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No tengo el dato exacto
de cuántas editoriales
en lengua española se
dedican a publicar
textos teatrales, pero
al revisar catálogos de
sellos argentinos,
mexicanos, venezolanos y
colombianos, puedo dar
fe de que la aventura de
Tablas-Alarcos en Cuba
es muy singular.
Cierto que en las
últimas décadas el texto
dramático se ha vuelto
cada vez más dependiente
de la imagen escénica. O
para decirlo de un modo
más preciso: el texto se
ha convertido en
pretexto —a veces apenas
un apunte— para la
representación. Pero
también es cierto que no
ha muerto el dramaturgo
como escritor y que
siguen siendo legiones
los directores que
buscan la pieza
literariamente concebida
para sus montajes.
Y no deja de ser cierto
tampoco que, aunque
escasos, existe la raza
de mujeres y hombres que
leen teatro. Por
experiencia, sé el
desafío que ello
representa. Uno les pone
voces y rostros a los
parlamentos, imagina el
escenario y estructura
en la mente la secuencia
de la posible puesta en
escena. ¿Acaso también,
aunque de otro modo, el
lector no se representa
mentalmente los avatares
de un cuento o de una
novela?
Pertenezco a una
generación que creció en
contacto con las
ediciones de la
Biblioteca del Pueblo en
los años 60. Cuidadas
ediciones de las
tragedias y comedias de
Shakespeare, de las
obras primigenias de
Sófocles, Esquilo y
Aristófanes, colmaron
lecturas mientras
descubríamos, también en
ediciones cubanas, el
teatro irlandés, el
inefable Pirandello, las
compilaciones de teatro
de la crueldad y el
absurdo. Y supimos, no
por la escena sino
mediante la lectura, de
los valores de José
Antonio Ramos, Carlos
Felipe y Virgilio
Piñera.
¿Cómo no agradecer la
especialización y la
contumacia de la labor
de Tablas-Alarcos? ¿Cómo
no ponderar la
posibilidad que se le
abre a un lector en La
Lisa, Cumanayagua o
Contramaestre, de llevar
a la escena de su
imaginación, recostado
en la cama o en la mesa
del comedor, El baile,
de Abelardo Estorino;
La virgencita de bronce,
de Norge Espinosa; o
Chamaco, de Abel
González Melo?
¿Cómo pasar por alto que
en la biblioteca
personal se tiene la
oportunidad de tener a
mano a un clásico como
Schiller y a un
contemporáneo como
Heiner Muller? |