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Virgilio Piñera nunca
hojeó un ejemplar de la
revista Tablas.
Murió en 1979, dos años
antes de que naciera la
publicación de las artes
escénicas en Cuba. Pero
su obra, para suerte de
cubanos y escenarios, sí
encontró sitio en sus
páginas más tempranas.
En el número 2 de
Tablas de 1983,
apenas el cuarto que
salió de imprenta, el
entonces medio mítico y
desconocido escritor
Virgilio Piñera “habló”
a los lectores desde su
artículo “No estábamos
arando en el mar”. La
publicación reprodujo un
trabajo del autor de
Aire frío que, al
decir del crítico Rine
Leal, narraba “los
avatares de un
dramaturgo en Cuba, y
los largos años que
mediaban entre la
escritura de una pieza y
su puesta en escena”.
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Aire frío |
La joven revista, mucho
más periodística y menos
teórica que la del
presente, emprendió así
una relación
imprescindible en la
historia más reciente
del teatro y la crítica
cubana: desde entonces,
el valor de la obra
piñeriana prendería en
sus páginas, más o menos
traída por aniversarios
y puestas en escena de
sus obras, pero con
probada perpetuidad.
Bien entrada la década
de los 80, las
publicaciones cubanas
especializadas en
temáticas culturales,
manejaban la figura de
Piñera como integrante
fortuito de un grupo de
dramaturgos del teatro
de transición en Cuba,
aquel producido en las
décadas de 1940 y 1950.
Sin embargo, un
recorrido por la revista
de las artes escénicas
ya lo descubre como uno
de los escritores más
importantes de la Isla.
Y cuando en 2002, junto
con los miembros del
Consejo Nacional de las
Artes Escénicas (CNAE) y
el Instituto Cubano del
Libro (ICL), los
responsables de sacar a
la luz la tercera época
de la revista Tablas,
convocaron a las
jornadas culturales
Noventa Virgilios,
sellaron sin discusión
un encuentro, de más de
dos décadas, entre el
dramaturgo y la
publicación.
Dos afortunados
nacimientos teatrales
La revista Tablas,
fundada en 1982, mostró
desde sus primeros
números marcada
tendencia a transgredir
los presupuestos de la
prensa conmemorativa
predominante en el
período. Fue concebida
“como vehículo de
promoción, diálogo y
jerarquización de la
escena desde el efectivo
estímulo a la crítica, e
instancia de lanzamiento
de nuevos valores”, tal
como ha afirmado la
teatróloga Vivian
Martínez, vinculada al
nacimiento de la
publicación y su
directora entre 1987 y
1991.
El número 1 de Tablas
en 1984 inauguró una
tradición que perdura
hasta el presente:
publicar libretos
teatrales inéditos y
valiosos en sus páginas
centrales. En el índice
de aquella edición,
podía leerse: “Por
primera vez Tablas
inicia con la
publicación de Morir
del cuento, de
Abelardo Estorino y el
estudio sobre la pieza,
la edición de una serie
de libretos destinados a
satisfacer la necesidad
de repertorio teatral
contemporáneo”.
Por esas fortunas del
destino —o por
relaciones sistémicas
bien complejas que se
producen en toda
sociedad, y que en estas
líneas no explicaremos—
en ese mismo año comenzó
tímidamente la
rehabilitación pública y
mediática de Virgilio,
tal como ha afirmado el
dramaturgo Antón
Arrufat. Así que, cuando
en 1988 la revista
Tablas publicó por
fin una pieza piñeriana,
ya se había producido la
asidua inclusión de su
creación en la cartelera
teatral cubana y, por
ende, en la revista que
le servía como
testimoniante a la
escena nacional.
Pero antes de que se
produjera ese
acercamiento definitivo,
los coqueteos de la
publicación con la obra
del controversial autor
de Aire Frío
marcaron pautas en el
tratamiento periodístico
que las publicaciones
periódicas más
importantes otorgaron a
su figura.
Hacia la página 24 del
primer número de
Tablas, se publicó
un trabajo titulado “Lo
que es y lo que debe
ser”, sobre el espacio
televisivo Teatro.
