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“En mi primaveral adolescencia
era ya Cuba para mí una tierra
de poesía” —afirmó en una
ocasión el gran nicaragüense— y,
sin embargo, en una de sus
estancias en La Habana —la
cuarta, para ser más exactos—
pasó uno de los momentos más
dramáticos de su vida, cuando
intentó suicidarse en 1910.
“La noticia —como dijo el
maestro Ciro Bianchi Ross— no
pasó a los periódicos. Los más
íntimos, al conocer del hecho,
se conjuraron, de modo tácito,
en una suerte de pacto de
silencio. Solo muchos años
después, el poeta dominicano
Osvaldo Bazil contaría el
incidente”.
Como se sabe, el gobierno de su
país había designado a Darío su
representante en las
festividades por el centenario
del Grito de Dolores, pero el
poeta se vio imposibilitado de
cumplir su misión, pues el
Presidente que lo nombró —el
doctor José Madriz— fue
derrocado.
Sin respaldo oficial alguno
quedó el poeta en Veracruz, por
lo que debió de regresar a la
capital cubana, donde días antes
hiciera una escala de 24 horas
con destino a México, en el
mismo barco que lo llevó a ese
país.
Como un niño
El hombre que retornaba ahora no
era el mismo que se mostraba
anteriormente como si tuviera el
mundo a sus pies y recibiera
reconocimientos por doquier. “En
este penoso trance de su
varadura en La Habana”, como
dijo Ángel Augier, el autor de
“Azul”, deprimido, derrotado y
con escasos fondos en los
bolsillos, se prodigó al alcohol
con todas sus fuerzas.
Esta súbita transformación,
censurable en muchos aspectos,
no resulta difícil de entender,
dado lo adverso de los
acontecimientos, y más para un
hombre que, según sus íntimos,
era como un niño cuando se
enfrentaba a la vida.
Darío “se entregó al demonio de
todos los alcoholes y a las
furias de todas las tempestades
de la dipsomanía”, al decir de
su amigo el poeta y diplomático
dominicano Osvaldo Bazil, quien
en memorable texto —“Cómo era
Rubén Darío” — develó más tarde
lo sucedido: “(…) cuando
abandonamos el barco, su rostro
revelaba una gran tortura mental
y su paso era vacilante”. (…)
“En el hotel (…) cayó de súbito
en hondo sopor. A veces lanzaba
roncos quejidos”.
Whisky y más whisky
En la habitación 203 del hotel
Sevilla donde el bardo se aloja
hay que buscarle con urgencia un
médico, el doctor Gustavo
Aróstegui, por cierto, un
pediatra, quien luego de
examinarlo, le dispensa los
cuidados necesarios, y a la
pregunta de rigor responde que
podían ofrecerle alcohol de
cuando en cuando y disminuírsele
gradualmente.
Darío alivia su salud, pero, por
voluntad propia, permanecerá
alejado de agasajos y
compromisos en su permanencia de
cerca de dos meses en la capital
cubana, donde otrora disfrutó de
los muchos homenajes que le
rindieron.
Asistió tan solo al acto ante la
tumba de su muy admirado Julián
del Casal, el 21 de octubre, en
el decimoséptimo aniversario de
su muerte, donde leyó
conmovedoras palabras, y sobre
el que luego comentó con un dejo
de amargura, en “este año había
menos visitantes que en los
anteriores.”
Confiesa a la prensa su deseo de
que esta estancia habanera suya
sea callada y tranquila, “un
sitio que se escoge para
descanso y por el cual se cruza
casi de incógnito”.
No obstante, las crisis
alcohólicas se suceden una y
otra vez.
Una noche en el hotel Sevilla
quiere lanzarse por el balcón
hacia la calle. Bazil lucha con
él a brazo partido para
impedírselo. Darío está a punto
de lograr su propósito, pero en
auxilio del dominicano acuden el
secretario de Rubén y un
empleado del hotel. Al fin
logran reducirlo y lo conducen a
la cama.
“Aseguradas todas las puertas,
cerradas todas la ventanas,
respiré tranquilo, contaría
Bazil. El poeta seguía
ingiriendo whisky, desde su
cama, de modo incesante. Después
de tres litros de whisky, estaba
como loco, y no me atrevía a
dejarlo solo. Me pasé la noche a
su lado. Él no dormía nada. Así,
amaneció. Continuaba bebiendo.”
Hoy quiero contarte, /Raquel
Catalá…
Los cuidados rindieron sus
frutos. “Ya apenas necesitaba
mojar sus labios en el vaso de
whisky”.
Una noche en que bebió en
abundancia junto al embajador de
Italia, el poeta Mondello, y su
buen amigo Bazil, Rubén Darío,
—quien a la sazón ha recuperado
el juicio y el buen humor—,
abandona el hotel sin dar cuenta
de ello a sus acompañantes. A la
mañana siguiente asoma radiante
de felicidad: Había pasado toda
la madrugada —según cuenta— en
un círculo de hombres de color
donde lo obsequiaron con
champagne, y lo nombraron negro
honorario.
Portaba en efecto el diploma que
lo acreditaba como tal.
De nuevo cumple sus compromisos
periodísticos con La Nación,
de Buenos Aires. Escribe poemas:
“Hoy quiero contarte, /Raquel
Catalá /un cuento del cielo, de
tierra y de mar… /que pasó en
Basora, /que pasó en Bagdad,
/que pasó en un reino /que yo no
sé ya. (…)”
La revista El Fígaro, por
su parte, asume sus gastos en el
hotel, pero ya el poeta quiere
marcharse. Hasta un ciclón azota
La Habana. Al carecer del dinero
necesario, lo pide aquí y allá,
todo en el más absoluto
silencio. Prontas remesas
cablegráficas de amigos le
llegan a granel; una de ellas
incluso de 500 dólares. Ocasión
tiene de cobrarlas. “El poeta
llegó a bordo y se encerró en su
camarote, como era su costumbre
en todos sus viajes y empezó a
pedir whisky sin cesar…”
El vapor alemán Ipiranga
con destino a Europa, lo alejará
de La Habana el 8 de noviembre
de 1910, pero acaso nunca el
gran poeta nicaragüense olvide
su intento de suicidio desde una
habitación del hotel Sevilla, en
la capital cubana.
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