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Fue la noche del primero de
diciembre de aquel dramático
1936 cuando el gran poeta
andaluz arribó a La Habana,
invitado por la Institución
Hispanoamericana de Cultura,
presidida por don Fernando
Ortiz. Venía de Santiago de Cuba
luego de transitar por un
enredado periplo. De Puerto Rico
pasó por Santo Domingo, de aquí
en barco a Santiago y en tren
hasta la capital cubana.
No transcurrieron ni dos meses
siquiera, —el 20 de enero de
1937, para ser más exactos—,
que, por iniciativa suya,
aparecía en la revista Ultra
de la Universidad de La Habana
la convocatoria para celebrar un
Festival de la Poesía Cubana,
que tuvo lugar en el Teatro
Campoamor el 14 de febrero de
1937, y del que en agosto de ese
mismo año, nació el libro La
poesía cubana en 1936, con
prólogo y apéndice del poeta de
Moguer.
“Impresiona recordar, —al decir
del poeta y ensayista Cintio
Vitier, uno de los beneficiarios
de estos acontecimientos— con
qué espíritu, con qué dinamismo,
con qué súbito amor a esta Isla
llegó Juan Ramón a La Habana,
después de ese recorrido desde
Santiago que le sirvió, como lo
dice en sus páginas memorables
sobre José Martí, para conocer
“el fondo” de nuestro hombre
mayor, el “fondo” de nuestro
espíritu, nuestra naturaleza. Y
llegó como a tierra propia, como
a patria suya, patria americana,
patria insular, como llegaría
—dando de ello, años más tarde,
un testimonio sobrecogedor—
María Zambrano”.
En nuestras folclóricas guaguas
Resulta comprensivo pues, el
entusiasmo con que Juan Ramón
fue acogido en Cuba, pero lo
curioso del asunto resultó, sin
duda alguna, cómo este —pese a
lo incierto de su destino y las
terribles noticias procedentes
de España— se incorporó de
inmediato a nuestra cultura con
un aliento extraordinario.
En ese mismo diciembre de su
llegada dictó tres magistrales
conferencias los días 6, 13 y
20: “El trabajo gustoso”, “La
crisis del espíritu en la poesía
española contemporánea” y
“Evocación de Ramón del Valle
Inclán”. Concedió entrevistas,
escribió para diferentes
publicaciones periódicas y se
relacionó familiarmente con los
poetas del patio.
Al hotel Vedado, llamado en la
actualidad Victoria, donde se
hospedaban Juan Ramón y Zenobia,
iban a visitarlo poetas de todo
el país, como los del grupo
Orto, de Manzanillo, y no solo
quienes tenían una obra, sino
también los desconocidos, a los
que acogió “con una bondad y una
paciencia infinitas” (…) lo que
desmentía su fama “de
excesivamente solitario,
riguroso e implacable con los
que no seguían su propia línea
de poesía.”
Lo confiesa Cintio. Aquellos
fueron los días más importantes
de su vida como aspirante a
poeta. “Y digo esto y lo
recuerdo, no solo por un orgullo
que supongo todos me perdonarán,
sino porque tal fue la
experiencia de muchos poetas
cubanos”.
En sus días habaneros el autor
de Platero y yo,
merecedor del Premio Nobel de
1956, viajaba como el más simple
de los mortales por las calles
de La Habana en nuestras
folclóricas guaguas, visitó a
los poetas en sus casas,
conversó no solo con ellos sino
con sus familiares. “Fina a cada
rato me recuerda —decía Cintio—
las conversaciones de Juan Ramón
con su mamá, no con ella, porque
a ella le pasaba lo mismo que a
mí, que no se atrevía a decir
palabras”.
“Juan Ramón llama”
Por esa época Cintio tenía
apenas 16 años y Juan Ramón
pasaba de los cincuenta y cinco.
Una tarde el poeta español, tan
reconocido en todo el mundo,
llama por teléfono al muchacho a
casa de sus tíos. Tiene que
aguardar a que él baje de los
altos, corra por toda la casa de
sus padres, atraviese el jardín
y el pasillo de la casa de sus
tíos.
“Juan Ramón llama”, decían y
Cintio iba volando allá, y era
para invitarle —“yo solo
invitado por Juan Ramón, ustedes
se imaginan”— a oír música esa
noche en casa de Antonio Quevedo
y María Muñoz, en Concordia y
Lealtad, una casa muy modesta.
“Cosas semejantes las hizo con
Florit, con Ballagas, con Lezama
y con los poetas más jóvenes de
entonces, algunos de los cuales
ni siquiera siguieron
escribiendo poesía”.
Republicano convencido
“Para nosotros, —decía nuestro
Premio Nacional de Literatura,
1988—
Juan Ramón fue un ejemplo
formativo, no solamente en
materia poética” (…). No es
ninguna noticia que Juan Ramón
fue un republicano convencido,
que estuvo al lado de la
República, sin sectarismos y sin
ocultar los problemas que hubo
en ambos bandos”.
Cuando conoció de la caída de
Pablo de la Torriente Brau, una
de las personalidades más
destacadas de la lucha
antimachadista, escribió en La
Habana una de las páginas de
homenaje más bellas que recibió
Pablo, pues como afirmó Raúl Roa
sobre aquel poeta español
comprometido con las causas de
su tiempo: “su culto a la
dignidad humana explica el
misterio de su dignidad
estética”.
Poco se ha hablado, por cierto,
de un Juan Ramón en Cuba “amigo
natural, permanente y diario de
los niños”. Y que una de sus
visitas frecuentes, con Zenobia,
era a la Casa de Beneficencia,
“no a darles charlas o recitales
a los niños, sino a conversar
con ellos. Se divertía mucho con
los niños y era muy feliz con
ellos”.
Cuba siempre lo acompañó en sus
recuerdos:
“La Habana está en mi
imajinación y mi anhelo
andaluces, desde niño. Mucha
Habana había en
Moguer, en Huelva,
en Cádiz, en
Sevilla. ¡Cuántas veces, en
todas mis vidas, con motivos
gratos o lamentables, pacíficos
o absurdos, he
pensado profundamente
en La Habana, en Cuba!” |