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En estas jornadas del
FSA, decenas de
comunicadores se
encuentran en Asunción,
Paraguay. Unos llegan
para hacer sus
coberturas de prensa
porque todo el año le
dan seguimiento a muchos
de los aspectos
incluidos en el programa
general de este evento.
Otros acuden con
curiosidad a ver de qué
se trata esta cuarta
edición. Y no faltan
quienes en las salas y
carpas de debate exponen
sus preguntas, sus
puntos de vista y
experiencias en el
ejercicio del derecho a
la comunicación o la
propuesta para hacer que
la cultura y la
educación también se
preparen para decir y
escuchar de manera
activa. En uno de esos
espacios de diálogo,
compartí estas
reflexiones sobre la
comunicación que hacemos
y sus retos.
¿La otra?
Cuando escucho hablar de
“la otra” comunicación
siempre pienso que esa
es la mía, la nuestra.
Pareciera entonces que
hemos asumido que la
comunicación, la
oficialmente aceptada,
no es la nuestra, sino
de ellos, de quienes más
hablan de libertad de
expresión y de prensa,
aunque en definitiva son
los que ponen los
límites de lo permitido,
según sus intereses y
conveniencias. Por
supuesto, defienden un
espacio para legitimar
el orden vigente, para
autorratificarse, y en
ese universo simbólico,
ni nuestras voces ni
nuestras urgencias ni
nuestras demandas ni
nuestras identidades
quedan incluidas
—ni
siquiera reflejadas.
Nos empeñamos en hablar
de esa otra comunicación
y de definirla, no como
un concepto único o
acabado, sino como un
espacio de encuentro de
la pluralidad que somos,
pero sobre todo de
proyectos, de modos de
ver y entender la vida.
La nuestra es la
comunicación, que en
verdad aspira a poner en
común, a enlazar y
articular, en tanto
recupera nuestras
capacidades como seres
creativos, de
pensamiento y de acción,
de palabra y escucha
activos.
Nuestra comunicación
necesita del otro, no
para lograr ese balance
perfecto que da cuenta
de un enfoque de moda,
sino porque su sentido
más exacto está en el
complemento, en el
tejido que se logra
cuando voces diversas
quieren dialogar y tomar
parte de la construcción
de esas sociedades más
justas e inclusivas que
buscamos. Pero nuestra
comunicación no será
posible si a la par no
hablamos del tipo de
sociedad que
construimos, de la
ciudadanía que aspiramos
a ser, si no emprendemos
procesos culturales,
educativos que nos
formen para
compartirnos, para
verbalizar el futuro y
hacerlo mano a mano.
Acompañando procesos,
carácter estratégico
Constantemente la
hegemonía necesita
reproducirse en la
interioridad de los
sujetos, reconfigurarse;
por eso, y al decir de
Bourdieu, se encarga de
hacer sentir sus normas
“como naturales,
legitimarlas, persuadir
—sobre todo a los
sectores subalternos— de
que esa organización
social es la más
conveniente para todos”.
(García, 2004:191) Con
ese propósito desarrolla
capacidades para
encontrar formas nuevas
de manejar los
conflictos sociales,
económicos, políticos,
culturales,
institucionales, y
mantener los equilibrios
entre las clases
dominantes y las
dominadas. Consustancial
a esas estrategias se
aferra el poder, que “no
pesa solamente como una
fuerza que dice no, sino
que de hecho circula,
produce cosas; induce al
placer, forma saber,
produce discursos; es
preciso considerarlo más
como una red productiva
que atraviesa todo el
cuerpo social que como
una instancia negativa
que tiene como función
reprimir”. (Foucault,
1999: 277) Las
relaciones de poder se
ejercen, por tanto, en
diferentes niveles.
Para cambiar ese orden
vigente hay que superar
la hegemonía de la
cultura capitalista de
la dominación,
caracterizada por la
competencia desmedida o
“selección natural
capitalista” que genera
ganadores (los ricos) y
perdedores (los pobres).
La homogenización, que
absorbe identidades
disímiles e impone las
ofertas del mercado, las
desigualdades (de
género, racialidad,
etarias…), el
consumismo, la
monopolización, la
privatización y el
ecocidio, que ha puesto
contra los límites al
medioambiente.