La periodista describió
en su comentario la
intención del programa
de renovar su repertorio
a partir de la puesta de
“títulos de reciente
creación de jóvenes
dramaturgos cubanos (…)
En tanto Tembladera,
La puerta de tablitas,
Lila la mariposa,
La recurva, La
hija de Nacho,
Aire Frío, de
autores como José
Antonio Ramos, Ferrer,
Virgilio Piñera, Nicolás
Dorr, demuestran a su
vez la intención de no
solo estar al día en la
producción nacional más
reciente, sino de
reflejar obras y autores
cubanos que vienen de
otra tradición o han
afirmado ya su eficacia
en la vida teatral”.
Si bien es cierto que
las obras de la autoría
de Ramos mencionadas por
la periodista (Tembladera,
de 1916; La recurva,
de 1939),
Ferrer (Lila la
mariposa, de
1951-1954; La hija de
Nacho, de 1948-1951)
y Piñera (Aire Frío),
forman parte desigual de
la muestra de la
dramaturgia de
transición, el párrafo,
breve e informativo, es
el único testimonio de
la prensa de la época
que sugiere que un
montaje de Aire Frío
fue adaptado para el
espacio televisivo
Teatro.
En el trabajo la autora
mencionó a los
dramaturgos Ramos,
Ferrer, Piñera y Dorr,
como autores
provenientes de “otra
tradición o (que) han
afirmado ya su eficacia
en la vida teatral”. ¿En
cuál de esos grupos
habrá situado la autora
a Virgilio, considerando
su dualidad como
dramaturgo de otra época
y figura mítica del
teatro nacional?, es una
de las interrogantes sin
respuesta que restan
claridad al tratamiento
periodístico que se
produce en estos años
sobre su figura.
Pero a pesar de esas
imprecisiones, la obra
de Virgilio ya estaba
siendo reconocida entre
los clásicos de la
escena cubana. Desde
entonces, su inclusión
en la cartelera teatral
lo insertó en la agenda
temática de las páginas
de las publicaciones
impresas de la época.
Por ejemplo, sucesivos
ejercicios de graduación
del Instituto Superior
de Arte (ISA) dirigidos
por la profesora Flora
Lauten, llevaron a las
tablas a autores cubanos
contemporáneos. Un
extenso análisis sobre
esa praxis fue publicado
en el número 2 de
Tablas del año 1985.
“De La emboscada
a Electra: una
clave metafórica”, era
el nombre de la crítica
firmada por Raquel
Carrió, muy cercana
desde entonces al
trabajo de Lauten.
De principio a fin la
ensayista confirmó la
hipótesis de que los
ejercicios de
graduación, que
comenzaron en junio de
1981, con “el estreno de
La emboscada, de
Roberto Orihuela” y
continuaron con las
puesta de El pequeño
príncipe, El
Lazarillo de Tormes
hasta llegar a la puesta
de Electra Garrigó,
en 1984 “señala(ban) una
trayectoria en ascenso,
de la revelación al
logro, del comienzo al
hallazgo de un método
que renueva en lo
escénico y traza nuevas
rutas a la expresión
dramática”.
Y el valor de tal
artículo no radica solo
en anunciar el camino de
renovación que vivían
los clásicos del teatro
más diverso en los
escenarios cubanos, sino
que cada vez que Raquel
Carrió defendió a lo
largo de las seis
páginas de su texto la
versión de Flora Lauten
sobre Electra
Garrigó, lo hizo
desde la voz del propio
Virgilio.
La autora construyó una
especie de paralelismo
implícito entre el
estreno de la obra
original y la puesta de
los alumnos del ISA, y
escribió: “No deja de
resultar curioso que el
estreno de Electra...(si
bien se mira ‘versión
libre’ de su modelo
griego) hace más de 30
años provocó un
estallido de sorpresa,
una especie de pequeño
escándalo: ¡figuras de
la más seria tradición,
de la más elevada
tragicidad, sometidas al
‘bamboleo’ de la
parodia, el choteo
criollo, la sistemática
‘ruptura de lo trágico
por lo cómico!’. Pero lo
serio estaba en eso: en
la vocación renovadora,
experimental, que hacía
del texto de Piñera la
obra que inaugura la
expresión vanguardista
en la dramaturgia
cubana”.
