I
Sí, ya decidí la
forma de hablar
contigo. Me cansé de
que —en mis sueños—
seas tú el que me
quiera hablar;
también debo tener
esa posibilidad, ¿no
lo crees? No me
molesta cómo lo
haces; siempre te
presentas como el
Reinaldo con quien
solía cazar por las
calles de La Habana,
en las playas. No,
no hablamos mucho de
esas correrías,
realmente ni las
mencionamos,
platicamos de un
sinfín de cosas,
después, cuando
despierto, no tengo
las imágenes y no
siempre recuerdo tus
palabras. іVaya
comunicación! ¿No lo
crees? Siempre te me
apareces con esa
sonrisa tuya tan
peculiar. La
recuerdo muy
diferente de la
forma en que Aurelio
Cortés y Rebeca
Fuentes me la
describen en las
entrevistas que les
hice. Sí, sé que
estoy obsesionado
con hacer
entrevistas. Con
ellas busco conocer
cómo fue tu vida, tu
deambular por estas
tierras, corroborar
si todo lo que dicen
de ti es cierto; ya
hice esto con
Consuelo La
Charmé y con
Violeta, también con
Arcadio y con todos
esos santeros y
paleros que me
hablaron tanto de
sus vidas. Quiero
continuar contigo,
pero no con tu
estilo. Escribes de
una manera muy
personal, con mucha
poesía, con una
visión muy crítica
políticamente,
además de erótica,
homosexual y
alucinante. Nada he
dicho con el deseo
de mortificarte, no
puedo imaginarme que
los del más allá
puedan también
ponerse bravos y
menos motivados por
las cosas del más
acá.
Una vez soñé que me
peleabas y me
echabas en cara que
yo escribía como
algunos de los
escritores que
detestas. No vayas a
pensar que estoy
adoptando una pose
irónica. Sabes que
no lo soy; no me
gusta la sátira, en
realidad soy un
padre franciscano,
como me llamaba mi
amiga María Lastayo,
aunque sé que es
difícil que la gente
me crea; todo lo
entiendo, todo lo
comprendo, todo lo
justifico. Cada
individuo obra
siempre inspirado
por una causa. Por
eso sigo viéndote,
hablándote,
mencionándote en los
círculos donde
algunas de las
personas que te
conocieron, que
decían ser tus
amigos, ahora te
ignoran o quieren
ocultar que te
trataron, que te
ayudaban y te
admiraban. Comprendo
sus actitudes, que
te condenen, que
digan horrores de
ti, que quieran
borrarte de sus
vidas, que digan
barbaridades por
todo lo que nos
hiciste en tus
últimas novelas. Mas
no puede haber solo
condena, el odio y
el dogma son los
enemigos más
peligrosos de la
inteligencia; no sé
si me buscaré
problemas, que
alguien me deje de
saludar por decir lo
que digo y por hacer
lo que hago: tú nos
perteneces,
Reinaldo, más para
bien que para mal,
con todas tus
virtudes y
maquiavelismo, o
dicho mejor en
nuestro lenguaje
popular, con tus
hijeputadas, con
toda tu ternura
reprimida y tu odio
desplegado marchando
a tambor batiente,
con todas tus
verdades alucinantes
y calumnias. También
con tus
trabalenguas, que
gentes jodedoras o
mezquinas se
encargaban de
transmitir, de
popularizar,
estimulados por ti,
y que ahora siguen
haciéndolo como una
jocosidad o como
chistes que muestran
tu inimitable
talento. Te escribí
algunas cartas, no
muchas; te las
echaba al correo.
Claro, de sobra sé
que no te llegaron.
Algunas te las
enviaba a la calle
Zapata y 12 con dos
diferentes
remitentes. Uno era
el Comité Central
del Partido, y el
otro la Dirección de
la Biblioteca
Nacional José Martí.
¿Te puedes imaginar
lo que ocurrió
cuando se
devolvieron las
primeras cartas y
las leyeron? Es
probable que al
menos las últimas
las botaran o las
quemaran sin
abrirlas, pues
siempre te mandaba a
decir lo mismo: "no
cometas locuras,
respeta a los
espíritus, no
conviertas todo el
cielo en un gran
escenario de orgías
imaginadas o
recordadas".
Pero te diré que ya
me cansé de hacerlas
en diferentes
máquinas de escribir
o recortando
palabras de los
periódicos y
revistas;
manipulándolas con
las manos
enguantadas para que
ni por las huellas
digitales pudieran
descubrirme. Ahora
quiero hacer algo
diferente,
comunicarme contigo
de verdad, y de
forma directa:
simplemente quiero
hablarte frente a
frente, como lo
pensé hacer cuando
te encontrara algún
día en cualquier
país donde
coincidiéramos,
ambos de viaje, pero
yo regresando a la
Isla, a nuestra
Isla, que llevas muy
adentro y que no
puedes olvidar, y
mucho menos,
engañarte con el
deseo de que la
olvidarías; por eso
escribiste que estar
aquí, en los Estados
Unidos y estar
pensando en allá, es
como no estar en
ningún sitio.
