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La Orquesta Sinfónica
Nacional cerró en la
sala Covarrubias del
Teatro Nacional una
temporada azarosa, sin
sede fija, y se despidió
de su público hasta
septiembre. Para hacerlo
contó con la batuta del
Maestro Enrique Pérez
Mesa y la actuación del
guitarrista Víctor
Pellegrini en una
maratón de tres
conciertos a guitarra y
orquesta, que pudiera
establecer récord.
Coincidió con la final
del Mundial de Fútbol, y
pensaba que uno de esos
conciertos, con guitarra
y pequeña orquesta, era
del brasileño Heitor
Villa-Lobos, quien llegó
a decir en una ocasión
que ese deporte hacía
que al hombre se le
fuera la inteligencia de
la cabeza para los pies,
algo que seguramente no
comparte Pellegrini, a
quien he podido ver
jugando buen fútbol,
integrado con sus
compañeros de equipo
para armar la buena
jugada, como hizo aquí
con la orquesta y la
batuta en una obra en
cuya interpretación
derrochó inteligencia,
de la cabeza a los
dedos, y sensibilidad,
desde el corazón, para
reflejar la combinación
de lógica y sentido de
las grandes a las
pequeñas estructuras,
entre la secuencia
formal y sus cambios de
significados y las
estructuras del tiempo
que se articulan como el
pulso y los diseños
rítmicos, en lo cual
Villa-Lobos era un
sabio, a la par que en
las combinaciones de
armonías y timbres, algo
que obligó al solista, a
la batuta y a la
orquesta a extremarse
para encontrar la dosis
exacta en todo.
Esto fue precedido por
la interpretación del
Concierto No. 1, para
guitarra y orquesta,
de Mario
Castelnuovo-Tedesco, una
obra que se apoya en una
estructura muy
racionalmente
construida, aunque
aprovechando todo el
bagaje musical expresivo
acumulado en el
desarrollo
histórico-musical
previo, incluyendo las
rupturas de moldes que
supusieron el
romanticismo y el
impresionismo, de modo
que constantemente
interactúan en ella el
componente equilibrado,
simétrico, con el rapto
más apasionado.
En este punto cabría
anotar lo difícil de la
tarea, pero mientras más
escucho a Pellegrini más
me convenzo de que para
él no solo no hay
imposibles, sino que
todo lo hace como
caminando de paseo. Bien
sabemos cómo no es así,
que ese movimiento
perfectamente articulado
en los dedos, para
hablar de lo más
mecánico, resulta de una
práctica constante.
De todos modos, esto es
tal vez lo más visible y
audible, aunque no lo
fundamental, porque en
otro plano, el más
importante para
destacar, se sitúa la
comprensión de todo el
universo que
Castelnuovo-Tedesco va
configurando desde los
motivos y temas en el
orden musical, más allá
de lo mero melódico,
porque suman el ritmo y
los elementos de dicción
en sentido general,
donde todo lo escuchado
reflejaba una
comprensión del lenguaje
y de la dramaturgia
musical que se objetiva
delante de nosotros.
En efecto, no es cosa de
subjetividades y
pareceres: esos
personajes están ahí en
su dialéctica, enérgicos
unos, lánguidos otros,
expansivos en el final,
todos representados
orgánicamente por el
solista, con imaginarias
escenografía, tramoya,
luces y movimiento
escénico armados entre
él, la batuta y los
músicos de la orquesta.
Para cerrar nos reservó
el Concierto del sur,
de Manuel María Ponce,
un compositor mexicano
deudor en sentido
general de la
inspiración hispánica,
algo más evidente en
esta obra que le dedicó
al gran guitarrista
español Andrés Segovia,
donde hay también mucho
de la armonía
impresionista en su
manejo de las pinceladas
de color, fundido con un
sentido melódico-rítmico
que impone el pulso y la
línea al caracterizar
los motivos musicales,
pero de esa mezcla sale
una carga permanente,
con guiños a menudo
furtivos, que no dejan
artilugio fuera de su
alcance, desde unos
fantásticos arpegiados y
unos pellizcos para
sacar vibraciones
parciales en las
cuerdas, los llamados
“armónicos” que
Pellegrini hace cantar
con toda la entereza del
sonido. Y qué decir de
esos rasgueados como
ráfagas, bien parejas en
tiempo y controladas en
su intensidad y acento,
como un “¡Ole!” que
descarga una energía
expresiva acumulada
hasta el punto
culminante, aunque no
menos impresionante es
la calma interior que en
otros momentos nos
conduce por pasajes
donde hasta las cuerdas
al aire se integran al
canto más expresivo.
Ya por el insistente
aplauso del público
Pellegrini nos regaló de
encore el
Elogio de la danza,
de Leo Brouwer, que esta
vez pudimos sentir más
con su aire de toque de
campana en tarde
pueblerina
—es
mi percepción del
Lento—
aunque el Obstinato
sigo escuchándoselo con
un paso más agitado, que
si se piensa en alguna
danza será difícil
encontrar al bailarín
que pueda seguirle el
paso. No digo que valga
más de este u otro modo,
que en la interpretación
es justo esa manera de
recrear y transformar
una imagen que si todos
repitieran igual sería
como ponerla en el
congelador. Menos cabe
todavía tomar como
referencia la imagen de
otro, aunque sea el
mismo compositor
dándonos su versión de
la obra. Pero sí se me
hace significativo y
creo más productivo
comparar la
interpretación que hace
Pellegrini de esta misma
obra aquí, después de
tocar con la orquesta
(es decir, sometido a
una marca metronómica
coordinada con otros),
en relación con la
ofrecida por él mismo
hace apenas dos semanas
en la acogedora salita
de la Casa del Alba,
donde ofreció un
programa a solo, sin esa
marca, con el pulso más
espontáneo de quien no
tiene que esperar por
nadie.
Es solo una hipótesis
que requeriría ser
validada o descartada
con audiciones
comparativas en
circunstancias diversas,
donde la idea no es la
de situarle pautas a
ningún intérprete.
Recuerdo incluso una
entrevista que hace
algunos años escuché a
través de los servicios
de onda corta en español
de la Deutshce Welle
(cuando los tenían). Era
al pianista y director
de orquesta Christian
Zacharias, quien acababa
de lanzar al mercado un
CD muy singular: la
misma Sonata de
Scarlatti interpretada
por él mismo, grabada en
diferentes momentos de
su carrera, más de una
decena, en distintos
escenarios.
Fue una especie de tesis
para demostrar cuántos
factores condicionantes
podían hacer variar, y
en qué medida, el
resultado final en la
recreación de una misma
obra por el mismo
intérprete.
Por el momento, tengo a
mano estas dos versiones
del Elogio de la
danza, de Leo
Brouwer, por Víctor
Pellegrini pero,
ténganlo por seguro: no
me pierdo la próxima. |