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En el bicentenario
natalicio del compositor
polaco Federico Chopin,
el pianista Huberal
Herrera presentó en la
Basílica Menor del
Convento de San
Francisco de Asís un
programa íntegramente
dedicado a sus obras que
cabría calificar de
colosal por varias
razones, aparte de su
extensión, pues tuvo más
de hora y media neta en
música.
Por otros motivos más
profundos en el orden
conceptual vale el
calificativo, comenzando
por el modo en que
nuestro jovial
octogenario pianista no
reconoce límites
temporales, geográficos
ni culturales cuando se
trata de enriquecer el
panorama musical de
concierto en Cuba y,
dentro de él, su
personal ejecutoria
profesional, que renueva
día por día.
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En este caso, junto con
obras habituales en el
repertorio de todo
pianista del género como
los impromptus,
scherzos y fantasías,
Huberal trajo
algunas que agrupó en un
bloque central bajo la
rúbrica de “Seis piezas
casi olvidadas” donde,
salvo las incluidas como
“Tres escocesas”, del
Op. 72, las cinco
restantes tenían su
primera audición en
Cuba.
Cualquiera pudiera
pensar que el repertorio
asumido en el mundo por
los concertistas va
decantando las mejores y
más depuradas obras con
un criterio selectivo.
Pero este recital nos
permitió constatar que
hay otros factores en
juego; pues,
ciertamente, ―y
olvidando que la música
es siempre balance de
emotividad y
racionalidad― a Chopin
se le ve como parte del
ideal romántico en
materia de liberación de
cualquier yugo, en el
orden cívico y en la
orientación de la
estética composicional,
donde la música adquiere
un pulso más elástico y
variable, como lo es el
fluir de los
sentimientos y emociones
que sacuden al ser
humano.
El Chopin que nos puso
Huberal delante, sin
dejar de contener esa
esencia, es menos
escuchado por la poca
frecuencia con que se
ejecutan algunas de las
obras incluidas y
también por estar más
alejado del cliché que
lo ubica en una
constante agitación,
donde la pasión siempre
nubla al intelecto: aquí
hubo también su parte de
racionalidad y de apego
a una medida, bien por
lo que obliga a ello el
uso del contrapunto,
como en la “Fuga en
la menor”, el
rejuego formal, como en
las “Variaciones sobre
un tema alemán”,
o la secuencia de
marcha, como en las
varias danzas, o en la
“Marcha fúnebre en do
menor”, (no la conocida
“Sonata” No. 2).
Esto no quiere decir
que en sus tres
presentaciones previstas
por el bicentenario ―y
esta es la segunda―,
prevalezca esa imagen,
aunque sí ha tenido
hasta el momento una
señalada presencia
porque es un componente
que Huberal Herrera ha
distribuido en una
cierta medida a modo de
contraste en la
estructuración propia de
cada programa y en la
concepción general del
ciclo.
Aquí hubo su carga de
apasionamiento, como en
los cuatro impromptus
escogidos, en los
cuatro scherzos
y en la fantasía en
fa menor, del Op.
49. Pero, incluso, en
estas obras hubo ese
complemento tan
necesario, que a veces
extrañamos cuando muchos
intérpretes olvidan que
el Romanticismo también
incorpora los aportes
anteriores de la
evolución del lenguaje
musical; que no se debe
descuidar la atención,
por ejemplo, al tejido
de las voces que algunos
diluyen en una masa
informe para “rubatear”,
estirar y encoger,
adelantar o atrasar la
marcha más a su
capricho, sacrificando a
veces hasta la lógica
interna propia del
discurso musical, que no
prescinde del compás, si
bien no sea el marcado
por un mecánico
metrónomo, pero mantiene
la segmentación y la
dialéctica de motivos
melódico-rítmicos en
sucesión o coexistiendo
en el tiempo, ubicados
en imaginarios planos,
atrás o adelante con la
intensidad del toque, y
todo con su medida.
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Huberal, en cambio,
trabaja con cuidado las
así llamadas “voces”
―las que “cantan” sobre
un fondo acompañante,
las que hacen un
“segundo” y las que
interactúan con sus
“contracantos”―
y los planos bien
diferenciados, cada uno
en su sitio y carácter,
virtudes que hay que
agradecer, entre muchas
enseñanzas para
intérpretes y oyentes.
Pero la principal es esa
lección de capacidad y
oficio pleno, repito que
no solo por la prueba de
resistencia en hora y
media tocando, sino
también por la
coherencia y
consistencia de su
proyecto artístico para
ofrecer, con todo
respeto, lo alejado de
clichés.
La mayor enseñanza de
Huberal Herrera está en
su intención y capacidad
de proyectar todo eso en
medio de su dedicación
prioritaria, no
exclusiva, a la música
cubana. Ahí sentó
cátedra, por ejemplo, en
la investigación,
transcripción,
interpretación en vivo y
grabación de la música
del compositor Ernesto
Lecuona, a quien no
acude como si fuera un
representante menor,
socorrido como encore
después del programa,
supuestamente, de más
peso; o cuando se escoge
lo más manido; o cuando
casi se pega al piso un
pedal enmascarante que
deja en vibración libre
las cuerdas sin importar
que ya cambiaran el
acorde y la armonía,
formando un amasijo
sonoro que rellena
vacíos y falta de
recursos técnicos o
interpretativos a costa
de los matices y
detalles que toda música
―y todo buen oyente―
necesita para llegar a
esa sugestión de espacio
y tiempo que es la base
de su expresividad. |