Sé que estoy ahora
muy cerca de ti, lo
presiento y espero
encontrarte, aunque
sea nuevamente en
sueños, en algunos
de los tantos
lugares que juntos
frecuentamos en La
Habana, pero antes
de eso te encontraré
aquí, en esta ciudad
que te fascinó tanto
como La Habana,
cuyos edificios a
veces se esconden
entre las nubes para
no impresionar a los
transeúntes, que
hablan todos los
idiomas y que vienen
de todas partes del
planeta, y que
también dialogan en
otros lenguajes
nacidos en las
calles de esta urbe
que nunca duerme y
que siempre mira al
presente y al
futuro, sin
olvidarse totalmente
del pasado; esta
ciudad que
disfrutabas hasta la
saciedad por el
anonimato de cada
uno de sus millones
de vecinos y
visitantes. Eso era
lo que más te hacía
admirar y anhelar
esa característica
para La Habana,
donde los ojos de
alguien siempre
estaban y están al
tanto de las
entradas y salidas
de los amigos,
familiares que
acudían a nuestras
casas, no importaba
la hora, el día ni
las veces que
recibiéramos
visitas. Ahora
cuando recorro estas
calles llenas de
hombres, de mujeres,
de niños, de
travestis, cuando la
muchedumbre me mete
y me saca del metro
y a veces me empuja
por entradas y
salidas que no son
las que debo tomar,
me acuerdo de ti, de
nuestra ciudad, que
lucha contra el
tiempo para no
languidecer, para
seguir siendo
siempre la ciudad
que ha sido, no
únicamente en el
recuerdo, con sus
sorpresas y el
peligro aguardando a
cada momento a los
que nos
encontrábamos, en
ese deambular, en
ese cazar y
experimentar nuevas
emociones, la mayor
atracción de la vida
y una de sus
razones. Quiero
hablar de esas cosas
contigo y también
interrogarte;
necesito oír de ti
mismo esas anécdotas
que tus amigos o
simples conocidos
narran. No es que
dude de todas las
locuras contadas, sé
que eras capaz de
ellas y de muchas
más travesuras, pero
quiero oírlas dichas
por ti, a través del
médium que nos
servirá de puente;
no podrás negarte.
Trataremos de
ayudarte para que lo
hagas lo mejor
posible. Sé que lo
has intentado, que
lo haces a tu modo,
no solo en sueños,
sino como lo hiciste
con Lázaro. Lo
confesó en una
entrevista, al
recordar que le
habías prometido
comunicarte con él
cuando traspasaras
las fronteras del
acá con el más allá.
Las señales enviadas
fueron las pruebas
máximas de ese
intento. Solo él
sabía cómo
calificabas su
cabello. Por eso no
dudó de esa
comunicación, cuando
dos personas, sin
que tuvieran
contacto entre
ellas, se refirieran
a su pelo con tus
mismas palabras.
Estoy convencido de
que debió haber sido
muy difícil para ti
lograr ese mensaje;
y aún más, aceptar
la existencia de esa
realidad, de la cual
te burlabas con
frecuencia por
considerarla muestra
de la cultura
popular,
manifestaciones de
gente de poca
instrucción.
En ese sentido eras
muy materialista,
casi un marxista,
pero ayer como hoy,
una cosa es la
teoría y otra la
práctica; y te
percataste enseguida
de la diferencia que
había entre ambos
conceptos, mas no lo
diste a entender ni
lo exteriorizaste en
los primeros
tiempos. Otros, por
el contrario,
seguimos con la
esperanza de hacer
realidad esa idea de
construir una
sociedad más justa.
Sí, sé que te
enojarás por lo que
te cuento. El mundo
está lleno de locos,
de románticos, tú lo
fuiste, a tu modo;
por eso te marchaste
de esa Habana que ya
habías hecho tuya,
por eso hiciste
todas esas cosas en
contra de las ideas
que consideraste
debías combatir, por
eso escribiste de un
modo muy especial, e
hiciste con todos
los que te apoyamos,
te quisimos, lo
mismo que con tus
enemigos, algo que
muy pocas personas o
casi nadie creyó que
fueras capaz de
hacer: llevamos a tu
mundo literario, y
convertimos también
en personajes
alucinantes, con tu
modo de ver y
recrear la realidad.
No creo que será muy
difícil comprender,
y que tú en
particular
entiendas, el porqué
la oposición de
tanta gente a que te
haga una misa
espiritual. Tampoco
quieren que te tenga
en la bóveda de mis
guías y espíritus
protectores. Me
dicen que no debo
ayudarte a coger
luz; que en vida
fuiste un demonio y
que después de
muerto lo
continuarás siendo.
Por lo tanto, nada
debo hacer, y si lo
hago, es enviarte
para las penumbras,
para la oscuridad
eterna, para ver si
así desapareces
hasta del recuerdo.
