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Ya contemplo esos ojos por última vez...
Él lo llenaba todo desde que éramos
niños; de siempre recuerdo esa
omnipresencia, ese gravitar en torno a
su persona desde los detalles a los
grandes asuntos: había que
consultarle lo mínimo, sin cuya
aprobación era simplemente imposible.
Para ser objetiva, aunque ahora me
cuesta doblemente serlo, debo decir en
su favor que nunca, ni en los peores
momentos nos faltó nada material. A
veces él fingía desgano ante la austera
mesa con el fin de que nosotros
comiéramos un poco más; con la ropa, lo
mismo: se conformaba con sus dos únicas
guayaberas y su viejo traje de las
clases (impartía Historia de la
Filosofía en la Universidad) para que mi
hermano y yo tuviéramos de sobra, y aun
cuando mayorcitos, aparte de lo que mami
nos compraba, nos regalaba dinero para
que eligiéramos a gusto qué ponernos,
siempre, eso sí, con sus coletillas
habituales: “cuídense de las
extravagancias”, “la moda no le va a
todo el mundo”...
Pero no solo de pan vive el hombre, ya
lo dice la Biblia. Y a propósito de
esto, nunca fuimos religiosos;
creyentes, como la mayoría en Cuba:
partime, “a
mi manera”, según dice la gente
homenajeando sin saberlo a Paul Anka,
pero si hubiéramos profesado alguna
religión, él también lo hubiera
saboteado. Y no exactamente por pruritos
filosóficos o políticos (en esa época,
era mal visto) sino por una mera
cuestión de personalidad: en la casa, en
nuestras vidas, no podía haber otro ser,
aún incorpóreo, sobrenatural, que
ocupara su espacio total: Él era Dios.
Lo que no logro precisar con los años,
es cuándo aquel amor absoluto, ciego,
incondicional que nos enseñó a tenerle
(y sin lugar a duda, no sé cómo, pero
consiguió) empezó a tornarse odio. Al
menos en mí, que siempre fui la rebelde,
la que me atrevía a contestarle aunque
ello supusiera los peores castigos,
porque en el caso de mi madre y mi
hermano, pienso que tal amor, si lo
hubo, derivó en una tácita resignación
que culminará, eso sí, en alivio, de eso
no me cabe duda.
Sin embargo, yo nunca los compadecí; es
más: se lo merecían, porque mi madre
bien pudo divorciarse a tiempo, desde el
momento en que comprobó que nunca sería
otra cosa a su lado que su sombra, la
esclava, el complemento equivalente a la
nulidad; que él nos quería pero solo si
acatábamos su idea de la felicidad que
era la de la obediencia irracional; de
que el menor síntoma, no ya de rebeldía
sino de ligera disparidad respecto a sus
criterios, implicaba un enfrentamiento,
aún más, un cisma.
Pero claro que mi madre nunca lo hizo,
dudo incluso que le pasara por la mente,
qué iban a decir sus amigos, la
gente; cómo reaccionarían sus padres,
que seguramente habían atravesado
análoga situación sin atreverse a dar
ese paso, y así retrospectivamente hasta
la primera familia con semejantes
problemas...; ella, que aún lucía bien,
que tenía una carrera la cual dejó de
ejercer cuando él tan solo comentó que
con su sueldo bastaba, que si acaso
diera ella clases particulares de
inglés, por supuesto en casa (pues
entonces ese idioma era casi
clandestino) algo que mi madre acató
indiferente hasta que su propia abulia
la hizo desistir para replegarse en
aquella cama donde pasaba la mayor parte
del día, como un perfecto acomodo a la
muerte que ya se había instalado en su
vida.
El huevón de mi hermano era quizá peor;
en su caso no caben justificaciones de
la tradición, de falta de carácter
(porque para otras cosas lo tiene):
habría que pensar en una (?) envidiable
capacidad de adaptación a lo que no
pudiera ser cambiado o mejorado con un
mínimo de esfuerzo. Mi hermano
desplegaba energía en los ejercicios
físicos, en las mujeres (que se le daban
con facilidad: el cabrón luce bien y es
hasta simpático) pero no recuerdo que le
haya sostenido una discusión a mi padre
más allá de la segunda frase, se encogía
de hombros, mirándome, con lo cual me
decía por lo claro que era inútil, que
había que dejarlo, y entonces era yo la
única que continuaba, subiendo la
temperatura hasta que él lo consideraba
suficiente, pues en ese momento su voz
tronante, portadora del único criterio,
la voluntad omnímoda, la verdad
absoluta, debía mandarme a callar y a
recluirme en mi cuarto, sin salir esa
noche y, según la gravedad de mis
réplicas, durante varios días.