Por primera vez y
excepcionalmente, a lo
largo de los trabajos
hallados en los medios
de prensa de la época,
se le permitió al
escritor Virgilio Piñera
defender, definir y
narrar anécdotas sobre
su propia obra. Tal como
indica Carrió con una
nota al pie, las
expresiones citadas en
su ensayo pertenecían al
texto “Piñera teatral”
que escribió Virgilio en
1960 como prólogo a la
edición de su Teatro
completo, publicado
por Ediciones R.
La crítica fue además el
principal testimonio de
la Electra que
Flora Lauten subió a las
tablas, y se convirtió
—por obra y talento de
su creadora— en una
valoración completa y
fidedigna del original
de Piñera.
Exactamente 21 años
después de que saliera a
la luz este número de
Tablas, en el número
1 del año 2006, Raquel
Carrió publicó en las
páginas de la misma
revista un trabajo
titulado “Dramaturgia y
vanguardia: otras
reflexiones”, en el que
esgrimió sobre la
Electra Garrigó,
de Piñera criterios
muy similares. Las fotos
que acompañaron ese
ensayo fueron las del
programa y actores del
estreno de la obra en
1948.
Algunas páginas después
en el mismo número 1 de
2006, una ficha sobre
Flora Lauten permitía
leer sobre los numerosos
premios y
reconocimientos
recibidos por “El
carácter renovador y la
calidad de sus
actuaciones, talleres y
puestas en escena en las
dos últimas décadas (Lila
la mariposa, Las
perlas de tu boca,
La cándida Eréndira,
Otra tempestad,
La vida en rosa,
Bacantes y
Charenton)”. A pesar
del valor que Raquel
Carrió otorgó en 1985 a
aquella versión y puesta
en escena de Electra
Garrigó, y aunque en
ese año los medios de
prensa la reverenciaron
frecuentemente, su
trascendencia para el
teatro cubano fue
efímera, en definitiva.
Y uno y otro trabajo,
distanciados en el
tiempo pero en las
páginas de la misma
revista, confirman las
palabras de Roberto
Fernández Retamar cuando
dijo: “resulta imposible
hablar de la historia
cultural (y a veces de
la historia a secas) de
un período, sin tomar en
cuenta los testimonios
ofrecidos por las
revistas culturales que
en él vivieron, no
importa lo
contradictorio que
puedan ser entre sí
tales testimonios”.
Mientras en 1985 La
Nueva Gaceta no
mencionó en todo el año
al autor de Cuentos
fríos, el número 3
de la revista Tablas
correspondiente a ese
año, le dedicó nueve
páginas (12-21).
Piñera inédito
fue el título del
“Análisis de la última
producción de Virgilio
Piñera, el más
importante autor de la
dramaturgia de
‘transición’, a partir
del punto de vista de
una joven estudiosa de
su creación”.
La sorpresa
fue la primera obra
mencionada por la
autora. Pero ni ella en
ese año, ni Rine Leal en
1989 al redactar el
prólogo del Teatro
completo, de Piñera
lograron confirmar que
La sorpresa
sí había sido estrenada
ya por el grupo Teatro
D, del municipio de
Unión de Reyes, el 22 de
noviembre 1980, debido a
un pedido similar al que
marcó su nacimiento en
el Teatro Nacional. Su
estreno y reposición al
año siguiente, por el
mismo colectivo y bajo
igual dirección de Pedro
Vera, abrieron modesta,
pero anónimamente las
puertas de los teatros
de la década para las
creaciones piñerianas.
En el trabajo publicado
en el número 3 de
Tablas de 1985, se
mezclaron sin embargo
criterios personales y
citas a fuentes
especializadas,
atravesadas por algunas
omisiones. Los criterios
estéticos que empleó la
autora para valorar las
obras de Virgilio
posteriores al triunfo
de 1959, estaban
descontextualizados de
la verdadera
marginalidad a la que
había sido sometida —o
parametrada— la obra del
escritor en la década de
los años 60 y 70.
Piñera inédito,
se empeñaba en
identificar dos momentos
creativos truncos en la
obra de Virgilio a
partir de 1959, al decir
que después de La
sorpresa “vuelve
sobre sus primeros
pasos, con la diferencia
de que ya no existen las
premisas de la etapa
anterior ni el vigor de
un dramaturgo que se
proponía contribuir al
desarrollo de la
dramaturgia nacional”.
