Año IX
La Habana
3 al 9
de JULIO
de 2010

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

Oficios de pecar

Raúl Aparicio (Las Villas,  1913- La Habana,1969)

 

I

En su salón del Ministerio, Crisanto apresuraba el despacho de documentos, sin atender las explicaciones del Director General. Se retrasaba para la reunión de placer en el cuarto azul, donde festejaría a Tomás con la fantasía de la zorra Bibí. Con presteza de ardilla, el Director secaba las rúbricas, recogía papeles. Terminaba el despacho. Afuera, decorando la antesala, aguardaban audiencia los cesantes de turno. Promoviendo presentimientos, un hilo sutil de amargor le pasó por el pecho a Crisanto; el Presidente demoraba la firma del nombramiento propuesto, y este palomón de Director guardaba silencio, callando el resultado de la última gestión. Contrariado, escondiendo los malos agüeros, preguntó:

¿El asunto de Bibí?

Untoso y manso, el Director vacilaba:

Ese asunto, señor Ministro... desde antier está a la firma del Presidente... 

Le interrumpió premioso:

¿Qué tú crees?

Cuando se le trababan las maquinaciones, apelaba a la experiencia del cagatinta  sesentón, envejecido entre folios y expedientes.

Pues... temeroso, escondía su opinión el Director General.

Sin miedo, sin miedo... Tú puedes decirme todas las verdades. Para eso te pago un extra. ¡A ver, afloja la lengua!

Señor Ministro... el Secretario de la Presidencia me dijo que... arrugaba la frente, diluido en angustias, temblón. Al fin continuó: Bueno... que eso era una enormidad... que bastante gana con el lupanar... la zorra Bibí no debe aparecer en la Gaceta con un cargo tan importante... y bajando los ojos pudoroso, añadió: A la verdad, señor Ministro, es una cualquiera... elegante, no digo lo contrario, pero tiene casa puesta... a media voz terminó: Media Habana la ha pasado por ojo.

¿Por dónde? preguntó Crisanto, arrugando el entrecejo

Usted sabe, señor Ministro y levantó los hombros, resignado.

Pues mire usted alzaba Crisanto la voz, montando en cólera; tendré que recordarle al Presidente que Bibí, prostituta y zorra, y todo lo que se quiera, fue quien neutralizó al Jíbaro, para que ganásemos la provincia... ¡Mira si vale esa Bibí! ¡Si no lo hubiera aguantado tres días en el cuarto azul, a estas horas no sé dónde estaríamos nosotros...!

Repiqueteaban en la mampara. Insolentado por la interrupción, Crisanto apostrofó al Director.

¡Pero, en que país estamos! ¿ No le has dicho a esas bestias que no deben molestarme!

Acercándose a la mampara, balbuceaba el Director:

Sí, señor Ministro... Veré qué pasa algún cesante impaciente. Volvió al instante, encorvado, con voz de pinchaúvas: Es Galurdo que insiste en verlo.

¡Pues no! Ya he dicho que no. Y no hay dinero. Basta de bravatas.

Pero, señor Ministro, ha dado un plazo... 

¿Plazo a mí? Soy el Ministro y no tolero... 

Romperá la mampara si en tres minutos no lo recibe... 

¡Pamplinas! No se atreve...        

Un estruendo de cristales rotos le quebró el empaque al Ministro Crisanto. Penetraba Galurdo, relinchoso con los ojos tiesos y los puños crispados. El Director corrió a guarecerse tras el archivo de los decretos.

—¡Qué perrerías son ésas...! Avanzaba amenazante, triturando los vidrios con su paso firme—. A mí se me recibe como al primero. ¡Cuidado con eso!

Empavorecido, Crisanto olvidó su jerarquía. Melifluo, ensayó una excusa.

—Es que lo ponen a uno.... 

—¡El que te va a poner al hilo soy yo...! ¡Jaiba podrida!

El Ministro levantaba los brazos, implorantes:

—No grites... no es para tanto... ¡Tú sabes a cuánta gente tengo que recibir cada día...! —Se golpeaba el pecho en redoble contrito—. Ni entiendo los recados... no sabía que eras tú... Estaba estudiando asuntos de Estado... 

— ¡Qué estado ni que niño muerto...! Yo estoy primero que el Estado.

Tierno, el Ministro lo aplacaba:

—Comprendo... comprendo, pero tú... 

Galurdo cortó en seco el lamento:

— A ver la plata —y señalaba con la diestra hacia Crisanto—,  ¡el elemento no espera más!

—Dame tiempo... no puede ser... tan... tan pronto... Tengo que reunir el dinero.

