Año IX
La Habana
25 de SEPTIEMBRE
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Norge Espinosa Mendoza • La Habana

 

No son solamente diez años de papel y teatro los que repasa ahora el sello Tablas-Alarcos. Nacido a comienzos del 2001, se propuso desde aquel momento renovar el sentido que la revista Tablas, creada en 1982 bajo la guía de Rosa Ileana Boudet, propuso en su instante como espejo veraz de nuestra escena, tan necesitada de repasos, revisiones, ajustes y creación de una memoria auténtica. No solo la revista, sino cuadernos, acciones y libros, compondrían ese nuevo panorama en el cual los teatristas de la Isla podrían hallar estímulos, interrogantes y profecías capaces de abrirles nuevas puertas. Eventos, coloquios, encuentros en distintos lugares del país son parte de todo lo que esta década nos dice. Y es de ahí que parto para enviar a su actual equipo mi saludo, mis demandas y mis felicitaciones.

Creo que pocos discutirán la necesidad de renuevo que ya acusaba la revista Tablas. Procurar una nueva dimensión, dejar entrar a ella voces que desde el Instituto Superior de Arte y otras geografías pudieran nutrirla, era un gesto de justicia que se hacía impostergable. De igual modo, dignificar la maltratada dramaturgia nacional, que por ese entonces se publicaba bien poco, era otra necesidad que reclamaba una atención impostergable. Mediante las nuevas entregas de la publicación, y libros que en sus colecciones Aire Frío, La selva oscura, y Biblioteca de Clásicos se sumaron al empeño, se fue poblando nuevamente un bosque que parecía vivo pero desatendido. Mucho desvelo nos costó el primer volumen del sello, El baile, cuya portada en rojo sangre salió de la primera prueba de color con unos matices de papel de regalo que poco tenía que ver con el diseño original. Gracias a los impresores, el libro pudo lanzarse en el estreno cubano de esta pieza de Abelardo Estorino, a quien correspondió el honor de abrir esas publicaciones. Y nos permitió, asimismo, el honor de tenerlo como nombre inicial de una trayectoria que hoy, en esa colección Aire frío, ha incluido a autores tan diversos como Albio Paz, Antón Arrufat, Flora Lauten y Raquel Carrió, Freddy Artiles, Esther Suárez Durán, René Fernández, Pepe Carril, Nara Mansur, Carlos Fundora, María Irene Fornés, Jorge Ignacio Cortiñas y muchos más. Cubanos de aquí o de allá, vivos o fallecidos, mezclados todos en un aire de teatro que lejos de enfriar sus entregas, las lanzan a nuevas cartografías.

Entre esos actos de fundación que se dibujan en estos diez años que ahora saludo, están los premios que el sello Tablas Alarcos inauguró. El Virgilio Piñera, para los dramaturgos cubanos. El Rine Leal, para los críticos e investigadores. El Dora Alonso, para los autores de piezas destinadas al público infantil. Ahí están piezas como El zapato sucio, de Amado del Pino; El concierto, de Ulises Rodríguez Febles; Noria, de Roberto D. M. Yera, El viaje comienza en Elsinor, de Arturo Arango. Y Un mar para Tatillo, de Maikel Chávez. Y volúmenes como El sueño del mago, del propio Amado del Pino y Calzar el coturno americano, notable aproximación de la doctora Elina Miranda a la presencia del “bacilo griego” en nuestra tradición dramatúrgica. Añádase a ello las selecciones que han puesto en conocimiento del lector las obras finalistas al Piñera: ahí están títulos que pueden ser no menos interesantes que los galardonados. El texto, ya en el papel, es una profecía y una apuesta. Y si lamentablemente varias de las puestas en escena no han refrendado las expectativas que lo premiado auguraba, se debe a otras razones que sobrepasan la labor del jurado, y a un estado de ánimo que el teatro cubano no acaba de tomar lo suficientemente en serio cuando se trata de juzgarlo como a un fenómeno, y no como un simple traspatio de relaciones humanas mejor o peor llevadas.

