|
Me agarrarían más rápido
que a un cojo —bien lo
advierte la sabiduría
popular—, si presentara
esta entrevista
presumiendo haber
“crecido en El Mejunje”.
Tendría, eso sí, el
impacto que las
historias narradas por
quienes han tenido ese
privilegio, ejercen
sobre el visitante:
típico recibimiento de
los lugareños más
comunicativos, en las
casi coloniales noches
del Parque Vidal de
Santa Clara. Escuchando
las ondas locales de “la
doblebe”, bajo las
farolas que iluminan la
fachada del Teatro,
quien llega por primera
vez a la ciudad conoce
de Silverio y de la
historia de esas paredes
de ladrillos, antes que
el nombre o la ubicación
de la calle que pisa. Y
santaclareña al fin, me
honra saberlo desde
pequeña, aunque los
prejuicios de mis padres
me retrasaron el placer
de frecuentar ese lugar
hasta que tuve edad y
valentía para escaparme.
Hoy, no acumulo la
experiencia de los
avisados narradores de
mi ciudad, pero tengo al
fin la posibilidad de
compartir con Silverio
cuestiones que me han
inquietado siempre. Sus
respuestas, seguramente
las habría conocido con
solo acercarme, aun
siendo adolescente, a
este hombre asequible,
omnipresente bajo
cualquier circunstancia
en ese lugar al que ha
dado vida. Pero solo
ahora, probablemente,
tengo edad y valentía
para eso.
Usted ha dicho en varias
ocasiones que El Mejunje
es un “hecho cultural y
social”. ¿Cómo ha
logrado que no se vaya
la balanza, cuando el
componente social tiene
tanto peso?
A veces digo cosas que
estoy convencido de que
son ciertas, aunque me
cuesta mucho trabajo
teorizarlas porque es la
práctica la que me da
esa visión. Soy un
hombre práctico, nunca
tengo nada escrito de lo
que hago ni de lo que
voy a hacer, de modo que
a partir de esa práctica
voy a intentar
responder: creo que El
Mejunje es una obra
humana y por eso ha
logrado mantener la
balanza, es decir, poner
la cultura al servicio
del hombre, que ayude en
la transformación y
sobre todo en la
ampliación de sus gustos
y su mentalidad. Así, el
hombre accede a un
disfrute más pleno de la
vida cultural y, por
tanto, eso lo hace más
libre.
Creo que la clave está
en escuchar. Hay mucha
gente que pasa por la
vida sin oír a nadie;
pero cuando uno oye a
las personas, se da
cuenta de que tienen
muchísimas cosas que
decir y así uno tiene
mejores maneras de
orientar. Eso no quiere
decir tampoco que uno
intente alejarlas de sus
vocaciones o de sus
identidades, no se trata
de violentar sus vidas,
pero de esa manera hemos
logrado que durante
muchos años las personas
vengan aquí a convivir.
Y junto a eso, a ver el
espectáculo de la mejor
calidad, un espectáculo
cultural digno,
tomándose una botella de
ron. En ese vínculo, en
esa inclusión, El
Mejunje se reafirma,
sobre todo, como un
hecho cultural muy
fuerte. E incluir
engloba todo, desde la
oferta y los precios,
hasta la forma en que se
estructura el discurso y
la programación
artística del centro: se
trata de escuchar.
Nunca me propuse hacer
un show de travestis,
eso surgió porque en El
Mejunje nunca se les
marginó como grupo
social que se iba
haciendo cada vez más
presente. Claro, uno
interviene para
indicarles cómo deben
hacer ciertas cosas,
artísticamente, para
cerciorarse de que la
calidad sea lo primero.
Con el rock pasó igual,
creo que si me hubiera
propuesto así,
concretamente, hacer un
espacio de rock, no lo
hubiera logrado: ellos
sencillamente vinieron
aquí porque se sentían
en casa. Es una cuestión
también de honestidad y
de coherencia humana:
aceptar no es solo estar
de acuerdo con algo, o
admitir que se está de
acuerdo. Aceptar implica
una actitud hacia eso,
jugártelas con eso y
correr riesgos por eso.
