Año IX
La Habana
2010

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¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

Carlos Villagra Marsal

Asunción, Paraguay, 1932

 

Presente

     Entre el árbol y el agua que extermina,
junto a su tronco resonante y duro
se ahoga el mundo y renazco ante la espina.

     Contra un rasgueo triste, vago, oscuro
bastimento del pecho en correntada,
una creciente de contorno puro.

    Tornan a su lugar los rostros. Nada.
Horizontal y lentamente asida
boya la voz en una remansada.

    A la orilla. Detrás, mengua la herida,
envejecen el yugo y la coyunda,
la médula en cenizas nos olvida.

     Mas surge una guarania y me circunda
los huesos y el rezumo de mi nombre,
favorece mi sangre más profunda

      y me declara que el dolor y el hombre
se hospedan dentro de su mismo canto
y aunque recuerde el grito, aunque me asombre,

       trajinan solos, cierran mi quebranto
y al tocar su horizonte descoyuntan
estrellas sobre el filo de mi llanto.

      Al ser así, los huesos me repuntan
hacia un paraje antiguo de agonía
y por el centro, ahí donde se ayuntan

      guitarras de vigilia y travesía
y el pulso grave, ciegamente fuerte,
de un jazmín al parral del mediodía,

     sin adiós ni temblor, azul de suerte,
por turbios tajamares jalonado,
es sutil el pregusto de mi muerte.

     Y en silencio auxiliar, arrebatado,
principio pues y sigo, alfar del hueco,
del molde de mi cuerpo desatado,

    con sed desierta y despertar reseco,
con palabras de olor caliente, pleno
en la curva nocturna, eco tras eco

    de mi valle frutal cierto y moreno
en las cumbres del sueño, ya con rojos
machetes como nervios, al sereno,

    termino acá, con un farol por ojos,
y arribeño del alba, rabelero,
aún con puños, con últimos despojos,

    en diagonal perdida de lucero
entrego para el viento del poniente
esta picada abierta a sol entero
desde mi propia tierra hasta mi frente.


El desterrado

Yo necesito,

volver allá,

donde colman de duelo

el cuenco de las madres,

donde llenan de sal nuestras heridas.

Tengo que regresar.

A mi tierra,

donde saquean el agua a los secanos,

donde demarcan las hambres

con alambre de púa.

De vuelta debo estar.

En mi tierra,

donde unos pocos mandan,

en tanto que en sus ojos les relucen las armas,

cuando a los demás solo nos queda

sangre sajada en las espaldas

y sed amordazadas

y rabia.

Precisamente quiero

volver allá,

porque todos sabemos

que cuanto más ciega sea

la sombra que soporta la patria,

más cercano estará,

a punto de asomarse

el resplandor seguro,

el goce incontenible de la madrugada.


Fin de fiesta

Ya está, aquí llegamos,
tú con la cifra suficiente
de vértigo y de vino
en tu sangre veloz,
desaprensiva,
y yo según costumbre
con un escozor de lamparilla
en el lado del corazón.
Pero no importa,
hemos arribado,
acá somos lo que queremos ser
en la noche sucesiva,
ni el hilo de un dios podría pasar entre nosotros,
ah ejecución morosa,
ímpetu doble que va desde el suspiro
hasta el clamor, hasta el gemido
y el triunfo simultáneo de los cuerpos.

     Lo que resta se conoce:
eres apenas un silencio más,
una muchacha más,
aún el aire está exhausto,
harta y amarga el ánima.

   El regreso, aislado,
vadeando el alba,
con tu vano aroma todavía,
con mi ventana rota,
con tu nombre vencido,
con las soledades que me tocan.


Víspera

Mar de las islas, confuso
pulsar desamparado.
                                                                   
   Oscura navegación del cielo
sobre mi rumbo extraño.

   Y hacia el Naciente están los pétalos
de tu nombre arrancado,
la sal apenas consentida
de tus labios.

    Tanto me desvela
tu firme campanario
y el viento preciso que reúne
sus secretos reclamos.

    Todavía no sé
del color entregado
de tu piel, en la fresca madrugada
y sin embargo,
inútil resplandor, mujer de ausencia,
éste es el canto.

Carlos Villagra Marsal: Asunción, Paraguay, 1932. Poeta, narrador, ensayista e intelectual paraguayo. Fue director de la Tertulia Literaria Hispanoamericana de Asunción. Actualmente es profesor de Literatura guaraní en la Universidad Católica y en la Universidad Nacional Asunción. Cofundador de Alcándara Editora, fue su director desde 1982 hasta 1988. Condujo además la Editorial Araverá desde 1985 hasta 1987. Ha escrito varios libros, ensayos y comentarios críticos aparecidos en diversos semanarios culturales y publicaciones literarias nacionales y extranjeras.     

 
 

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