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Dicen que en su natal Matanzas
lo veían como un futuro médico,
sin embargo, al conocer en la
preparatoria de Medicina de la
Universidad de La Habana al
ilustre catedrático Felipe Poey,
el joven nacido el 15 de mayo de
1858, terció hacia el estudio de
las ciencias naturales, en las
que alcanzaría renombre
universal, de modo particular,
en la Malacología.
Por cierto, en la búsqueda de
caracoles terrestres por los
pantanos de Atarés, se enfermó
de fiebre palúdica, lo que le
hizo regresar a su terruño donde
se incorporó como profesor al
colegio San Carlos, fundado por
su padre. Tenía 15 años.
Pero nada conseguiría detener
los empeños de Carlos de la
Torre y Huerta, quien se
convertiría con el paso del
tiempo en una leyenda viva que
comenzó cuando, en el Museo de
Historia Natural de Londres,
identificó al tacto algunas
especies de la malacofauna
antillana. Muchos lo
reconocieron como el malacólogo
más importante de su época.
Licenciado en 1881 en Ciencias
Naturales por la Universidad de
La Habana, ganó el premio
extraordinario para cursar, con
matrícula gratuita, en la
Universidad Central de Madrid,
las asignaturas complementarias
para el grado de Doctor, título
que defendió en la península dos
años más tarde con la tesis:
"Distribución geográfica de los
moluscos terrestres de la isla
de Cuba, en sus relaciones con
las tierras vecinas", valorada
de sobresaliente por el
tribunal.
Luego de impartir clases en el
Instituto de Segunda Enseñanza
de Puerto Rico, regresó a Cuba
en 1884 para ejercer la cátedra
de profesor de Anatomía
Comparada en la Universidad de
La Habana. Desde entonces
realizó numerosos viajes de
exploración por toda la Isla.
Los resultados de sus
investigaciones, entre las que
se encuentran hallazgos de
restos fósiles, los presentó en
varios países, como EE.UU.,
Suecia y España.
Director durante muchos años del
Museo de la Academia de Ciencias
Médicas, Físicas y Naturales de
La Habana y creador de su propio
Museo de Historia Natural, se le
nombró miembro de honor de la
Academia de Ciencias de
Washington y Presidente de la
Unión Malacológica Americana. El
gobierno francés le entregó la
Legión de Honor con el grado de
Caballero.
También se le otorgó el título
de Doctor Honoris Causa en
Ciencias de las Universidades de
Harvard y la Schiller de Jena,
Alemania.
En su patria fue condecorado en
1935 con la Gran Cruz de la
Orden Nacional de Carlos Manuel
de Céspedes, y la Universidad de
La Habana, de la que fuera
rector, lo designó Profesor
Emérito en 1938, honor conferido
por primera vez a un catedrático
de esa institución.
Fervoroso independentista, luego
del inicio de la guerra
organizada por el Apóstol,
marchó al extranjero. El
Generalísimo, Máximo Gómez lo
honró con su amistad, al igual
que el doctor Fermín Valdés
Domínguez y otros patriotas.
Hasta muy avanzada edad
prosiguió su quehacer
científico. Murió nonagenario en
La Habana el 19 de febrero de
1950.
Heredero de la labor del sabio
Felipe Poey, su extensa obra
comprende trabajos de geología,
paleontología, zoología,
arqueología e historia, aunque
su mayor contribución la realizó
en el conocimiento de la fauna
fósil y, especialmente, en el
campo de la malacología.
Resulta poco conocido, sin
embargo, que este eminente
hombre de ciencias se doctoró,
además, en Farmacia y en
Medicina, por la propia
Universidad de La Habana en 1921
y 1922, respectivamente.
Personalidad multifacética,
publicó varios libros de textos
como el Manual o Guías para
los Exámenes de los Maestros,
y es considerado como uno de los
fundadores de la ciencia
pedagógica cubana. |