Creo que por esa razón
hoy El Mejunje recibe a
tantas personas, desde
niños hasta ancianos.
Todos han tenido su
espacio. Por ejemplo,
cuando la sala de teatro
estuvo terminada, les
dimos a los reclusos que
trabajaron en ella una
credencial que dice: “Yo
construí El Mejunje”.
Con ella pueden entrar
con sus familias cada
vez que quieran y
disfrutar gratuitamente
del espectáculo. Ellos
han hecho una obra de
amor y como tal se les
retribuye, hoy saben que
están construyendo su
casa. Eso es una
ganancia, porque además
salen de aquí como
hombres más cultos que
tienen cosas que aportar
a la sociedad. Para eso
existe este lugar.
Durante mucho tiempo, El
Mejunje fue un lugar muy
polémico, que dividía
una ciudad entre pros
y contras,
que generó mitos. Hoy,
me consta que se ha
convertido en una cita
habitual para personas
de todas las edades, que
acuden a ese espacio con
regularidad, y aquellos
que juzgan son minoría.
¿Ha cambiado El Mejunje
o ha cambiado la ciudad?
Me preocuparé mucho
cuando venga todo el
mundo…
[Ríe]
El Mejunje aún mantiene
su polémica y eso me
gusta. Tú puedes tener
un espacio cultural al
que vaya todo el mundo,
pero si no propicia el
debate creo que no tiene
una funcionalidad. El
Mejunje es para generar
polémica, y cuando no la
hay, yo la busco… ¡hay
que hacer cosas que
muevan el pensamiento en
la sociedad, que
provoquen! Se han hecho
aquí cosas que han
logrado que la ciudad
despierte, en muchos
sentidos, y gracias a
las cuales se pudo ir
marcando la diferencia,
tempranamente, en un
país donde muchas veces
hemos estado en una
uniformidad corrosiva.
Las experiencias, creo
que no se deben
exportar: pueden hacerse
espacios que superen al
Mejunje, pero este es
uno solo. Se logró
concretar en un momento
histórico determinado,
en una ciudad que
acumulaba determinadas
condiciones y con
determinadas
convicciones. Lo que
antes era “el lugar”,
cuando se llamaba por
teléfono, para que los
padres no supieran a
donde los jóvenes iban,
hoy es un fenómeno
cotidiano. El Mejunje,
incluso, les da hoy a
los padres seguridad, en
relación con sus hijos:
saben que aquí están
bien protegidos y
trabajan aquí en algo
que aman. Y hoy creo que
sí, que la ciudad es
otra y que los
responsables de que eso
sucediera no hemos sido
nosotros, no ha sido El
Mejunje: han sido los
jóvenes, aunque les debe
mucho a las autoridades
de la ciudad y a la
prensa, en momentos
clave.
Sin chovinismos, ¿cree
que El Mejunje es un
lugar para Santa Clara?
Sí, aunque me consta que
hace mucho tiempo la
trascendió. Es un lugar
para el país… Y es un
lugar, incluso, para el
mundo.
He visto pocos lugares
donde los jóvenes van a
bailar con músicos de 70
años, que interpretan
ritmos tradicionales.
¿Cuál es el secreto?
Es el espacio, es la
envoltura que le das a
la idea: le pusimos
“Viernes de la buena
suerte” a ese día en que
Los Fakires tienen su
cita con los jóvenes en
El Mejunje, desde hace
15 años, y es un nombre
que siempre atrajo
multitudes. Y también se
trata de hacer las cosas
con seguridad: si no te
gustan Los Fakires o Son
Aché… mira, hay otros
espacios donde podrás
escuchar otra música. Es
un fenómeno muy
particular, El Viernes
es la cosa más emotiva
del mundo: entrada ya la
madrugada, cuando ya
todo el mundo disfrutó y
bebió, ponemos la ronda.