Dentro de este “período
de cansancio, de
reiteración de los
recursos expresivos, de
temáticas que no
experimentan cambios
importantes”, la
ensayista situó
especialmente El
álbum, Siempre se
olvida algo (1964),
El no (1965),
La niñita querida
(1966), y Dos viejos
pánicos y Una
caja de zapatos vacía
(ambas de 1968). A
criterios como estos
Rine Leal también se
opondría luego al
escribir Piñera
teatral:
“La negación de Virgilio
es la misma en
Electra... que en
Una caja de zapatos
vacía, en Jesús
que en Dos viejos
pánicos, en Falsa
alarma que en El
no, y su universo es
idéntico a través de su
teatro, su absurdo
continuó reflejando un
mundo caótico y cerrado,
su incomunicación y
soledad marcaron a sus
personajes, su técnica
no hizo más que
depurarse. Su
perspectiva, su óptica,
su concepción dramática
y punto de vista
siguieron inalterables,
y como tal deben
asumirse.”
En un trabajo con el
título “1985 ¿Síntomas
de una recuperación?”,
publicado en el
número 2 de la revista
Tablas de 1986,
el imprescindible Rine
afirmó con respecto a
las obras de teatro que
habían subido a escena:
“Continuamos la carencia
de autores más actuales,
pues nuestras temporadas
parecen detenidas en los
años 50”. Como en
trabajos anteriores y
posteriores, propios y
de otros autores[1],
el crítico e
investigador incluiría,
mediante simple mención,
la Electra Garrigó
que Lauten había
subido a
escena en 1984.
Pero el mérito de este
artículo radicó en
identificar con
perfección y naturalidad
el mayor problema de la
escena de los 80, al que
se enfrentaba también
Virgilio: Hasta el
momento las creaciones
de dramaturgos cubanos,
como las del propio
Piñera, no hallaban en
el teatro espacio de
representación para
obras que trascendieran
la temporalidad, tanto
contextual como
temática, de la política
de la primera década
revolucionaria.
En el
trabajo publicado en
Tablas número 3 de
1986, bajo el título “A
Electra le sienta el
mito”, Rosa Ileana
Boudet, entonces
directora de la revista,
empleó una construcción
similar a la de la
mayoría de las críticas
de la época. Boudet se
concentró en valorar
primero el original de
Piñera, para “anticipar
que no se me escapa la
dificultad de encarar
una nueva puesta de
Electra Garrigó”
como la de Suárez del
Villar. Luego identificó
aciertos y desaciertos
de la versión.
Boudet aludió a través
del “escupitajo al
Olimpo” el comentario de
un crítico ofendido
durante el estreno de la
obra, anécdota contada
por el mismo Piñera y
muy reproducida en el
presente. La larga vida
que tuvo la pieza
después del incidente,
los propios elementos de
negación que maneja su
argumento y la
existencia misma del
autor, llevaron a esta
especialista a situar a
Electra… como
símbolo “de la cultura
de resistencia”. Era la
primera vez, en los
diferentes tratamientos
periodísticos otorgados
a la Garrigó, en
que se afirmó la
anticipación de su
escritura “al fenómeno
que luego conoceremos
como absurdo”.
En el reverso de portada
una foto mostraba a
Adria Santana en su
caracterización de
Electra, mientras en la
contraportada Luis
Alberto García hijo,
como “el Egisto, de
Electra Garrigó”,
ponía fin a una
Tablas que parecía
dedicada por completo a
esta pieza de Piñera[2].
El retroceso evidente
que vivió el tratamiento
periodístico a la obra
de Piñera a lo largo de
1986 fue similar a uno
de esos pasos que se dan
hacia atrás para
emprender luego con más
impulso una indetenible
caminata hacia delante.
Pero la persistente
Tablas volvió a
hacer de Virgilio un
autor actual en su
número 3 de 1987.
En esa edición una
mirada muy breve, pero
con lenguaje y
estructura alejadas del
empirismo, ofreció
Miguel Ángel Sirgado
sobre Electra Garrigó
en su crítica
“Electra: el mito en
movimiento”. El autor
comenzó refiriéndose al
mito griego, y a los
“signos perfectamente
codificados” que el
público captaba
enseguida como “rígida
convención del mito
mismo y la imagen
recogida y
reinterpretada”. Para
inmediatamente afirmar
que “Virgilio Piñera, al
retomar la esencia del
legado clásico, así como
las versiones de
Voltaire o Alfieri sobre
el mismo tema, produce
Electra Garrigó,
que si bien está inmersa
dentro de una praxis
teatral (...) por otra
parte resume un
compendio de
estereotipos de su
realidad al usar el mito
como elemento
contextualizador, icono
reconocible a nivel del
discurso narrativo”.