Las agendas y rutinas
productivas que
predominan en el sistema
comunicativo hegemónico,
muestran sus
interconexiones con la
estructura comercial y
antidemocrática a la que
se deben. En ocasiones,
utilizan como recursos
la manipulación, la
descontextualización y
la tergiversación de la
realidad. Sus flujos
comunicacionales son
asimétricos y
unidireccionales, es
decir, los mensajes son
producidos por un
reducido grupo y la
audiencia no actúa como
participante de un
proceso recíproco de
intercambio
comunicativo, más bien
recibe el tratamiento de
consumidora de estas
formas simbólicas. (Thompson,
1998)
El pedagogo brasileño
Paulo Freire acertaba al
desconfiar del discurso
ideológico que amenaza
con anestesiar mentes,
confundir la curiosidad,
distorsionar la
percepción de los
hechos… Las coberturas
periodísticas del golpe
de Estado al presidente
venezolano Hugo Chávez y
a las falsas
justificaciones de las
guerras estadounidenses
en el Oriente Medio, son
solo dos antiejemplos de
la “objetividad”
mediática que sacrifica
ética y veracidad para
respaldar
a las clases
tradicionalmente
dominantes, es decir, a
sí mismos, porque son
parte de ellas.
“Esas
falsas objetividades,
que tienen como fin la
creación de sentidos
comunes hegemónicos, son
construidas a través de
técnicas y gramáticas
profesionales que varían
de acuerdo con las
estrategias
comunicacionales y los
intereses de cada medio
o conglomerado de
medios.” (López, 2008)
El modelo de
Intencionalidad
Editorial
lo explica a partir de
los emisores de ese
discurso, que de
reconocer que su
“objetividad” es
sinónimo de parcialidad
propia, acabarían con la
mitificación del
discurso del poder y,
por tanto, con su
eficacia como ordenador
y disciplinador social.
Para comprender la
hegemonía en términos
comunicacionales es
preciso entender las
complejas relaciones
globales que le sirven
de marco en pleno siglo
XXI. Luego de la caída
del Muro de Berlín, la
mundialización de la
economía ha puesto en
una misma órbita a
conglomerados
financieros,
industriales,
diplomáticos,
tecnológicos y
culturales, bajo la
égida de los EE.UU. A la
par se han incrementado
las desigualdades y
exclusiones, máxime en
medio de la actual
crisis global, que ha
sacudido hasta las
economías de mayor
solidez. Bajo esas
condiciones, la
comunicación es un
negocio más que conecta
—y enlaza en la
virtualidad enajenante—
el dominio de lo público
y lo privado.
Según Sally Burck
(2007), la globalización
neoliberal “llegó con
tal fuerza al mundo de
la comunicación, que
tanto los soportes
tecnológicos, como
también la propia
industria cultural de
contenidos, se han
convertido en sectores
altamente rentables”. En
las últimas décadas, se
registra un proceso
creciente de
centralización y
monopolización
multimediática.
Diversas formas de
resistencia a ese modelo
comunicativo elitista
han proliferado en el
continente
latinoamericano,
reconocido por su
riqueza en la práctica y
teoría de la
comunicación
alternativa.
José Ramón Vidal (2009)
sintetiza la propuesta
comunicativa
contrahegemónica como
aquella “que rompe
radicalmente con los
modelos transmisivos
propios de la dominación
y que tiene como
horizonte el diálogo, la
participación, la
construcción de visiones
compartidas, la
generación de procesos
político–pedagógicos que
subviertan las formas
tradicionales del
ejercicio del poder y de
la comunicación
hegemónicos… Entonces la
comunicación es
contrahegemónica no solo
por sus contenidos, sino
por el modelo que asume,
por el sentido que le da
al proceso de comunicar,
por los procesos de
concientización, de
cambio cultural que
genera; de lo contrario,
de alguna forma,
inconscientemente no
llegamos a ser realmente
una alternativa a la
dominación, sino una
nueva forma de esta”. En
esencia,
las diferentes formas de
entender lo alternativo
están asociadas a un
proyecto más amplio de
la sociedad, alternativo
también al sistema
capitalista y sus
expresiones de
dominación. Opción que,
por otra parte, se
traduce en la estructura
del medio, sus formas de
gestión, el tipo de
relación con los
protagonistas /
destinatarios, los
contenidos, las formas
de propiedad y de
financiamiento, etc. De
modo que lo alternativo
se levanta aquí “frente
a otra concepción no
solo de la comunicación,
sino de las relaciones
de poder, y de la
transmisión de signos e
imposición de códigos
que esas relaciones
permiten vehicular”.
(Calicchio)
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El discurso alternativo
se presenta como
posibilidad de subvertir
el lenguaje dominante y
sus formas
institucionalizadas, sus
lugares comunes
tendientes a la
descontextualización y
despolitización de los
mensajes. Tiene arraigo
en las experiencias
concretas de la vida
cotidiana, en sus
problemas, necesidades y
expectativas. Produce,
además, otra comprensión
sobre la realidad, que
busca las causas
estructurales de las
problemáticas sociales a
fin de establecer
propuestas de cambio.
Contextualización,
politización, contenido
social, actitud crítica
y pluralismo de
posiciones, son algunos
de los aspectos del
mensaje
contrahegemónico. Entre
sus desafíos está operar
dentro del marco de la
sociedad capitalista, de
las relaciones
económico-políticas
imperantes y de la
mentalidad generada por
la cultura de la
dominación que ha
prevalecido siglos.
