2]
Más allá de cualquier
escisión, Portocarrero
siguió vinculado a los
empeños de Lezama. En
Nadie parecía
(1942-1944) no solo
colabora con dibujos en
los números V, VI, VII y
IX y coloca una
reproducción de su
importante obra
Catedral, que es un
remoto anticipo de sus
ciudades, sino que da a
la luz unas Notas
sobre su quehacer, muy
importantes para conocer
sus presupuestos
estéticos:
|

“Catedral”. Óleo
s/ tela. 1956. |
“El arte para el artista
creador debe ser, como
una profunda y
misteriosa llamada de lo
desconocido, un
conservarse virgen de
toda dialéctica,
inservible para la
conservación de una
necesaria pureza de
miras, para poder así
recrearse en nuevos
conocimientos, en virtud
de gracia y nobleza
primitivas […].
“[…] Que no pinto
‘cosas’, sino que
pretendo hacer pintura.
Y que si las cosas
necesariamente tienen
que ser parte, formas
substancialmente
representativas en el
cuadro, o mejor dicho,
dentro de la
composición, éstas se
atienen siempre cuando
el momento es verdadero
a una ordenación
misteriosa de la
intuición estética. En
la actualidad pinto
Cristos y Catedrales y
temas de la Pasión,
siendo el color lo
determinante
estéticamente en
ellos...”[3]
Su obra, atrajo
especialmente a Lezama,
en ella le obsesionaban
“el tema de los
orígenes, donde se
instala la raíz del
porqué se crea”[4],
el diálogo que este
quehacer establece con
la tradición plástica
cubana y europea, así
como las ricas
posibilidades exegéticas
que encontró en la
pintura de este creador,
a la que llegó a buscar
una fundamentación
estética y hasta
teológica en textos como
“René Portocarrero y su
eudemonismo teológico”,
publicado en Nadie
parecía, “Máscaras
de Portocarrero” que vio
la luz en el Diario
de la Marina el 10
de julio de 1955 —ambos
fueron recogidos después
en Tratados en La
Habana— y muy
especialmente en el
“Homenaje a René
Portocarrero”,
aparecido en Cuba en
la UNESCO en agosto
de 1964 y posteriormente
incluido en La
cantidad hechizada.
Respecto a los
“orígenes”, Lezama
descubre que: “Así
Portocarrero, el de los
dibujos y el de los
óleos, el que habla y el
que calla, está todo
dominado por la rica
apetencia de sus
orígenes, dándonos el
testimonio de lo primero
que él vio que se hizo”[5].
Origen significa aquí no
solo retorno a la
infancia, recuperación
de un paraíso perdido,
nostalgia de la vida
familiar tradicional,
sino, sobre todo,
reflexión sobre la vasta
herencia que se oculta
en el pasado cubano y
comprende a todo el
universo, a cuyas
fuentes es necesario
volver para un
reconocimiento de
nuestra condición,
garantía esencial para
la autenticidad del
hecho artístico.
Si Lezama considera “la
problemática
contemporánea del
conocimiento de todos
los estilos”[6]
como una especie de
juego que encubre una
pobreza esencial, opone
a ella el que al pintor
“siempre la obra se le
muestra como un conjunto
que ha sido ‘iluminado’
en un ‘instante’”[7]
lo que equivaldría a lo
que el propio Lezama ha
definido como el
‘súbito’ en su “Sistema
Poético”. Esta cualidad
le hace ver una supuesta
desaparición de la
antinomia genérica:
dibujo – pintura, pues
“lo cuantitativo
simbólico que comienza
en sus dibujos, es
después trasladado, en
forma intensivo -
figurativa, a sus óleos,
para admitir tan solo el
relieve, la feria y el
testimonio irrecusable”[8].
