Año IX
La Habana
25 de SEPTIEMBRE
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de 2010

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Padre y muy señor mío

Frank Padrón ( Pinar del Río,  1958)

 

Ya contemplo esos ojos por última vez...

Él lo llenaba todo desde que éramos niños; de siempre recuerdo esa omnipresencia, ese gravitar en torno a su persona desde los detalles a los grandes asuntos: había que consultarle lo mínimo, sin cuya aprobación era simplemente imposible.

Para ser objetiva, aunque ahora me cuesta doblemente serlo, debo decir en su favor que nunca, ni en los peores momentos nos faltó nada material. A veces él fingía desgano ante la austera mesa con el fin de que nosotros comiéramos un poco más; con la ropa, lo mismo: se conformaba con sus dos únicas guayaberas y su viejo traje de las clases (impartía Historia de la Filosofía en la Universidad) para que mi hermano y yo tuviéramos de sobra, y aun cuando mayorcitos, aparte de lo que mami nos compraba, nos regalaba dinero para que eligiéramos a gusto qué ponernos, siempre, eso sí, con sus coletillas habituales: “cuídense de las extravagancias”, “la moda no le va a todo el mundo”...

Pero no solo de pan vive el hombre, ya lo dice la Biblia. Y a propósito de esto, nunca fuimos religiosos; creyentes, como la mayoría en Cuba: partime, “a mi manera”, según  dice la gente homenajeando sin saberlo a Paul Anka, pero si hubiéramos profesado alguna religión, él también lo hubiera saboteado. Y no exactamente por pruritos filosóficos o políticos (en esa época, era mal visto) sino por una mera cuestión de personalidad: en la casa, en nuestras vidas, no podía haber otro ser, aún incorpóreo, sobrenatural, que ocupara su espacio total: Él era Dios.

Lo que no logro precisar con los años, es cuándo aquel amor absoluto, ciego, incondicional que nos enseñó a tenerle (y sin lugar a duda, no sé cómo, pero consiguió) empezó a tornarse odio. Al menos en mí, que siempre fui la rebelde, la que me atrevía a contestarle aunque ello supusiera los peores castigos, porque en el caso de mi madre y mi hermano, pienso que tal amor, si lo hubo, derivó en una tácita resignación que culminará, eso sí, en alivio, de eso no me cabe duda.

Sin embargo, yo nunca los compadecí; es más: se lo merecían, porque mi madre bien pudo divorciarse a tiempo, desde el momento en que comprobó que nunca sería otra cosa a su lado que su sombra, la esclava, el complemento equivalente a la nulidad; que él nos quería pero solo si acatábamos su idea de la felicidad que era la de la obediencia irracional; de que el menor síntoma, no ya de rebeldía sino de ligera disparidad respecto a sus criterios, implicaba un enfrentamiento,  aún más, un cisma.

Pero claro que mi madre nunca lo hizo, dudo incluso que le pasara por la mente, qué iban a decir sus amigos, la gente; cómo reaccionarían sus padres, que seguramente habían atravesado análoga situación sin atreverse a dar ese paso, y así retrospectivamente hasta la primera familia con semejantes problemas...; ella, que aún lucía bien, que tenía una carrera la cual dejó de ejercer cuando él tan solo comentó que con su sueldo bastaba, que si acaso diera ella clases particulares de inglés, por supuesto en casa (pues entonces ese idioma era casi clandestino) algo que mi madre acató indiferente hasta que su propia abulia la hizo desistir para replegarse en aquella cama donde pasaba la mayor parte del día, como un perfecto acomodo a la muerte que ya se había instalado en su vida.

El huevón de mi hermano era quizá peor; en su caso no caben justificaciones de la tradición, de falta de carácter (porque para otras cosas lo tiene): habría que pensar en una (?) envidiable capacidad de adaptación a lo que no pudiera ser cambiado o mejorado con un mínimo de esfuerzo. Mi hermano desplegaba energía en los ejercicios físicos, en las mujeres (que se le daban con facilidad: el cabrón luce bien y es hasta simpático) pero no recuerdo que le haya sostenido una discusión a mi padre más allá de la segunda frase, se encogía de hombros, mirándome, con lo cual me decía por lo claro que era inútil, que había que dejarlo, y entonces era yo la única que continuaba, subiendo la temperatura hasta que él lo consideraba suficiente, pues en ese momento su voz tronante, portadora del único criterio, la voluntad omnímoda, la verdad absoluta, debía mandarme a callar y a recluirme en mi cuarto, sin salir esa noche y, según la gravedad de mis réplicas, durante varios días.

