Año IX
La Habana
25 de SEPTIEMBRE
al 1 de OCTUBRE
de 2010

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Del cerebro al papel, pasando por la escena… y viceversa

Carlos Fundora Hernández • La Habana

 

En  las últimas décadas del humorismo cubano han ocurrido hechos que contribuyen a su reconocimiento social y a que se tome más “en serio” a ese gremio.

La realización en el ya lejano diciembre de 1993 del 1er. Festival Nacional del Humor Aquelarre, y que para sorpresa de todos es un evento que se ha mantenido contra viento y marea, fue un paso importante. Bien entrada la década de los 90, se creó el Centro Promotor del Humor, institución que respalda a los humoristas y  que también los regaña “cuando se portan mal”, que es casi siempre. Por último, la inclusión de obras de muchos de los creadores de ese movimiento, en las publicaciones de Tablas-Alarcos, desde la primera etapa, es otro elemento a tener en cuenta.

Los humoristas, entre los que tengo la falsa inmodestia de incluirme, son seres pensantes, y parafraseando a Les Luthiers, podríamos decir que casi son seres humanos. Pero son individuos muy especiales,  atentos a las circunstancias en que viven, pendientes de qué es lo último que está en la calle, capaces de mantener durante  más de dos horas a un público doblado de la risa, y al otro día recordar apenas el 50 por ciento de lo que hicieron para lograr ese éxito. Si a estas características le agregamos los lógicos recelos de que otros utilicen sus chistes, el desinterés por publicar “esas cosas cómicas” y otras manías y prejuicios, se darán cuenta de que lograr seis títulos en estos años ha sido algo épico. La persistencia, el tacto y hasta el asedio psicológico de un pequeño equipo, entre los que también me incluyo, han hecho posible que Telones, Cincomedias, Monólogos (Personales e intransferibles), Comedias sin lente y, recientemente, Anodido y la lámpara maravillosa y Para-dos en la escena, lleguen a manos de familiares, amigos, fanáticos, especialistas e, incluso, de algunas personas.

La imagen de estos autores, alegres como muchachos, el día de la presentación, mostrando orgullosos lo que salió prácticamente de sus cabezas para el libro, porque en la mayoría de los casos no existía ni manuscrito para guiarse, indica que el esfuerzo fue y es válido.

Los humoristas han ido comprendiendo que esto es una forma de que sus obras, tan importantes como las dramáticas, tengan un mayor alcance y perduren en el tiempo. Muchos ya se ven con los nietos sentados en las rodillas repasándoles las páginas, explicándoles cada sketch, e ilustrándoles los chistes, para que puedan captar la esencia de esos años en que “Éramos tan cómicos”.

 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
La Habana, Cuba. 2010.
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