Realmente lo que
sucede es que te
tienen miedo; ahora
te temen más que
antes. Si en vida
fuiste capaz de
meternos a todos,
amigos y enemigos,
en un mismo saco, no
son pocos los que
aseguran que si
logras manifestarte
plenamente desde esa
otra dimensión con
tu talento, con tus
virtudes,
maquiavelismo y
bajezas humanas,
ninguno de los que
mencionaste
—incluido yo—
tendremos en
adelante un minuto
de paz y sosiego, ya
que tu poder se
limitaría a las
palabras,
¿comprendes el
porqué tanta gente
está en contra de
que yo te haga una
misa?
Somos unos cuantos
los que nos vemos en
tus páginas, unos
más atacados,
satirizados o más
ridiculizados que
otros, en ocasiones
rayando lo grotesco.
No todos aceptan tu
homenaje, y aunque
algunos tratemos de
pensar positivamente
los hechos, tus
palabras indican lo
contrario.
Muchos se preguntan
las causas que
tuviste para
acumular tanto odio,
tanto resentimiento.
No recuerdo que los
mostraras
abiertamente. Te vi
enojado repetidas
veces, blasfemar y
calificar a muchas
personas de formas
increíbles, pero
odio, ese odio que
se palpa en tus
últimas novelas,
aunque se disfrace
haciéndonos reír, no
lo recuerdo,
Reinaldo, no lo
recuerdo. Por eso me
urge saber si
realmente cambiaste
tanto cuando
llegaste a este
país, o fue solo al
saber que eras uno
de los elegidos por
el Señor para vivir
a su diestra. ¿Me
entiendes ahora,
Reinaldo? Tengo que
hacerte la misa
cuanto antes.
II
(…)
SUEÑO
¿Qué ciudad es esta
que calla, que se
oculta, que siente
frío y se tapa de
esta manera? ¿Qué
calles son estas que
no hablan? ¿Qué
silencio besa las
puertas, los
dinteles, el
asfalto? ¿Qué ocurre
que solo yo ando,
que solo yo rompo
esta aparente
inexistencia? ¿Qué
pasa que la brisa se
esconde en los
rincones? ¿Por qué
los árboles han
ocultado sus ramas?
¿Por qué deambulo
por estas calles
mientras los demás
se ocultan? ¿Dónde
están los ruidos de
todos los días? ¿Qué
ocurre en este
enorme nido que se
niega a dejar de
serlo? ¿Camino? Sí,
oigo mis pisadas,
mis propios
pensamientos, y
oigo, oigo cómo algo
muy distante asusta
a lo que aquí vence.
Las penumbras ya no
abrazan a los
edificios. La noche
se retira a su
cueva. Ella sabe,
conoce el ruido del
carro de Apolo
tirado por cien
vientos rasgados
por los miles de
látigos que
centellean el
espacio y los
ladridos de sus
canes acercándose.
Camino. Camino por
las calles que se
aclaran. El frío
disminuye y la
ciudad arroja su
frazada. Voy en
dirección a la
costa. Siento los
vientos que besan
mis mejillas
mientras oigo un
canto triste que
viene del mar. Llego
a su borde y
contemplo la costa
que comienza a
despertarse. Miro el
paisaje que tantas
veces he contemplado
y algo me atrae, me
hace caminar sobre
los arrecifes,
deshaciendo lo que
queda de la noche
con mis pies: esas
avecillas níveas que
salen huyendo ante
mis pisadas. Algo
que es como un
susurro, un brillar,
algo que no sé lo
que es me empuja. Y
camino. Estoy
caminando sobre
rocas que no veo,
pero las oigo
correr, queriendo
ocultarse. Algunas
deciden morderme y
todas se ponen
repentinamente de
acuerdo; las oigo
pelear entre ellas
por probar las
plantas de mis pies;
me extraño
sobremanera al
sentirme descalzo
porque no recuerdo
haberme quitado los
zapatos. Quiero
huir, correr sin
saber hacia dónde.
Tropiezo con algo
que no había visto
hasta ese instante:
es un madero
sembrado en los
arrecifes, y me
sobrecoge un líquido
caliente que me
abraza los sentidos
y que me dice:
Bendito tú porque
has venido en la
hora sagrada.
Bendito tú porque
has venido a los
arrecifes.
Cuando todos nos han
dado la espalda.
Comienzo a temblar.
Temo alzar la vista,
pero una voz me
ordena que lo haga.
Mis ojos trepan por
el madero y no sé si
digo un coño, un
carajo o un ay mi
madre cuando veo una
cruz con un joven
clavado. Y me
sorprendo aún más al
ver que no está
solo, sino que todos
los arrecifes están
sembrados de cruces
que giran dejando
ver los rostros de
los crucificados por
ambas partes. Me
alejo o trato de
alejarme. Corro por
una rampa que se
desliza frente a las
cruces, pero hacia
dondequiera que
corro nuevas cruces
me aguardan. La
curiosidad vence al
temor o se ponen de
acuerdo y juntos me
guían ante la
interminable hilera
de crucificados.
