|
I
En su salón del Ministerio, Crisanto
apresuraba el despacho de documentos,
sin atender las explicaciones del
Director General. Se retrasaba para la
reunión de placer en el cuarto azul,
donde festejaría a Tomás con la fantasía
de la zorra Bibí. Con presteza de
ardilla, el Director secaba las
rúbricas, recogía papeles. Terminaba el
despacho. Afuera, decorando la antesala,
aguardaban audiencia los cesantes de
turno. Promoviendo presentimientos, un
hilo sutil de amargor le pasó por el
pecho a Crisanto; el Presidente demoraba
la firma del nombramiento propuesto, y
este palomón de Director guardaba
silencio, callando el resultado de la
última gestión. Contrariado, escondiendo
los malos agüeros, preguntó:
—¿El
asunto de Bibí?
Untoso y manso, el Director vacilaba:
—Ese
asunto, señor Ministro... desde antier
está a la firma del Presidente...
Le interrumpió premioso:
—¿Qué
tú crees?
Cuando se le trababan las maquinaciones,
apelaba a la experiencia del cagatinta
sesentón, envejecido entre folios y
expedientes.
—Pues...
—temeroso,
escondía su opinión el Director General.
—Sin
miedo, sin miedo... Tú puedes decirme
todas las verdades. Para eso te pago un
extra. ¡A ver, afloja la lengua!
—Señor
Ministro... el Secretario de la
Presidencia me dijo que...
—arrugaba
la frente, diluido en angustias,
temblón. Al fin continuó—:
Bueno... que eso era una enormidad...
que bastante gana con el lupanar... la
zorra Bibí no debe aparecer en la Gaceta
con un cargo tan importante...
—y
bajando los ojos pudoroso, añadió—:
A la verdad, señor Ministro, es una
cualquiera... elegante, no digo lo
contrario, pero tiene casa puesta...
—a
media voz terminó—:
Media Habana la ha pasado por ojo.
—¿Por
dónde?
—preguntó
Crisanto, arrugando el entrecejo
—Usted
sabe, señor Ministro
—y
levantó los hombros, resignado.
—Pues
mire usted
—alzaba
Crisanto la voz, montando en cólera—;
tendré que recordarle al Presidente que
Bibí, prostituta y zorra, y todo lo que
se quiera, fue quien neutralizó al
Jíbaro, para que ganásemos la
provincia... ¡Mira si vale esa Bibí! ¡Si
no lo hubiera aguantado tres días en el
cuarto azul, a estas horas no sé dónde
estaríamos nosotros...!
Repiqueteaban en la mampara. Insolentado
por la interrupción, Crisanto apostrofó
al Director.
—¡Pero,
en que país estamos! ¿ No le has dicho a
esas bestias que no deben molestarme!
Acercándose a la mampara, balbuceaba el
Director:
—Sí,
señor Ministro... Veré qué pasa algún
cesante impaciente.
—Volvió
al instante, encorvado, con voz de
pinchaúvas—:
Es Galurdo que insiste en verlo.
—¡Pues
no! Ya he dicho que no. Y no hay dinero.
Basta de bravatas.
—Pero,
señor Ministro, ha dado un plazo...
—¿Plazo
a mí? Soy el Ministro y no tolero...
—Romperá
la mampara si en tres minutos no lo
recibe...
—¡Pamplinas!
No se atreve...
Un estruendo de cristales rotos le
quebró el empaque al Ministro Crisanto.
Penetraba Galurdo, relinchoso con los
ojos tiesos y los puños crispados. El
Director corrió a guarecerse tras el
archivo de los decretos.
—¡Qué perrerías son ésas...! Avanzaba
amenazante, triturando los vidrios con
su paso firme—. A mí se me recibe como
al primero. ¡Cuidado con eso!
Empavorecido, Crisanto olvidó su
jerarquía. Melifluo, ensayó una excusa.
—Es que lo ponen a uno....
—¡El que te va a poner al hilo soy
yo...! ¡Jaiba podrida!