Yo creo que lo odié por primera vez, o al menos empecé a sentir que me había abandonado definitivamente el amor especial (¿hay alguno que no lo sea?) de mi infancia, aquella ocasión en que me sorprendió besándome con Juan Pérez, mi compañerito de aula. Tendría entonces 12 años y me atraía profundamente aquel muchachito que siendo apenas un año mayor que yo, delataba los signos de una precoz virilidad, no en sus atributos ocultos: esos nunca me han preocupado demasiado, sino en su personalidad, en ciertas maneras de hombre que me envolvían con una fuerza desconocida.

Una tarde, después de estudiar y juguetear un poco, tras reírnos de lo lindo, hicimos silencio: se había producido el “flechazo” insinuado desde hacía semanas; fue entonces que me besó en los labios con ternura y vitalidad: era mi primer beso de amor, pudo haber sido una experiencia hermosa, de esas para conservar en los frágiles archivos de la infancia, si no hubiera sido por mi padre: entró de pronto y se quedó mirándonos por unos minutos, ya separados violentamente, avergonzados.

Si no olvido aquel beso, menos esos ojos verdes (que ahora también me miran, mas con expresión tan diferente) llenos de odio, de cinismo, lanzándome un reproche amargo; no hubiera tenido que decir nada para que yo me sintiera como una criminal, pero lo hizo. Suspiró y sin alterarse, con la firmeza habitual de su voz, me espetó: “Está claro que para ser puta no hay que tener mucha edad, solo vocación”.

Juanito se sintió peor: “estábamos jugando”, atinó a defenderse, pero mi padre no dijo más: se dirigió a la puerta indicándole el camino; nunca volvimos a estudiar juntos y bajábamos la vista si nos encontrábamos en el aula; un día intenté un acercamiento que él evadió. Mis amigas me consolaban restándole gravedad al asunto, contándome experiencias parecidas, aunque en vano: yo seguía dolida y preocupada; la infeliz de mi madre trataba de aligerarme la carga, pero fiel a su incondicionalidad respecto a él, sin quitarle un ápice de razón:

“Eres muy niña todavía para pensar en eso, recuerda que tu padre y yo solo queremos tu bien”, comentaba junto a otras frasecitas hechas que más bien me irritaban, porque algo dentro de mí decía que no solo no había hecho nada terrible, sino que me habían usurpado un derecho, me habían truncado algo bonito. Por supuesto, fui creciendo y aquella sensación incómoda cedía poco a poco, pero algo se había roto entre mi padre y yo para siempre, aunque él fingía (o de hecho era así) haber olvidado. Claro que yo también hubiera procedido al “borrón y cuenta nueva” si esas otras cuentas que vinieron, no hubieran sido mucho más graves.

Cuando lo de la carrera creí enloquecer. Siempre había deseado ser cantante; la vecina que trabajaba en el Lírico le decía frecuentemente a mi madre que mi voz y mi oído podían hacerme triunfar en ese mundo, lo cual confirmó aquella Instructora del Círculo de Interés en la Secundaria cuando una reunión de Orientación Vocacional. Tras el pre, llenando la planilla para el ISA y con más de un aval a mi favor, mi padre entró a desempeñar su inevitable papel, destinado como estaba a desgraciarme la vida. Tampoco olvidaré sus palabras de entonces (pudiera escribir un tomo con sus “frases célebres”):

“—Eso está bien como hobby, no como profesión. Lo tengo arreglado todo para que ambos hagan la carrera de Ciencias Políticas o Jurídicas, la que gusten...”

Si no fuera cínico hubiera sido cómico: para él aquella simple disyuntiva significaba un amplio margen de opciones, sin contar que, pese a sus interminables y aburridas charlas de sobremesa en torno al Derecho Romano, jamás habíamos dado la mínima señal de interés por tales materias.