Cada rostro, cada
cuerpo, es de
alguien conocido, de
alguien visto alguna
vez. No solo son
hombres, sino
mujeres los que
miran desde sus
suplicios, sin
poderse mover,
clavados sin estar
clavados, sin poder
yo razonar ni
explicar cómo se
mantienen así; mas
sus rostros, lejos
de mostrar el horror
que yo experimento,
reflejan felicidad,
los menos
resignación; y así,
observando las
cruces, llego hasta
las márgenes del río
que marcan el final
de la parte
occidental de mi
ciudad y el inicio
de los repartos,
pero también sobre
las aguas del río y
en la otra margen de
su desembocadura
continúa la
crucifixión. El mar
entonces se alza en
forma de olas que
portan antorchas sin
llamas que nos
queman. Y digo nos
queman, porque de
pronto me veo en una
cruz sin saber cómo
he llegado a ella.
La vista que percibo
ahora es distinta.
Veo el sinfín de
cruces como si fuera
una muralla y oigo
que alguien que está
por el otro lado de
mi cruz dice:
Bienaventurados
nosotros que morimos
habiendo
vivido.
Bienaventurados los
de mi raza, los de
mi tribu sin
pertenecer a
ninguna.
Bienaventurados
ellos que vendrán
después de
nosotros.
Bienaventurados
ellos, nosotros, que
dominaremos
un día.
Bienaventurados
todos.
Bienaventurados los
que nos matan porque
ellos
son los que hacen
tañer las campanas
del triunfo.
Tengo la impresión
de que algo me
quema, mientras una
música rara comienza
a posarse en
nuestros cuerpos.
Miro la ancha
avenida que corre
zigzagueante frente
al mar y veo muchos
portaestandartes que
se acercan. Se
sitúan frente a las
cruces caballeros
armados, montados en
briosos corceles,
sacados de la misma
temprana Edad Media
con vestiduras y
arcos púrpuras. No
les vemos los
rostros, pero
sabemos que nos
miran a través de
los almetes. Estos
llevan como
insignias plumas
verdes que se me
antojan cuernos.
Oigo un aletear
sobre mi cabeza y
veo el cielo repleto
de auras que nos
miran.
Bienaventuradas
ellas que nos
desean.
Bienaventurados
nosotros que somos
los deseados.
Quiero rezar un
Padrenuestro, pero
las palabras se
esconden. Solo
tenemos un consuelo:
Saber que somos los
bienaventurados.
La música rara, rara
como sonidos de
truenos y violines
mezclados con cantos
de vientos, cesa
para dar paso a un
tamborileo que
ensordece. Quiero
gritar, llamar a mi
madre, a mi abuela,
pero me doy cuenta
de que la lengua ya
no es lengua y que
solo pienso, pienso.
Veo cómo los
caballeros
medievales nos
apuntan con arcos
cuyas flechas, en
forma de falo o de
pubis, hieren el
espacio y se
detienen en nuestros
cuerpos. Nos hacen
sangrar y de pronto
comenzamos un canto
sin abrir nuestras
bocas, solo con
nuestras mentes,
pero de tal modo,
con tal fuerza, que
se oye y sorprende a
los arqueros, sin
que nosotros lo
sintamos de igual
manera. La
crucifixión entera
es un enorme coro y
entre los versos que
entona está uno que
dice: a nosotros nos
mueve la vida.
Y así hemos estado
no sé desde qué
tiempo. Ya no hay en
nuestros cuerpos un
lugar no flechado. Y
me sorprendo al no
sentir dolor, y en
particular, de que
estemos pensando y
que repitamos como
en un infinito rezo:
Bienaventurados
ustedes que tratan
de matarse.
Y la lluvia de
flechas continúa
tratando de
paralizar
nuestros
pensamientos
mientras el coro
continúa
entonando:
Bienaventurados
nosotros que morimos
por un
mañana.
Bienaventurados
nosotros que seremos
recordados.
Y en ese momento
siento que algo me
taladra un pie, que
alguien en forma de
aura, que realmente
no es una, sino
miles, nos sacan las
entrañas; buscan en
nuestros cuerpos la
idea que nos
mantiene. Los
arqueros se han
retirado y el sol
hace rato que se ha
marchado de nuestra
vista. Quedamos a
merced de las auras
por semanas sin que
sacien su hambre,
solo comparable con
la nuestra de
justicia negada a
través de todos los
tiempos pero que un
día será satisfecha.
Bienaventurados
nosotros que no
habremos muerto en
vano.
Amén.
