Septiembre, junto a las lluvias
y los anuncios de un otoño raro
climáticamente, más el cúmulo de
noticias esperanzadoras y de
otras poco halagüeñas, trae
consigo también la celebración
de los 70 años del maestro
titiritero Armando de Génova
Morales Riverón. Retablo
Abierto se suma al
onomástico con estas palabras,
nacidas tanto del diálogo
cotidiano como del estudio de la
vida del festejado. Los más de
20 años de diferencia entre
quien escribe y quien se
homenajea, no han sido nunca
impedimento para el logro de un
intercambio fructífero y
enriquecedor, matizado por el
manejo de opiniones y conceptos
no exactamente similares, pero
sí cercanos en cuanto a la ética
y esencia humana del oficio de
titiritero.
El actual director general del
Teatro Nacional de Guiñol es, no
digo quizá es, una de las
personalidades más singulares,
del mundo titeril cubano. ¿Qué
hombre verdaderamente de teatro
no es controvertido? ¿Amado,
admirado u odiado? Seguido por
tropas de ejecutantes de
habilidades y encantamientos, y
negado por otras, cuyos predios
se yerguen sobre el universo
clásico e inamovible, reacios a
enfrentar riesgo alguno. Las
andanzas creativas y pedagógicas
de Morales se mueven en un
camino donde la tradición y la
experimentación se miran en
espejos poco ortodoxos, con la
impronta de quien sabe
perfectamente cómo se hacen las
cosas, pero no tiene deseos de
seguir las reglas de oro al pie
de la letra y fabula
realizaciones en el borde
peligroso de ese abismo que se
ubica entre la escena y el
público.
Con sus montajes, provoca lo
mismo conmociones que asombro,
un hechizo extraño y atrayente
cuya marca es la de no dejar a
nadie inconmovible. Su manera
propia de enunciar, de concebir
el ritmo de la puesta en escena,
de sugerir un mundo pictórico
que se mueve entre el
expresionismo y la artesanía
popular, denota que hemos sido
convocados a la ceremonia
comprometida de un teatro vivo,
hecho con figuras y objetos
animados dramáticamente, siempre
en interacción con el alma del
actor. El teatro de este juglar
del siglo XX, nacido el 14 de
septiembre de 1940, asalta al
siglo XXI sin ningún miedo, como
no sea el de no poder seguir
haciendo o encontrarse con algún
impedimento que le limite soñar,
fundar o remover las bases
anquilosadas de un arte que se
ha ido rehaciendo en su
intercambio con las culturas y
los inventos tecnológicos del
mundo. Para Armando crear no es
sinónimo de renunciar sino de
aprehender, de ser coherentes
con nuestra práctica personal y
los valores que enriquecen el
mundo, sin remilgos, ni
afectaciones inútiles, en una
eterna lucha contra la falsa
moral.
Armando Morales llegó al retablo
de los Camejo y Carril por el
camino del diseño, es una
historia varias veces contada,
pero muy pocas entendida. Cuando
aparece ante los Pepes y Carucha,
con una visión cromática
diferente, dueño del manejo de
las técnicas y posibilidades del
reino de la plástica, debido a
su graduación de la Escuela de
Artes y Oficios de La Habana,
estos le incitan a que enrumbe
definitivamente su destino por
el camino del teatro guiñol.
Armando acepta, en su interior
bullía la inconformidad ante lo
establecido, de lo decretado
porque sí. En esta visión, sus
criterios confluyen con los de
los miembros fundadores del
Guiñol Nacional, por lo que
comienza para ambas partes un
proceso de aprendizaje, en el
que el joven de 21 años crece
fortalecido, y se atreve con la
actuación y la animación,
apoyado por los consejos de los
líderes del inolvidable guiñol
cubano de los 60, y con lo
aprendido en la Academia de Arte
Dramático de La Habana. Esa
historia primera ha sido poco
visitada y, por ende, se pierden
sus aportes a personajes fuertes
como el Ogro, de El gato con
botas; el Serapio
Trebejo, de La loma de
Mambiala o el Okurri Burukú,
de Ibeyi Aña, entre otros
roles, todos punto de partida
para el lucimiento posterior en
sus espectáculos unipersonales,
y para pensar, a partir de la
perspectiva de sus maestros en
el teatrico del Focsa, en una
manera particularísima de armar
sus montajes.