Mi hermano prefería las ciencias exactas, era bueno en eso, sacaba excelentes notas en Matemática, pero tampoco logró convencerlo. Cuando mi madre trató de interceder por nosotros (de manera bien tímida y sin demasiado compromiso, cierto, hubiera sido pedirle demasiado), mi padre no solo la anuló con su asumida superioridad, sino que le lanzó una de sus acostumbradas humillaciones:

“—No creo que fuera del Tom-is-a-boy conozcas mucho más, así que te agradecerías no opinaras sobre el tema, por mucho que se trate del futuro de tus hijos...”

Ese día me gané un bofetón, pues mi hermano (para variar) dio un tirón a la silla y salió a la calle, pero yo acusé a mi padre de crueldad mental, de egocentrismo, de mente estrecha, y le dije que sería cantante o barrendera, pero nunca abogada.

Como tenía influencias en los medios docentes (era un profesor respetable, aunque como podrá imaginarse, cargaba también con la espesa fama de dogmático y “cuadrado” entre sus alumnos) se las ingenió para que mi hermano no alcanzara la plaza de Cibernética que pidió en primera opción, pese a su brillante expediente, y yo, ni con mis bien colocados agudos pude obtener la beca para estudiar Canto y Dirección Coral en el ISA.

Nunca sabré qué hizo, qué maquiavélicos mecanismos accionó para que eso ocurriera: el pobre diablo de mi hermano una vez más se plegó a su voluntad; ante la espada de Damocles del Servicio Militar, se conformó con la odiada carrera de Derecho. Hoy es un abogado mediocre en una empresa más mediocre aún. Yo, por supuesto, no le iba a dar el gusto (primero muerta): no ingresé en la Universidad, me puse a trabajar, y como la economía no era cosa de juego (se acababa de despenalizar el dólar y su sueldo, antes decoroso, no alcanzaba; mi madre no tenía ánimos para retomar las clases —bueno, ni para nada— que ahora sí hubieran resultado, pues el inglés no solo no era ya mal visto, sino considerado muy útil) él no puso reparos en que yo aportara también.

Soy secretaria... de un Conservatorio, que de algún modo tengo que estar cerca de la vocación frustrada. Pero en fin, no quiero dejar de referir apresuradamente (en cualquier momento llegan todos, y a lo mejor no desee nunca más retomar este asunto) otro de mis grandes encontronazos, o desencuentros con mi padre: en mi matrimonio.

Mi hermano se casó con una jueza (¡menuda corte!) y se mudó con ella. Yo seguí con la cruz a cuestas. Mi novio, después marido (bueno, realmente antes, pero ya saben) vivía muy estrecho y en casa, si algo sobran, son habitaciones. Yo le había advertido ya del carácter y la personalidad del cabeza de familia, pero él lo subestimó. Trató de ganárselo y a principio pareció lograrlo; en realidad le caía bien al viejo, pues mi marido es un tipo chévere, pero es de los que piensa por cabeza propia. Y ahí fue donde la mula tumbó a Genaro: no había que remontarse a las complejidades de la política o la historia; en la pelota, en la película de turno, en algún libro que ambos hubieran compartido, en la sazón de los alimentos, en las dietas alimentarias, en la poca gente que nos visitaba... a principio mi esposo se medía, pero después, simplemente, exponía lo que pensaba.

En realidad mi padre se las sabía todas en materia jurídica, pero solo teóricamente: jamás permitía al interlocutor llevar su pensamiento más allá de la tercera oración, las cuales siquiera escuchaba, ocupado en preparar su réplica, en engalanar sus tesis y sofismas. Sin embargo, pobre del que lo interrumpiera... y mi marido cometió más de una vez ese pecado de lesa humanidad.

Hasta aquella tarde infausta en que, al llegar a un verdadero clímax, dijo con su voz firme y su habitual mirada ácida (que ahora pierde brillo), fija en un solo punto, (el rostro de mi cónyuge), refiriéndose a él:

“—Entre Ud. y yo existen diferencias tan abismales que dudo mucho podamos continuar bajo el mismo techo.”

Fue suficiente: partió esa misma tarde, no nos divorciamos pero cada cual vive por su lado, como tantos matrimonios en Cuba, cierto, pero lo triste es que nosotros no tendríamos por qué. Intentamos unos días en su casa pero fue imposible: demasiado incómodo, no quiero parecer calamitosa ni justificar nada, mas sé que la pérdida del embarazo fue por los disgustos que esa situación me ocasionó. Y aunque este noviazgo forzoso nos ha unido más, les digo que es sencillamente inaguantable.

