Año IX
La Habana
25 de SEPTIEMBRE
al 1 de OCTUBRE
de 2010

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TE PONGA EL PLATO?


 

Misa para un Ángel

Tomás Fernández Robaina • La Habana


I

Sí, ya decidí la forma de hablar contigo. Me cansé de que —en mis sueños— seas tú el que me quiera hablar; también debo tener esa posibilidad, ¿no lo crees? No me molesta cómo lo haces; siempre te presentas como el Reinaldo con quien solía cazar por las calles de La Habana, en las playas. No, no hablamos mucho de esas correrías, realmente ni las mencionamos, platicamos de un sinfín de cosas, después, cuando des­pierto, no tengo las imágenes y no siempre recuerdo tus palabras. іVaya comunicación! ¿No lo crees? Siempre te me apareces con esa sonrisa tuya tan peculiar. La recuerdo muy diferente de la forma en que Aurelio Cortés y Rebeca Fuentes me la describen en las entrevistas que les hice. Sí, sé que estoy obsesionado con hacer entrevistas. Con ellas busco conocer cómo fue tu vida, tu deambular por estas tierras, corroborar si todo lo que dicen de ti es cierto; ya hice esto con Consuelo La Charmé y con Violeta, también con Arcadio y con todos esos santeros y paleros que me hablaron tanto de sus vidas. Quiero continuar contigo, pero no con tu estilo. Escribes de una manera muy perso­nal, con mucha poesía, con una visión muy crítica políticamente, además de erótica, homosexual y alucinante. Nada he dicho con el deseo de mortificarte, no puedo imaginarme que los del más allá puedan también ponerse bravos y menos motivados por las cosas del más acá.

Una vez soñé que me peleabas y me echabas en cara que yo escribía como algunos de los escritores que detestas. No vayas a pensar que estoy adoptando una pose irónica. Sabes que no lo soy; no me gusta la sátira, en realidad soy un padre franciscano, como me llamaba mi amiga María Lastayo, aunque sé que es difícil que la gente me crea; todo lo entiendo, todo lo comprendo, todo lo justifico. Cada individuo obra siem­pre inspirado por una causa. Por eso sigo viéndote, hablándote, mencionándote en los círculos donde algunas de las personas que te conocieron, que decían ser tus amigos, ahora te ignoran o quieren ocultar que te trataron, que te ayudaban y te admiraban. Comprendo sus actitudes, que te condenen, que digan horrores de ti, que quieran borrarte de sus vidas, que digan barbaridades por todo lo que nos hiciste en tus últimas novelas. Mas no puede haber solo condena, el odio y el dogma son los enemigos más peligrosos de la inteligencia; no sé si me buscaré problemas, que alguien me deje de saludar por decir lo que digo y por hacer lo que hago: tú nos perteneces, Reinaldo, más para bien que para mal, con todas tus virtudes y maquiavelismo, o dicho mejor en nuestro lenguaje popu­lar, con tus hijeputadas, con toda tu ternura reprimida y tu odio desplegado marchando a tambor batiente, con todas tus verdades alucinantes y calumnias. También con tus trabalenguas, que gentes jodedoras o mezquinas se encargaban de transmitir, de popularizar, estimulados por ti, y que ahora siguen haciéndolo como una jocosidad o como chistes que muestran tu inimitable talento. Te escribí algunas cartas, no muchas; te las echaba al correo. Claro, de sobra sé que no te llegaron. Algunas te las enviaba a la calle Zapata y 12 con dos diferentes remitentes. Uno era el Comité Central del Partido, y el otro la Dirección de la Biblioteca Nacional José Martí. ¿Te puedes imaginar lo que ocurrió cuando se devolvieron las primeras cartas y las leyeron? Es probable que al menos las últimas las botaran o las quemaran sin abrirlas, pues siempre te mandaba a decir lo mismo: "no cometas locuras, respeta a los espíritus, no conviertas todo el cielo en un gran escenario de orgías imaginadas o recordadas".

Pero te diré que ya me cansé de hacerlas en diferentes máquinas de escribir o recortando palabras de los periódicos y revistas; manipulándolas con las manos enguantadas para que ni por las huellas digitales pudieran descubrirme. Ahora quiero hacer algo diferente, comunicarme contigo de verdad, y de forma directa: simplemente quiero hablarte frente a frente, como lo pensé hacer cuando te encontrara algún día en cualquier país donde coincidiéramos, ambos de viaje, pero yo regresando a la Isla, a nuestra Isla, que llevas muy adentro y que no puedes olvidar, y mucho menos, engañarte con el deseo de que la olvidarías; por eso escribiste que estar aquí, en los Estados Unidos y estar pensando en allá, es como no estar en ningún sitio.