Ambos géneros rompen sus
fronteras dado el
sentido que el artista
les otorga, que tiende a
unificarlos en una sola
poética:
“Sus dibujos inician
aventuras, como sus
óleos son los finales de
Ulises, definiendo sus
recuerdos. Allí
Portocarrero intenta
llegar a lo diferenciado
por lo indiferenciado, a
lo intemporal por lo
histórico. Prueba
exhalada por un anhelo
de últimas posibilidades
de llegar a una
inserción de la gracia
individual en la res
extensa.”[9]
En “Máscaras de
Portocarrero” se
nos dice:
“Alcanzar una madurez
como proeza en la
jerarquía de las formas,
que es el espléndido
caso excepcional de
Portocarrero, significa
alcanzar cualidades y
esencias que se van
reiterando en las
generaciones. Nuevos
hombres luchan por las
esencias, que ni son
nuevas pues flotan como
arquetipos de lo
temporal, y están
repitiendo un cuerpo, un
aliento, que alcanzó el
misterio de sus
analogías. ¿No existen
hoy las constantes de
jabalinas, halos,
sonrisas, manzanas,
gatos y guitarras? He
ahí nombres que se
aclaran, cuerpos que
acuden de nuevo como en
los conjuros órficos.”[10]
Para el escritor,
Portocarrero ha llegado
a poseer “lo
indiferenciado”, el
secreto último que
permite insertarse en
una forma estilística
previa y esto está
asociado también con el
cultivo de una
artesanía, una tradición
del oficio que “libera
al yo de las cenizas de
su descenso último”[11],
por eso puede elogiar
que sea capaz de pintar
“algunas escenas de la
Pasión, como un
primitivo teutón”,
refiriéndose a sus
cuadros “Crucifixión” y
“Entierro de Cristo”,
creados en 1943, por
encargo del presbítero
Ángel Gaztelu para la
Iglesia de Bauta.
Aunque Lezama se regodee
en la riqueza formal del
barroquismo del pintor,
prefiere subordinar este
a una idea poética cuyo
fundamento es lo
trascendente, de ahí su
aventurada definición
del método creador del
artista, al que deriva
de la poesía inglesa:
“Cada vez que él
aseguraba un elemento de
lo cercano colonial,
verja o arco coloreado,
le provocaba lo que es
frecuente en la lírica
inglesa, a distance
landscape, una
impulsión para caer en
las tierras más
distantes.”[12].
En este asunto abundará
el escritor más de dos
décadas después en su
“Homenaje a
Portocarrero”, allí
teoriza sobre el efecto
de la “lejanía”,
empleando el concepto
poético de inscape
—acuñado por el
poeta Gerard Manley
Hopkins— destinado a
expresar el “secreto
ontológico”, la “forma
interna”. Cuando el
pintor apresa la lejanía
en una imagen, frente al
“landscape” o paisaje
tradicional como lo
concebían los pintores
del siglo XIX, un
Turner, por ejemplo:
“La lejanía se convierte
en un hecho que muy
pronto el pintor
convierte en una imagen,
pero la imagen reobra
sobre el sujeto,
convirtiéndose en una
forma interna, que es al
propio tiempo la forma
interna de la materia en
su devenir y en su
signo. El primer envío
del hecho cumplido, nos
da la penetración de la
imagen en el sujeto,
pero el inscape
produce una melodía que
desovilla la forma
interna. La forma de la
penetración es la etapa
última de la materia,
tal como la vieron los
griegos, la melodía de
la forma interna se
resuelve en la
infinitud, en el
crecimiento en la escala
de Jacob, con la llegada
de esa melodía que rompe
la planicie de la
semejanza en la
externidad.”[13]
Al inscape, se
une la imagen del árbol,
concebido como el
centro, alrededor del
cual se funda una
estructura, el que une
lo alto con lo bajo, lo
oscuro con lo luminoso,
es el fundamento de la
identidad, el que otorga
gravedad a cualquier
creación. Los interiores
y ciudades que inventa
el artista pueden ser
reconocidos como cubanos
por la existencia de ese
árbol:
“Portocarrero demuestra
la medida que han ido
integrando sus visiones,
que toda ciudad se
sustenta en la imagen,
como toda casa tiene su
raíz en la forma
interna, en el
inscape, en la
melodía que devuelve la
penetración. En el
centro de toda casa hay
una estructura, un
árbol, que convierte lo
real en sacramental, lo
sacramental en
germinativo. El árbol en
el centro de la casa
logra un tiempo sin
antecedentes ni
consecuentes, un tiempo
resguardado de su
fragmentación en los
anillos de la serpiente.
En lo inmediato y en la
lejanía, el cubano
sentirá siempre esas
ciudades y esas casas de
Portocarrero, como una
imagen que tocó el
árbol. Sencillamente,
como un árbol.”[14]
|

“La cena”. Óleo
s/ tela. 1942. |
Uno de los ejemplos más
notables de la
hermenéutica lezamiana
está motivado por La
cena, óleo sobre
tela de René
Portocarrero, pintado en
1942. El artista reúne a
cuatro personajes en
torno a una mesa donde
la riqueza se limita a
una fuente con dos
peces, un frutero
coronado por la piña,
una botella, una jarra y
copas. La dignidad de
las figuras, el aire de
reposo y gravedad con
que toman la breve
colación, les otorga un
aire casi sobrenatural.