III
Desde que comencé a
preparar tu misa, no
puedo dormir
tranquilo. Me parece
poco el tiempo que
dedico a buscar a
los espiritistas, a
los médiums que
tratarán de ponerse
en comunicación
contigo. Mientras
tanto, no hago más
que escribirte,
escribir estas notas
para, de algún modo,
hablar contigo,
imaginándome que
estás al lado mío, o
que tus personajes
se me acercan y me
hablan. A veces se
burlan, en ocasiones
me tratan con
cariño, con
comprensión, pero
ninguno me trata con
odio, ni siquiera el
alcalde de Boston
que me hiciste matar
en un duelo, ¿te
acuerdas? Me llama
la atención que
sean, tanto los que
conocí en La Habana
como los de Nueva
York, igual a los
que me presentaste a
través de las
páginas de tus
novelas. Sabes,
algunos me dicen que
si no te hubieras
suicidado, con SIDA
o sin SIDA, alguien
te habría matado. Me
recriminan porque no
pueden creer que yo
no esté enojado
contigo, y que, por
el contrario, te
defienda de los
ataques injustos,
porque contra los
ataques justos, o
más que ataques,
contra los
resentimientos que
tantas personas
tienen por las cosas
que dices de ellos,
no puedo hacer
mucho. Son muy pocos
los que pueden
entender que más que
rabia o venganza, lo
que deseabas hacer
de la literatura, de
nuestra narrativa
—por lo general tan
aburrida, cargada de
descripciones, de
nombres mitológicos
e imágenes oscuras,
o de un exceso de
realismo, casi
naturalismo, en
donde todo está en
función de demostrar
lo bueno de los
nuevos tiempos—, era
algo vivo, dinámico,
como correr detrás
de las guaguas.
¡Alégrate que no
alcanzaste el
período camellil (de
los famosos
camellos, que paran
cincuenta metros
antes o después de
la parada)! Además,
te interesaba
acentuar todo lo
alucinante de la
vida, de nuestras
realidades, que
siempre la vemos
literaria y
artísticamente
reflejada en un
solo y monótono
plano. Tengo miedo
de escribir todo lo
que me cuentan de
ti, de algunas de
las cosas que me
dices en los sueños,
pero ¿realmente es
así, fue así? O es
que sin proponérmelo
trato de que esas
leyendas que me
hablan de ti sean
verdades y no dude
de las respuestas
que me dan cuando
indago sobre ti,
cuando te busco por
las calles
neoyorquinas,
deseando encontrarte
en los recuerdos de
tus amistades
habaneras de allá y
de las nuevas de
aquí. Estoy
convencido de que,
cuando menos me lo
espere, te veré de
nuevo, surgiendo de
las aguas de tus
playas preferidas, o
te encontraré
mirando al
horizonte, en ese
sagrado y misterioso
momento ilusorio,
pero tan convincente
para personas como
tú y yo, de
zambullirse el sol
en las aguas y
perderse en sus
profundidades. ¿Qué
debo hacer para
dominar esta pasión,
esta locura? ¿Me
ayudará la visita a
un médico, a un
espiritista, a un
santero, o a un
babalao? No sé qué
hacer, pero mientras
tanto, con fiebre,
alucinaciones o lo
que sea, continuaré
escribiendo y
preparándote la
misa, a pesar de
todos los que me
llaman y quieren
persuadirme para que
no la organice. De
todos modos la haré,
más pronto de lo que
todos se imaginan.
Mientras llega ese
día, seguiré
garabateando
cuartillas, al menos
me siento tan bien
cuando digo todo lo
que pienso, esa es
mi mejor medicina,
aunque nadie las lea
y solo tú, Reinaldo,
puedas oírme y
entenderme.
(…)
XXXI
(…)
VOZ
Él siempre fue muy
extraño, muy
recogido,
introvertido. Yo
hice lo que toda
madre trata de hacer
por su hijo; nunca
lo abandoné, pero el
campo no daba, y
pude irme a trabajar
a los Estados
Unidos. Puede ser
que nunca haya
comprendido a mi
hijo, nadie entendía
que le diera por
escribir, por estar
garabateando en
cualquier pedazo de
papel historias,
cuentos que oía y
reescribía, o que
imaginaba, o hasta
sueños que tenía.
Quería que
estudiara, que no
siguiera el mismo
camino que mis
hermanos, pero no
era fácil, realmente
no lo era. Jamás vio
a su padre. De eso
no me gusta hablar.
Algunas veces me
echó en cara que no
le había dejado
conocerlo. Tal vez
cometí un error.
Puede ser que eso lo
hiciera actuar en
ocasiones de un modo
que me dolía mucho,
pues trataba de
darle cariño, mi
amor materno, y
parecía estar
molesto, muy molesto
conmigo, como si yo
le hubiera hecho
algo que no podía
perdonarme y tenía
que estármelo
recordando cada vez
que discutíamos. Y
escribió que en
cierta ocasión
recordó ver a un
hombre muy apuesto,
que se le acercó, y
que cuando le iba a
hablar aparecí yo,
insultándolo y
tirándole piedras.
¿Pero qué iba a
hacer? Me ilusioné
tanto con él, y se
aprovechó de mí, del
deseo de una joven
de ser amada, de
saber lo que es el
amor, sentirse
abrazada por un
hombre que de solo
mirarlo provocaba el
deseo de amar, de
besarlo. Tal vez
aproveché la
posibilidad de irme
a trabajar fuera de
Cuba para olvidarlo,
porque ver a
Reinaldo era como
verlo a él, y eso me
encendía la sangre.
