Año IX
La Habana
25 de SEPTIEMBRE
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de 2010

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Paradisos de Lezama

César López • La Habana

Foto: Cortesía del autor

 

Gracias a la Editorial Letras Cubanas, y especialmente a su director el escritor Rogelio Riverón,  por estas palabras, por evocar el mundo en que estamos, por entrar en el ámbito “lezamiano”, por acercarse a aquellos que han existido, existen y, por suerte o por desgracia, existirán; también por traernos, a todos  nosotros, otra vez, esta tarde, al espacio de la cubanía, del tiempo insular y acechante. Jardines invisibles que José Lezama Lima recrea tanto en el verso, como en la prosa. Siempre poeta.

Se cumple una misión, aquí, en uno de los centros irradiantes de La Habana, de la Ciudad, porque la Ciudad no se limita a La Habana Vieja, sino que se extiende y ensancha al amplio entorno de la Patria.

Lezama, decía, para hablar de grupos de ociosos y de trabajadores, tratando de satirizarlos o disfrutarlos con un toque humorístico, que a veces salía de los límites de la ciudad ―la calle de Belascoaín―, de la acera de los números pares, para palpar de cerca la turba y su habla popular, para escuchar, deleitándose, con un buchito de café por medio, en el relato cotidiano de la concurrencia. La palabra coloquial que puede engendrar sabiduría y lírica belleza, como límite imaginativo de la ciudad tradicional.

Y la remembranza trae a la mente dos referencias imprecisas a partir de las propias oraciones lezamianas: “novia china, buena suerte” y “estoy como lo soñó Martí”.

Incorporaciones, ambas, con referencias no solo populares, sino también etílicas…

(Capítulo IX de esta misma novela Paradiso: cuando “un tipo de excepción, el que se apartaba de la necesidad menor, el anárquico escapado de la cofradía de los lupurales, el guajiro rezagado que hace esperas de turno o se desorienta en unas vacaciones, el amante de la comadrona, el billetero que guarda el azar en el bolsillo de la guayabera, en el descanso de su mercadería errante. Cemí se sonrió al ver un guajiro almidonado, ya por la tercera carrilera lupular, que hipante y con los labios espumantes decía: estoy como lo soñó Martí, la poesía sabrosa y sacada de la guitarra con azúcar, con el lazo azul que le puso mi chiquita. Clara, clarita, clara como el agua, siempre viene bien.”)

(En la cantidad hechizada, en la sección inicial “Preludio a las eras imaginarias” declara: “Estoy en un café de la mesa donde están aposentados los jugadores, sale una voz: “todo el que tiene una novia china, tiene buena suerte”. Enseguida, nace un verso, de la raíz de los versos que nos gustan: “Novia china, buena suerte.” Me parece realmente deslumbrante. Fue la voz tan solo lo que oí, porque cuando me fijé en el grupo observé que me era imposible precisar de quién era esa voz, la raíz humana de ese verso. Poética la voz, anónimo el rostro. Buena señal.

La novia china y la suerte, ¿en qué región de las emigraciones imaginarias se habían detenido? El epicúreo cálculo pascaliano de las posibilidades venía a resolverse en la imaginaria novia china. Y el azar que allí se busca para fijarlo, aquí venía sonriente a encontrar la voz que lo aclare.)

Y ahora está usted comprando Paradiso en El Vedado. Y vamos a conversar entonces sobre esta hermosa edición cubana, cubanísima, con esa foto maravillosa del Chinolope en portada, su toque artístico  exquisito y el entorno cubano que agrega mucho a su encuadernación formal.

Por tanto, debemos platicar un poco, no hacer historia, y mucho menos historieta: La primera y bellísima edición de Paradiso, preparada por el poeta, pintor, escritor y editor Fayad Jamís, no tuvo presentación. El libro sí salió. Estaba ya en algunas librerías, pero no hubo presentación. El misterio aún no ha sido develado del todo.