Desconocida para muchos es
también su contribución en los
años 60 al panorama del diseño
escénico nacional, con respecto
a la especialidad del teatro de
títeres. Morales fue el creador
de escenarios para obras del
Guiñol Nacional como La viuda
triste, sobre un texto de
Brene, con zonas de claroscuro y
líneas insinuantes; de la
telonería blanca para el
Programa experimental No 1,
a partir de piezas del irlandés
Wilian Buttler Yeats; del
interesante retablo a lo
Mondrian, concebido para
La caperucita roja, de
Centeno; de él son los títeres y
la escenografía de Chicherekú,
la puesta que abre la línea
afrocubana del Guiñol; también
la impresionante escenografía de
inspiración arquitectónica,
pensada para Farsa y licencia
de la reina castiza, de
Valle Inclán. La doble
concepción de vestuarios y
escenografías para producciones
como La caja de los juguetes,
ballet para muñecos de Debussy,
La Cenicienta, Ubu Rey,
Asamblea de mujeres,
hasta las ideas escenográficas
de espectáculos como El
pequeño príncipe y Shangó
de Ima. No se puede aislar a
la obra de Morales siguiente a
esta etapa porque no se
entendería entonces su ulterior
estética, los nuevos derroteros
artísticos y fielmente
titiriteros que lo encuentran,
además de en sus funciones de
actor animador y diseñador, como
director artístico y dramaturgo.
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Armando Morales en el
taller con Rogelio
Franco. Años sesenta |
La pausa obligatoria que
hallamos en su itinerario
escénico, entre 1971 y 1975
―quinquenio
gris mediante―,
no lo alejó del arte, lo hizo
insistir en sus destrezas para
la pintura, participando de
exposiciones y muestras
conjuntas de artes plásticas;
hasta que lo vemos figurar de
nuevo en la nómina de un
cambiado Teatro Nacional de
Guiñol, donde aparece como
diseñador de vestuario en el
montaje La andariega, de
Roberto Fernández, inspirada en
textos del Maese Javier
Villafañe. La colaboración en
esa institución, con directores
artísticos como Karla Barro,
Fernández o Modesto Centeno, le
confirman a Morales que está
listo para dar rienda suelta a
la poética teatral que viene
conformando dentro de sí, desde
años atrás. Y la verdad es que
no le va nada mal en este
renacer como artista, pues su
concepción dramática del cuento
La lechuza ambiciosa, de
Onelio Jorge Cardoso, es un
merecido éxito, y la certeza de
que él también puede lanzar su
grito de creación en el luminoso
camino que le legaron sus
perennes maestros.
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"La
lechuza ambiciosa" |
Uno de los trabajos más
llamativos de Armando en los
finales de la década de los 70,
es su diseño para el Gulliver,
que dirige Roberto Fernández,
pues en colaboración con los
niños del taller de la pintora
Antonia Eiriz, realiza la
escenografía, el vestuario y los
llamativos muñecos de este
montaje. Una vez más el arte
pictórico aparece en su sendero
teatral y titiritero.
En los comienzos de los 80, con
espléndidos y maduros 40 años,
trabajará con José Milián en los
diseños de su Carnaval de
Orfeo, con el joven director
Eddy Socorro y obras de Dora
Alonso, Hanna Jaruzelwska y
Antoine de Saint-Exúpery. Vuelve
a trabajar con Xiomara Palacio,
su colega de los 60, en una
renovada producción de La
cucarachita Martina, de
Estorino. Se va formando de una
imagen reconocible por el uso de
texturas, planos y
transparencias en sus diseños
para los recién llegados
directores Raúl Guerra y Ricardo
Garal, de cuyos trabajos se
impone recordar Mascarada
para un cuento, del primero
y El perrito travieso,
del segundo. No deja de trabajar
como actor en casi todas las
puestas del segundo tiempo del
Teatro Nacional de Guiñol y
llegan también los premios y
reconocimientos de la ASSITEJ
Cuba y el Concurso de Teatro
para Niños de la Unión de
Escritores y Artistas de Cuba
(UNEAC).