Yo creo que lo odié por primera vez, o
al menos empecé a sentir que me había
abandonado definitivamente el amor
especial (¿hay alguno que no lo sea?) de
mi infancia, aquella ocasión en que me
sorprendió besándome con Juan Pérez, mi
compañerito de aula. Tendría entonces 12
años y me atraía profundamente aquel
muchachito que siendo apenas un año
mayor que yo, delataba los signos de una
precoz virilidad, no en sus atributos
ocultos: esos nunca me han preocupado
demasiado, sino en su personalidad, en
ciertas maneras de hombre que me
envolvían con una fuerza desconocida.
Una tarde, después de estudiar y
juguetear un poco, tras reírnos de lo
lindo, hicimos silencio: se había
producido el “flechazo” insinuado desde
hacía semanas; fue entonces que me besó
en los labios con ternura y vitalidad:
era mi primer beso de amor, pudo haber
sido una experiencia hermosa, de esas
para conservar en los frágiles archivos
de la infancia, si no hubiera sido por
mi padre: entró de pronto y se quedó
mirándonos por unos minutos, ya
separados violentamente, avergonzados.
Si no olvido aquel beso, menos esos ojos
verdes (que ahora también me miran, mas
con expresión tan diferente) llenos de
odio, de cinismo, lanzándome un reproche
amargo; no hubiera tenido que decir nada
para que yo me sintiera como una
criminal, pero lo hizo. Suspiró y sin
alterarse, con la firmeza habitual de su
voz, me espetó: “Está claro que para ser
puta no hay que tener mucha edad, solo
vocación”.
Juanito se sintió peor: “estábamos
jugando”, atinó a defenderse, pero mi
padre no dijo más: se dirigió a la
puerta indicándole el camino; nunca
volvimos a estudiar juntos y bajábamos
la vista si nos encontrábamos en el
aula; un día intenté un acercamiento que
él evadió. Mis amigas me consolaban
restándole gravedad al asunto,
contándome experiencias parecidas,
aunque en vano: yo seguía dolida y
preocupada; la infeliz de mi madre
trataba de aligerarme la carga, pero
fiel a su incondicionalidad respecto a
él, sin quitarle un ápice de razón:
“Eres muy niña todavía para pensar en
eso, recuerda que tu padre y yo solo
queremos tu bien”, comentaba junto a
otras frasecitas hechas que más bien me
irritaban, porque algo dentro de mí
decía que no solo no había hecho nada
terrible, sino que me habían usurpado un
derecho, me habían truncado algo bonito.
Por supuesto, fui creciendo y aquella
sensación incómoda cedía poco a poco,
pero algo se había roto entre mi padre y
yo para siempre, aunque él fingía (o de
hecho era así) haber olvidado. Claro que
yo también hubiera procedido al “borrón
y cuenta nueva” si esas otras cuentas
que vinieron, no hubieran sido mucho más
graves.
Cuando lo de la carrera creí enloquecer.
Siempre había deseado ser cantante;
la vecina que trabajaba en el Lírico le
decía frecuentemente a mi madre que mi
voz y mi oído podían hacerme triunfar en
ese mundo, lo cual confirmó aquella
Instructora del Círculo de Interés en la
Secundaria cuando una reunión de
Orientación Vocacional. Tras el pre, llenando
la planilla para el ISA y con más de un
aval a mi favor, mi padre entró a
desempeñar su inevitable papel,
destinado como estaba a desgraciarme la
vida. Tampoco olvidaré sus palabras de
entonces (pudiera escribir un tomo con
sus “frases célebres”):
“—Eso está bien como
hobby,
no como profesión. Lo tengo arreglado
todo para que ambos hagan la carrera de
Ciencias Políticas o Jurídicas, la que
gusten...”
Si no fuera cínico hubiera sido cómico:
para él aquella simple disyuntiva
significaba un amplio margen de
opciones, sin contar que, pese a sus
interminables y aburridas charlas de
sobremesa en torno al Derecho Romano,
jamás habíamos dado la mínima señal de
interés por tales materias.
Mi hermano prefería las ciencias
exactas, era bueno en eso, sacaba
excelentes notas en Matemática, pero
tampoco logró convencerlo. Cuando mi
madre trató de interceder por nosotros
(de manera bien tímida y sin demasiado
compromiso, cierto, hubiera sido pedirle
demasiado), mi padre no solo la anuló
con su asumida superioridad, sino que le
lanzó una de sus acostumbradas
humillaciones:
“—No creo que fuera del
Tom-is-a-boy conozcas
mucho más, así que te agradecerías no
opinaras sobre el tema, por mucho que se
trate del futuro de tus hijos...”