—¡Ahora salgo yo de aquí con la plata, o si no...! —Siempre te he servido —pensó en un relámpago que, recordando méritos, amansaría la fiera y suave, le dijo—: Te saqué del Príncipe... 

—iPara matar al Tejón, que te estorbaba en el racket de la cosa...! Así que lo servido por lo pagado. ¡Ni hablar! —respondía rápido Galurdo, manoteando.

Para alejar el peligro, Crisanto insistía en el recuerdo de favores, y afanoso atropellaba las palabras tratando de aturrullado:

—¿Y cuando te enredaron en lo del opio? ¿Quién te ayudó...? Tú solo te metiste,.. No te llevé a ese lío. Pero sí fuiste para llamarme como un loco para que te salvara... 

—¡Eso no vale nada! ¡Yo maté por ti, sarnoso! Y, óyeme bien: salgo de aquí con la plata o haremos una cocuyera de tu pellejo. Así que, decídete... 

Una onda de perfume los inundó, rompiendo la violencia de la escena. Aprovechando el desorden provocado en la antesala con la rotura de la mampara, se colaba en el despacho Magrillita, primera dama de la grey de Bibí; pisando en firme para bailar los senos, adelantaba atrevida hacia el buró, donde Crisanto recobraba el color, comprendiendo la importancia salvadora de aquella interrupción.

Rechinoso y amargo, bufando amenazas, se retiró Galurdo del Despacho.

II

El sirviente acercaba la bandeja con las mixturas alcohólicas.

Crisanto le palmeaba alborozado, y se frotaba las manos jubiloso; terminaba Tomás su informe, no como subalterno, sino de igual a igua1. No era lo que se puede imaginar como el tipo medio, expresión acabada, en la mitad del siglo veinte, del nativo de una isla civilizada del trópico. De maneras refinadas, hablaba con suavidad, sin prisas ni aspavientos, y citaba con frecuencia sus cultas lecturas. Quizás estaba supercultivado para el ambiente en que se movía. Durante años se abismó en una tremenda actividad revolucionaria, yesos años de trajín político le llevaron a intimar con los grandes negociantes de la revolución, entre los que descollaba Crisanto, crápula de la especie simuladora que asaltó el Poder con engañifas, cuando los líderes fueron aplastados. Cometa de oro y sangre, Crisanto penetraba por todas partes, y montando en su caudal, Tomás se enriquecía, ejecutando las más difíciles y turbias negociaciones.

—Puntualizaba resumiendo: —El crédito bancario se negociará a las 24 horas de zarpar el buque... 

Ahora sí. Me situaría al mismo nivel de Crisanto. Esta negociación, tan arriesgada y productiva, le colocaba en el plano por el que suspiraba desde el fondo de su escondida timidez.

—...será despachado para un puerto americano. ¡Después... al rumbo de su destino... si llega!

—Ya, ya —relamíase Crisanto—. As usual —y ahocicaba los labios, demorando moroso la pronunciación: inusual—. Bonita operación, ¡eh! Nada de guardacostas celosos, ni peligro de decomiso. Ufano, chasqueaba la lengua. —Y, si bien se mira, pues... ¡hasta lícito! Tenemos la cosa, recibimos el dinero... si el barco no llega, mala suerte. Como en un suspiro remató:

—No creamos esta guerra. Otros la hacen, nosotros cobramos.

Sin proponérselo, había evocado la guerra. Como a quien le destapan una pústula, le saltó a Tomás, a él que se creía endurecido por todos los temores, la imagen de Henry, su amigo yankee, mutilado y ciego en la cama de! hospital, contando con sobriedad sajona:

—Caí por última vez en el frente del Oeste, cerca del pueblo de Merzig; estuve en África, en las Islas del Pacifico y en el frente italiano, pero fue en Alemania... éramos una línea fluida...  —Henry, postrado, aludiendo con breves frases las enormes manadas humanas, chapoteando en la sangre... y sobre el charco, los buitres de ocasión, Crisanto, y él mismo, negociando, ganando, gozando. Todavía tendría que echar más bronce a su corazón para igualar a Crisanto.

La sombra de duelo empezó a esfumarse, cuando Crisanto calculaba las ganancias. Mudado el ánimo, arriesgó una frase para tender un manto al recuerdo penoso.

—Más que lícito, Crisanto, hacemos caridad. Esos pobres pueblos sin azúcar...  El otro, curtido y hosco, no aceptó el melindre—: Proporción, Tomás, proporción. No pierdas el sentido del límite. Negocios... ¿Caridad? ¡Bah! Eso queda para las Isabelinas.