El Ministro levantaba los brazos,
implorantes:
—No grites... no es para tanto... ¡Tú
sabes a cuánta gente tengo que recibir
cada día...! —Se golpeaba el pecho en
redoble contrito—. Ni entiendo los
recados... no sabía que eras tú...
Estaba estudiando asuntos de Estado...
— ¡Qué estado ni que niño muerto...! Yo
estoy primero que el Estado.
Tierno, el Ministro lo aplacaba:
—Comprendo... comprendo, pero tú...
Galurdo cortó en seco el lamento:
— A ver la plata —y señalaba con la
diestra hacia Crisanto—, ¡el elemento
no espera más!
—Dame tiempo... no puede ser... tan...
tan pronto... Tengo que reunir el
dinero.
—¡Ahora salgo yo de aquí con la plata, o
si no...! —Siempre te he servido —pensó
en un relámpago que, recordando méritos,
amansaría la fiera y suave, le dijo—: Te
saqué del Príncipe...
—iPara matar al Tejón, que te estorbaba
en el racket de la cosa...! Así que lo
servido por lo pagado. ¡Ni hablar!
—respondía rápido Galurdo, manoteando.
Para alejar el peligro, Crisanto
insistía en el recuerdo de favores, y
afanoso atropellaba las palabras
tratando de aturrullado:
—¿Y cuando te enredaron en lo del opio?
¿Quién te ayudó...? Tú solo te
metiste,.. No te llevé a ese lío. Pero
sí fuiste para llamarme como un loco
para que te salvara...
—¡Eso no vale nada! ¡Yo maté por ti,
sarnoso! Y, óyeme bien: salgo de aquí
con la plata o haremos una cocuyera de
tu pellejo. Así que, decídete...
Una onda de perfume los inundó,
rompiendo la violencia de la escena.
Aprovechando el desorden provocado en la
antesala con la rotura de la mampara, se
colaba en el despacho Magrillita,
primera dama de la grey de Bibí; pisando
en firme para bailar los senos,
adelantaba atrevida hacia el buró, donde
Crisanto recobraba el color,
comprendiendo la importancia salvadora
de aquella interrupción.
Rechinoso y amargo, bufando amenazas, se
retiró Galurdo del Despacho.
II
El sirviente acercaba la bandeja con las
mixturas alcohólicas.
Crisanto le palmeaba alborozado, y se
frotaba las manos jubiloso; terminaba
Tomás su informe, no como subalterno,
sino de igual a igua1. No era lo que se
puede imaginar como el tipo medio,
expresión acabada, en la mitad del siglo
veinte, del nativo de una isla
civilizada del trópico. De maneras
refinadas, hablaba con suavidad, sin
prisas ni aspavientos, y citaba con
frecuencia sus cultas lecturas. Quizás
estaba supercultivado para el ambiente
en que se movía. Durante años se abismó
en una tremenda actividad
revolucionaria, yesos años de trajín
político le llevaron a intimar con los
grandes negociantes de la revolución,
entre los que descollaba Crisanto,
crápula de la especie simuladora que
asaltó el Poder con engañifas, cuando
los líderes fueron aplastados. Cometa de
oro y sangre, Crisanto penetraba por
todas partes, y montando en su caudal,
Tomás se enriquecía, ejecutando las más
difíciles y turbias negociaciones.
—Puntualizaba resumiendo: —El crédito
bancario se negociará a las 24 horas de
zarpar el buque...
Ahora sí. Me situaría al mismo nivel de
Crisanto. Esta negociación, tan
arriesgada y productiva, le colocaba en
el plano por el que suspiraba desde el
fondo de su escondida timidez.
—...será despachado para un puerto
americano. ¡Después... al rumbo de su
destino... si llega!
—Ya, ya —relamíase Crisanto—. As usual
—y ahocicaba los labios, demorando
moroso la pronunciación: inusual—.
Bonita operación, ¡eh! Nada de
guardacostas celosos, ni peligro de
decomiso. Ufano, chasqueaba la lengua.