Cualquier iniciativa de
integración, y máxime
una integración con
participación activa de
los pueblos, es
impensable sin
incorporar la
comunicación,
considerada en sus
diversos ejes. Estos
incluyen, entre otros,
medidas efectivas para
democratizar la
comunicación;
estrategias e
iniciativas regionales
de comunicación, y la
integración de
infraestructuras y
compatibilidad de
sistemas.
El primero tiene que
ver, por una parte, con
los marcos legales y
regulatorios que
permitan afianzar
efectivamente una prensa
plural, diversa y
socialmente
responsable. Algunos
países ya han dado pasos
en este sentido, y en
otros, el tema está en
debate. Si bien se trata
de medidas en el plano
nacional, queda en
evidencia que no es un
problema particular de
cada país, que cualquier
gesto para poner orden
en los medios de
difusión provoca una
reacción a escala
regional en defensa del
libre mercado mediático
(bajo el discurso de
“libertad de
expresión”). Está claro
que la libertad de
expresión —que es un
derecho humano
conquistado por la
ciudadanía— debe
permanecer inviolable;
sin embargo, hoy en día
la principal amenaza a
esta es la concentración
de poder en manos de
estas grandes empresas
mediáticas, para la cual
los instrumentos
internacionales carecen
de mecanismos de
prevención.
Pero, por otro lado, la
democratización también
implica la adopción de
instrumentos legales y
políticas para que los
sectores sociales que
han permanecido
marginados de la
comunicación puedan
efectivamente ejercer su
derecho a la
expresión. Implica el
pago de una deuda
histórica con pueblos,
con sectores sociales,
con las mujeres,
etc. Contemplaría, entre
otros, la asignación de
recursos, subsidios a
los mecanismos de
producción y difusión,
asignación de un
porcentaje de las
frecuencias,
capacitación, programas
de fomento cultural.
El segundo aspecto, las
estrategias e
iniciativas
comunicacionales
regionales, habría que
considerarlas no solo de
cara a mejorar el
conocimiento de los
programas de
integración, sino, y
sobre todo, para
fomentar el conocimiento
y reconocimiento mutuo
entre los
pueblos. Podrían abarcar
una amplia gama de
programas desde
medios públicos
de carácter regional
hasta intercambios
culturales, involucrando
también a medios
ciudadanos y
comunitarios, el
establecimiento de
vínculos entre sectores
afines de diferentes
países y muchas de las
iniciativas que ya se
impulsan desde los
movimientos sociales de
la región. Estas
adquieren especial
importancia en momentos
de crisis, cuando existe
la tendencia a culpar a
la inmigración por la
falta de empleo, a
exacerbar los conflictos
y rivalidades entre
países vecinos, incluso,
a utilizar la guerra
como factor de estímulo
económico. Una sólida
hermandad entre pueblos
vecinos sería un fuerte
disuasivo que quitaría
apoyo popular a tales
maniobras.
En el tercer aspecto —la
integración de
infraestructuras y
sistemas— se han dado
avances tímidos en el
plano de la telefonía,
conexiones de Internet,
políticas de sociedad de
la información; pero,
por lo general, las
prioridades miran hacia
fuera y no dentro de la
región. Un tema clave
debería ser la adopción
de un sistema común para
la televisión digital
que facilite, por
ejemplo, los
intercambios de
programación y la
creación de medios
regionales, y que
potencie la capacidad de
producción propia, con
un criterio de
democratizar el acceso a
las ondas, al
multiplicar las
frecuencias
disponibles. Sin
embargo, este tema se
está manejando país por
país y con criterios más
bien tecnomercantiles. El
uso común de satélites y
la creación de un
backbone de Internet
para la interconexión,
sin tener que pasar por
países externos a la
región, son otros
aspectos a
impulsar. Asimismo,
sería beneficioso
adoptar políticas
análogas de acceso a las
bandas libres para
democratizar el acceso a
Internet; compartir
programas de software
libre, entre otros.
En consecuencia, es
preciso abandonar el
modelo de comunicación
autoritario, vertical,
transmisivo que en
demasiadas ocasiones
asumimos como parte de
la cultura hegemónica de
dominación que
inconscientemente
portamos y reproducimos
aún al interior de las
organizaciones y
movimientos. Así daremos
pasos hacia la gestación
de una cultura de
diálogo y participación
de las bases, y entre
los diferentes sectores
y movimientos.
1. El modelo
teórico-metodológico de
Intencionalidad
Editorial fue
desarrollado por un
grupo de Investigación
Teórica de la Facultad
de Periodismo y
Comunicación Social de
la Universidad Nacional
de La Plata (UNLP),
dirigido por el profesor
Víctor Ego Ducrot.
(López, 2008) |