Sé que estoy ahora muy cerca de ti, lo presiento y espero encontrarte, aunque sea nuevamente en sueños, en algunos de los tantos lugares que juntos frecuentamos en La Habana, pero antes de eso te encontraré aquí, en esta ciudad que te fascinó tanto como La Habana, cuyos edificios a veces se esconden entre las nubes para no impresionar a los transeúntes, que hablan todos los idiomas y que vienen de todas partes del planeta, y que también dialogan en otros lenguajes nacidos en las calles de esta urbe que nunca duerme y que siempre mira al presente y al futuro, sin olvidarse totalmente del pasado; esta ciudad que disfrutabas hasta la saciedad por el anonimato de cada uno de sus millones de vecinos y visitantes. Eso era lo que más te hacía admirar y anhelar esa característica para La Habana, donde los ojos de alguien siempre estaban y están al tanto de las entradas y salidas de los amigos, familiares que acudían a nuestras casas, no importaba la hora, el día ni las veces que recibiéramos visitas. Ahora cuando recorro estas calles llenas de hombres, de mujeres, de niños, de travestis, cuando la muchedumbre me mete y me saca del metro y a veces me empuja por entradas y salidas que no son las que debo tomar, me acuerdo de ti, de nuestra ciudad, que lucha contra el tiempo para no languidecer, para seguir siendo siempre la ciudad que ha sido, no únicamente en el recuerdo, con sus sorpresas y el peligro aguardando a cada momento a los que nos encontrábamos, en ese deambular, en ese cazar y experimentar nuevas emociones, la mayor atracción de la vida y una de sus razones. Quiero hablar de esas cosas contigo y también interrogarte; necesito oír de ti mismo esas anécdotas que tus amigos o simples conocidos narran. No es que dude de todas las locuras contadas, sé que eras capaz de ellas y de muchas más travesuras, pero quiero oírlas dichas por ti, a través del médium que nos servirá de puente; no podrás negarte. Trataremos de ayudarte para que lo hagas lo mejor posible. Sé que lo has intentado, que lo haces a tu modo, no solo en sueños, sino como lo hiciste con Lázaro. Lo confesó en una entrevista, al recordar que le habías prometido comunicarte con él cuando traspasaras las fronteras del acá con el más allá. Las señales enviadas fueron las pruebas máximas de ese intento. Solo él sabía cómo calificabas su cabello. Por eso no dudó de esa comunicación, cuando dos personas, sin que tuvieran contacto entre ellas, se refirieran a su pelo con tus mismas palabras. Estoy convencido de que debió haber sido muy difícil para ti lograr ese mensaje; y aún más, aceptar la existencia de esa realidad, de la cual te burlabas con frecuencia por considerarla muestra de la cultura popular, manifestaciones de gente de poca instrucción.

En ese sentido eras muy materialista, casi un marxista, pero ayer como hoy, una cosa es la teoría y otra la práctica; y te percataste enseguida de la diferencia que había entre ambos conceptos, mas no lo diste a entender ni lo exteriorizaste en los primeros tiempos. Otros, por el contrario, seguimos con la esperanza de hacer realidad esa idea de construir una sociedad más justa. Sí, sé que te enojarás por lo que te cuento. El mundo está lleno de locos, de románticos, tú lo fuiste, a tu modo; por eso te marchaste de esa Habana que ya habías hecho tuya, por eso hiciste todas esas cosas en contra de las ideas que consideraste debías combatir, por eso escribiste de un modo muy especial, e hiciste con todos los que te apoyamos, te quisimos, lo mismo que con tus enemigos, algo que muy pocas personas o casi nadie creyó que fueras capaz de hacer: llevamos a tu mundo literario, y convertimos también en personajes alucinantes, con tu modo de ver y recrear la realidad.

No creo que será muy difícil comprender, y que tú en particular entiendas, el porqué la oposición de tanta gente a que te haga una misa espiritual. Tampoco quieren que te tenga en la bóveda de mis guías y espíritus protectores. Me dicen que no debo ayudarte a coger luz; que en vida fuiste un demonio y que después de muerto lo continuarás siendo. Por lo tanto, nada debo hacer, y si lo hago, es enviarte para las penumbras, para la oscuridad eterna, para ver si así desapareces hasta del recuerdo. Realmente lo que sucede es que te tienen miedo; ahora te temen más que antes. Si en vida fuiste capaz de meternos a todos, amigos y enemigos, en un mismo saco, no son pocos los que aseguran que si logras manifestarte plenamente desde esa otra dimensión con tu talento, con tus virtudes, maquiavelismo y bajezas humanas, ninguno de los que mencionaste —incluido yo— tendremos en ade­lante un minuto de paz y sosiego, ya que tu poder se limitaría a las palabras, ¿comprendes el porqué tanta gente está en contra de que yo te haga una misa?