Ese día me gané un bofetón, pues mi
hermano (para variar) dio un tirón a la
silla y salió a la calle, pero yo acusé
a mi padre de crueldad mental, de
egocentrismo, de mente estrecha, y le
dije que sería cantante o barrendera,
pero nunca abogada.
Como tenía influencias en los medios
docentes (era un profesor respetable,
aunque como podrá imaginarse, cargaba
también con la espesa fama de dogmático
y “cuadrado” entre sus alumnos) se las
ingenió para que mi hermano no alcanzara
la plaza de Cibernética que pidió en
primera opción, pese a su brillante
expediente, y yo, ni con mis bien
colocados agudos pude obtener la beca
para estudiar Canto y Dirección Coral en
el ISA.
Nunca sabré qué hizo, qué maquiavélicos
mecanismos accionó para que eso
ocurriera: el pobre diablo de mi hermano
una vez más se plegó a su voluntad; ante
la espada de Damocles del Servicio
Militar, se conformó con la odiada
carrera de Derecho. Hoy es un abogado
mediocre en una empresa más mediocre
aún. Yo, por supuesto, no le iba a dar
el gusto (primero muerta): no ingresé en
la Universidad, me puse a trabajar, y
como la economía no era cosa de juego
(se acababa de despenalizar el dólar y
su sueldo, antes decoroso, no alcanzaba;
mi madre no tenía ánimos para retomar
las clases —bueno, ni para nada— que
ahora sí hubieran resultado, pues el
inglés no solo no era ya mal visto, sino
considerado muy útil) él no puso reparos
en que yo aportara también.
Soy secretaria... de un Conservatorio,
que de algún modo tengo que estar cerca
de la vocación frustrada. Pero en fin,
no quiero dejar de referir
apresuradamente (en cualquier momento
llegan todos, y a lo mejor no desee
nunca más retomar este asunto) otro de
mis grandes encontronazos, o
desencuentros con mi padre: en mi
matrimonio.
Mi hermano se casó con una jueza
(¡menuda corte!) y se mudó con ella. Yo
seguí con la cruz a cuestas. Mi novio,
después marido (bueno, realmente antes,
pero ya saben) vivía muy estrecho y en
casa, si algo sobran, son habitaciones.
Yo le había advertido ya del carácter
y la personalidad del cabeza de familia,
pero él lo subestimó. Trató de ganárselo
y a principio pareció lograrlo; en
realidad le caía bien al viejo, pues mi
marido es un tipo chévere, pero es de
los que piensa por cabeza propia. Y ahí
fue donde la mula tumbó a Genaro: no
había que remontarse a las complejidades
de la política o la historia; en la
pelota, en la película de turno, en
algún libro que ambos hubieran
compartido, en la sazón de los
alimentos, en las dietas alimentarias,
en la poca gente que nos visitaba... a
principio mi esposo se medía, pero
después, simplemente, exponía lo que
pensaba.
En realidad mi padre se las sabía todas
en materia jurídica, pero solo
teóricamente: jamás permitía al
interlocutor llevar su pensamiento más
allá de la tercera oración, las cuales
siquiera escuchaba, ocupado en preparar
su réplica, en engalanar sus tesis y
sofismas. Sin embargo, pobre del que lo
interrumpiera... y mi marido cometió más
de una vez ese pecado de lesa humanidad.
Hasta aquella tarde infausta en que, al
llegar a un verdadero clímax, dijo con
su voz firme y su habitual mirada ácida
(que ahora pierde brillo), fija en un
solo punto, (el rostro de mi cónyuge),
refiriéndose a él:
“—Entre Ud. y yo existen diferencias tan
abismales que dudo mucho podamos
continuar bajo el mismo techo.”
Fue suficiente: partió esa misma tarde,
no nos divorciamos pero cada cual vive
por su lado, como tantos matrimonios en
Cuba, cierto, pero lo triste es que
nosotros no tendríamos por qué.
Intentamos unos días en su casa pero fue
imposible: demasiado incómodo, no quiero
parecer calamitosa ni justificar nada,
mas sé que la pérdida del embarazo fue
por los disgustos que esa situación me
ocasionó. Y aunque este noviazgo forzoso
nos ha unido más, les digo que es
sencillamente inaguantable.
