|
Aunque en Cuba las temporadas climáticas
no suelen ser precisas, podemos decir
que nos despedimos del verano. Para mí
ha sido intenso y me deja imágenes de
amigos, familia, hechos artísticos
disfrutados.
Estuve en la exposición de nuestro
entrañable pintor Roberto Susurro.
Cuando lo conocí —en el casi remoto
1982— firmaba sus cuadros como Roberto
Valentín. Después ha preferido el
seudónimo que amplificamos los
allegados, por esa manera suya de hablar
bajito, suave, cómplice.
Esta muestra ratifica el poderío de
Susurro como dibujante y su
extraordinaria capacidad para crear
atmósferas y facilitar la convivencia de
los personajes. Ante esas obras grandes,
hermosas, comunicadas entre sí como un
solo cuadro, me sentí ingenuamente
orgulloso de haberlo acompañado en
nuestras cotidianas y nada ambiciosas
caminatas del siglo pasado, entre la
sede de Cultura Provincial de la
provincia cubana de Camagüey y el
comedor donde nos esperaba una fea pero
gratuita bandeja metálica.
Me dije que no iría demasiado al teatro
durante estos meses. Como supondrán los
que me conocen, más bien desobedecí ese
mandato. Disfruté montajes diversos en
los días de sol radiante y lluvia
tropical. Me gusta que la cartelera
teatral habanera se esté estabilizando.
Hay colas para ver espectáculos y ha
crecido la información sobre las fechas
y la localización de las puestas en
escena.
No ha sido un verano de muchas lecturas.
La vida familiar y amistosa suele restar
horas a ese hábito íntimo y básico. De
todas formas he encontrado en las
librerías habaneras algunas joyas. La
más a mano que tengo es la edición de
los diarios de Lezama Lima, organizada y
editada por Ciro Bianchi. Ahí están
desde las más hondas reflexiones del
inmenso escritor hasta anotaciones sobre
los libros que tenía prestados o alguna
deuda. Alguno de sus amigos dijo que
“Lezama solo le debía a los libreros”.
Mañana espero estar en el
Latinoamericano (junto a mi hijo),
disfrutando de un juego de pelota de
preparación entre Cuba y Nicaragua. Por
la noche se estrena en La Habana Tío
Vania, una de mis dos obras
preferidas —comparte sitio con Bodas
de sangre, de Lorca— de toda la
dramaturgia del siglo XX. Buen cierre de
verano. |