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No son solamente diez
años de papel y teatro
los que repasa ahora el
sello Tablas-Alarcos.
Nacido a comienzos del
2001, se propuso desde
aquel momento renovar el
sentido que la revista
Tablas, creada en 1982
bajo la guía de Rosa Ileana Boudet, propuso
en su instante como
espejo veraz de nuestra
escena, tan necesitada
de repasos, revisiones,
ajustes y creación de
una memoria auténtica.
No solo la revista, sino
cuadernos, acciones y
libros, compondrían ese
nuevo panorama en el
cual los teatristas de
la Isla podrían hallar
estímulos, interrogantes
y profecías capaces de
abrirles nuevas puertas.
Eventos, coloquios,
encuentros en distintos
lugares del país son
parte de todo lo que
esta década nos dice. Y
es de ahí que parto para
enviar a su actual
equipo mi saludo, mis
demandas y mis
felicitaciones.
Creo que pocos
discutirán la necesidad
de renuevo que ya
acusaba la revista
Tablas. Procurar una
nueva dimensión, dejar
entrar a ella voces que
desde el Instituto
Superior de Arte y otras
geografías pudieran
nutrirla, era un gesto
de justicia que se hacía
impostergable. De igual
modo, dignificar la
maltratada dramaturgia
nacional, que por ese
entonces se publicaba
bien poco, era otra
necesidad que reclamaba
una atención
impostergable. Mediante
las nuevas entregas de
la publicación, y libros
que en sus colecciones
Aire Frío, La selva
oscura, y Biblioteca de
Clásicos se sumaron al
empeño, se fue poblando
nuevamente un bosque que
parecía vivo pero
desatendido. Mucho
desvelo nos costó el
primer volumen del
sello, El baile,
cuya portada en rojo
sangre salió de la
primera prueba de color
con unos matices de
papel de regalo que poco
tenía que ver con el
diseño original. Gracias
a los impresores, el
libro pudo lanzarse en
el estreno cubano de
esta pieza de Abelardo
Estorino, a quien
correspondió el honor de
abrir esas
publicaciones. Y nos
permitió, asimismo, el
honor de tenerlo como
nombre inicial de una
trayectoria que hoy, en
esa colección Aire frío,
ha incluido a autores
tan diversos como Albio
Paz, Antón Arrufat,
Flora Lauten y Raquel
Carrió, Freddy Artiles,
Esther Suárez Durán,
René Fernández, Pepe
Carril, Nara Mansur,
Carlos Fundora, María
Irene Fornés, Jorge
Ignacio Cortiñas y
muchos más. Cubanos de
aquí o de allá, vivos o
fallecidos, mezclados
todos en un aire de
teatro que lejos de
enfriar sus entregas,
las lanzan a nuevas
cartografías.
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Entre esos actos de
fundación que se dibujan
en estos diez años que
ahora saludo, están los
premios que el sello
Tablas Alarcos inauguró.
El Virgilio Piñera, para
los dramaturgos cubanos.
El Rine Leal, para los
críticos e
investigadores. El Dora
Alonso, para los autores
de piezas destinadas al
público infantil. Ahí
están piezas como El
zapato sucio, de
Amado del Pino; El
concierto, de Ulises
Rodríguez Febles;
Noria, de Roberto D.
M. Yera, El viaje
comienza en Elsinor,
de Arturo Arango. Y
Un mar para Tatillo,
de Maikel Chávez. Y
volúmenes como El
sueño del mago, del
propio Amado del Pino y
Calzar el coturno
americano, notable
aproximación de la
doctora Elina Miranda a
la presencia del “bacilo
griego” en nuestra
tradición dramatúrgica.
Añádase a ello las
selecciones que han
puesto en conocimiento
del lector las obras
finalistas al Piñera:
ahí están títulos que
pueden ser no menos
interesantes que los
galardonados. El texto,
ya en el papel, es una
profecía y una apuesta.
Y si lamentablemente
varias de las puestas en
escena no han refrendado
las expectativas que lo
premiado auguraba, se
debe a otras razones que
sobrepasan la labor del
jurado, y a un estado de
ánimo que el teatro
cubano no acaba de tomar
lo suficientemente en
serio cuando se trata de
juzgarlo como a un
fenómeno, y no como un
simple traspatio de
relaciones humanas mejor
o peor llevadas.