—Y, si bien se mira, pues... ¡hasta
lícito! Tenemos la cosa, recibimos el
dinero... si el barco no llega, mala
suerte. Como en un suspiro remató:
—No creamos esta guerra. Otros la hacen,
nosotros cobramos.
Sin proponérselo, había evocado la
guerra. Como a quien le destapan una
pústula, le saltó a Tomás, a él que se
creía endurecido por todos los temores,
la imagen de Henry, su amigo yankee,
mutilado y ciego en la cama de!
hospital, contando con sobriedad sajona:
—Caí por última vez en el frente del
Oeste, cerca del pueblo de Merzig;
estuve en África, en las Islas del
Pacifico y en el frente italiano, pero
fue en Alemania... éramos una línea
fluida... —Henry, postrado, aludiendo
con breves frases las enormes manadas
humanas, chapoteando en la sangre... y
sobre el charco, los buitres de ocasión,
Crisanto, y él mismo, negociando,
ganando, gozando. Todavía tendría que
echar más bronce a su corazón para
igualar a Crisanto.
La sombra de duelo empezó a esfumarse,
cuando Crisanto calculaba las ganancias.
Mudado el ánimo, arriesgó una frase para
tender un manto al recuerdo penoso.
—Más que lícito, Crisanto, hacemos
caridad. Esos pobres pueblos sin
azúcar... El otro, curtido y hosco, no
aceptó el melindre—: Proporción, Tomás,
proporción. No pierdas el sentido del
límite. Negocios... ¿Caridad? ¡Bah! Eso
queda para las Isabelinas.
Dándose tono, paseó por el Despacho
hasta acercarse a la ventana. De nuevo,
satisfecho, le dijo:
—Buena tarea, Tomás... Comerás en casa
y, mañana... celebraremos el triunfo con
algo apropiado... un cuadro de Navidad.
III
Con lentitud, tal si pasease
sosegadamente, marchaba Galurdo hacia el
punto convenido. Esta vez emplearía la
nueva táctica; nada de aparatosa
alharaca. Sólo dispararía lo preciso. La
calle atrajinada con plétora de autos y
peatones, disimulaba su presencia.
Animaban ruidosas conversaciones el
ancho paseo, inmenso en el tinte azulado
del anochecer, que arrollaba el valor y
llenaba el ambiente de sensualidad.
Noche de Navidad, bullanguera y
nerviosa.
Pasó la bocacalle por el chorro blanco
de los faros de un auto.
Anduvo bajo la doble fila de árboles,
entrelazados en túnel de verdor.
La noche había caído completamente. Los
otros llegarían por vías distintas,
sigilosamente, cada tres minutos, para
ocupar sus puestos, escalonados, en las
cuadras vecinas al bodegón, en cuyos
altos celebraba las fiestas íntimas
Bibí, la reina del hampa, con Crisanto,
el Ministro del Gobierno.
Afluía el público, a chorros, hacia los
espectáculos cercanos. Galurdo se
acercaba a su meta, donde aguardaría la
contraseña convenida. La gente lo
circundaba, como una torrentera. Apenas
avanzaba.
IV
Había coincidido en el mismo sitio
elegante, exclusivo. Estaba
completamente dentro del foco de su
mirada, envuelta en la sobria elegancia
de paños grises. Tomás la imaginaba como
un aéreo mármol, flotante, medio tapado
por oscuras nubes; la negra y encrespada
cabellera hacía una cascada escondiendo
el cuello y descansando sobre las
espaldas. Era como una visión
deslumbrante. Ahora la mujer reía. Tomás
se echó hacia atrás, en la esquina de su
asiento, aguzando la atención. Debía ser
casi infantil el tono de su voz; le
llegaba sólo un débil hilo de rumor,
perdido en el bordoneo general de las
conversaciones, y los pasos apresurados
de los sirvientes. Lo que le
hipnotizaba, hasta casi ahogarle de
emoción, era la ternura con que miraban
aquellos ojos, la pureza de movimiento
de aquellas manos. Tenues lampos, se le
antojaban. Pureza de virgen,
indudablemente. Una bastante fiel
reproducción, en carne palpitante de
aquel retrato de la bella doña Isabel
Cobas de Porcel, que había pintado Gaya
con tanto deleite... —Toda su vida
anímica estaba regida por el hambre de
amor; deambulaba Tomás .como un perro
hambriento, sin saberlo tras un sueño
amasado dentro de él, desde los primeros
tiempos de su adolescencia. Soledad que
le había conducido a mirarse como un
perenne disgustado del mundo. Pero ese
disgusto lo escondía, muy adentro, con
sabiduría, y ostentaba a toda hora una
alegre fachada, conquistándose amistades
y confianzas en los más opuestos
sectores de la vida social. Después de
su triunfal misión estaba hecho, como
diría Crisanto, su nuevo socio. Sólo
faltaba para completar la felicidad el
viejo sueño de adolescente, intacto aún
en su espíritu. Y hasta eso, se
encontraba a punto. Encarnaba ante su
vista. Aparecía ante sus ojos como un
astro desconocido pero presentido.
