Año IX
La Habana

 2010

Regresar a la Página principal

SECCIONES

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS

EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

NOTAS AL FASCISMO

LA OPINIÓN

APRENDE

LA CRÓNICA

EN PROSCENIO

LA BUTACA

LETRA Y SOLFA

LA MIRADA

MEMORIA

LA OTRA CUERDA

FUENTE VIVA

REBELDES.CU

LA GALERÍA

EL CUENTO

POESÍA

EL LIBRO

EPÍSTOLAS ESPINELAS

EL PASQUÍN

EN FOCO

POR E-MAIL

¿DÓNDE QUIERES QUE
TE PONGA EL PLATO?

 

La luz, bróder, la luz

Querer ser poeta y triunfar en el empeño

Cira Romero • La Habana

 

Nacido en plena Crisis de Octubre, con 11 libros de poemas a la vista y dos Premio de la Crítica, Sigfredo Ariel, a través de Ediciones Unión, acaba de dar conocer no una antología, “sino un intento de juntar trabajos escritos a lo largo de unos veinticinco años”, —léase la página [194] del volumen— que lleva por título La luz, bróder, la luz, tomado del poema homónimo que abre el libro, conformado por textos de esos 11 cuadernos aparecidos entre 1985 y 2006. Dada su juventud, que preveo eterna, el poeta podría sentirse satisfecho ante este brevísimo currículo apenas esbozado, pero también tranquilo, sereno, calmoso, a la espera de una nueva “circunstancia de poesía”. Pero resulta que ninguno de estos calificativos surten efecto en la psicología de  este autor, cuya naturaleza —me perdonan los psicólogos los disparates clasificatorios— considero arrítmica, multiplicada, tensa y expectante. “Uno”, “Dos”, “Tres” y “Cuatro” —partes en que divide el libro— podrían acaso provenir de aquella conga (no olvidemos los conocimientos —y acercamientos— de este autor a nuestra música) que Rafael Ortiz detuvo en el tres, pero que Sigfredo sube a “Cuatro”, cualquiera sabe por qué. Pero esto es suposición infundada. Lo que importan son los más de 100 poemas recogidos que transitan de lo cotidiano actual, ya sembrado en la memoria, ya en el tránsito entre un espacio u otro, ya en insinuaciones vaciadas en el camino de búsqueda de la nada y del todo. Lo cierto es que presenciamos en estas páginas un universo poético coherente y personal, invadido de obsesiones propias y traspasado de un lirismo contenido, como contenida es la dimensión estilística de los poemas, sugerentes y alusivos, carentes, para bien, de audacias técnicas, trucos o artificios.

En este conjunto, siempre en un tono sereno, meditar y contemplar traspasan sus límites mutuos, unido a una sintaxis pausada y fluyente. De este modo se perfilan las cosas, los detalles, los pequeños sobresaltos de la voz que percibe: un arte que es el pensamiento a través de una mirada vertical, convertida en claridad a través de sus ojos.

En La luz, bróder, la luz, la escritura trata de situarse con solidez en un presente que permite al sujeto lírico aceptarse en la costumbre y lo libera de fantasías de futuro que quizá le dispersarían de posibles encontronazos con el propio “ser” de la poesía: la fijeza, negar la apertura temporal, buscarse en un cesar de huidas, reconocer el tránsito de vida en lo que no se mueve. Pero en este panorama calmo pronto va llegando la inquietud, en forma de irrupciones del recuerdo; y con el recuerdo viene el desdoblamiento que se siente ante aquel personaje llamado yo que lo protagoniza. Una reflexión: “Yo he tenido buena suerte, he visto/ mi rostro entre manos bellísimas, tengo los huesos fuertes/ y mi silencio huele a hojas movidas y a lumbre/ y a secreto”. (“Ahora mismo un puente”) hace prevalecer la idea de que el contenido de la vida se cifra en la memoria, que es exterior al yo, algo que este recibe desde fuera, un boquete por el que se pierde su identidad. Las cosas del entorno y el protagonista de la memoria son lo que existe, pues “Yo he tenido buena suerte”. El autor “ve”, “percibe”, es, al mismo tiempo, verse y percibirse, pues “tengo los huesos fuertes”.

