Año IX
La Habana
17 al 23
de JULIO
de 2010

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Víctor pellegrini con la sinfónica nacional

Tres conciertos a un Mundial

Jorge Fiallo • La Habana

 

La Orquesta Sinfónica Nacional cerró en la sala Covarrubias del Teatro Nacional una temporada azarosa, sin sede fija, y se despidió de su público hasta septiembre. Para hacerlo contó con la batuta del Maestro Enrique Pérez Mesa y la actuación del guitarrista Víctor Pellegrini en una maratón de tres conciertos a guitarra y orquesta, que pudiera establecer récord.

Coincidió con la final del Mundial de Fútbol, y pensaba que uno de esos conciertos, con guitarra y pequeña orquesta, era del brasileño Heitor Villa-Lobos, quien llegó a decir en una ocasión que ese deporte hacía que al hombre se le fuera la inteligencia de la cabeza para los pies, algo que seguramente no comparte Pellegrini, a quien he podido ver jugando buen fútbol, integrado con  sus compañeros de equipo para armar la buena jugada, como hizo aquí con la orquesta y la batuta en una obra en cuya interpretación derrochó inteligencia, de la cabeza a los dedos, y sensibilidad, desde el corazón, para reflejar la combinación de lógica y sentido de las grandes a las pequeñas estructuras, entre la secuencia formal y sus cambios de significados y las estructuras del tiempo que se articulan como el pulso y los diseños rítmicos, en lo cual Villa-Lobos era un sabio, a la par que en las combinaciones de armonías y timbres, algo que obligó al solista, a la batuta y a la orquesta a extremarse para encontrar la dosis exacta en todo.

Esto fue precedido por la interpretación del Concierto No. 1, para guitarra y orquesta, de Mario Castelnuovo-Tedesco, una obra que se apoya en una estructura muy racionalmente construida, aunque aprovechando todo el bagaje musical expresivo acumulado en el desarrollo histórico-musical previo, incluyendo las rupturas de moldes que supusieron el romanticismo y el impresionismo, de modo que constantemente interactúan en ella el componente equilibrado, simétrico, con el rapto más apasionado.

En este punto cabría anotar lo difícil de la tarea, pero mientras más escucho a Pellegrini más me convenzo de que para él no solo no hay imposibles, sino que todo lo hace como caminando de paseo. Bien sabemos cómo no es así, que ese movimiento perfectamente articulado en los dedos, para hablar de lo más mecánico, resulta de una práctica constante.

De todos modos, esto es tal vez lo más visible y audible, aunque no lo fundamental, porque en otro plano, el más importante para destacar, se sitúa la comprensión de todo el universo que Castelnuovo-Tedesco va configurando desde los motivos y temas en el orden musical, más allá de lo mero melódico, porque suman el ritmo y los elementos de dicción en sentido general, donde todo lo escuchado reflejaba una comprensión del lenguaje y de la dramaturgia musical que se objetiva delante de nosotros.

En efecto, no es cosa de subjetividades y pareceres: esos personajes están ahí en su dialéctica, enérgicos unos, lánguidos otros, expansivos en el final, todos representados orgánicamente por el solista, con imaginarias escenografía, tramoya, luces y movimiento escénico armados entre él, la batuta y los músicos de la orquesta.

Para cerrar nos reservó el Concierto del sur, de Manuel María Ponce, un compositor mexicano deudor en sentido general de la inspiración hispánica, algo más evidente en esta obra que le dedicó al gran guitarrista español Andrés Segovia, donde hay también mucho de la armonía impresionista en su manejo de las pinceladas de color, fundido con un sentido melódico-rítmico que impone el pulso y la línea al caracterizar los motivos musicales, pero de esa mezcla sale una carga permanente, con guiños a menudo furtivos, que no dejan artilugio fuera de su alcance, desde unos fantásticos arpegiados y unos pellizcos para sacar vibraciones parciales en las cuerdas, los llamados “armónicos”  que Pellegrini hace cantar con toda la entereza del sonido. Y qué decir de esos rasgueados como ráfagas, bien parejas en tiempo y controladas en su intensidad y acento, como un “¡Ole!”  que descarga una energía expresiva acumulada hasta el punto culminante, aunque no menos impresionante es la calma interior que en otros momentos nos conduce por pasajes donde hasta las cuerdas al aire se integran al canto más expresivo.

Ya por el insistente aplauso del público Pellegrini nos regaló de encore  el Elogio de la danza, de Leo Brouwer, que esta vez pudimos sentir más con su aire de toque de campana en tarde pueblerina es mi percepción del Lento  aunque el Obstinato sigo escuchándoselo con un paso más agitado, que si se piensa en alguna danza será difícil encontrar al bailarín que pueda seguirle el paso. No digo que valga más de este u otro modo, que en la interpretación es justo esa manera de recrear y transformar una imagen que si todos repitieran igual sería como ponerla en el congelador. Menos cabe todavía tomar como referencia la imagen de otro, aunque sea el mismo compositor dándonos su versión de la obra. Pero sí se me hace significativo y creo más productivo comparar la interpretación que hace Pellegrini de esta misma obra aquí, después de tocar con la orquesta (es decir, sometido a una marca metronómica coordinada con otros), en relación con la ofrecida por él mismo hace apenas dos semanas en la acogedora salita de la Casa del Alba, donde ofreció un programa a solo, sin esa marca, con el pulso más espontáneo de quien no tiene que esperar por nadie.

Es solo una hipótesis que requeriría ser validada o descartada con audiciones comparativas en circunstancias diversas, donde la idea no es la de situarle pautas a ningún intérprete. Recuerdo incluso una entrevista que hace algunos años escuché a través de los servicios de onda corta en español de la Deutshce Welle (cuando los tenían). Era al pianista y director de orquesta Christian Zacharias, quien acababa de lanzar al mercado un CD muy singular: la misma Sonata de Scarlatti interpretada por él mismo, grabada en diferentes momentos de su carrera, más de una decena, en distintos escenarios.

Fue una especie de tesis para demostrar cuántos factores condicionantes podían hacer variar, y en qué medida, el resultado final en la recreación de una misma obra por el mismo intérprete.

Por el momento, tengo a mano estas dos versiones del Elogio de la danza, de Leo Brouwer, por Víctor Pellegrini pero, ténganlo por seguro: no me pierdo la próxima.

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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