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Mucho antes que
aparecieran mis
colaboraciones en los
periódicos Granma
y Juventud Rebelde,
mucho antes que me
acogieran como un
periodista más de La
Jiribilla, tuve el
honor de iniciar dichas
lides en una emblemática
revista cubana: El
Caimán Barbudo,
publicación de la
Editora Abril.
Todo comenzó hacia
finales de los años 70,
donde estar al lado de
personalidades como Omar
González, Fernando
Rojas, Jorge Oliver,
Paquita Armas o Bladimir
Zamora, entre tantos
otros, no solo nos
entrenaba en los
rudimentos básicos de la
redacción periodística,
sino que impregnaron en
nuestros genes la
correspondiente dosis de
pasión inherente en el
ser de un periodista.
Debido a mi trabajo en
Radio Progreso como
parte del equipo de
realizadores de
programas musicales de
vanguardia, Perspectiva
entre ellos, en El
Caimán… me urgieron
a escribir artículos en
torno a la problemática
de la evolución de la
música rock, inquietud
que en solo meses se
materializó en una
columna llamada Entre
Cuerdas. Si bien la
temática principal de
dicha sección era la
recreación de la vida y
obras de guitarristas
clásicos del rock como
Eric Clapton, Jimi
Hendrix o Jimmy Page,
con el paso de los años
y ante la creciente
demanda de los lectores,
ampliamos nuestros
intereses no solo por
grupos reconocidos como
Chicago o por
tecladistas como
Vangelis, sino que
además abrimos el
espectro a músicos
cubanos del rango que
clasifica en semejantes
categorías como ocurrió
con los escritos sobre
Emiliano Salvador, Frank
Fernández y Silvio
Rodríguez.
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Sin embargo, lejos de
sentir determinado
envanecimiento por
trabajar sobre temas
exclusivos de gran
demanda en las
encuestas, la legendaria
familiaridad en El
Caimán Barbudo tiene
lugar no solo por la
afable relación entre
sus trabajadores, sino
porque palpitábamos como
un colectivo unido.
Además de ensanchar la
amplitud del enfoque
temático de Entre
Cuerdas, me interesaba a
la vez por el reportaje
acerca de la joven
poesía cubana lo mismo
que dialogaba con el
periodista que
entrevistara a uno de
nuestros prominentes
pintores o apoyaba al
que en su artículo
renegaba del mal gusto
de determinado
espectáculo de cabaret.
El calificativo de “La
revista cultural de la
juventud cubana” siempre
lo he asumido con
particular orgullo
porque como testigo
excepcional de aquella
etapa en El Caimán…,
decir otra cosa sería
cometer un fraude.
La estancia en El
Caimán Barbudo
constituyó una academia
invaluable para el
desarrollo de nuestra
vocación de periodista
además de enraizar
profundamente la certeza
de que convivir en la
cultura cubana es como
proyectar la acompasada
respiración de una
nación cuyas formas de
expresión resultan
infinitas.
Y no puedo concluir este
acercamiento a la
Editora Abril sin dejar
de hablar acerca de
alguien que conocí como
director de la revista
Somos Jóvenes.
Contar con la amistad de
Guillermo Cabrera,
significó la experiencia
de asumir,
constantemente, la
dimensión de la
existencia como un don
de inapreciable valor.
Como pocos, este hermano
conocía los resortes de
nuestra personalidad
para que le escribiera
un artículo cada vez que
le hiciera falta.
Incluso hasta logró
comprometerme para
ofrecer un curso en el
Instituto de Periodismo
José Martí. De sus
brillantes cualidades
para dialogar, no cejó
en la voluntad de
planificar desde su
perspectiva, el hecho de
cómo acercarnos a los
más jóvenes con la mayor
eficacia.
En su oficina en el
Instituto de Periodismo,
con el interminable
entrar y salir de los
estudiantes, Guillermo
Cabrera me hizo
comprender que ser joven
es una concepción para
siempre de la vida,
sencillamente. |