Dándose tono, paseó por el Despacho hasta acercarse a la ventana. De nuevo, satisfecho, le dijo:

—Buena tarea, Tomás... Comerás en casa y, mañana... celebraremos el triunfo con algo apropiado... un cuadro de Navidad.

III

Con lentitud, tal si pasease sosegadamente, marchaba Galurdo hacia el punto convenido. Esta vez emplearía la nueva táctica; nada de aparatosa alharaca. Sólo dispararía lo preciso. La calle atrajinada con plétora de autos y peatones, disimulaba su presencia. Animaban ruidosas conversaciones el ancho paseo, inmenso en el tinte azulado del anochecer, que arrollaba el valor y llenaba el ambiente de sensualidad. Noche de Navidad, bullanguera y nerviosa.

Pasó la bocacalle por el chorro blanco de los faros de un auto.

Anduvo bajo la doble fila de árboles, entrelazados en túnel de verdor.

La noche había caído completamente. Los otros llegarían por vías distintas, sigilosamente, cada tres minutos, para ocupar sus puestos, escalonados, en las cuadras vecinas al bodegón, en cuyos altos celebraba las fiestas íntimas Bibí, la reina del hampa, con Crisanto, el Ministro del Gobierno.

Afluía el público, a chorros, hacia los espectáculos cercanos. Galurdo se acercaba a su meta, donde aguardaría la contraseña convenida. La gente lo circundaba, como una torrentera. Apenas avanzaba.

IV

Había coincidido en el mismo sitio elegante, exclusivo. Estaba completamente dentro del foco de su mirada, envuelta en la sobria elegancia de paños grises. Tomás la imaginaba como un aéreo mármol, flotante, medio tapado por oscuras nubes; la negra y encrespada cabellera hacía una cascada escondiendo el cuello y descansando sobre las espaldas. Era como una visión deslumbrante. Ahora la mujer reía. Tomás se echó hacia atrás, en la esquina de su asiento, aguzando la atención. Debía ser casi infantil el tono de su voz; le llegaba sólo un débil hilo de rumor, perdido en el bordoneo general de las conversaciones, y los pasos apresurados de los sirvientes. Lo que le hipnotizaba, hasta casi ahogarle de emoción, era la ternura con que miraban aquellos ojos, la pureza de movimiento de aquellas manos. Tenues lampos, se le antojaban. Pureza de virgen, indudablemente. Una bastante fiel reproducción, en carne palpitante de aquel retrato de la bella doña Isabel Cobas de Porcel, que había pintado Gaya con tanto deleite... —Toda su vida anímica estaba regida por el hambre de amor; deambulaba Tomás .como un perro hambriento, sin saberlo tras un sueño amasado dentro de él, desde los primeros tiempos de su adolescencia. Soledad que le había conducido a mirarse como un perenne disgustado del mundo. Pero ese disgusto lo escondía, muy adentro, con sabiduría, y ostentaba a toda hora una alegre fachada, conquistándose amistades y confianzas en los más opuestos sectores de la vida social. Después de su triunfal misión estaba hecho, como diría Crisanto, su nuevo socio. Sólo faltaba para completar la felicidad el viejo sueño de adolescente, intacto aún en su espíritu. Y hasta eso, se encontraba a punto. Encarnaba ante su vista. Aparecía ante sus ojos como un astro desconocido pero presentido. ¡Aquel doble de doña Isabel Cobos de Porcel! Se lo prometió a sí mismo: rematada su misión de negocios, se ocuparía en conquistarla.

Poco a poco se sumía en una deliciosa sensación de flojedad, como si una tibia atmósfera le circuyera, alejando el ronroneo de las conversaciones. Quedaba sólo el gris, el blanco y el fulgor tierno de los ojos, de la que reposaba blandamente, casi aérea, sin apoyatura física. Como si se le desprendiese de la armazón ilusoria, en que estaba embebido, una esquirla luminosa, para subrayar su encantamiento, se le apareció bordeando toda la figura de la mujer, la frase: La existencia apenas si tiene interés más que en esos días en que el polvo de las realidades está mezclado con un poco de arena mágica, cuando un vulgar incidente de la vida se convierte en episodio novelesco. Y allí tenía él, todo eso. —Turbó el recuerdo proustiano, un nuevo movimiento de la mujer. Alargaba su brazo, hasta tocar la cara del acompañante, con las puntas transparentes de sus dedos, mientras ambos reían con risa idéntica. Acabado de emerger de su estática contemplación. Tomás empezó a pensar, velozmente, en la figura del acompañante, cuyo parecido con la mujer, en estampa y gesto, le había revelado aquel estilo de reír, tan igual en ambos. Registraba más descubrimientos de semejanzas. Ángulos, líneas, comisuras, movimientos... y en una vuelta clarividente de su pensamiento, creyó adivinar la compenetración absoluta de aquellos dos seres, con igual sensibilidad, a pesar de las diferentes vestimentas. La risa crecía borrándole la visión, repiqueteándole en los oídos. No había diferencias. Los dos reían como mujeres. Ella y él. Esa risa... Tan impúdica como ropa interior colgada en una ventana. Automáticamente, escudriñó Tomás en su memoria buscando el origen de la frase que le había saltado a la mente, como un chispazo del golpeteo de risa femenina, (tan impúdica...) pero se le escurría por abisales oscuridades de la memoria.