Y es que lo que más me
alegra de estos diez
años (y tal vez lo que
también más me preocupa,
dado como soy a las
paradojas) es la manera
en que si bien Tablas
Alarcos ha querido
estimular al teatro
cubano de ahora mismo a
otros referentes, a
salvar vacíos que hasta
no hace mucho se
acomodaban en la queja
para no exorcizarse
mediante el acto vivo en
la escena; nuestro
movimiento teatral no
parece muy dispuesto a
recibir varias de esas
señales. Si en lo
publicado en cuanto a
dramaturgia nacional
pueden localizarse
diversas poéticas,
estilos que van desde el
realismo hasta lo
poético, desde la
convención hasta sus
negaciones incluso
ingenuas, desde obras
titiriteras hasta
monólogos y dúos de
corte eminentemente
humorístico; no menos
amplio ha sido el
panorama en cuanto a los
autores extranjeros que
este equipo nos ha
presentado. Autores
alemanes, españoles,
latinoamericanos… Textos
teóricos tan
cuidadosamente editados
y necesarios como El
arte secreto del actor,
de Eugenio Barba y
Nicola Savarese, o la
actualizada aparición de
los escritos de
Stanislavski, que
debieran contar con un
impacto mayor en un
mundo cultural que no
lee tanto como dice ni
lamentablemente sabe
tanto como aparenta. El
esfuerzo de estos diez
años por acercar al
lector y al hacedor de
teatro en Cuba
referentes más vitales y
contemporáneos ha
demostrado que más allá
del papel, falta la
ganancia de esas señales
como códigos que nos
estimulen a
realizaciones y
producciones más
arriesgadas. El cúmulo
de textos de autores
noveles que
protagonizaron el más
sonado escándalo que
hasta ahora ha conocido
Tablas Alarcos (la
aparición de la
antología Novísima
dramaturgia cubana;
y conste que yo creo en
la saludable irrupción
de ciertos escándalos
capaces de mover aquello
que solamente duerme),
demostró cuán preparados
estamos para discutir y
agitarnos, y cuán poco
para llevar a escena
esos y otros textos de
una actualidad hiriente
y ya imprescindible en
el tan previsible ámbito
de las tablas cubanas.
Reanimado el movimiento
editorial, poco a poco
se han ido editando por
Unión y Letras Cubanas
otros volúmenes
importantes: otros
escenarios de papel que
miran a sus lectores y
les exigen una
naturaleza más real
sobre las tablas. Porque
no se trata de activar
estímulos, sino de
entender cómo asumirlos,
y reciclarlos,
quemarlos, hasta que sea
necesaria otra invasión
de señales que nos
permita entender cómo
tradición y renovación
no dejan de morderse
sabiamente la cola.
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No todo es, por
supuesto, felicidad y
pompa en estos diez años
de Tablas Alarcos. Por
razones muy diversas y
siempre incómodas, la
revista Tablas, que debe
ser el centro del
proyecto, la matriz y el
nudo esencial de lo que
complementan esos libros
y cuadernos, ha demorado
largamente sus últimas
entregas, con lo cual
sufre la memoria
inmediata de nuestra mal
contada realidad
teatral. Podrá decirse
que tarde o temprano,
cuando aparezcan esos
números, algo se habrá
salvado. Pero recuérdese
que el arte teatral
depende no poco de su
naturaleza efímera, del
eco de una función y una
temporada, y que lo que
debe proponerse desde el
papel, la crítica, la
reseña, es el diálogo
rápido y puntual con el
acto vivo de la escena,
y no con la memoria de
álbum, que pasa a ser
dato y no vivencia: un
hecho irrecuperable por
mucho que intentemos
recomponerlo cuando es
ya distante. Ojalá
Tablas Alarcos cubra ese
espacio para devolvernos
una mirada de veras
actual sobre lo que
ocurre (y no) en
nuestros tablados. Y no
dejo de soñar con el día
en que pueda
reimprimirse el valioso
Teatro Completo
de Abelardo Estorino en
un papel digno de tan
relevante autor.
En lo personal, debo a
Tablas Alarcos una
hermosa edición de La
virgencita de bronce,
que existe porque Omar
Valiño quiso tener ese
título en su catálogo,
confiando en él con el
ánimo que no tuvieron
otros. Y también debo a
este sello el reto de
editar Otra tempestad,
el hermoso texto de
Raquel Carrió y Flora
Lauten, quienes nos
prometieron a mí y a
Abel González Melo, sus
editores, un almuerzo
que todavía nos deben. Y
prologar, y editar, la
primera reedición cubana
de Los siete contra
Tebas, la obra
maldita de Antón Arrufat,
que con esa reaparición
ganaba una nueva altura,
y comenzaba a ser
reaprendida entre
nosotros. Debo también a
ellos el haber ganado el
premio de la segunda
convocatoria del Dora
Alonso, y la posibilidad
de que, tras conseguir
junto a Rubén Darío
Salazar el Rine Leal por
nuestro libro sobre Pepe
Carril y los hermanos
Carucha y Pepe Camejo,
se vea editada –Dios
quiera que no tarde
mucho- esa investigación
acerca del nacimiento,
esplendor y triste
desaparición del más
brillante núcleo de
titiriteros que recuerde
la cultura de nuestra
Nación. No pasa un día
sin que sueñe con la
tarde en que Carucha
Camejo pueda recibir el
primer ejemplar de ese
título, en Nueva York o
en La Habana, y se
restañen viejas heridas
cuyo dolor aún nos sigue
lastimando. Que así sea.
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Ahora mismo, Tablas
Alarcos está lanzando
La Venus de bronce,
voluminosa revisión de
la tradición zarzuelera
en nuestro país,
revisada y ampliada por
su autor, Enrique Río
Prado, para esta edición
cubana. Son estos los
títulos que me alegran,
la certeza que me anima
al saber que un libro
como este sale a las
estanterías, dejando a
la mano del lector
datos, nombres,
referencias, que nos
ayudarán a entender
mejor el teatro que
somos y el que queremos
ser. No solamente el que
quisiéramos o
creemos ser, que
esas ilusiones acaban
por ser peligrosamente
engañosas. Sino el que,
salvado en la mirada
cuidadosa de un autor y
sus artistas, puede
ganar una página digna y
memoriosa, y abrirse
desde ahí como una
invitación a recordarlo
todo, y a imaginarlo
todo, otra vez, sobre la
escena. |