Escribo todo esto de corre corre,
ahorita, como decía, suena ese timbre y
empieza a llenarse la casa de gente.
Intento una suerte de testimonio, para
que algún día se conozca, pase lo que
pase, por qué actué de este modo,
reconozco que no dudé un momento, que mi
decisión fue tan fría y calculada como
la de cualquier asesino profesional. No:
nunca lo hubiera hecho por mí misma,
pero si Dios o el destino lo habían
decidido, yo he estado muy feliz de
colaborar con ellos.
De siempre él padeció del corazón, y
llevaba sus píldoras encima, pero esa
noche se había cambiado de pijama y no
se percató de tomarlas. Mi madre, como
en las películas de suspense, ha
salido, excepcionalmente, a casa de una
prima a no sé qué mandado. Él se ha
levantado de su sillón imperial frente a
la tele con idea de conquistar las
pastillas, pero es tarde; se lleva la
mano derecha al corazón y emite un
gemido casi imperceptible: “Teresa, por
favor, en la otra camisa de pijama...” y
se dobla, casi sin aliento.
Había olvidado decirles que me llamo
Teresa, pero ya él lo ha hecho por mí;
afortunadamente, poco tengo que ver con
la santa, y de Jesús apenas conservo el
cuadro del
Sagrado Corazón a
un costado de mi cuarto. Me he levantado
sí, pero solo para escribir estos
apuntes:
“—Un momento, papi, estoy repasando mi
vida, esa vida que me has jodido desde
que tengo uso de razón; enseguida te
atiendo.”
“—Teresa, en la otra pijama está...
Teresa...”
Me levanto, dejo la pluma y él
experimenta una suerte de alegría rápida
que apenas traduce su rostro agitado por
el dolor, previo a la agonía, pues cree
que voy a la dirección señalada, pero
solo tomo una partitura que hay sobre el
televisor, es una aria de Tosca,
de Puccini.
“— Quizá, papi, cuando termine de
repasar este fragmento, no te había
dicho que hay una plaza en el Lírico de
mezzo-soprano y me van a hacer la
prueba.”
“—Pero Teresa, ¡¿es momento de
bromas!?”, contesta, ensayando su último
gesto prepotente, enarcando las cejas,
levantando el índice como tanto hacía, y
hasta proyectando la mirada de acero que
ahora detenta un resplandor mortal que
se va apagando mientras yo escribo y
canto, canto y escribo como una demente
acosada a la que ha llegado su hora de
gloria.
No sé si mañana me arrepienta, pero este
es un minuto realmente feliz, no solo
por lo que he conseguido hacer, sino —y
creo que esto es lo más
disfrutable—porque él me ha visto
hacerlo: ha tomado conciencia en ese
breve instante, de su fragilidad, de que
no es inmortal, de que su poder sobre
mí, sobre todos, tiene un límite, y que
ese límite llega...
“—¡Teresa!...”
Le oigo decir por último, pero ya este
nombre carece de aquella fuerza, aquel
ardor, aquella seguridad con que lo
proyectó durante 42 años de mi vida:
ahora es un débil gemido, un balbuceo
que, por demás, mis alaridos
italianizantes ahogan.
Cae desplomado cuando intenta en vano
ganar la escalera que lleva a su
habitación; yo me acerco, le tomo el
pulso, me dispongo a cerrar sus ojos...
debo llamar enseguida a la dispersa
familia, incluyendo a mi esposo que
desde esta misma noche, antes incluso
del velorio, se instalará de nuevo aquí;
a mi hermano y su mujer, para si
quieren pongan un bufete en casa o una
oficina de la Corte Suprema, donde ella
trabaja (pues creo el local lo están
reparando y andan buscando sitio), y
habrá que habilitar el cuarto de abajo
para que mami retome las clases de
inglés, además, por supuesto, de
redecorar toda la casa, para echar abajo
ese démodé gusto neoclásico con
que él lo había impregnado todo.
Sitúo mi mano sobre sus ojos, pero los
contemplo por última vez: realmente eran
de un verde intenso, sin duda, hermoso.
Frank Padrón
(Pinar del Río, Cuba, 1958):
Ensayista, periodista, crítico
de arte, poeta y comunicador
audiovisual. Conductor del
programa de televisión Cine de
Nuestra América. Entre sus
libros se encuentran Más allá
de la linterna (ensayos,
2000), La profesión maldita
(2005), Pura semejanza
(poesía, 2004) y Conversación
en la luz (poesía, 2006).
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