Año IX
La Habana
25 de SEPTIEMBRE
al 1 de OCTUBRE
de 2010

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También el teatro se lee

Pedro de la Hoz • La Habana

 

No tengo el dato exacto de cuántas editoriales en lengua española se dedican a publicar textos teatrales, pero al revisar catálogos de sellos argentinos, mexicanos, venezolanos y colombianos, puedo dar fe de que la aventura de Tablas-Alarcos en Cuba es muy singular.  

Cierto que en las últimas décadas el texto dramático se ha vuelto cada vez más dependiente de la imagen escénica. O para decirlo de un modo más preciso: el texto se ha convertido en pretexto —a veces apenas un apunte— para la representación. Pero también es cierto que no ha muerto el dramaturgo como escritor y que siguen siendo legiones los directores que buscan la pieza literariamente concebida para sus montajes.  

Y no deja de ser cierto tampoco que, aunque escasos, existe la raza de mujeres y hombres que leen teatro. Por experiencia, sé el desafío que ello representa. Uno les pone voces y rostros a los parlamentos, imagina el escenario y estructura en la mente la secuencia de la posible puesta en escena. ¿Acaso también, aunque de otro modo, el lector no se representa mentalmente los avatares de un cuento o de una novela? 

Pertenezco a una generación que creció en contacto con las ediciones de la Biblioteca del Pueblo en los años 60. Cuidadas ediciones de las tragedias y comedias de Shakespeare, de las obras primigenias de Sófocles, Esquilo y Aristófanes, colmaron lecturas mientras descubríamos, también en ediciones cubanas, el teatro irlandés, el inefable Pirandello, las compilaciones de teatro de la crueldad y el absurdo. Y supimos, no por la escena sino mediante la lectura, de los valores de José Antonio Ramos, Carlos Felipe y Virgilio Piñera. 

¿Cómo no agradecer la especialización y la contumacia de la labor de Tablas-Alarcos? ¿Cómo no ponderar la posibilidad que se le abre a un lector en La Lisa, Cumanayagua o Contramaestre, de llevar a la escena de su imaginación, recostado en la cama o en la mesa del comedor, El baile, de Abelardo Estorino; La virgencita de bronce, de Norge Espinosa; o Chamaco, de Abel González Melo? 

¿Cómo pasar por alto que en la biblioteca personal se tiene la oportunidad de tener a mano a un clásico como Schiller y a un contemporáneo como Heiner Muller? 

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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