Somos unos cuantos los que nos vemos en tus páginas, unos más atacados, satirizados o más ridiculizados que otros, en ocasiones rayando lo grotesco. No todos aceptan tu homenaje, y aunque algunos trate­mos de pensar positivamente los hechos, tus palabras indican lo contrario.

Muchos se preguntan las causas que tuviste para acumular tanto odio, tanto resentimiento. No recuerdo que los mostraras abiertamente. Te vi enojado repeti­das veces, blasfemar y calificar a muchas personas de formas increíbles, pero odio, ese odio que se palpa en tus últimas novelas, aunque se disfrace haciéndonos reír, no lo recuerdo, Reinaldo, no lo recuerdo. Por eso me urge saber si realmente cambiaste tanto cuan­do llegaste a este país, o fue solo al saber que eras uno de los elegidos por el Señor para vivir a su diestra. ¿Me entiendes ahora, Reinaldo? Tengo que hacerte la misa cuanto antes.

II

(…)

SUEÑO

¿Qué ciudad es esta que calla, que se oculta, que siente frío y se tapa de esta manera? ¿Qué calles son estas que no hablan? ¿Qué silencio besa las puertas, los dinteles, el asfalto? ¿Qué ocurre que solo yo ando, que solo yo rompo esta aparente inexistencia? ¿Qué pasa que la brisa se esconde en los rincones? ¿Por qué los árboles han ocultado sus ramas? ¿Por qué deambulo por estas calles mientras los demás se ocultan? ¿Dónde están los ruidos de todos los días? ¿Qué ocurre en este enorme nido que se niega a dejar de serlo? ¿Camino? Sí, oigo mis pisadas, mis propios pensamientos, y oigo, oigo cómo algo muy distante asusta a lo que aquí vence. Las penumbras ya no abrazan a los edificios. La noche se retira a su cueva. Ella sabe, conoce el ruido del carro de Apolo tirado por cien vientos ras­gados por los miles de látigos que centellean el espacio y los ladridos de sus canes acercándose.

Camino. Camino por las calles que se aclaran. El frío disminuye y la ciudad arroja su frazada. Voy en dirección a la costa. Siento los vientos que besan mis mejillas mientras oigo un canto triste que viene del mar. Llego a su borde y contemplo la costa que comienza a despertarse. Miro el paisaje que tantas veces he contemplado y algo me atrae, me hace caminar sobre los arrecifes, deshaciendo lo que queda de la noche con mis pies: esas avecillas níveas que salen huyendo ante mis pisadas. Algo que es como un susurro, un brillar, algo que no sé lo que es me empuja. Y camino. Estoy caminando sobre rocas que no veo, pero las oigo correr, queriendo ocultarse. Algunas deciden morderme y todas se ponen repentinamente de acuerdo; las oigo pelear entre ellas por probar las plantas de mis pies; me extraño sobremanera al sentirme descalzo porque no recuerdo haberme quitado los zapatos. Quiero huir, correr sin saber hacia dónde. Tropiezo con algo que no había visto hasta ese instante: es un madero sembrado en los arrecifes, y me sobrecoge un líquido caliente que me abraza los sentidos y que me dice:

Bendito tú porque has venido en la hora sagrada.

Bendito tú porque has venido a los arrecifes.

Cuando todos nos han dado la espalda.

Comienzo a temblar. Temo alzar la vista, pero una voz me ordena que lo haga. Mis ojos trepan por el madero y no sé si digo un coño, un carajo o un ay mi madre cuando veo una cruz con un joven clavado. Y me sorprendo aún más al ver que no está solo, sino que todos los arrecifes están sembrados de cruces que giran dejando ver los rostros de los crucificados por ambas partes. Me alejo o trato de alejarme. Corro por una rampa que se desliza frente a las cruces, pero hacia dondequiera que corro nuevas cruces me aguardan. La curiosidad vence al temor o se ponen de acuerdo y juntos me guían ante la interminable hilera de cru­cificados. Cada rostro, cada cuerpo, es de alguien conocido, de alguien visto alguna vez. No solo son hombres, sino mujeres los que miran desde sus suplicios, sin poderse mover, clavados sin estar clavados, sin poder yo razonar ni explicar cómo se mantienen así; mas sus rostros, lejos de mostrar el horror que yo experimento, reflejan felicidad, los menos resignación; y así, observando las cruces, llego hasta las márgenes del río que marcan el final de la parte occidental de mi ciudad y el inicio de los repartos, pero también sobre las aguas del río y en la otra margen de su desembocadura continúa la crucifixión. El mar entonces se alza en forma de olas que portan antorchas sin llamas que nos queman. Y digo nos queman, porque de pronto me veo en una cruz sin saber cómo he llegado a ella. La vista que percibo ahora es distinta. Veo el sinfín de cruces como si fuera una muralla y oigo que alguien que está por el otro lado de mi cruz dice:

Bienaventurados nosotros que morimos habiendo

vivido.