La visión del pintor se
cierra en torno a la
mesa, hay pocos detalles
del comedor, aunque
intuimos por el frutero
barroco que se trata de
una antigua casona
colonial, por la
mariposa hay ventanas
abiertas a una galería o
patio y por el colorido
de la escena que la luz
debe estar filtrada por
una luceta. También aquí
lo doméstico y la
fantasía se funden, el
ambiente familiar ha
accedido a lo simbólico,
se ha convertido en una
especie de icono
protector. El poeta va a
centrarse en el
simbolismo de la obra:
“Vemos aquí el
simbolismo como un
tiempo entre un
desprendimiento y una
penetración, y no a
cuatro figuras centradas
por una bandeja con los
peces cruzados. El
simbolismo evaporado por
la obra es lo que nos
permite la entrada en la
circunstancia de su
creador, y así ‘La cena’
que logra hacer de
oscuras definiciones un
solo centro inapresable,
nos resuelve aquello que
cultivado por fragmentos
hubiese huido
inevitable.”[15]
Precisamente, a
propósito de ‘La cena’
afirman Graziella
Pogolotti y René
Vázquez:
“Es evidente su relación
en este momento con los
poetas que, en torno a
José Lezama Lima, forman
en la literatura cubana
contemporánea la
denominada
tradicionalmente
“generación de
Orígenes”. Portocarrero
participa de forma
activa de esa
experiencia, y sus obras
parecen transposiciones
plásticas de esa
sensibilidad común.
La cena participa en
cierto sentido de ese
mundo de equivalencias.”[16]
Curiosamente, años
después de la muerte del
escritor, Portocarrero
negó en una entrevista
la condición de crítico
de arte al poeta:
“Lezama no fue un
verdadero crítico de
artes plásticas, y no
siempre tuvo facilidad
para determinar si un
cuadro era bueno o no.
Pero desde joven se
interesó por la pintura
y logró reunir una
colección muy valiosa
(...) Por otra parte, su
imaginación era tan
prodigiosa, que el
artista sobre el cual
Lezama escribía quedaba
complacido y recibía con
satisfacción sus
elogios.”
[17]
A pesar de esto, hoy no
podríamos desligar a
Portocarrero de las
singulares exégesis de
Lezama ni podríamos
imaginar a Orígenes
sin su obra suntuosa y
entrañable.
Notas
[1]
René
Portocarrero:
“Distante voz y
signo”. En:
Verbum. Año
I, No.2, julio -
agosto, 1937, p.
41.
[2]
Guy Pérez
Cisneros:
“Enlaces de
líneas en
Portocarrero”.
En: Espuela
de plata,
No. H, agosto,
1941, p. 24.
[3]
René
Portocarrero:
“Notas”. En:
Nadie parecía.
No. VII, marzo -
abril, 1943, p.
[4]
José Lezama
Lima: “René
Portocarrero y
su eudemonismo
teológico”. En:
La visualidad
infinita. La
Habana.
Editorial Letras
Cubanas, 1994,
p. 217.
[5]
José Lezama
Lima: Ibid.
[6]
José Lezama
Lima: Ibid.
[7]
José Lezama
Lima: Ibid.
[8]
José Lezama
Lima: Ibid.
[9]
José Lezama
Lima: Ob. cit,
p. 219.
[10]
José Lezama
Lima: “Máscaras
de
Portocarrero”.
En: La
visualidad...
Ed. cit, p. 221.
[11]
José Lezama
Lima: “René
Portocarrero y
su eudemonismo
teológico”. Ed.
cit, p. 219.
[12]
José Lezama
Lima: “René
Portocarrero y
su eudemonismo
teológico”. Ed.
cit, p. 219.
[13]
José Lezama
Lima : “Homenaje
a René
Portocarrero”.
En: La
visualidad...
Ed. cit,
p. 228.
[14]
José Lezama
Lima: Ibid.
[15]
José Lezama
Lima: “René
Portocarrero y
su eudemonismo
teológico”. Ed.
cit, p. 214.
[16]
Cf. Graziella
Pogolotti y
Ramón Vázquez
Díaz: René
Portocarrero,
Colección El
Mundo del Arte,
Editorial
Henschel,
Berlín,
Editorial Letras
Cubanas, La
Habana, 1987.
[17]
René
Portocarrero y
Raúl Milián: “En
dos trazos y
algunas
pinceladas”. En:
Cercanía de
Lezama Lima,
La Habana,
Editorial Letras
Cubanas, 1986,
p. 35.
|