¡Aquel doble de doña Isabel Cobos de
Porcel! Se lo prometió a sí mismo:
rematada su misión de negocios, se
ocuparía en conquistarla.
Poco a poco se sumía en una deliciosa
sensación de flojedad, como si una tibia
atmósfera le circuyera, alejando el
ronroneo de las conversaciones. Quedaba
sólo el gris, el blanco y el fulgor
tierno de los ojos, de la que reposaba
blandamente, casi aérea, sin apoyatura
física. Como si se le desprendiese de la
armazón ilusoria, en que estaba
embebido, una esquirla luminosa, para
subrayar su encantamiento, se le
apareció bordeando toda la figura de la
mujer, la frase: La existencia apenas si
tiene interés más que en esos días en
que el polvo de las realidades está
mezclado con un poco de arena mágica,
cuando un vulgar incidente de la vida se
convierte en episodio novelesco. Y allí
tenía él, todo eso. —Turbó el recuerdo
proustiano, un nuevo movimiento de la
mujer. Alargaba su brazo, hasta tocar la
cara del acompañante, con las puntas
transparentes de sus dedos, mientras
ambos reían con risa idéntica. Acabado
de emerger de su estática contemplación.
Tomás empezó a pensar, velozmente, en la
figura del acompañante, cuyo parecido
con la mujer, en estampa y gesto, le
había revelado aquel estilo de reír, tan
igual en ambos. Registraba más
descubrimientos de semejanzas. Ángulos,
líneas, comisuras, movimientos... y en
una vuelta clarividente de su
pensamiento, creyó adivinar la
compenetración absoluta de aquellos dos
seres, con igual sensibilidad, a pesar
de las diferentes vestimentas. La risa
crecía borrándole la visión,
repiqueteándole en los oídos. No había
diferencias. Los dos reían como mujeres.
Ella y él. Esa risa... Tan impúdica como
ropa interior colgada en una ventana.
Automáticamente, escudriñó Tomás en su
memoria buscando el origen de la frase
que le había saltado a la mente, como un
chispazo del golpeteo de risa femenina,
(tan impúdica...) pero se le escurría
por abisales oscuridades de la memoria.
V
Detenido en su camino por la ola de
paseantes, distraía Galurdo su
impaciencia repitiéndose: —Haré una
cocuyera de su pellejo. Lo mataría. No
podía quedar en entredicho su autoridad.
Un mes de atraso en el pago de la
contribución para el grupo que
comandaba, no tenía otra penalidad. De
entre todos, era el síntoma más claro de
la jugarreta del Ministro. Utilizaba
hasta el máximo, Crisanto quería
soltados, en su plan de amortizar las
plazas de matones. Otros medios
planeaba. Pero erraba la táctica;
demasiado fuertes los amarres para
zafarse quedando ileso. Y menos ahora,
cuando el oro de los grandes negocios
del azúcar llenaban a raudales las arcas
del Ministro. ¡Nuevos socios! —la
sonrisa de Galurdo era tétrica. Nuevos
socios en plena zafra de atracos. ¡Ni
que estuviéramos dormidos! Maniobra de
ratón... A fuego limpio le rompo el
altarito.