Escribo todo esto de corre corre, ahorita, como decía, suena ese timbre y empieza a llenarse la casa de gente. Intento una suerte de testimonio, para que algún día se conozca, pase lo que pase, por qué actué de este modo, reconozco que no dudé un momento, que mi decisión fue tan fría y calculada como la de cualquier asesino profesional. No: nunca lo hubiera hecho por mí misma, pero si Dios o el destino lo habían decidido, yo he estado muy feliz de colaborar con ellos.

De siempre él padeció del corazón, y llevaba sus píldoras encima, pero esa noche se había cambiado de pijama y no se percató de tomarlas. Mi madre, como en las películas de suspense, ha salido, excepcionalmente, a casa de una prima a no sé qué mandado. Él se ha levantado de su sillón imperial frente a la tele con idea de conquistar las pastillas, pero es tarde; se lleva la mano derecha al corazón y emite un gemido casi imperceptible: “Teresa, por favor, en la otra camisa de pijama...” y se dobla, casi sin aliento.

Había olvidado decirles que me llamo Teresa, pero ya él lo ha hecho por mí; afortunadamente, poco tengo que ver con la santa, y de Jesús apenas conservo el cuadro del Sagrado Corazón  a un costado de mi cuarto. Me he levantado sí, pero solo para escribir estos apuntes:

“—Un momento, papi, estoy repasando mi vida, esa vida que me has jodido desde que tengo uso de razón; enseguida te atiendo.”

“—Teresa, en la otra pijama está... Teresa...”       

Me levanto, dejo la pluma y él experimenta una suerte de alegría rápida que apenas traduce su rostro agitado por el dolor, previo a la agonía, pues cree que voy a la dirección señalada, pero solo tomo una partitura que hay sobre el televisor, es una aria de Tosca, de Puccini.

“— Quizá, papi, cuando termine de repasar este fragmento, no te había dicho que hay una plaza en el Lírico de mezzo-soprano y me van a hacer la prueba.”

“—Pero Teresa, ¡¿es momento de bromas!?”, contesta, ensayando su último gesto prepotente, enarcando las cejas, levantando el índice como tanto hacía, y hasta proyectando la mirada de acero que ahora detenta un resplandor mortal que se va apagando mientras yo escribo y canto, canto y escribo como una demente acosada a la que ha llegado su hora de gloria.

No sé si mañana me arrepienta, pero este es un minuto realmente feliz, no solo por lo que he conseguido hacer, sino —y creo que esto es lo más disfrutable—porque él me ha visto hacerlo: ha tomado conciencia en ese breve instante, de su fragilidad, de que no es inmortal, de que su poder sobre mí, sobre todos, tiene un límite, y que ese límite llega...

“—¡Teresa!...”

Le oigo decir por último, pero ya este nombre carece de aquella fuerza, aquel ardor, aquella seguridad con que lo proyectó durante 42 años de mi vida: ahora es un débil gemido, un balbuceo que, por demás, mis alaridos italianizantes ahogan.

Cae desplomado cuando intenta en vano ganar la escalera que lleva a su habitación; yo me acerco, le tomo el pulso, me dispongo a cerrar sus ojos...  debo llamar enseguida a la dispersa familia, incluyendo a mi esposo que desde esta misma noche, antes incluso del velorio, se instalará de nuevo aquí; a mi hermano y su mujer, para si quieren  pongan un bufete en casa o una oficina de la Corte Suprema, donde ella trabaja (pues creo el local lo están reparando y andan buscando sitio), y habrá que habilitar el cuarto de abajo para que mami retome las clases de inglés, además, por supuesto, de redecorar toda la casa, para echar abajo ese démodé gusto neoclásico con que él lo había impregnado todo.

Sitúo mi mano sobre sus ojos, pero los contemplo por última vez: realmente eran de un verde intenso, sin duda, hermoso.  


Frank Padrón (Pinar del Río, Cuba, 1958): Ensayista, periodista, crítico de arte, poeta y comunicador audiovisual. Conductor del programa de televisión Cine de Nuestra América. Entre sus libros se encuentran Más allá de la linterna (ensayos, 2000), La profesión maldita (2005), Pura semejanza (poesía, 2004) y Conversación en la luz (poesía, 2006).

 

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