V

Detenido en su camino por la ola de paseantes, distraía Galurdo su impaciencia repitiéndose: —Haré una cocuyera de su pellejo. Lo mataría. No podía quedar en entredicho su autoridad. Un mes de atraso en el pago de la contribución para el grupo que comandaba, no tenía otra penalidad. De entre todos, era el síntoma más claro de la jugarreta del Ministro. Utilizaba hasta el máximo, Crisanto quería soltados, en su plan de amortizar las plazas de matones. Otros medios planeaba. Pero erraba la táctica; demasiado fuertes los amarres para zafarse quedando ileso. Y menos ahora, cuando el oro de los grandes negocios del azúcar llenaban a raudales las arcas del Ministro. ¡Nuevos socios! —la sonrisa de Galurdo era tétrica. Nuevos socios en plena zafra de atracos. ¡Ni que estuviéramos dormidos! Maniobra de ratón... A fuego limpio le rompo el altarito.

Tranquilo aguardaba, parado en el filo de la acera, que aclarara el gentío. No habría pelea, como otras veces, en que los atacados ripostaban. Esta vez... Baldado de escrúpulos, estimaba natural el asesinato. Ni bueno, ni malo. Natural. Pedazo vivo de naturaleza, sin alivio alguno para la emoción. Frío y bárbaro en el crimen. Matarife. No había querido que otros ejecutaran el sacrificio del traidor. Tocábale a él perfeccionar la liquidación de este caso. Sus hombres, esta noche, solamente fungirían de ayudantes, para guardar la retirada y preparar el camino.

Avanzó unos pasos por un agujero de la muchedumbre. Se sintió teñido de rojo. El reflejo neón del anuncio esquinero le cubrían. Se miró las manos en un gesto impensado. Sonrió.

VI

...un cuadro de Navidad. La frase resbalaba, rebotando por la oquedad del espíritu de Tomás; Insistente disco fonográfico. Resonaba en su cabeza, apagada, semejando un eco lejano. La profirió Crisanto, Ministro de Gobierno y eje de turbias transacciones comerciales, entre guiñas maliciosos. Obstruida su percepción, embotado, revolvíase por entre nubes, ebrio. Noche de Navidad con Crisanto y Bibí, la nueva reina del hampa, a quien, al fin, conocería esta noche. Por verla estaba allí. Espejo de pecado, su nombre irradiaba seducción; hembra de ala y garra, ambiciosa y bella; generosa en placer, codiciosa en negociar. Los hablantines le achacaban influencia decisiva en la alta política, y las puertas de exclusivos salones no osaban cerrárseles, temerosos de su poder. Más que por Crisanto, estaba allí Tomás, medio ahogado de alcohol, entre luces azules y mujeres desnudas, por ver a Bibí, la reina del hampa.

—Celebraremos el éxito de tu misión —le había dicho el Ministro— con algo apropiado... un cuadro de Navidad. Y Tomás, en pleno cuadro participante alelado, casi desvanecido sentía rebullirle la frase por encima de las sombras desnudas, esparcidas en el ámbito del cuarto azul mientras Crisanto, sentado en su trono, mofletudo y regordete, presidiendo la orgía, vomitaba entre los brazos de la China: De pronto inundó la estancia el amortiguado torbellino de un fox trot, dando nuevo giro al frenesí de las mujeres, que empezaron a moverse, acompasadamente, como grandes bestias de gigantesca pecera, en salvajes juguetes lúbricos. Acostado en la alfombra, envuelto en la sonora embriaguez de la música, cerró los ojos Tomás.

VII

¿Cuántas horas habían transcurrido, desde que inició la marcha?

No lo sabía. Pero la cosa estaba a punto. Caminando al paso previsto, ya alcanzaba el bodegón. Se detuvo para encender un cigarro y dar tiempo. La noche había avanzado lo suficiente para dispersar la muchedumbre; sólo grupos de borrachos y transeúntes, aparecían de cuando en cuando. Sonó, penetrante, a sus espaldas, un silbido. Por la puerta del bodegón asomaron dos caras conocidas. Las dos señales coincidían. Todo estaba bien. Con sincronismo perfecto trabajaba el grupo, veterano del crimen.

