Año IX
La Habana
2010

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Juan Ramón Jiménez en La Habana
Josefina Ortega • La Habana
Fotos: Cortesía de la autora


 

Fue la noche del primero de diciembre de aquel dramático 1936 cuando el gran poeta andaluz arribó a La Habana, invitado por la Institución Hispanoamericana de Cultura, presidida por don Fernando Ortiz. Venía de Santiago de Cuba luego de transitar por un enredado periplo. De Puerto Rico pasó por Santo Domingo, de aquí en barco a Santiago y en tren hasta la capital cubana.

No transcurrieron ni dos meses siquiera, —el 20 de enero de 1937, para ser más exactos—, que, por iniciativa suya, aparecía en la revista Ultra de la Universidad de La Habana la convocatoria para celebrar un Festival de la Poesía Cubana, que tuvo lugar en el Teatro Campoamor el 14 de febrero de 1937, y del que en agosto de ese mismo año, nació el libro La poesía cubana en 1936, con prólogo y apéndice del poeta de Moguer.

“Impresiona recordar, —al decir del poeta y ensayista Cintio Vitier, uno de los beneficiarios de estos acontecimientos— con qué espíritu, con qué dinamismo, con qué súbito amor a esta Isla llegó Juan Ramón a La Habana, después de ese recorrido desde Santiago que le sirvió, como lo dice en sus páginas memorables sobre José Martí, para conocer “el fondo” de nuestro hombre mayor, el “fondo” de nuestro espíritu, nuestra naturaleza. Y llegó como a tierra propia, como a patria suya, patria americana, patria insular, como llegaría —dando de ello, años más tarde, un testimonio sobrecogedor— María Zambrano”. 

En nuestras folclóricas guaguas 

Resulta comprensivo pues, el entusiasmo con que Juan Ramón fue acogido en Cuba, pero lo curioso del asunto resultó, sin duda alguna, cómo este —pese a lo incierto de su destino y las terribles noticias procedentes de España— se incorporó de inmediato a nuestra cultura con un aliento extraordinario.

En ese mismo diciembre de su llegada dictó tres magistrales conferencias los días 6, 13 y 20: “El trabajo gustoso”, “La crisis del espíritu en la poesía española contemporánea” y “Evocación de Ramón del Valle Inclán”. Concedió entrevistas, escribió para diferentes publicaciones periódicas y se relacionó familiarmente con los poetas del patio.

Al hotel Vedado, llamado en la actualidad Victoria, donde se hospedaban Juan Ramón y Zenobia, iban a visitarlo poetas de todo el país, como los del grupo Orto, de Manzanillo, y no solo quienes tenían una obra, sino también los desconocidos, a los que acogió “con una bondad y una paciencia infinitas” (…) lo que desmentía su fama “de excesivamente solitario, riguroso e implacable con los que no seguían su propia línea de poesía.”

Lo confiesa Cintio. Aquellos fueron los días más importantes de su vida como aspirante a poeta. “Y digo esto y lo recuerdo, no solo por un orgullo que supongo todos me perdonarán, sino porque tal fue la experiencia de muchos poetas cubanos”.

En sus días habaneros el autor de Platero y yo, merecedor del Premio Nobel de 1956, viajaba como el más simple de los mortales por las calles de La Habana en nuestras folclóricas guaguas, visitó a los poetas en sus casas, conversó no solo con ellos sino con sus familiares. “Fina a cada rato me recuerda —decía Cintio— las conversaciones de Juan Ramón con su mamá, no con ella, porque a ella le pasaba lo mismo que a mí, que no se atrevía a decir palabras”.

“Juan Ramón llama” 

Por esa época Cintio tenía apenas 16 años y Juan Ramón pasaba de los cincuenta y cinco. Una tarde el poeta español, tan reconocido en todo el mundo, llama por teléfono al muchacho a casa de sus tíos. Tiene que aguardar a que él baje de los altos, corra por toda la casa de sus padres, atraviese el jardín y el pasillo de la casa de sus tíos.

“Juan Ramón llama”, decían y Cintio iba volando allá, y era para invitarle —“yo solo invitado por Juan Ramón, ustedes se imaginan”— a oír música esa noche en casa de Antonio Quevedo y María Muñoz, en Concordia y Lealtad, una casa muy modesta.

“Cosas semejantes las hizo con Florit, con Ballagas, con Lezama y con los poetas más jóvenes de entonces, algunos de los cuales ni siquiera siguieron escribiendo poesía”. 

Republicano convencido  

“Para nosotros, —decía nuestro Premio Nacional de Literatura, 1988—

Juan Ramón fue un ejemplo formativo, no solamente en materia poética” (…). No es ninguna noticia que Juan Ramón fue un republicano convencido, que estuvo al lado de la República, sin sectarismos y sin ocultar los problemas que hubo en ambos bandos”.

Cuando conoció de la caída de Pablo de la Torriente Brau, una de las personalidades más destacadas de la lucha antimachadista, escribió en La Habana una de las páginas de homenaje más bellas que recibió Pablo, pues como afirmó Raúl Roa sobre aquel poeta español comprometido con las causas de su tiempo: “su culto a la dignidad humana explica el misterio de su dignidad estética”.

Poco se ha hablado, por cierto, de un Juan Ramón en Cuba “amigo natural, permanente y diario de los niños”. Y que una de sus visitas frecuentes, con Zenobia, era a la Casa de Beneficencia, “no a darles charlas o recitales a los niños, sino a conversar con ellos. Se divertía mucho con los niños y era muy feliz con ellos”.

Cuba siempre lo acompañó en sus recuerdos:

“La Habana está en mi imajinación y mi anhelo andaluces, desde niño. Mucha  Habana  había  en  Moguer,  en  Huelva, en  Cádiz,  en  Sevilla. ¡Cuántas veces, en todas mis vidas, con motivos gratos o lamentables, pacíficos  o  absurdos,  he  pensado  profundamente  en  La Habana, en Cuba!”

 
 
 

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