Bienaventurados los de mi raza, los de mi tribu sin

pertenecer a ninguna.

Bienaventurados ellos que vendrán después de

nosotros.

Bienaventurados ellos, nosotros, que dominaremos

un día.

Bienaventurados todos.

Bienaventurados los que nos matan porque ellos

son los que hacen tañer las campanas del triunfo.

Tengo la impresión de que algo me quema, mientras una música rara comienza a posarse en nuestros cuerpos. Miro la ancha avenida que corre zigzagueante frente al mar y veo muchos portaestandartes que se acercan. Se sitúan frente a las cruces caballeros armados, montados en briosos corceles, sacados de la misma temprana Edad Media con vestiduras y arcos púrpuras. No les vemos los rostros, pero sabemos que nos miran a través de los almetes. Estos llevan como insignias plumas verdes que se me antojan cuernos. Oigo un aletear sobre mi cabeza y veo el cielo repleto de auras que nos miran.

Bienaventuradas ellas que nos desean.

Bienaventurados nosotros que somos los deseados.

Quiero rezar un Padrenuestro, pero las palabras se esconden. Solo tenemos un consuelo: Saber que somos los bienaventurados.

La música rara, rara como sonidos de truenos y violines mezclados con cantos de vientos, cesa para dar paso a un tamborileo que ensordece. Quiero gritar, llamar a mi madre, a mi abuela, pero me doy cuenta de que la lengua ya no es lengua y que solo pienso, pienso. Veo cómo los caballeros medievales nos apuntan con arcos cuyas flechas, en forma de falo o de pubis, hieren el espacio y se detienen en nuestros cuerpos. Nos hacen sangrar y de pronto comenzamos un canto sin abrir nuestras bocas, solo con nuestras mentes, pero de tal modo, con tal fuerza, que se oye y sorprende a los arqueros, sin que nosotros lo sintamos de igual manera. La crucifixión entera es un enorme coro y entre los versos que entona está uno que dice: a nosotros nos mueve la vida.

Y así hemos estado no sé desde qué tiempo. Ya no hay en nuestros cuerpos un lugar no flechado. Y me sorprendo al no sentir dolor, y en particular, de que estemos pensando y que repitamos como en un infinito rezo:

Bienaventurados ustedes que tratan de matarse.

Y la lluvia de flechas continúa tratando de paralizar

nuestros pensamientos mientras el coro continúa

entonando:

Bienaventurados nosotros que morimos por un

mañana.

Bienaventurados nosotros que seremos recordados.

Y en ese momento siento que algo me taladra un pie, que alguien en forma de aura, que realmente no es una, sino miles, nos sacan las entrañas; buscan en nuestros cuerpos la idea que nos mantiene. Los arqueros se han retirado y el sol hace rato que se ha marchado de nuestra vista. Quedamos a merced de las auras por semanas sin que sacien su hambre, solo comparable con la nuestra de justicia negada a través de todos los tiempos pero que un día será satisfecha.

Bienaventurados nosotros que no habremos muerto en vano.

Amén.