En ella valoró los
“códigos escénicos” de
la pieza virgiliana como
“apunte(s) a un
reconocimiento muy
preciso, dado a través
del marco de relaciones
que aborda, dentro de
una estructura textual
clásica, a veces fiel a
su forma original, a
veces descentrada”.
Con la publicación de
este texto, la revista
Tablas confirmó
su lograda intención de
ser, desde la crítica,
memoria selectiva de las
artes escénicas del
período. Hacia el final
de su número tres de
1987, apareció de nuevo
la obra de Piñera como
parte de “Nace una
variante editorial”.
La Dirección de
Enseñanza Artística de
entonces comenzó un
“plan editorial”,
dirigido principalmente
a estudiantes de artes,
que “En el caso de la
producción dramática
nuestra, fue muy
acertado comenzar con
ese clásico indiscutible
que es Aire frío,
de Virgilio Piñera:
se compone así la
carencia de la
enjundiosa —pero ya
rareza bibliográfica—
antología de la
dramaturgia de Piñera
que data de 1960”. Una
importante crítica a las
escasas publicaciones de
obras del autor por
editoriales cubanas, se
coló en una nota
informativa de
apariencia inofensiva.
Este suceso testimonió
además la inclusión de
la obra de Piñera en los
planes de estudio de “el
teatrólogo, el actor y,
sobre todo, el
instructor de arte
—promotor por
excelencia”.
El Libreto No. 16,
incluido en el último
número de la revista
Tablas de los meses
de
octubre-noviembre-diciembre
de 1987, anunció: “Lea
en el próximo Libreto un
texto inédito de
Virgilio Piñera”.
Y a la altura de 1988,
se imponía preguntarse
si “¿es posible seguir
hablando de ‘dos Piñeras’
o tendremos que
rendirnos ante la
evidencia de que su
mundo dramático es no
solo coherente sino
también compacto y
unitario?”. La
interrogación retórica
devino tesis del ensayo
“El ritual de las
máscaras”, de Rine Leal,
publicado en el número 1
de Tablas de ese
año.
El trabajo sobre la obra
de Virgilio acompañó el
Libreto 17 de la
publicación. Creada en
1971 y calificada por su
autor como “Auto
existencial”, las
páginas centrales de la
revista publicaron por
primera vez “Un
arropamiento sartorial
en la caverna
platónica”. El pretexto
que sirvió como pie al
análisis del crítico,
partió también de una
interrogación: “¿cómo
encajar esta obra en el
universo de Virgilio
Piñera?”. En cada uno de
sus planteamientos, el
crítico se centró en
demostrar una
continuidad de las
construcciones
simbólicas y filosóficas
del escritor, así como
los cíclicos
cuestionamientos que
vivió a través de sus
diferentes personajes.
La ruptura que
identificó Rine Leal en
la creación piñeriana
era la misma que dos
décadas antes
reconociera en su obra
el propio Virgilio. En
la construcción de esta
referencia crítica
partió justamente de una
de las más exquisitos
planteamientos
piñerianos: “Mi teatro
(perdóneme por decir ‘mi
teatro’) soy yo mismo,
pero teatralizado. Ahora
bien, pertenezco a una
época de la historia
cubana de grandes
inseguridades
—económica, social,
cultural, política.
Entonces no es un azar
que las refleje en
escena… Cuando llega la
Revolución, la
inseguridad se va.
Entonces puedo ponerme a
escribir, con toda
seguridad, sobre el
hombre mismo en lo que
hace rato se denomina su
dimensión existencial”.
A esta transformación en
la expresividad —sobre
todo
temática—identificable y
de hecho asumida por el
propio escritor, el
crítico sumó otra
ruptura: la crítica más
o menos explícita a la
situación en que vivió
Piñera sus últimos años
de vida.