Tranquilo aguardaba, parado en el filo
de la acera, que aclarara el gentío. No
habría pelea, como otras veces, en que
los atacados ripostaban. Esta vez...
Baldado de escrúpulos, estimaba natural
el asesinato. Ni bueno, ni malo.
Natural. Pedazo vivo de naturaleza, sin
alivio alguno para la emoción. Frío y
bárbaro en el crimen. Matarife. No había
querido que otros ejecutaran el
sacrificio del traidor. Tocábale a él
perfeccionar la liquidación de este
caso. Sus hombres, esta noche, solamente
fungirían de ayudantes, para guardar la
retirada y preparar el camino.
Avanzó unos pasos por un agujero de la
muchedumbre. Se sintió teñido de rojo.
El reflejo neón del anuncio esquinero le
cubrían. Se miró las manos en un gesto
impensado. Sonrió.
VI
...un cuadro de Navidad. La frase
resbalaba, rebotando por la oquedad del
espíritu de Tomás; Insistente disco
fonográfico. Resonaba en su cabeza,
apagada, semejando un eco lejano. La
profirió Crisanto, Ministro de Gobierno
y eje de turbias transacciones
comerciales, entre guiñas maliciosos.
Obstruida su percepción, embotado,
revolvíase por entre nubes, ebrio. Noche
de Navidad con Crisanto y Bibí, la nueva
reina del hampa, a quien, al fin,
conocería esta noche. Por verla estaba
allí. Espejo de pecado, su nombre
irradiaba seducción; hembra de ala y
garra, ambiciosa y bella; generosa en
placer, codiciosa en negociar. Los
hablantines le achacaban influencia
decisiva en la alta política, y las
puertas de exclusivos salones no osaban
cerrárseles, temerosos de su poder. Más
que por Crisanto, estaba allí Tomás,
medio ahogado de alcohol, entre luces
azules y mujeres desnudas, por ver a
Bibí, la reina del hampa.
—Celebraremos el éxito de tu misión —le
había dicho el Ministro— con algo
apropiado... un cuadro de Navidad. Y
Tomás, en pleno cuadro participante
alelado, casi desvanecido sentía
rebullirle la frase por encima de las
sombras desnudas, esparcidas en el
ámbito del cuarto azul mientras
Crisanto, sentado en su trono, mofletudo
y regordete, presidiendo la orgía,
vomitaba entre los brazos de la China:
De pronto inundó la estancia el
amortiguado torbellino de un fox trot,
dando nuevo giro al frenesí de las
mujeres, que empezaron a moverse,
acompasadamente, como grandes bestias de
gigantesca pecera, en salvajes juguetes
lúbricos. Acostado en la alfombra,
envuelto en la sonora embriaguez de la
música, cerró los ojos Tomás.
VII
¿Cuántas horas habían transcurrido,
desde que inició la marcha?
No lo sabía. Pero la cosa estaba a
punto. Caminando al paso previsto, ya
alcanzaba el bodegón. Se detuvo para
encender un cigarro y dar tiempo. La
noche había avanzado lo suficiente para
dispersar la muchedumbre; sólo grupos de
borrachos y transeúntes, aparecían de
cuando en cuando. Sonó, penetrante, a
sus espaldas, un silbido. Por la puerta
del bodegón asomaron dos caras
conocidas. Las dos señales coincidían.
Todo estaba bien. Con sincronismo
perfecto trabajaba el grupo, veterano
del crimen.
Se volvió Galurdo con toda la solidez de
su corpacho, resuelto.
Uno de sus hombres saltaba la cerradura
de la puerta de la escalera, con
confiada presteza. Ascendió lentamente
por los escalones. Cornigacho, fiero,
sereno. Conocía la casa. Fue recto al
cuarto azul.
En la puerta, haciendo la guardia, la
vieja buscona leía su oración a media
voz: Virgen antes del parto, en el parto
y después del parto y por la gloriosa
Santa Gertrudis, tu querida y regalada
esposa, once mil vírgenes, Señor San
José, San Roque y San Sebastián y por
todos los Santos de tu Corte Celestial,
use la medalla magistral durante el rezo
y la piedra que resguarda contra
influencia y malos partos, de venta
en...