III

Desde que comencé a preparar tu misa, no puedo dormir tranquilo. Me parece poco el tiempo que dedico a buscar a los espiritistas, a los médiums que tratarán de ponerse en comunicación contigo. Mientras tanto, no hago más que escribirte, escribir estas notas para, de algún modo, hablar contigo, imaginándome que estás al lado mío, o que tus personajes se me acercan y me hablan. A veces se burlan, en ocasiones me tratan con cariño, con comprensión, pero ninguno me trata con odio, ni siquiera el alcalde de Boston que me hiciste matar en un duelo, ¿te acuerdas? Me llama la atención que sean, tanto los que conocí en La Habana como los de Nueva York, igual a los que me presentaste a través de las páginas de tus novelas. Sabes, algunos me dicen que si no te hubieras suicidado, con SIDA o sin SIDA, alguien te habría matado. Me recriminan porque no pueden creer que yo no esté enojado contigo, y que, por el contrario, te defienda de los ataques injustos, porque contra los ataques justos, o más que ataques, contra los resentimientos que tantas personas tienen por las cosas que dices de ellos, no puedo hacer mucho. Son muy pocos los que pueden entender que más que rabia o venganza, lo que deseabas hacer de la literatura, de nuestra narrativa —por lo general tan aburrida, cargada de descripciones, de nombres mitológicos e imágenes oscuras, o de un exceso de realismo, casi naturalismo, en donde todo está en función de demostrar lo bueno de los nuevos tiempos—, era algo vivo, dinámico, como correr detrás de las guaguas. ¡Alégrate que no alcanzaste el período camellil (de los famosos camellos, que paran cincuenta metros antes o después de la parada)! Además, te interesaba acentuar todo lo alucinante de la vida, de nuestras realidades, que siempre la vemos literaria y artísticamente refleja­da en un solo y monótono plano. Tengo miedo de escribir todo lo que me cuentan de ti, de algunas de las cosas que me dices en los sueños, pero ¿realmente es así, fue así? O es que sin proponérmelo trato de que esas leyendas que me hablan de ti sean verdades y no dude de las respuestas que me dan cuando indago sobre ti, cuando te busco por las calles neoyorquinas, deseando encontrarte en los recuerdos de tus amistades habaneras de allá y de las nuevas de aquí. Estoy convencido de que, cuando menos me lo espere, te veré de nuevo, surgiendo de las aguas de tus playas preferidas, o te encontraré mirando al horizonte, en ese sagrado y misterioso momento ilusorio, pero tan convincente para personas como tú y yo, de zambullirse el sol en las aguas y perderse en sus profundidades. ¿Qué debo hacer para dominar esta pasión, esta locura? ¿Me ayudará la visita a un médico, a un espiritista, a un santero, o a un babalao? No sé qué hacer, pero mientras tanto, con fiebre, alucinaciones o lo que sea, continuaré escribiendo y preparándote la misa, a pesar de todos los que me llaman y quieren persuadirme para que no la organice. De todos modos la haré, más pronto de lo que todos se imaginan. Mientras llega ese día, seguiré garabateando cuartillas, al menos me siento tan bien cuando digo todo lo que pienso, esa es mi mejor medicina, aunque nadie las lea y solo tú, Reinaldo, pue­das oírme y entenderme.

(…)

 

XXXI

(…)

VOZ

Él siempre fue muy extraño, muy recogido, introvertido. Yo hice lo que toda madre trata de hacer por su hijo; nunca lo abandoné, pero el campo no daba, y pude irme a trabajar a los Estados Unidos. Puede ser que nunca haya comprendido a mi hijo, nadie entendía que le diera por escribir, por estar garabateando en cualquier pedazo de papel historias, cuentos que oía y reescribía, o que imaginaba, o hasta sueños que tenía. Quería que estudiara, que no siguiera el mismo camino que mis hermanos, pero no era fácil, realmente no lo era. Jamás vio a su padre. De eso no me gusta hablar. Algunas veces me echó en cara que no le había dejado conocerlo. Tal vez cometí un error. Puede ser que eso lo hiciera actuar en ocasiones de un modo que me dolía mucho, pues trataba de darle cariño, mi amor materno, y parecía estar molesto, muy molesto conmigo, como si yo le hubiera hecho algo que no podía perdonarme y tenía que estármelo recordando cada vez que discutíamos. Y escribió que en cierta ocasión recordó ver a un hombre muy apuesto, que se le acercó, y que cuando le iba a hablar aparecí yo, insultándolo y tirándole piedras. ¿Pero qué iba a hacer? Me ilusioné tanto con él, y se aprovechó de mí, del deseo de una joven de ser amada, de saber lo que es el amor, sentirse abrazada por un hombre que de solo mirarlo provocaba el deseo de amar, de besarlo. Tal vez aproveché la posibilidad de irme a trabajar fuera de Cuba para olvidarlo, porque ver a Reinaldo era como verlo a él, y eso me encendía la sangre. Lo veía y me recondenaba. Sabía que Rei no tenía culpa, pero verlo era recordar sus ojos, sus labios, su atractiva cara, y huyendo de muchas cosas me marché a trabajar a los Estados Unidos. Cada vez que regresaba, encontraba que su parecido con el padre era mayor, era como si Dios me estuviera castigando por lo que hice, por lo que traté de olvidar, de ocultar, y a medida que mi hijo crecía era ver al sinvergüenza que lo había engendrado, sin amor ni deseo, solo con el propósito de aprovecharse de mí. Pero no odié a mi hijo, ¿qué madre que no esté muy enferma de la mente puede odiar a su hijo? Y traté de que no le faltara el pan nuestro de cada día, por eso trabajé mucho, pero Rei, de lo que hice, nada valoró. Por el contrario, cada acción mía, cada razonamiento o cualquier comentario que hacía, era provocarlo, estimular no sé qué resentimientos ocultos, que le provocaban una ira, o un odio muy grande que nunca pude entender.