Lo veía y me
recondenaba. Sabía
que Rei no tenía
culpa, pero verlo
era recordar sus
ojos, sus labios, su
atractiva cara, y
huyendo de muchas
cosas me marché a
trabajar a los
Estados Unidos. Cada
vez que regresaba,
encontraba que su
parecido con el
padre era mayor, era
como si Dios me
estuviera castigando
por lo que hice, por
lo que traté de
olvidar, de ocultar,
y a medida que mi
hijo crecía era ver
al sinvergüenza que
lo había engendrado,
sin amor ni deseo,
solo con el
propósito de
aprovecharse de mí.
Pero no odié a mi
hijo, ¿qué madre que
no esté muy enferma
de la mente puede
odiar a su hijo? Y
traté de que no le
faltara el pan
nuestro de cada día,
por eso trabajé
mucho, pero Rei, de
lo que hice, nada
valoró. Por el
contrario, cada
acción mía, cada
razonamiento o
cualquier comentario
que hacía, era
provocarlo,
estimular no sé qué
resentimientos
ocultos, que le
provocaban una ira,
o un odio muy grande
que nunca pude
entender.
No me gusta hablar
de lo que significó
para mí todo ese
proceso de Rei.
Desde que se escapó,
hasta su muerte. Era
mi hijo, se había
criado con el calor
de la familia, pero
no pareció sentirlo,
y actuaba siempre
ante todo de modo
muy diferente. Yo
fui a ver a un
francés. Creo que
trabajaba en la
Alianza Francesa de
La Habana, y estaba
vinculado con la
Embajada de ese
país. En cierto
momento Rei pensó
meterse en la
Embajada de Francia,
pero aquello no
funcionó. Eso lo
irritó mucho, pero
bueno, en aquellos
días yo no dormía.
Me fui para La
Habana, entonces un
amigo me llamó, y
supe parte de lo
sucedido. Pensé
llamarte, pero Rei
me había mandado a
decir que me
comunicara solamente
con esa persona.
Desconfiaba de
todos. Después,
cuando lo apresaron
y lo llevaron para
el Castillo del
Morro, lo fui a ver
varias veces. Me
dijo que Norberto
Fuentes lo había
visitado diciendo
que era su primo, ya
que tenía el
apellido materno.
Siempre trató de que
yo no supiera que
estaba enfermo. Lo
visité en los
Estados Unidos, en
Miami, se portó bien
conmigo. Sí, a veces
peleábamos, ¿qué
madre no pelea con
su hijo?
Antes de morir me
depositó una suma de
dinero, con eso he
ido viviendo, pues
una hermana mía me
envía dinero cada
vez que necesito.
No, del dinero
proveniente de sus
derechos de autor
nada sé. En cierta
ocasión le escribí a
un abogado que me
había mandado una
carta. Le envié otra
preguntando si yo
tenía algún derecho
sobre ese dinero;
espera para
enseñártela, me
parece muy
insultante, de eso
hace más de siete
años. Nada le
respondí. Lázaro no
se ha comunicado
conmigo. Margarita
Camacho es la única
que me ha preguntado
si necesito algo.
Siempre que puede me
envía un paquete y
algún dinero.
Nada sé del litigio.
Es cierto que él se
casó, al menos eso
fue lo que creí, sé
que tú discutiste
con él, tú no
entendías que lo
hiciera para darme
la alegría de que
iba a cambiar, si en
definitiva él iba a
continuar siendo el
Reinaldo de siempre.
Pero después creo
que se separaron, y
que ella, como su
viuda, reclama parte
de la herencia, pero
nada sé de ese
asunto.
Al principio creí
morirme, la familia,
la gente, en fin. No
crié a Reinaldo para
que hiciera todo
eso. Algo más tarde
fui cambiando, la
realidad, la vida
impone sus leyes.
Tengo manuscritos de
cuando Rei era un
niño, me los han
querido comprar, mas
nada haré, pero
espera, deja hacerte
un buchito de café
para seguir
hablando, no sabes
cuánto agradezco tu
visita.
(Entrevista
realizada en Holguín
en el verano de
1998.)
(…)
XXXII
SUEÑO
Nos vestimos de
lluvia, y corrimos a
pesar de las olas
que inútilmente
pretendían detener
nuestras brazadas,
aún fuertes, en
dirección a la
playa, pero miramos
al sol, que vestido
de oro y llamas nos
decía adiós en el
horizonte. Entonces
de cara al cielo,
nos convertimos en
troncos, y nos
dejamos acariciar y
llevar por los
fuertes vaivenes,
admirando una vez
más cómo el mar se
tragaba aquella
esfera en uno de los
tantos cotidianos
misterios de la
vida.
Un sueño.