Otra edición que se había preparado de Paradiso fue anunciada para ser distribuida en el Palacio del Segundo Cabo, ya mucho después de que las tempestades, aparentemente, habían amainado y por razones de clímax y tal vez de anticlímax o por motivaciones de pasión de multitudes, tampoco tuvo presentación.

Para aquellos años de la década del 60 y los que vinieron después, el libro ―como dice agudamente Cintio Vitier en uno de los párrafos de su invitación a la lectura de Paradiso― causó problemas, porque era escandaloso o porque era oscuro, para el momento. Opiniones compartidas por algunos intrigados e intrigantes.

Entonces, ya casi desde los primeros instantes, estos argumentos pesaron tanto que después de que el libro estaba en librerías, fue desapareciendo. Sin embargo, era más concurrente el azar. La diversión lezamiana, quizá, quiso que el libro circulara de cierta manera limitada más allá de las fronteras insulares. Ya se gestaba un pequeño, pero in crescendo escándalo; porque en esos momentos la Unión de Escritores y Artistas estaba celebrando los primeros concursos nacionales, con un jurado integrado por escritores cubanos, pero también con algunos intelectuales extranjeros reconocidos en el ámbito internacional. En el alojamiento, los jurados compartieron el hotel Habana Riviera también con Salvador Allende, quien todavía no  había sido electo máximo mandatario  de Chile.

Ese año fungía como Presidente de Honor del evento el gran poeta griego Yannis Ritzos.  Así que contra los enemigos de la cultura y de la cubana, que a veces se esconden para vetar la avanzada de la supuesta heterodoxia, el libro escapó de la Isla y hubo que actuar de una manera distinta.

Quiero decir ―y pido que me perdonen por este “teque” al hablar de una obra maestra, “teque” de charla literaria, aunque no exento de  connotaciones pseudopolíticas y a veces enemistosas― que en aquel mismo momento, en el mundo ya se gestaba un pequeño pero desbordante escándalo sobre Paradiso.

Extrañó a muchos que aparecieran en la revista UNIÓN ―bajo la dirección de Nicolás Guillén, también presidente de la institución de Escritores y Artistas Cubanos, contra  todo lo que aviesamente se ha comentado sobre una supuesta enemistad cultural y poética entre Lezama y Guillén, cosa que desde luego niego  rotundamente― dos trabajos sobre la novela en el mismo año 1966. El autor del primero es precisamente quien ahora les habla y el segundo, revelador y magnífico ensayo de reconocimiento y comprensión, fue escrito por Julio Cortázar: “Para llegar a José Lezama Lima”.

Es bueno reiterar y llamar la atención sobre el hecho que una institución ya establecida destacara estos comentarios, pues no es habitual en el mundillo literario que en tan breve plazo se repitan dos críticas favorables al mismo libro, como a las que estamos haciendo referencia, que por cierto fueron incluidas en la Valoración Múltiple, compilada por Pedro Simón para el tomo “Recopilación de textos sobre  José Lezama Lima” en la Serie Valoración Múltiple de la Casa de las Américas, Ciudad de La Habana, 1970.

Más tarde vuelve a aparecer el libro y nuevamente pasa inadvertido a los interesados ojos de quienes debían darlo a conocer; y se mantiene el pretexto de que el mismo era contentivo de cuestiones lesivas a la moral, pues hacía una descarnada descripción de actos sexuales en el capítulo VIII. Aunque la actividad erótica no solo se limita a ese capítulo.

A decir verdad, y con el perdón de todos los que esgrimieron este elemento, para poder asociar con la pornografía el susodicho capítulo y poder caer en actos de manipulación sexual de los órganos genitales, debe tenerse a mano un diccionario de la lengua española, pero uno de los copiosamente editados por la Academia de la Lengua o por otra autoridad competente, porque resulta casi imposible ubicarse con plena seguridad en la palabrería clásica utilizada por Lezama en los acontecimientos narrados; que realmente, con perdón de los aquí presentes, considero que sería harto difícil para quien practicase la masturbación, pues  poder mantener la excitación genital buscando constantemente el significado de ciertos términos resulta una aventura eréctil y machista tanto riesgosa como prácticamente imposible. Tal como comentaba frecuentemente el propio Lezama salpicando su verbo de asmáticas carcajadas.

