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“Una feria ideológica”,
lo ha llamado el
Presidente Lula; para su
homólogo venezolano, se
trata del “evento
político más importante
del mundo”. Ambas
concepciones,
presentadas siempre
juntas y en supuesto
contraste, ocupaban
algunas de las
reflexiones académicas a
raíz del Foro Social
Mundial de 2005: “¿dos
miradas diferentes para
un mismo evento?”,
inquiría un articulista
en la Agencia
Latinoamericana de
Información (ALAI).
Cinco años más tarde las
miradas de ambos líderes
no han perdido el jugo,
aun cuando no nos quite
el sueño la citada
cuestión de las
“diferencias”: antes
bien, se trata de pocas
palabras que simbolizan
lo que dicho espacio ha
significado y significa
aún para los latidos
progresistas del
Continente.
Apenas en lo que a esta
región implica, el
alumbramiento de Porto
Alegre hace ya nueve
años y su progresiva
multiplicación en
similares y más pequeños
eventos locales,
regionales o temáticos,
con metodologías afines
y el mismo espíritu
trasgresor, propició el
surgimiento de un
espacio privilegiado: el
Foro Social Américas
(FSA), cuya IV edición
reúne este año en
Paraguay a
unas diez mil personas,
entre ellas una numerosa
representación de
líderes de
organizaciones
populares.
Por estos días, mucho se
teoriza sobre los
desafíos y alcances de
la cita continental.
También se especula. Y a
no pocos les pesa la
balanza del lado de su
liquidez. A otros, sin
embargo, la simple
vuelta a aquellas
polémicas frases
pronunciadas por los
presidentes, nos lleva
la aguja del lado
contrario: hace cinco
años, cuando el FSA era
apenas un frágil recién
nacido, quienes se
empeñaban en lograr
desde la reconstrucción
de sus naciones las
posibilidades de unión
de la región toda,
aprehendieron la magna
cita de los pueblos en
imágenes de un
simbolismo hoy intenso.
A las puertas de su IV
edición, el Foro Social
Américas ha levantado ya
en Asunción las carpas
de su gran “feria”: “se
podría hacer un mapa por
tipos de movimientos, de
identidades,
percepciones,
estrategias y demandas”,
puede leerse en el mismo
dossier en que este
artículo se inscribe.
Son criterios del
investigador cubano
Fernando Martínez
Heredia,
quien pareciera dialogar
con Chávez cuando
agrega: “en la medida en
que ‘lo político’ vaya
teniendo su lugar en los
movimientos populares,
será más factible
armonizar sus
necesidades y sus
iniciativas con los
principales problemas
generales del
Continente”.
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Sin duda, en ambos
términos radica la
principal ganancia de
este encuentro regional:
resultado del big-bang
producido a raíz del
primer Foro Social
Mundial, la cita
americana congrega
sueños y realidades,
alternativas viables y
propuestas de miles de
movimientos,
plataformas,
experiencias
comunitarias,
académicos,
comunicadores,
activistas ambientales…
en un mismo centro,
donde se encuentran unos
y otros con sus
semejantes de otras
latitudes. Y en medio de
toda esa gran “feria” de
diversidades, un ancla:
la imputación colectiva
a una hegemonía que se
disfraza de invisible
―como cierta mano― en
las relaciones de poder,
en la reproducción de
modos patriarcales,
clasistas, racistas y
excluyentes. Es decir,
en la vida cotidiana. Y
justo ahí, el segundo
aplauso: el Foro ha
contribuido a
visibilizar que lo
cotidiano es hoy más
“político” que nunca.
Son también estos
espacios ―en tanto
experiencias ciudadanas
donde convergen el
acervo de luchas de
generaciones, la
acumulación del
pensamiento crítico en
torno a los múltiples
temas que convocan, el
carácter dialógico de su
dinámica y estructura―
responsables del salto
político que hoy muestra
la ciudadanía
latinoamericana. Dicho
salto, valga decirlo,
tamiz por donde además
se explican el ascenso y
la consolidación de los
gobiernos de izquierda,
avalados por elecciones.
No obstante, en ambos
términos radican también
los principales
desafíos: que la “feria”
quede solo en mostrarnos
los unos ante los otros,
significaría ponernos la
misma venda que impide
verle las manchas al
radiante concepto de “multiculturalidad”.
Se trata, una vez más,
de conocer nuestras
fuerzas y de unirlas
para encontrar
soluciones, con lo mejor
de cada una, a problemas
continentales y locales.
Quizá en esa misma
ebullición fragüe la
nueva politicidad, ajena
a lo que desde la
industria liberal se nos
vende. Que el Foro no
sea un fin en sí mismo.
En resumen, de eso se
trata.
La agenda de Paraguay
sigue la historia
Foro Mundial de la
Educación, Foro Mundial
de la Salud, Foro de la
Diversidad Sexual, Foro
de Autoridades Locales,
Foro Parlamentario
Mundial, Foro Social
Panamazónico… todas esas
citas temáticas han
visto la luz, con mayor
o menor sistematicidad,
a raíz del optimismo que
la primera edición del
FSM hizo reverdecer en
las fuerzas progresistas
del mundo. Pero en la
cita magna, las grandes
y pequeñas
preocupaciones conviven.
Es así como su
primogénito continental
se prestigia por
convocar, en un mismo
espacio, lo que podrían
ser (y son, muchas
veces) foros temáticos
independientes: los
procesos de cambio que
vive la región con
nombres y apellidos (posneoliberalismo,
integración,
socialismos, Revolución
ciudadana, Buen Vivir y
cambios civilizatorios);
preocupaciones que
enlazan con dilemas
urgentes (Estrategias de
militarización y
dominación imperial; Las
disputas hegemónicas:
comunicación, culturas,
conocimientos,
educación; La Soberanía
Alimentaria como núcleo
de nuevos equilibrios de
vida); cuestiones
raigales, definitorias
para la reivindicación
de los actores sociales
del Continente (Pueblos
y nacionalidades
indígenas, originarios y
afrodescendientes: el
reto de la
plurinacionalidad;
Igualdad de género y
diversidades). Todas
ellas, preocupaciones
que han nutrido los
debates durante las tres
ediciones que preceden
la cita de Asunción:
cuestiones que articulan
con ejes globales de
lucha, pero que a la vez
vindican al Foro Social
Américas en tanto
espacio endógeno. A esta
cuarta edición, se suma
también un eje nunca
antes incorporado como
tal, aun cuando sí pueda
hallársele como
catalizador del resto:
“Memoria y justicia
histórica”.
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Con la incorporación de
nuevos ejes y aristas,
el Foro de Paraguay se
presenta como organismo
vivo, recicla
preocupaciones
ancestrales y las
desempolva a la luz de
las nuevas. La revisión
de sus agendas durante
los cuatro encuentros,
por tanto, resulta
también un repaso de la
vida del Continente en
los años que corren, esa
que algún día imprimirán
en blanco y negro los
historiadores. Toca al
Foro Social Américas
servirles de testigo,
crecer con ingenio y
embestirse
―como su progenitor
mundial― en tanto actor
político: urgencia que
su propio desarrollo
viene generando no desde
que viera la luz en
Quito (2004), sino desde
principios de siglo,
este nuevo milenio que
Porto Alegre celebró con
el renacer de los
latinoamericanos. O al
menos, de aquellos que
sintieron latir el
corazón a la izquierda
del pecho. |