Que Rine Leal,
prestigioso profesor del
ISA, considerado maestro
y guía de incontables
generaciones de críticos
cubanos, con una obra
investigativa de
imperecedero valor,
reconociera,
insistiera y demostrara
que “no hay más que un
Virgilio Piñera, y su
obra total goza de una
profunda coherencia”,
por supuesto que
contribuyó a la
solidificación de una
mirada totalizadora a la
obra de Piñera. El
reconocimiento de los
criterios de Rine, desde
las páginas de una
revista especializada
que para entonces había
alcanzado prestigio
nacional y continental,
cambió el panorama.
El objetivo de publicar
este texto y el Libreto
se anunció desde la
primera página de
Tablas, al leer que
“Con la edición de uno
de los últimos textos
dramáticos escritos por
Virgilio Piñera
ofrecemos una
contribución para el
conocimiento y estudio
de su teatro completo”.
Sobre la preocupación
que ya significaba “esta
ignorancia de su obra
total”, Rine Leal
expresó sus deseos de
“solucionar (ese
desconocimiento) con la
publicación de su
Teatro completo, con
veinte obras terminadas,
y su Teatro
inconcluso, que dará
a conocer los proyectos
dramáticos que dejó, más
de cien cuartillas”.
Amado del Pino, editor
de la publicación por
entonces, recuerda como
“importante” esta
contribución a la
recuperación editorial
de Piñera, sobre todo
porque Un
arropamiento es “una
de sus obras más
experimentales” del
autor.
Por otro lado, la
recuperación editorial
se siguió fomentando,
representada en gran
medida por la labor
promocional de nuevos
espacios en las revistas
especializadas, que a la
larga vendrían a ser las
acciones concretas más
representativas del
período, pues pocas
ediciones de libros de
Virgilio lograrían salir
de imprenta antes de
finalizado el decenio.
Inventario de inéditos,
por ejemplo, fue el
nombre de una nueva
sesión que desde las
páginas finales de
Tablas reseñó
piezas dramáticas de
autores contemporáneos
sin editar. En el número
3 de 1988 de la
publicación, el espacio
“a cargo de Amado del
Pino” propuso “Las
escapatorias de Laura y
Oscar/ Autor: Virgilio
Piñera/ Obra en ocho
jornadas/ Duración
aproximada: una
hora y treinta minutos/
Personajes:
Cuatro femeninos, ocho
masculinos y otros
personajes episódicos”.
El mensaje
presentó y sobre todo
propuso al lector un
acercamiento a la
creación piñeriana,
desde una narración
capsular de los sucesos
de este drama del
absurdo. La omisión de
cualquier juicio
valorativo,
interpretativo o
referencial por parte de
Del Pino, adquirió mayor
valor ante la
disposición que reconoce
en los personajes de
Las escapatorias de
“partir (¿o regresa(r)
constantemente de un
largo viaje?)”, signos
de Laura y Oscar, pero
también rasgos de otros
personajes virgilianos.
Las escapatorias de
Laura y Oscar
fue publicada por
primera vez ese mismo
año en la revista
española Primer Acto,
pero en Cuba tendría que
esperar a la edición del
Teatro Completo,
de Piñera en 2002.
Un trabajo crítico en el
número 4 y último de la
revista Tablas de
1988, recordó un evento
que pasó desapercibido
para los medios
nacionales de prensa
impresa, y también para
algunas revistas
especializadas. El
título del mensaje era
“Electra Garrigó: una
conquista del
movimiento”.
Su atención estuvo
evidentemente centrada
en valorar la versión en
danza que ocupó las
carteleras teatrales
desde el año anterior,
con una coreografía
creada por Gustavo
Herrera para el Ballet
Nacional de Cuba. Pero
el tratamiento
periodístico que otorgó
a la obra de Virgilio,
convirtió el texto en el
único homenaje hecho a
la pieza por los medios
de prensa.
Si el año 1988 fue
continuidad de los
sucesos de 1987
vinculados o no a la
rehabilitación de la
obra de Piñera, 1989
trajo consigo una
importante ruptura a
nivel social. Cuánto
influyó esto en la
puesta, publicación y
promoción de las
creaciones virgilianas,
es algo que develaron
los diferentes
tratamientos
periodísticos otorgados
a su figura en el
período.
En el número 3 de la
revista Tablas,
casi a finales de 1989,
apareció un trabajo
dedicado a valorar las
generalidades del
Festival del Monólogo.