Sin embargo, y es de rigor, con el fin de intentar la fidelidad a lo ocurrido, señalar la diferencia de actitudes en los creadores cubanos que se destacaban en aquel momento.

Hubo la lectura entusiasta, serena y a la vez apasionada, de escritores como Raúl Aparicio, José Soler Puig, Salvador Bueno, entre otros. Sin insistir en los entonces más jóvenes. Algunos de estos fueron y fuimos testigos de lo conmovedor del encuentro telefónico de Virgilio Piñera y José Lezama Lima. Ambos se mantenían distanciados desde hacía alrededor de una década y cuando apareció la obra que ahora nos ocupa, Virgilio Piñera quien, precisamente, desde las terrazas de la UNEAC nos convocó a un pequeño grupo de amigos entre los cuales se encontraban Pablo Armando Fernández, Armando Álvarez Bravo, Heberto Padilla, Manuel Díaz Martínez, Luis Suardiaz y tal vez algunos que no se me pueden escapar de la memoria como Miguel Barnet y Rafael Alcides  ―llamó a José Lezama Lima y con su voz más virgiliopiñeriana que de costumbre exclamó:­

―Lezama, soy Virgilio Piñera, te llamo porque no puedo estar peleado con el poeta que ha escrito semejante libro.

A lo cual José Lezama Lima contestó, también con su voz más lezamiana que nunca:

―Sí, Virgilio Piñera, le juro por la memoria de mi madre y por la poesía, -elementos sagrados para mí- no solo que esperaba su llamada, sino que bajo mi mano izquierda, la del corazón y la inteligencia, tengo el ejemplar de Paradiso esperando por usted, precisamente reservado y con palabras para usted.

La reconciliación alcanzó su plenitud, como lo demuestran los textos que ambos se fueron dedicando en el transcurso de los años, relativamente pocos, que pudieron sobrevivir a la ignorancia, la ignominia y el olvido interesado, hasta hoy, cuando la plenitud y la justicia poética demuestran la magnificencia de sus respectivas obras.

Una prueba de todo ello es el soneto que apareció entre los textos de Virgilio, fechado el día del deceso de Lezama y que el autor de los Cuentos fríos, tal vez por pudor y recato entrañable, nunca había mostrado a nadie:

El hechizado 

                                                 A Lezama

                                                 en su muerte

                    Por un plazo que no puedo señalar

                    me llevas la ventaja de tu muerte:

                    lo mismo que en la vida, fue tu suerte

                    llegar primero. Yo, en segundo lugar.

 

                    Estaba escrito. ¿Dónde? En esa mar

                    encrespada y terrible que es la vida.

                    A ti primero te cerró la herida:

                    mortal combate del ser y del estar.

 

                    Es tu inmortalidad haber matado

                    a ese que te hacía respirar

                    para que el otro respire eternamente.

 

                    Lo hiciste con el arma Paradiso.

                    ―Golpe maestro, jaque mate al hado―.

                    Ahora respira en paz. Vive tu hechizo.

                                    Virgilio Piñera

                                     9 de agosto de 1976

Pero al fin y justo ahora que Lezama arriba a su primer centenario o primera secularidad, podemos presentar el texto, no solo como  homenaje a su autor por su cumpleaños número cien, sino por lo que él mismo representa para la literatura cubana, hispanoamericana, universal. Sin temor alguno se puede aseverar que Paradiso ha vencido el tiempo y el espacio.

Cumplimos así ese compromiso inconcluso que por tantos años se mantuvo en el aire, y esperamos que los que ahora asisten a este acto y tienen en sus manos el volumen con las sugerencias señaladas por Cintio Vitier y por Roberto Méndez, hagan, hagamos, justicia leyendo con deleite e inteligencia, al cabo de tanto tiempo, la novela poema Paradiso.

¡Muchas Gracias!

Presentación del volumen Paradiso de José Lezama Lima, primer tomo de sus Obras completas, Editorial Letras Cubanas.

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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