Armando no pierde un minuto de
su tiempo y trabaja no solo en
la compañía nacional, sino con
el Grupo Ismaelillo, El galpón,
el Conjunto Dramático de
Oriente, el Guiñol de
Guantánamo, el Teatro Escambray,
el grupo Anaquillé y La
toronjita dorada, de la Isla de
la Juventud, entre otros
colectivos, siguiendo el sino
trashumante de los titiriteros
natos, la brújula de sus
maestros predecesores, que
hicieron lo mismo de una punta a
otra de la Isla. Rememoro todo
esto para que se entiendan los
constantes cambios y evoluciones
de la poética teatral de
Morales, marcada con dos
momentos cruciales, por su
espectáculo Pinocho, de
1985, de nueva dramaturgia,
firmada por el propio creador,
al igual que los diseños y la
dirección artística; el otro
será el estreno de Chímpete
Champata, de Villafañe, en
formato juglaresco y solitario,
donde la maestría de su talento
y el carisma especial para
convocar a niños y adultos con
su poderío vocal e intelectual,
ponen un punto y aparte en su
carrera profesional, como si le
hubieran salido unas alas de
materia textil, que cual velas
de un barco veloz, lo llevan lo
mismo a Perú, que a Italia,
España, Suiza, Ghana, Argentina,
Colombia, Ecuador, México y
Venezuela.
Lo que ocurre en el arribo de la
década de los 90, y su vínculo
no solo al Guiñol Nacional y los
grupos antes mencionados, sino
al Teatro de La Villa, en
Guanabacoa; El Trujamán, La
mueca, en México o Teatro
Andante, de Granma, es la
apoteosis de un maestro
titiritero que prueba y constata
nuevos métodos y estilos de
trabajo. Lo mismo se inspira en
el bunraku japonés, que en
tallas africanas, tradiciones
populares latinoamericanas o
esperpentos carnavalescos; en
una mezcla de influencias y
referencias de alguien que viene
de regreso de todo. Ejerce su
magisterio en alumnos
sobresalientes como Lázaro Duyos,
Sahimell Cordero, Daymarelis
Méndez o Emilio Vizcaíno, por
solo citar algunos, yo mismo soy
deudor indirecto de sus
elucubraciones con figuras y
elementos en función dramática.
¿Quién no ha admirado, o al
menos presenciado las
provocaciones escénicas lanzadas
en montajes suyos como
Abdala, de
José Martí; o los mundos
superpuestos de
Mi amigo Mozart,
de Esther Suárez Durán; la
gracia del mundo cimarrón de
Papito, de Hugo Araña; sus
tanteos con el elenco maduro y
joven del Guiñol Nacional en
El Quijote anda,
de Freddy
Artiles;
El panadero y el diablo,
de
Javier Villafañe;
La república del caballo muerto,
de Roberto Espina o la deliciosa
y cruel versión del texto
En familia,
de Jacques Prévert?
Setenta años activos son un
cúmulo de vida y trabajo
demasiado sospechosos para los
que dejan el tiempo pasar, y en
aras de no equivocarse, no
arriesgan lo mismo que Armando.
Los premios y reconocimientos
han llegado unas veces en los
últimos tiempos y otras no, pero
el maestro ―no creo que a estas
alturas y con el abultado
currículo de experiencias,
búsquedas y logros aquí
levemente expuestos, alguien se
atreva a cuestionar tal
categoría― no se ha cansado
jamás. De la cruzada teatral
guantanamera a los cerros de
Venezuela, la impronta de su
carácter enérgico y vital ha
quedado indeleble en el recuerdo
de la vida de muchos.
Actualmente es profesor titular
del Instituto Superior de Arte
(ISA) de La Habana, nombramiento
con el que a veces hace
malabares, colocando toda su
sabiduría en la punta del
sombrero de un mago, para ver
qué cosa sale. Para los que
deseen conocer su legado en
blanco y negro, hay amplia
documentación en libros como
De Vidushaka a Pelusín, el fuego
eterno
(1998), Ediciones Vigía,
Matanzas;
El Títere: El superactor
(1998), Ediciones La mueca,
Michoacán, México;
El títere, ¿en la luz o en la
sombra?
(2002), Ediciones Unión, La
Habana;
Títeres: El arte en movimiento
(2004), Editorial El mar y la
montaña, Guantánamo.
Hijo y saboreador de la
polémica, Morales ha labrado una
obra cuyo principal signo es la
estela inolvidable de su
quehacer. Se puede preguntar en
los 109 886 kilómetros de
superficie de la Isla, donde
quiera que haya un titiritero,
si conoce a Armando Morales, y
de seguro responderá que sí. Por
todo esto y por mucho más,
vinculado a su consagración como
saltimbanqui legítimo del
cocodrilo verde más lindo del
mundo: ¡FELICIDADES!