Al compás de “dame la
mano y danzaremos”, todo
el mundo hace un círculo
tomados de la mano y
bailan, se conozcan o
no. Personas de todas
las edades, de todos los
colores, de todas las
preferencias, de todos
los lugares del mundo
que aquí llegan, se
toman las manos: este es
un lugar para amarse,
para comunicarse y
entenderse. Mantener eso
es el secreto.
En los años 90, cuando
se advertía que la
enorme crisis económica
que vivía el país
comenzaba a acarrear
cierta crisis de valores
en la sociedad, El
Mejunje se instala en
estas ruinas y abre sus
puertas en tanto espacio
de inclusión, de
comunicación. Y durante
todos esos años, en
medio de esas ruinas,
creció este árbol: ¿ha
pensado Silverio en la
mística, en el
simbolismo de este
lugar?
He estado convencido
siempre de eso: se
trataba, en primer
lugar, de salvar a la
gente. De alguna manera,
había que demostrarle a
la gente que había que
vivir, que había que
salvar al ser humano de
todo aquello. El Mejunje
nunca cerró sus puertas,
en aquellos años: se
hicieron espectáculos
hasta con mechones, la
gente iba y recitaba
poemas, los grupos
tocaban con instrumentos
acústicos… Y fíjate si
funcionó, que aún hoy lo
hacemos. La gente se
siente dueña de este
lugar porque siempre fue
una casa con puertas
abiertas a toda
expresión genuina, que
dignifique al hombre.
No voy a preguntarle si
sobreviviría El Mejunje
sin Silverio, porque lo
han hecho tantas veces
que imagino ya le
moleste…
…Cierto, me lo han
preguntado miles de
veces y no es que me
moleste, sino que tengo
una misma respuesta: lo
que pase después de mí,
es algo que no me
preocupa mucho porque no
lo voy a ver.
Se lo voy a preguntar a
la inversa:
¿sobreviviría Silverio
sin El Mejunje? Y aún
más, ¿sobreviviría la
ciudad, tal como la
conocemos hoy, sin El
Mejunje?
Sobreviviría, pero sería
otra ciudad. Me atrevo a
decir que se lo sentiría
mucho. El Mejunje le ha
dado a Santa Clara un
reconocimiento
importante. Y si
desapareciera, tal vez
se recuperaría y se
olvidaría del Mejunje
con el tiempo, pero las
generaciones que lo han
conocido extrañarían el
sitio donde siempre se
pueden encontrar.
[Silencio]
A mí me sería difícil
vivir sin esto. Esta es
mi vida y es mi casa, y
no lo digo como una
metáfora: El Mejunje es
mi casa. Es un proyecto
al que le he dado mi
vida y me ha retribuido
con mucha felicidad.
Siempre digo que he
realizado la utopía,
aunque tengo otras. En
el 84, nunca pensé que
llegaría hasta aquí, si
entonces me hubieran
dicho que un día
llegaría a ser lo que es
hoy, habría pensado que
era una locura. El
Mejunje se ha adelantado
a todo: lo que hoy es
política, El Mejunje lo
hizo cuando no lo era.
De eso se trata: de
vivir sin pensar en
grandezas. Vivir.
Creo que he hecho lo que
mi tiempo me exigió
hacer y aunque estoy
marcado por momentos muy
difíciles, creo que
ellos me llevaron al día
de hoy. He conocido a
las personas más
humildes y a grandes
personalidades de la
cultura y la política;
pero vivir en este lugar
me ha permitido
situarlos al mismo
nivel. Eso no se logra
en un día, no se logra
exigiendo: se logra
demostrando que los
sueños son posibles, que
es posible el amor entre
las personas por más
distintas que sean, que
la cultura es más amplia
que lo que nuestros ojos
alcanzan a ver. Y lo que
más agradezco de todo
eso y de todos estos
años, es el respeto. |