Se volvió Galurdo con toda la solidez de su corpacho, resuelto.

Uno de sus hombres saltaba la cerradura de la puerta de la escalera, con confiada presteza. Ascendió lentamente por los escalones. Cornigacho, fiero, sereno. Conocía la casa. Fue recto al cuarto azul.

En la puerta, haciendo la guardia, la vieja buscona leía su oración a media voz: Virgen antes del parto, en el parto y después del parto y por la gloriosa Santa Gertrudis, tu querida y regalada esposa, once mil vírgenes, Señor San José, San Roque y San Sebastián y por todos los Santos de tu Corte Celestial, use la medalla magistral durante el rezo y la piedra que resguarda contra influencia y malos partos, de venta en... 

De un manotazo, Galurdo tiró sobre el piso a la vieja averiada.

VIII

Abrió los ojos Tomás, al cesar el barato preludio de la música, y se quedó mirando a Crisanto, espatarrado sobre el trono de la cama, acunado en almohadones: el torso veteado de pelos, abultado el vientre. Presidía la escena, compendio y remate de su vida. Junto a él, echada, con la cara entre sus rodillas, oficiaba Magrillita en ritos especiales. Complacíase, como un gran director de orquesta, en ordenar, con simples gestos y breves palabras, los movimientos y acciones de las mujeres que llenaban el cuarto azul.

Señalando, malicioso, a la China. Las dos mujeres, ejecutando obedientes la orden de Crisanto, parecían hechas de metal labrado...

La voz de Crisanto le cambió la atención. Llamaban a Bibí, que hacía su entrada en el cuarto azul, como una reina, seguida de un joven imberbe y marica. Sin ropas los dos, repartiendo sonrisas. La sorpresa paralizó a Tomás.

Estaba allí, desnuda, junto a él... Doña Isabel Cabos de Porcel, el astro desconocido... Era Bibí, la reina del hampa, con el mismo acompañante equívoco, plantados en medio del cuarto azul, haciendo su parte en la corte de Crisanto... Reía la pareja con risa tan impúdica, como ropa interior colgada en una ventana...

Como un perro asqueado, se volvió Tomás, escondiendo la cara en la alfombra del piso. La China y La Oca, continuaban su jaleo. Empezó a inocularse en el cuarto, como epidemia fulminante, un desasosiego morboso, y fueron una a una, las sombras azules, acercándose a la pareja sáfica, hasta formar una sola masa enorme y monstruosa. Levantándose de su trono, Crisanto caminó, tambaleándose, para caer en el medio de la masa serpeante.

En ese momento penetró Galurdo. Atropellando a las mujeres se abrió paso, alcanzando a Crisanto por los cabellos. Instantáneamente, repuesta del susto, la grey de Bibí bloqueó en remolino al sacrificador. Escabulléndose, el Ministro violaba la escalera. Galurdo sacó la pistola, zafándose del mujerío y se precipitó, llameante de ira, tras el fugitivo.

Corriendo desnudo, Crisanto llegaba a la puerta, cuando un latigazo caliente le entró por la nuca. Cayó de rodillas, a un paso del portal. Galurdo se acercó repitiendo el disparo. El cuerpo saltó, pataleando, hasta quedar cruzado en medio del umbral. Entonces Galurdo tranquilo, guardándose el arma, murmuró entre dientes:

—Un cuadro de Navidad.


Raúl Aparicio: Nació en Cruces, provincia de Las Villas, en 1913. Murió en La Habana el 3 de enero de 1969. Estudió en colegios de Cienfuegos la primera enseñanza. Se trasladó a la capital y concluyó sus estudios universitarios como doctor en Derecho Público y Ciencias Sociales, Políticas y Económicas y la licenciatura en Derecho Diplomático. Durante su adolescencia en Cienfuegos fue cofundador con Juan David, Carlos Rafael Rodríguez y otros del grupo Ariel, interesado en temas literarios y políticos. Fue profesor de historia, literatura y gramática y se dedicó durante años a trabajar en empresas publicitarias. Sus cuentos fueron apareciendo en distintas revistas. Con el triunfo de la Revolución, fue designado representante de Cuba en distintos cargos diplomáticos. Obtuvo el Premio Nacional de Biografía con su libro Hombradía de Antonio Maceo (1968). Entre sus obras: Hijos del tiempo (cuentos), La Habana, 1964. Espejos de alinde (cuentos), La Habana, 1968.

 

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