La Habana 8 de mayo,
2003
XXXIII
Oye, Reinaldo, ya
casi termina el
primer mes del 2001,
cuando aún
psicológicamente no
nos hemos adaptado a
que ya somos hombres
y mujeres
privilegiados, muy
conscientes de
nuestras suertes, de
nuestras
valoraciones del
pasado, del presente
y de lo que nos
queda aún del
mañana. Para mucha
gente no existe ese
mañana cuando
piensan que hoy fue
el mañana del ayer y
que ni el ayer ni el
mañana cuentan
porque lo objetivo
es el hoy, siempre
el hoy. En este hoy,
hoy desde hace dos
días, o de un mañana
convertido en ayer y
de otro mañana que
es hoy camino de ser
ayer, te recuerdo
mucho, y a algunos
de los que te
conocieron en ese
Manhattan que tanto
te atrajo. Recuerdo
con frecuencia a
Oriol. Lo tengo
presente, en un
constante hoy, pues
casi nunca estoy en
La Habana cuando los
nortes fríos,
revueltos,
lluviosos, arropados
en nubes muy
húmedas, alegres a
pesar de la
atmósfera siempre
triste que los
líricos asocian con
esos días aplomados,
que deprimen a
algunas personas en
dependencia de los
problemas que
tengan. Rei, no
tengo ropa apropiada
para estos azotes
norteños. No sé qué
tiempo hacía que no
veía ni pasaba un
invierno en La
Habana, como este
que nos está dando
mucha guerra. A
veces me sorprendía
la duda de algunos
amigos acerca del
invierno habanero.
Claro, nunca es, por
suerte, como el que
conociste allá, pero
el estar Cuba muy al
norte del resto del
Caribe, hace que
muchos caribeños
desconozcan que en
una de sus islas,
muy al norte, casi
siempre tan llena de
sol, de calor, de
sudores, en la Llave
de las Antillas,
pueda haber un
invierno, verdadero
invierno,
sorprendente
invierno para los
caribeños de más al
sur. Por eso
recuerdo a Oriol,
Rei, porque me
resguardo de esas
brisas friolentas,
de ese aire
acondicionado
ampliado a toda la
ciudad, que me hace
usar la chaqueta de
mezclilla que me
regaló Oriol hace ya
más de cinco años, y
que por suerte
traje, pues
realmente toda mi
ropa para combatir
el invierno la tengo
allá. ¿Por qué y
para qué traerla?
Nuestro invierno es
pequeño, ridículo
comparado con los
inviernos que he
pasado en ese país,
monstruoso por lo
grande, por lo
aplastante. Sabes,
Reinaldo, me
sobrecoge pensar en
términos de tres
siglos. Claro,
debería hablar de
solo dos, pero me es
familiar el XIX, por
las figuras que
estudio, muchas de
ellas nacidas
también a mediados o
a finales de aquella
centuria que se
aleja como las
costas cuando nos
hacemos a la mar,
pero que en mi mente
está tan nítida, tan
cercana, tan
palpable a mi vista,
a mi olfato, a mi
tacto, estamos en el
nuevo milenio, y
ahora el frío nos
abraza, y las calles
de los barrios están
desiertas, pero no
las calles del
enorme y fragmentado
downtown de
La Habana: Prado,
Monte, Obispo, de
los municipios
colindantes de
Habana Vieja y
Centro Habana, el
Malecón, colindante
con el municipio de
Plaza, y La Rampa y
la calle 23, puro
municipio de Plaza,
puro Vedado, barrio
en el cual todo el
mundo quiere vivir,
y deambular. Oye,
Rei, La Habana de
noche tiene estos
tres núcleos, al
menos básicos, con
sus centros
nocturnos,
turísticos, y
lupanares abiertos
de hombres y mujeres
en el FIAT, La
Arcada, la cafetería
de Radiocentro, y la
esquina de 23 y L,
tanto en las aceras
del cine Yara, como
en las de Coppelia.