Más de seis meses tuvo
que esperar el lector de
prensa plana para
conocer que “Particular
desempeño (…) tuvieron
Leonardo de Armas en “Un
jesuita de la
literatura”, de Virgilio
Piñera, lograda versión
y dirección de Osvaldo
Doimeadiós, y Alexis
Valdés en la recreación
de El extra Garrigó,
escrita y dirigida por
el autor”.
Ni siquiera en este
trabajo “A favor del
monólogo”, se refirieron
los puntos de contacto y
distancia entre las
versiones y sus
respectivos originales.
Lectores y lectoras
tampoco recibieron
información sobre el
hecho de que “Un
jesuita…” es el primero
de los cuentos que
conforman el libro
Muecas para escribientes
y no una pieza concebida
para ser representada.
Una mirada en común
aporta el cotejo de los
tratamientos
periodísticos otorgados
al evento por las
diferentes
publicaciones: se
producía un mayor
acercamiento de las
nuevas generaciones
egresadas de las
escuelas de arte a la
creación de Piñera, que
a la larga serían
quienes ocuparían los
escenarios nacionales.
En el proscenio del
siglo XXI
Después de los
acercamientos de los
años 80, ya la revista
Tablas no tuvo
que esperar a que
Virgilio Piñera fuese
representado para
convertirlo en noticia
desde sus páginas.
La puesta que en enero
de 1990 preparó Roberto
Blanco para Dos
viejos pánicos —la
obra piñeriana más
representada en el
extranjero y estrenada
en Cuba solo 22 años
después de que obtuviera
el Premio Casa de las
Américas— lo convirtió
en referencia obligada.
La situación económica
provocada en la década
de 1990 por la caída del
Campo Socialista y la
permanencia del bloqueo
de EE.UU. hacia la Isla,
provocó que las revistas
de temas socioculturales
crecieran numéricamente
como respuesta a las
también crecientes
interrogantes del
período, pero con
tiradas signadas por la
crisis económica, que
les permitían salir a
estanquillo con riguroso
descontrol.
No obstante, Virgilio
Piñera anduvo las
páginas de la revista
Tablas
si no con mayor
asiduidad cuantitativa
que en la década de
1980, sí con mayor
protagonismo.
A ello contribuyó que
Ediciones UNIÓN publicó
por fin su Teatro
inconcluso, con
selección, ordenamiento
y prólogo de Rine Leal,
en 1990, y que en 1993
Carlos Díaz y su teatro
El Público prepararon el
montaje de La niñita
querida, para el
Festival de Teatro de La
Habana. Ya en 1994, los
intentos por normalizar
las tiradas de las
publicaciones seriadas
permitieron al Consejo
Editorial de la
Tablas de entonces,
dedicar una portada de
la revista a la puesta
en escena que Raquel
Revuelta y su Teatro
Estudio prepararon para
El no.
Afortunadamente es casi
imposible, o demasiado
trabajoso, sistematizar
con exactitud todo el
tratamiento periodístico
explícito o implícito
que desde entonces la
publicación otorgó a la
obra piñeriana, pues
solo en 1997 dos
versiones de Electra
Garrigó subieron a
escena, una por Teatro
de La Luna, bajo la
dirección de Raúl Martín
y otra por Teatro
Irrumpe, con Roberto
Blanco a la cabeza. En
el mismo año también su
obra Jesús estuvo
en la escena de la
Compañía Rita Montaner,
con Tony Díaz como
director.
Tablas
siguió en su papel de
testimoniante de lo
mejor de la escena
cubana, también cuando
el joven director Raúl
Martín y su Teatro de la
Luna subieron a escena
Los siervos
(1999), Natación
(2000), El que vino a
salvarme (2000)
y
El álbum
(2000).
Y cuando en mayo de 2001
teatro El Público puso
en el Trianón María
Antonieta o la maldita
circunstancia del agua
por todas partes,
bajo la dirección de
Carlos Díaz, ya la joven
Tablas-Alarcos convocaba
desde sus páginas a la
primera edición del
Premio de Dramaturgia
Virgilio Piñera.
Así que el
homenaje que en 2002
dedicaron al aniversario
90 del natalicio del
escritor, trascendió las
páginas de la revista, y
se convirtió también en
señal y síntoma
inequívoco de que
Virgilio Piñera ya
estaba mucho más cerca
de su verdadero lugar en
“el panteón de la
literatura cubana”.
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