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La Alicia
de Tim Burton convence o encandila |
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Joel del Río
• La Habana |
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La pasión por los diferentes y
extravagantes ha llevado a Tim Burton (Eduardo
Manostijeras, Ed Wood,
Sleepy Hollow, Charlie y la
fábrica de chocolates, Sweeny
Todd… por solo mencionar algunas de
sus películas protagonizadas por Johnny
Depp) al mareo surrealista que
proporciona Alicia en el país de las
maravillas, una película que ha
ganado más de mil millones de dólares,
en la taquilla mundial, en tanto
proporciona, al mismo tiempo, recreación
y filosofía, morbo y humor, en medio de
una dirección de arte (decorados,
vestuario, maquillaje) tan recargada y
colorista como solo puede encontrarse en
otra película de Tim Burton.
Tim Burton, quien se las ha ingeniado
para concordar su cine de autor con los
presupuestos genéricos y el gusto del
público mayoritario, se autodefine como
“optimista maniaco depresivo”, y sus
mejores películas, incluida Alicia…
trasuntan inusual combinación de
influencias, que van desde los dibujos
animados de la clásica factoría Disney
(recordar que la firma coproduce esta
película y además realizó una versión
muy notable del clásico literario de
Lewis Carroll en 1951, pero aferrada a
ciertas puerilidades y a las
indispensables canciones) hasta la
literatura de horror (Poe), pasando por
los cuentos de hadas, el arte pop, el
surrealismo en vertiente onírica. Burton
comparte sus preferencias por la época
victoriana, el romanticismo, y los
relatos góticos protagonizados por seres
inadaptados en inútil búsqueda de la
aceptación.
La historia pierde fuerza sobre todo
porque Burton se mantiene indeciso, a lo
largo de casi todo el metraje, entre el
tratamiento de la historia y de los
personajes para un público infantil y
adolescente, que necesita acción física,
peripecia, impacto visual y un abordaje
más adulto de una historia que ha sido
considerada desde alegoría del
imperialismo británico en el siglo XIX,
y del despertar sexual e intelectual de
la adolescencia hasta paraíso de la
semiótica, la simbología y de los
presupuestos filosóficos aplicados a una
historia aparentemente infantil.
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El largo cuento de Lewis Carroll se
expande con fruición en el enfoque
irracional, surrealista y
mítico-fabulador —perspectiva adorada
por Tim Burton— sobre el problema
insoluble de la humanidad en su
contienda por encontrar sentido, orden y
seguridad en un mundo de esencia
desatinada, caótica y hostil. Por
cierto, debe aclararse que Burton adaptó
libremente no solo el libro titulado
Alice's Adventures in Wonderland,
sino también otros dos: Through the
Looking-Glass, y What Alice Found
There, y se tomó libertades como
convertir a la protagonista en una
mujer, que interpreta Mia Wasikowska,
que si bien físicamente pudo ser
prototipo del cine de Burton, carece de
lado oscuro y, por tanto, termina
inclinándose mucho más a la princesa en
peligro en el más puro estilo Disney.
Deslumbrante y pueril, ruidosa y
espectacular, la Alicia… soslaya
algunos de los más poderosos atributos
del original literario, sin que el
cineasta consiga igualar ni superar, en
un ápice, su referente decimonónico,
como no sea en la ventaja inherente al
cine como arte, a la belleza y colorido
de la escenografía y a lo vistoso del
vestuario, o lo convincente de los
efectos especiales.
Hay que mencionar, por supuesto, la
frescura y la gracia de Johnny Depp
haciendo el Mad Hatter (el Sombrerero
Loco), un personaje excéntrico sin
exageraciones, aunque su intervención es
de apoyo y bastante secundaria, al igual
que la participación de Helena Bonham
Carter, más que graciosa y fresca en
pleno delirio caricaturesco como la Red
Queen (la Reina Roja), la perfecta
encarnación del despotismo caprichoso.
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Tampoco puede hacerse un comentario
sobre la película y dejar a un lado la
obra literaria de Carroll, que posee
tanta importancia cultural y estética,
que algunos estudiosos la consideran
precursora del surrealismo, el
modernismo literario y las vanguardias
históricas (el dadaísmo y el
surrealismo, entre otras —Salvador Dalí
adoraba el libro), pieza adelantada de
tendencias sociales y científicas como
el existencialismo, el sicoanálisis, la
emancipación femenina, estudio seminal
sobre la compleja mezcla de inocencia y
agresividad que es precisa para hacerse
adulto y adaptarse al mundo, obra
suprema de la sátira política sobre el
absolutismo y la locura del poder.
Mencionamos todo ello para ofrecer una
pálida idea de la ciclópea labor que
enfrentó Tim Burton cuando intentó
traducir audiovisualmente este mundo
complejo y frenético. Burton se apoyó
sobre todo en el frenesí y el arrebato,
pero hay que ver cómo derrocha arresto,
competencia e imaginación realizando una
película elegible, desde ya mismo, entre
lo mejor que va a pasar por la pantalla
cubana este verano.
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