Y es que lo que más me alegra de estos diez años (y tal vez lo que también más me preocupa, dado como soy a las paradojas) es la manera en que si bien Tablas Alarcos ha querido estimular al teatro cubano de ahora mismo a otros referentes, a salvar vacíos que hasta no hace mucho se acomodaban en la queja para no exorcizarse mediante el acto vivo en la escena; nuestro movimiento teatral no parece muy dispuesto a recibir varias de esas señales. Si en lo publicado en cuanto a dramaturgia nacional pueden localizarse diversas poéticas, estilos que van desde el realismo hasta lo poético, desde la convención hasta sus negaciones incluso ingenuas, desde obras titiriteras hasta monólogos y dúos de corte eminentemente humorístico; no menos amplio ha sido el panorama en cuanto a los autores extranjeros que este equipo nos ha presentado. Autores alemanes, españoles, latinoamericanos… Textos teóricos tan cuidadosamente editados y necesarios como El arte secreto del actor, de Eugenio Barba y Nicola Savarese, o la actualizada aparición de los escritos de Stanislavski, que debieran contar con un impacto mayor en un mundo cultural que no lee tanto como dice ni lamentablemente sabe tanto como aparenta. El esfuerzo de estos diez años por acercar al lector y al hacedor de teatro en Cuba referentes más vitales y contemporáneos ha demostrado que más allá del papel, falta la ganancia de esas señales como códigos que nos estimulen a realizaciones y producciones más arriesgadas. El cúmulo de textos de autores noveles que protagonizaron el más sonado escándalo que hasta ahora ha conocido Tablas Alarcos (la aparición de la antología Novísima dramaturgia cubana; y conste que yo creo en la saludable irrupción de ciertos escándalos capaces de mover aquello que solamente duerme), demostró cuán preparados estamos para discutir y agitarnos, y cuán poco para llevar a escena esos y otros textos de una actualidad hiriente y ya imprescindible en el tan previsible ámbito de las tablas cubanas. Reanimado el movimiento editorial, poco a poco se han ido editando por Unión y Letras Cubanas otros volúmenes importantes: otros escenarios de papel que miran a sus lectores y les exigen una naturaleza más real sobre las tablas. Porque no se trata de activar estímulos, sino de entender cómo asumirlos, y reciclarlos, quemarlos, hasta que sea necesaria otra invasión de señales que nos permita entender cómo tradición y renovación no dejan de morderse sabiamente la cola.

No todo es, por supuesto, felicidad y pompa en estos diez años de Tablas Alarcos. Por razones muy diversas y siempre incómodas, la revista Tablas, que debe ser el centro del proyecto, la matriz y el nudo esencial de lo que complementan esos libros y cuadernos, ha demorado largamente sus últimas entregas, con lo cual sufre la memoria inmediata de nuestra mal contada realidad teatral. Podrá decirse que tarde o temprano, cuando aparezcan esos números, algo se habrá salvado. Pero recuérdese que el arte teatral depende no poco de su naturaleza efímera, del eco de una función y una temporada, y que lo que debe proponerse desde el papel, la crítica, la reseña, es el diálogo rápido y puntual con el acto vivo de la escena, y no con la memoria de álbum, que pasa a ser dato y no vivencia: un hecho irrecuperable por mucho que intentemos recomponerlo cuando es ya distante. Ojalá Tablas Alarcos cubra ese espacio para devolvernos una mirada de veras actual sobre lo que ocurre (y no) en nuestros tablados. Y no dejo de soñar con el día en que pueda reimprimirse el valioso Teatro Completo de Abelardo Estorino en un papel digno de tan relevante autor.

En lo personal, debo a Tablas Alarcos una hermosa edición de La virgencita de bronce, que existe porque Omar Valiño quiso tener ese título en su catálogo, confiando en él con el ánimo que no tuvieron otros. Y también debo a este sello el reto de editar Otra tempestad, el hermoso texto de Raquel Carrió y Flora Lauten, quienes nos prometieron a mí y a Abel González Melo, sus editores, un almuerzo que todavía nos deben. Y prologar, y editar, la primera reedición cubana de Los siete contra Tebas, la obra maldita de Antón Arrufat, que con esa reaparición ganaba una nueva altura, y comenzaba a ser reaprendida entre nosotros. Debo también a ellos el haber ganado el premio de la segunda convocatoria del Dora Alonso, y la posibilidad de que, tras conseguir junto a Rubén Darío Salazar el Rine Leal por nuestro libro sobre Pepe Carril y los hermanos Carucha y Pepe Camejo, se vea editada –Dios quiera que no tarde mucho- esa investigación acerca del nacimiento, esplendor y triste desaparición del más brillante núcleo de titiriteros que recuerde la cultura de nuestra Nación. No pasa un día sin que sueñe con la tarde en que Carucha Camejo pueda recibir el primer ejemplar de ese título, en Nueva York o en La Habana, y se restañen viejas heridas cuyo dolor aún nos sigue lastimando. Que así sea.

Ahora mismo, Tablas Alarcos está lanzando La Venus de bronce, voluminosa revisión de la tradición zarzuelera en nuestro país, revisada y ampliada por su autor, Enrique Río Prado, para esta edición cubana. Son estos los títulos que me alegran, la certeza que me anima al saber que un libro como este sale a las estanterías, dejando a la mano del lector datos, nombres, referencias, que nos ayudarán a entender mejor el teatro que somos y el que queremos ser. No solamente el que quisiéramos o creemos ser, que esas ilusiones acaban por ser peligrosamente engañosas. Sino el que, salvado en la mirada cuidadosa de un autor y sus artistas, puede ganar una página digna y memoriosa, y abrirse desde ahí como una invitación a recordarlo todo, y a imaginarlo todo, otra vez, sobre la escena.

 

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La Habana, Cuba. 2010.
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