No me gusta hablar de lo que significó para mí todo ese proceso de Rei. Desde que se escapó, hasta su muerte. Era mi hijo, se había criado con el calor de la familia, pero no pareció sentirlo, y actuaba siempre ante todo de modo muy diferente. Yo fui a ver a un francés. Creo que trabajaba en la Alianza Francesa de La Habana, y estaba vinculado con la Embajada de ese país. En cierto momento Rei pensó meterse en la Embajada de Francia, pero aquello no funcionó. Eso lo irritó mucho, pero bueno, en aquellos días yo no dormía. Me fui para La Habana, entonces un amigo me llamó, y supe parte de lo sucedido. Pensé llamarte, pero Rei me había mandado a decir que me comunicara solamente con esa persona. Desconfiaba de todos. Después, cuando lo apresaron y lo llevaron para el Castillo del Morro, lo fui a ver varias veces. Me dijo que Norberto Fuentes lo había visitado diciendo que era su primo, ya que tenía el apellido materno.

Siempre trató de que yo no supiera que estaba enfermo. Lo visité en los Estados Unidos, en Miami, se portó bien conmigo. Sí, a veces peleábamos, ¿qué madre no pelea con su hijo?

Antes de morir me depositó una suma de dinero, con eso he ido viviendo, pues una hermana mía me envía dinero cada vez que necesito. No, del dinero proveniente de sus derechos de autor nada sé. En cierta ocasión le escribí a un abogado que me había mandado una carta. Le envié otra preguntando si yo tenía algún derecho sobre ese dinero; espera para enseñártela, me parece muy insultante, de eso hace más de siete años. Nada le respondí. Lázaro no se ha comunicado conmigo. Margarita Camacho es la única que me ha preguntado si necesito algo. Siempre que puede me envía un paquete y algún dinero.

Nada sé del litigio. Es cierto que él se casó, al menos eso fue lo que creí, sé que tú discutiste con él, tú no entendías que lo hiciera para darme la alegría de que iba a cambiar, si en definitiva él iba a continuar siendo el Reinaldo de siempre. Pero después creo que se separaron, y que ella, como su viuda, reclama parte de la herencia, pero nada sé de ese asunto.

Al principio creí morirme, la familia, la gente, en fin. No crié a Reinaldo para que hiciera todo eso. Algo más tarde fui cambiando, la realidad, la vida impone sus leyes. Tengo manuscritos de cuando Rei era un niño, me los han querido comprar, mas nada haré, pero espera, deja hacerte un buchito de café para seguir hablando, no sabes cuánto agradezco tu visita.

(Entre­vista realizada en Holguín en el verano de 1998.)

(…)
 

XXXII

SUEÑO

Nos vestimos de lluvia, y corrimos a pesar de las olas que inútilmente pretendían detener nuestras brazadas, aún fuertes, en dirección a la playa, pero miramos al sol, que vestido de oro y llamas nos decía adiós en el horizonte. Entonces de cara al cielo, nos convertimos en troncos, y nos dejamos acariciar y llevar por los fuertes vaivenes, admirando una vez más cómo el mar se tragaba aquella esfera en uno de los tantos cotidia­nos misterios de la vida.

Un sueño.