En este libro se descubren dos recreaciones importantes: la de personajes a veces innombrados, pero sentidos, vividos: “Pasas como un rubio saludando/ como Calvin Coolidge/ y todos más jóvenes que tú, / algunos duermen encogidos/ como acabados de salir de la hora del parto/ o esquivando las ráfagas/ que debiste enfrentar al menos una vez”. (“En Apanás”) y la de una multiplicada recreación de espacios: una imprenta, la calle Manrique: “Voy por Manrique bajo mazos de alambre/ e ideogramas chinos que el agua va borrando. (“Discos cubanos”), un expendio barato de comidas: “y llevar esta flaca memoria/ a las casas atestadas, a las fondas donde nadie/ te mira —Nueva Asia, La Muralla— quién siente miedo/ de sentarse allí a esperar a alguien que ni siquiera/ es real, que ni siquiera es”. (“Y llevar esta flaca memoria”), una ciudad que puede ser Manzanillo con su órgano, que “...volaba frente a mí/ el órgano/ frente a nuestra historia desguazaba/ los cartones de la música...” (“Órgano de Manzanillo”), una Habana específica (“Zapata y G”), un cine “Rialto con olor a orine” (“Actúa con naturalidad”). Unidas a las marcas creativas antes aludidas, un cierto (pero solo aparente, si se quiere juguetón) deleite o refinamiento aportados por títulos engañosos, que bien pudieran ser hijos apócrifos de epigonales poetas modernistas: “Leda y el cisne”, “Cisnes, horrores”, “Un ciervo”, “Era duro el invierno”, “Nocturno local”... Pero no, el poeta no confunde el camino: sus “motivos modernistas” no existen porque sus poemas, estos poemas, provienen de la dureza de realidades, las nuestras, muy alejadas del a veces frío enjoyamiento de este singular movimiento artístico que dio entre nosotros dos figuras distintas, pero de singular importancia y de rasgos poéticos y vivenciales poco o nada compatibles: José Martí y Julián del Casal. Ni de uno ni del otro hay en Sigfredo, como tampoco de la escuela a la que ambos dieron llama. “Cualquier semejanza es pura coincidencia”, diríamos en lenguaje coloquial. “Cisnes, horrores” encierra en su título una oposición que dibuja, con sobresaltos de la voz autoral, una apertura temporal perdida en la distancia:

Me sentaría en las tardes con quien amara

entonces sobre un banco de cemento.

Cuarenta años de dormir en hoteles,

yendo los domingos

a la montaña rusa como si nada

hubiera sucedido antes…

 

Me doblaría tranquilo en los últimos libros

que mi amor repasaría, cabeceando

como los ojos perdidos.

 

Escaparía de los cines

en medio de películas descomunales,

mi amor se miraría en el espejo de los carros

y a los cuarenta años, se iría a lavar para acostarse

entre los mismos cisnes, en esta misma

densa oscuridad. 

Músicas y músicos, poetas, cantantes, pintores: François Villon, Tennessee Williams, Edith Piaf, Matta, nuestros Ballagas y Damaris Calderón, el bolero, “Un bolero muy lento”, donde se lee:
 

Corté para blanquear su boca

Unos cantos de cal, de los brocales

En que asomé los ojos, cales vivas

volaron de la roca.

 

Para aflojar los duros brazos

Busqué flores enteras que dejaron

Cortarse en rojos mazos.

 

Mis manos sus manos dibujaron

Hermosas, de abras

Empinadas saqué la oscuridad

Y el agua de su vista, la unidad

De sus huesos con plata repasé.

 

Y no rocé su oído porque sé

Que de nada le han servido mis palabras.

Insinuaciones del poeta indagando caminos no recorridos, pues “blanquear su boca” encierra hallazgos de poesía que dibujan un circuito metafórico intransitado, como si el saber que aporta el pensamiento poético y la mirada se escaparan siempre, sin depositarse en el yo, sin servirle como vía para que trascienda por la vía del tropo.

Un poema que, sin dudas, tendrá espacio definitivo en la poesía cubana es el que cierra el libro, “Embargo y elegía”, que representa, en su concreción, un territorio literario e histórico inmenso, pero despojado de referencias directas (no de referentes) a los escenarios reales. Poema provocador y provocante desde su mismo título, no deja de ser un gesto de entre cuantos supuran por las heridas de este libro. Cito sus dos primeras estrofas: 

Abro la puerta de mi casa/ está el bloqueo

                                               con un ojo cerrado y otro abierto está el bloqueo

                                               ante mí que no comprendo nada, que entiendo

                                               la mitad de esas noticias de África.

 

El bloqueo baila, se enardece, comenta las actualidades

habla incluso del período romántico de Mahler

de un lejano amor perdido, de los cortes

de pelo, de los cortes de electricidad. 

No estamos ante un poema-diario, sino ante recuerdos que suman fragmentos reflexivos, conversaciones del autor consigo mismo, sin restar alusiones a un presente inmediato que habrá de ser una especie de advertencia para futuras contingencias que seguirán sobreviniendo, pues “con su antifaz pasa el bloqueo del viejo carnaval” /.../ “ante el bloqueo tras el bloqueo/ sobre el extenso territorio/ del bloqueo”.

La luz, bróder, la luz es memoria vivida, pero sin fragilidad, no es poesía impostada en una tesitura alegórica, sino que se acentúa y crece del sueño a la vigilia agónica, de ecos a paralelismos, de reflejos espectaculares a los sueños, hijos de un poeta de talento inapelable. Es núcleo estricto y caudaloso, sin desmesura, con una brillantez de luz mate que no encandila ni enceguece, pero alumbra.

 

ARRIBA

Página principal Enlaces Favoritos Enviar correo Suscripción RSS
.

© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
IE-Firefox, 800x600