Réquiem
Ante
tu tumba
he venido
a llorar
cuando
algo
inmensamente querido
desaparece
el
llanto restituye
el
poeta Catulo
después de haber recorrido muchas tierras
se derrumbó
ante
la tumba de su hermano
caído en
combate
pero
tú no eres mi hermano
te
conocí tan solo por lo que engendraste
lo que
me dio esa piel
un ardor
que
aún vive
abrasándome
durante años
pero
también un frío
el umbral
de una
región oscura
un infierno
al que
yo descendí
no por tu alma
porque
en mi estabas
como árbol
descendí
en medio del frío
de la
penumbra
aunque
el sol me abrasaba
iba
entre los túmulos
de los
grandes de la ciudad
pero
tu sitio en este mundo
—yo lo sabía—
entre
ellos no estaba
estarías con los humildes
o —mejor—
con
los malditos
una
multitud anónima
me acosaba
brillaban
al mediodía
las frutas
y me
senté con ellos
mi
alma al descubierto ante sus ojos
nadie
—me dije—
llegó tan
lejos
nadie
llegó
tan hondo descendiendo
a la
indigencia misma
desde el lujo
de los
privilegiados
hablaba una lengua extranjera
entre
hombres
en
apariencia cultos
y veía
la escoria
pero
al llegar al fondo
de la escala
social
descubrí
la dulce indigencia
de los
condenados
espíritus vulgares
danzaban
cantando
en la
nave del reclusorio
y batían
palmas
entre
ellos estuve
me
aproximé
a través de las rosas
que cultivó mi
padre
todo
un jardín
más
tarde
descubrí esas rosas
en un pueblo
del mundo
(el
aroma de una isla dormida a tu sombra)
eran
tuyas
y de algún modo
elevaban en mi
un
amor limpio
rostros
que todavía hoy cantan
en la
gran nave del reclusorio
rosas
del jardín de mi padre
en su pecho desnudo
me
empujaban también la lluvia
a
orillas del mar
y era
el año treinta y uno de mi vida
y
estaba al borde del abismo
la selva oscura
alrededor de mí
había
perdido mi alma en la batalla
mi
propia alma
era un campo de
batalla
ejércitos hostiles
luchaban en mí
y
miraba
a
través de los campos
abrasados de sol
las
frutas
Mi
abuelo
se extinguía
contra
el cielo y el brillo de las frutas
mi
padre arriaba sus rebaños
hacia la eternidad
y más
allá
un jardín
en el cielo
las
más abiertas frondas
a
altas horas de la noche
en el mar
creía
escuchar
el hilo de tu voz
viva
llamándome
me
buscabas
en medio del acoso
las
trincheras abiertas
y el vuelo
de los
aviones
Subimos la colina
cenamos aguas plateadas
bajo la luna
y
luego la ciudad
como
un espejismo
tan real
que yo
extendí la mano
y
acaricié su rostro
“Ítaca
está lejos todavía” —dije
El
fuego de todo el fuego
Debías
venir
debías
erguirte de las furiosas soledades de la tierra
espiga
al viento espada
contra
el vacío físico de las cosas
debías
alzarte de la yerba
que
invade los rincones
que
ayer habitamos
y que
quedaron despoblados
confiarte
entregarte
separar mis afectos
de
todas las cosas que yo quise y quiero
—a la
fuerza si fuera necesario–
desbaratar
violar
aniquilar
extinguir
–si
fuera necesario–
el
fuego todo el fuego
con el
que se dice que serán borrados
de la
faz de esta tierra
nuestros cuerpos
Pero en el viento su rumor llegaba
Ámala
pero ámala
como
si todo hubiese concluido y pasado
como
si desde el futuro más remoto
recordaras el vino de tus mejores años
el
verano de mil novecientos ochenta
el
catorce de abril
cuando
fue tuya
en un
hotel cercano del mar
cuyas
ventanas no daban al mar
pero
en el viento su rumor llegaba
y ella
venía a ti como una ola
muriendo a las orillas de tu cuerpo
Toda la luz de abril entre sus ojos
Edifiqué sobre su cuerpo
torres
levanté desde allí bajo la luz de abril
fue
nuestro mes: el más alto premio para mí
que
había extraviado los senderos de la dicha
y la
encontraba ahora
entre
la gente su cabeza era más bella
que mi
más bello sueño
la
había buscado a través del asedio de los otros
y la
encontré contra mi cuerpo
mi
piel se sobrecogió junto a la suya
Pero
los espléndidos días se han apagado entre nosotros
la
plenitud de un momento está llena de dolorosa sombra
no
hablaré ahora de esa plenitud
nunca
existieron los lechos los cuerpos desnudos
el
vino la música desesperada
amigos
míos qué difícil olvidar ese gozo
y
dejar que se extinga
toda
la luz de abril entre sus ojos
Delfín Prats: Poeta.
Nació en Holguín en 1945. Obtuvo el
Premio Nacional de Poesía David en 1968
con su cuaderno Lenguaje de mudos
y el Premio de la Crítica en 1987 por su
libro Para festejar el ascenso de
Ícaro. Además, ha publicado los
poemarios El esplendor y el caos,
Abrirse las constelaciones y
Lírica amatoria. Estudió idioma ruso
en la Universidad Lomonosov de Moscú. Su
obra está considerada como una de las
más importantes de la poesía cubana
contemporánea. Reside en su ciudad
natal. Labora en el Centro de Promoción
Literaria Pedro Ortiz Domínguez.