La Habana 8 de mayo, 2003

XXXIII
 

Oye, Reinaldo, ya casi termina el primer mes del 2001, cuando aún psicológicamente no nos hemos adaptado a que ya somos hombres y mujeres privilegiados, muy conscientes de nuestras suertes, de nuestras valoraciones del pasado, del presente y de lo que nos queda aún del mañana. Para mucha gente no existe ese mañana cuando piensan que hoy fue el mañana del ayer y que ni el ayer ni el mañana cuentan porque lo objetivo es el hoy, siempre el hoy. En este hoy, hoy desde hace dos días, o de un mañana convertido en ayer y de otro mañana que es hoy camino de ser ayer, te recuerdo mucho, y a algunos de los que te conocieron en ese Manhattan que tanto te atrajo. Recuerdo con frecuencia a Oriol. Lo tengo presente, en un constante hoy, pues casi nunca estoy en La Habana cuando los nortes fríos, revueltos, lluviosos, arropados en nubes muy húmedas, alegres a pesar de la atmósfera siempre triste que los líricos asocian con esos días aplomados, que deprimen a algunas personas en dependencia de los problemas que tengan. Rei, no tengo ropa apropiada para estos azotes norteños. No sé qué tiempo hacía que no veía ni pasaba un invierno en La Habana, como este que nos está dando mucha guerra. A veces me sorprendía la duda de algunos amigos acerca del invierno habanero. Claro, nunca es, por suerte, como el que conociste allá, pero el estar Cuba muy al norte del resto del Caribe, hace que muchos caribeños desconozcan que en una de sus islas, muy al norte, casi siempre tan llena de sol, de calor, de sudores, en la Llave de las Antillas, pueda haber un invierno, verdadero invier­no, sorprendente invierno para los caribeños de más al sur. Por eso recuerdo a Oriol, Rei, porque me resguardo de esas brisas friolentas, de ese aire acondicionado ampliado a toda la ciudad, que me hace usar la cha­queta de mezclilla que me regaló Oriol hace ya más de cinco años, y que por suerte traje, pues realmente toda mi ropa para combatir el invierno la tengo allá. ¿Por qué y para qué traerla? Nuestro invierno es pequeño, ridículo comparado con los inviernos que he pasado en ese país, monstruoso por lo grande, por lo aplastante. Sabes, Reinaldo, me sobrecoge pensar en términos de tres siglos. Claro, debería hablar de solo dos, pero me es familiar el XIX, por las figuras que estudio, muchas de ellas nacidas también a mediados o a finales de aquella centuria que se aleja como las costas cuando nos hacemos a la mar, pero que en mi mente está tan nítida, tan cercana, tan palpable a mi vista, a mi olfato, a mi tacto, estamos en el nuevo milenio, y ahora el frío nos abraza, y las calles de los barrios están desiertas, pero no las calles del enorme y fragmentado downtown de La Habana: Prado, Monte, Obispo, de los munici­pios colindantes de Habana Vieja y Centro Habana, el Malecón, colindante con el municipio de Plaza, y La Rampa y la calle 23, puro municipio de Plaza, puro Vedado, barrio en el cual todo el mundo quiere vivir, y deambular. Oye, Rei, La Habana de noche tiene estos tres núcleos, al menos básicos, con sus centros nocturnos, turísticos, y lupanares abiertos de hombres y mujeres en el FIAT, La Arcada, la cafetería de Radiocentro, y la esquina de 23 y L, tanto en las aceras del cine Yara, como en las de Coppelia. Esta Habana nocturna es tan diferente de nuestra Habana, la que recorríamos juntos a cualquier hora del día o de la noche, la recuerdo cada vez con más claridad. Alguien me dijo, Rei, que era señal de que estaba llegando a la edad en que lo diario se olvida y la mente es conquistada por cosas perdidas en el tiempo. La Habana no es ya la de mis noches antes de conocerte, de llegar a un bar y pedir un vasito de cerveza Tropical, Cristal, Polar o Hatuey, en las nacionales o una Miller Highlife, o una Cabeza de Perro, en las extranjeras; un jaibol o un Cuba Libre. Ahora pides esas mismas bebidas, pero además puedes seleccionar, aunque no siempre la variedad de cervezas se logra en un mismo establecimiento: Bucanero, Tínima, Mayabe, y Heineken, Bavaria, Corona entre las foráneas. En cuanto a los rones y aguardientes, el Havana Club, el sustituto del Bacardí seguido del Ron Mulata, Varadero, Matusalén, hoy alegre, mañana bien, en ese dialéctico movimiento de mañana hoy, ayer hoy. Hoy es 21 de enero, me siento bien, y no porque ayer tomé Matusalén, ni siquiera más de un Daiquirí, más de un Ron Collins, más de un Cubanito, más de un Mojito, sino simplemente me siento bien, me gusta esta frialdad que me hace recordar mis andares neoyorquinos, indagando tu quehacer en esa urbe, y el añorar entonces el calor de ese trópi­co tan norteño que se disfraza de invierno, y de lloviznas, a veces de lluvia fuerte, pero nunca de aguaceros de mayo o de octubre. Todavía el mes no ha concluido, Rei, pero hasta hoy, el mañana convertido en hoy, camino de ser ayer se ha presentado muy cargado de trabajo, de tensiones y de reacciones ante los aconteceres que no son de interés de todos, pero para mí son vitales; vivo en mi tiempo, con mi tiempo, y para más allá de mi tiempo, y eso me hace pensar mucho, preocuparme mucho, gozar y sufrir de la vida al máximo porque no todo es sufrir ni gozar aunque se luche para evitar el sufrimiento, y no todos puedan alcanzar los placeres. Justamente en esa lucha, pienso, está el sentido de la vida, disfrutar ese hoy, pensar en ese mañana, y recordar todo en ese ayer.