Esta Habana nocturna
es tan diferente de
nuestra Habana, la
que recorríamos
juntos a cualquier
hora del día o de la
noche, la recuerdo
cada vez con más
claridad. Alguien me
dijo, Rei, que era
señal de que estaba
llegando a la edad
en que lo diario se
olvida y la mente es
conquistada por
cosas perdidas en el
tiempo. La Habana no
es ya la de mis
noches antes de
conocerte, de llegar
a un bar y pedir un
vasito de cerveza
Tropical, Cristal,
Polar o Hatuey,
en las
nacionales o una
Miller Highlife,
o una Cabeza de
Perro, en las
extranjeras; un
jaibol o un Cuba
Libre. Ahora
pides esas mismas
bebidas, pero además
puedes seleccionar,
aunque no siempre la
variedad de cervezas
se logra en un mismo
establecimiento:
Bucanero, Tínima,
Mayabe, y Heineken,
Bavaria, Corona
entre las
foráneas. En cuanto
a los rones y
aguardientes, el
Havana Club,
el sustituto del
Bacardí seguido del
Ron Mulata,
Varadero, Matusalén,
hoy alegre,
mañana bien, en ese
dialéctico
movimiento de mañana
hoy, ayer hoy. Hoy
es 21 de enero, me
siento bien, y no
porque ayer tomé
Matusalén, ni
siquiera más de un
Daiquirí, más
de un Ron Collins,
más de un
Cubanito, más
de un Mojito,
sino simplemente me
siento bien, me
gusta esta frialdad
que me hace recordar
mis andares
neoyorquinos,
indagando tu
quehacer en esa
urbe, y el añorar
entonces el calor de
ese trópico tan
norteño que se
disfraza de
invierno, y de
lloviznas, a veces
de lluvia fuerte,
pero nunca de
aguaceros de mayo o
de octubre. Todavía
el mes no ha
concluido, Rei, pero
hasta hoy, el mañana
convertido en hoy,
camino de ser ayer
se ha presentado muy
cargado de trabajo,
de tensiones y de
reacciones ante los
aconteceres que no
son de interés de
todos, pero para mí
son vitales; vivo en
mi tiempo, con mi
tiempo, y para más
allá de mi tiempo, y
eso me hace pensar
mucho, preocuparme
mucho, gozar y
sufrir de la vida al
máximo porque no
todo es sufrir ni
gozar aunque se
luche para evitar el
sufrimiento, y no
todos puedan
alcanzar los
placeres. Justamente
en esa lucha,
pienso, está el
sentido de la vida,
disfrutar ese hoy,
pensar en ese
mañana, y recordar
todo en ese ayer.
Reinaldo, no eres
una deidad, mucho
menos un santo,
aunque deidad y
santo puedan
considerarse
fenómenos parecidos.
Pero de los ángeles
caídos también
podemos aprender. No
siempre se caen
porque les hayan
sido tronchadas las
alas, o por el peso
de la lluvia
retenida en sus
alas. A veces los
ángeles son
tumbados, flechados
por un misil
disparado desde un
avión o desde alguna
base militar en
tierra. Los ángeles
no siempre se
protegen, se cuidan,
y, Reinaldo, fuiste
uno de ellos.
Consideraste que tu
misión radicaba
justamente en no
cuidarte, para de
ese modo lograr un
objetivo, y por tal
razón, procuraste tu
caída. No puedo
concebir tu final de
otra forma. Tal vez
te vestiste de
pánico, de un miedo
indescriptible del
calvario por el cual
debías andar hasta
llegar a ese ayer,
viniendo de un
mañana que se te
hacía muy largo,
doloroso, pesado,
tortuoso. Así me
pareció cuando te vi
una noche por la
calle 8va. rumbo a
tu apartamento,
realmente no
andabas, eras como
una figura flotando
sobre la acera, con
tus ojos sin ser ya
los tuyos, sin el
rostro alegre de
nuestros andares
playeros en La
Concha, en el
Patricio, en el
Casino, en el
Náutico. Te vi
apenas abrigado. Me
explicaste que ya no
tenía sentido
resguardarte de la
nevada, porque ya la
noche más larga
había comenzado a
tejer sus
oscuridades en tu
pensamiento. El
sueño, y no
precisamente el de
Morfeo, había
comenzado a
pegársete a la piel,
a los dolores, y
supiste que no
tenías otra forma de
alejar todo lo que
te molestaba que
dejarte conquistar
por ese sueño.
Entonces, no te
miraste más en tu
espejo; lo odiabas
porque te mostraba,
con una imagen que
no querías aceptar,
a pesar de que
sabías que era la
tuya. Y así, un buen
día, tomaste, te
tragaste todas las
pastillas que podías
para que ese sueño,
que no te imaginabas
qué color tendría,
te conquistara, te
besara o te
mordiera; así me
dijiste que fue tu
sensación al
principio hasta que
ya no te viste más.
A partir de ese
momento comprendiste
muchas cosas y
quisiste revivir y
resucitar como
Jesús, pero no eras
Jesús y te faltó
Dios. Viste muy
claramente lo que
debías haber hecho y
no hiciste, ya no
tenías un mañana, ni
un hoy que se
transformara en un
ayer y sin más
opción que aceptar
ese hoy que fue un
mañana y que nunca
sería un ayer. No
pediste perdón, no
te arrepentiste,
juraste que si
resucitabas harías
lo mismo, porque
honrar honra, y tú
nos habías honrado
de ese modo porque
nos apreciabas. Eras
martiano y me
recitaste el verso:
“Cultivo una rosa
blanca para el amigo
sincero, y para el
cruel que me arranca
el corazón con que
vivo, cardo ni
ortiga cultivo,
cultivo una rosa
blanca”. Pero,
Reinaldo,
transformaste las
rosas blancas en
cardos y en ortigas
tanto para tus
amigos, como para
aquellos que no lo
eran.
Ahora te propiciaré
una misa para que me
niegues o corrobores
todo lo que me has
dicho en sueños, en
tus apariciones
nocturnas mientras
deambulaba indagando
por tu vida
neoyorquina. Por eso
ya es hora de rezar
un Ave María.