De un manotazo, Galurdo tiró sobre el
piso a la vieja averiada.
VIII
Abrió los ojos Tomás, al cesar el barato
preludio de la música, y se quedó
mirando a Crisanto, espatarrado sobre el
trono de la cama, acunado en
almohadones: el torso veteado de pelos,
abultado el vientre. Presidía la escena,
compendio y remate de su vida. Junto a
él, echada, con la cara entre sus
rodillas, oficiaba Magrillita en ritos
especiales. Complacíase, como un gran
director de orquesta, en ordenar, con
simples gestos y breves palabras, los
movimientos y acciones de las mujeres
que llenaban el cuarto azul.
Señalando, malicioso, a la China. Las
dos mujeres, ejecutando obedientes la
orden de Crisanto, parecían hechas de
metal labrado...
La voz de Crisanto le cambió la
atención. Llamaban a Bibí, que hacía su
entrada en el cuarto azul, como una
reina, seguida de un joven imberbe y
marica. Sin ropas los dos, repartiendo
sonrisas. La sorpresa paralizó a Tomás.
Estaba allí, desnuda, junto a él... Doña
Isabel Cabos de Porcel, el astro
desconocido... Era Bibí, la reina del
hampa, con el mismo acompañante
equívoco, plantados en medio del cuarto
azul, haciendo su parte en la corte de
Crisanto... Reía la pareja con risa tan
impúdica, como ropa interior colgada en
una ventana...
Como un perro asqueado, se volvió Tomás,
escondiendo la cara en la alfombra del
piso. La China y La Oca, continuaban su
jaleo. Empezó a inocularse en el cuarto,
como epidemia fulminante, un desasosiego
morboso, y fueron una a una, las sombras
azules, acercándose a la pareja sáfica,
hasta formar una sola masa enorme y
monstruosa. Levantándose de su trono,
Crisanto caminó, tambaleándose, para
caer en el medio de la masa serpeante.
En ese momento penetró Galurdo.
Atropellando a las mujeres se abrió
paso, alcanzando a Crisanto por los
cabellos. Instantáneamente, repuesta del
susto, la grey de Bibí bloqueó en
remolino al sacrificador.
Escabulléndose, el Ministro violaba la
escalera. Galurdo sacó la pistola,
zafándose del mujerío y se precipitó,
llameante de ira, tras el fugitivo.
Corriendo desnudo, Crisanto llegaba a la
puerta, cuando un latigazo caliente le
entró por la nuca. Cayó de rodillas, a
un paso del portal. Galurdo se acercó
repitiendo el disparo. El cuerpo saltó,
pataleando, hasta quedar cruzado en
medio del umbral. Entonces Galurdo
tranquilo, guardándose el arma, murmuró
entre dientes:
—Un cuadro de Navidad.
Raúl Aparicio: Nació en
Cruces, provincia de Las Villas, en
1913. Murió en La Habana el 3 de enero
de 1969. Estudió en colegios de
Cienfuegos la primera enseñanza. Se
trasladó a la capital y concluyó sus
estudios universitarios como doctor en
Derecho Público y Ciencias Sociales,
Políticas y Económicas y la licenciatura
en Derecho Diplomático. Durante su
adolescencia en Cienfuegos fue
cofundador con Juan David, Carlos Rafael
Rodríguez y otros del grupo Ariel,
interesado en temas literarios y
políticos. Fue profesor de historia,
literatura y gramática y se dedicó
durante años a trabajar en empresas
publicitarias. Sus cuentos fueron
apareciendo en distintas revistas. Con
el triunfo de la Revolución, fue
designado representante de Cuba en
distintos cargos diplomáticos. Obtuvo el
Premio Nacional de Biografía con su
libro Hombradía de Antonio Maceo
(1968). Entre sus obras: Hijos del
tiempo (cuentos), La Habana, 1964.
Espejos de alinde (cuentos), La
Habana, 1968. |