Reinaldo, no eres una deidad, mucho menos un santo, aunque deidad y santo puedan considerarse fenómenos parecidos. Pero de los ángeles caídos también podemos aprender. No siempre se caen porque les hayan sido tronchadas las alas, o por el peso de la lluvia retenida en sus alas. A veces los ángeles son tumbados, flechados por un misil disparado desde un avión o desde alguna base militar en tierra. Los ángeles no siempre se protegen, se cuidan, y, Reinaldo, fuiste uno de ellos. Consideraste que tu misión radicaba justamente en no cuidarte, para de ese modo lograr un objetivo, y por tal razón, procuraste tu caída. No puedo concebir tu final de otra forma. Tal vez te vestiste de pánico, de un miedo indescriptible del calvario por el cual debías andar hasta llegar a ese ayer, viniendo de un mañana que se te hacía muy largo, doloroso, pesado, tortuoso. Así me pareció cuando te vi una noche por la calle 8va. rumbo a tu apartamento, realmente no andabas, eras como una figura flotando sobre la acera, con tus ojos sin ser ya los tuyos, sin el rostro alegre de nuestros andares playeros en La Concha, en el Patricio, en el Casino, en el Náutico. Te vi apenas abrigado. Me explicaste que ya no tenía sentido resguardarte de la nevada, porque ya la noche más larga había comenzado a tejer sus oscuridades en tu pensamiento. El sueño, y no precisamente el de Morfeo, había comenzado a pegársete a la piel, a los dolores, y supiste que no tenías otra forma de alejar todo lo que te molestaba que dejarte conquistar por ese sueño. Entonces, no te miraste más en tu espejo; lo odiabas porque te mostraba, con una imagen que no querías aceptar, a pesar de que sabías que era la tuya. Y así, un buen día, tomaste, te tragaste todas las pastillas que podías para que ese sueño, que no te imaginabas qué color tendría, te conquistara, te besara o te mordiera; así me dijiste que fue tu sensación al principio hasta que ya no te viste más. A partir de ese momento comprendiste muchas cosas y quisiste revivir y resucitar como Jesús, pero no eras Jesús y te faltó Dios. Viste muy claramente lo que debías haber hecho y no hiciste, ya no tenías un mañana, ni un hoy que se transformara en un ayer y sin más opción que aceptar ese hoy que fue un mañana y que nunca sería un ayer. No pediste perdón, no te arrepentiste, juraste que si resucitabas harías lo mismo, porque honrar honra, y tú nos habías honrado de ese modo porque nos apreciabas. Eras martiano y me recitaste el verso: “Cultivo una rosa blanca para el amigo sincero, y para el cruel que me arranca el corazón con que vivo, cardo ni ortiga cultivo, cultivo una rosa blanca”. Pero, Reinaldo, transformaste las rosas blancas en cardos y en orti­gas tanto para tus amigos, como para aquellos que no lo eran.

Ahora te propiciaré una misa para que me niegues o corrobores todo lo que me has dicho en sueños, en tus apariciones nocturnas mientras deambulaba indagando por tu vida neoyorquina. Por eso ya es hora de rezar un Ave María.

Autoepitafio

Reinaldo Arenas

Mal poeta enamorado de la luna

No tuvo más fortuna que el espanto;

Y fue suficiente pues como no era un santo

Sabía que la vida es riesgo o abstinencia,

Que toda gran ambición es demencia

Y que el más sórdido horror tiene su encanto.

Vivió para vivir es ver la muerte

Como algo cotidiano a la que apostamos,

Un cuerpo espléndido a toda nuestra suerte.

Supo que lo mejor de todo aquello que dejamos

Precisamente porque nos marchamos.

Todo lo cotidiano resulta aborrecible,

Conoció la prisión y el ostracismo,

El exilio, las múltiples ofensas

Típicas de la vileza humana;

Pero siempre lo escoltó cierto estoicismo

Que lo ayudó a caminar por cuerdas tensas

O a disfrutar del esplendor de la mañana.

Y cuando se bamboleaba surgía una ventana

Por la cual se lanzaba al infinito.

No quiso ceremonia, discurso, duelo o grito,

Ni un túmulo de arena donde reposase su esqueleto

 

(Ni después de muerto quiso vivir quieto.)

Ordenó que sus cenizas fueran lanzadas al mar

Donde habrán de fluir constantemente.

No ha perdido la costumbre de soñar,

Espera que en sus aguas se zambulla algún

adolescente.

(Tomado de una hoja impresa facilitada por un amigo.)

Fragmentos de Misa para un Ángel, de Tomás Fernández Robaina. Ediciones UNIÓN, La Habana, 2010.

 

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