Pan a la espera de Giraldilla
En La Habana del siglo XVI, desde el
Castillo
de la Fuerza y mirando al marítimo horizonte,
Isabel de Bobadilla esperaba en vano día a día
el regreso de su esposo, Hernando de Soto.
Así se transformó, según el mito, en la Giraldilla
que corona desde hace siglos la fortaleza.
En el siglo XXI, el dios Pan, acaso reencarnación
del aventurero, busca afanosamente en La Habana
a su Giraldilla
La Habana me está mirando
con ojos de yerbabuena.
Me aplaude. Aplaude la pena
de mármoles que desando
cada vez que lluevo. Cuando
me desangran los perfiles
del sol. Pero soy abriles
y me encamino a noviembre.
Disuelta flor unimembre
no puede oír mis candiles.
La Ciudad me está mirando
con labios de Prima Vera.
Y Nicolás desespera
por ver tanto verso blando
en este bastón de mando
fuera del tiempo. Ahora llueve
pero de otro modo leve
y brutal. La Habana ríe
y el báculo se deslíe
en un reguero de nieve.
La Habana me está mirando.
Su voz encoge los hombros
y yo busco en los escombros
un jardín de fuego. ¿Cuándo
apagó su llama el bando
azulado de septiembre?
¿No hay semilla que resiembre
su ojo verde de utopía?
Pero yo soy mediodía
y ya me cerca diciembre.
La Ciudad me está mirando
con serpentinas de diabla.
Desnuda sobre una tabla
de sándalo, asume el mando
de mi sexo. Va poblando
mi soledad de otro traje
de espejismos. Su equipaje
sin recato de sayuela
me va estrujando una estela
de seducción y de encaje.
La Habana me está mirando
con ojos de niña aviesa.
Mi semillero tropieza
con su bosque: Marlon Brando
no es el de entonces.
Abandonada feliz da su unción
a mi asustada misión
de San Francisco de Asís.
(En el aire lleno mis
pulmones de Malecón).
La Ciudad me está mirando.
Y ya no sé si soy Pan
o el fantasma de Tristán
de Jesús Medina. Un bando
real me anuncia el nefando
epitafio de la espera:
Magdalena de Junquera
decididamente ha muerto.
Y yo me fundo en el puerto
por que La Habana no muera.
Breves lucubraciones para un ensayo
Sobre ciertos límites del arte
Yo cambio un Toulouse Lautrec
por tu labio de mirarme
y tus ojos de amueblarme
no los cedo por un té
con Huidobro. Yo me sé
cómo la torre de Pisa
se inclinó ante tu sonrisa
de lo humano y lo divino
y hasta un cántaro de vino
Ganímedes en su prisa
por verte pasar vertió
y vertió en tu mano abierta
elíxires de la puerta
del Olimpo. Digo yo
que no alcanza el Art Nouveau
para anticipar tu trazo
de gacela. Que tu abrazo
debe ser un cielo púber
que ya envidiaría Schubert
para Die Lieder. Que un brazo
tuyo quiso la de Milo
y se negó el escultor
so pena de leso amor.
Hölderlin me hablaba en vilo
paseando bajo los tilos
(Unter den Linden un terso
aire gastaba) que el verso
todo no le espantó el juicio
sino perderse el auspicio
de tu sueño azul converso.
(Goethe asentía). Después
supe que antes Don Leonardo
daba a Gioconda en resguardo
la sonrisa de tus pies
para aliviarle el stress
de los museos. Por eso
qué más decirte. Confieso
que no hay nube sin tus pinos.
Te encargo mis pergaminos:
Valdrán si me das un beso.
Pedro Péglez González, nombre
literario de Pedro Julio González Viera.
La Habana, Cuba, 1945. Poeta, periodista e
historietista. Miembro de la Unión de Escritores y
Artistas de Cuba y de la Unión de Periodistas de
Cuba. Desempeña su labor en el periódico
Trabajadores, donde ejerce la crítica literaria.
Entre los premios recibidos se cuentan: Premio
Iberoamericano Cucalambé de décima escrita (2000);
Premio extraordinario en el concurso nacional de
poesía Regino Pedroso (2001); Premio en el concurso
nacional de poesía Regino Boti (2002) y Premio
Iberoamericano Cucalambé por segunda ocasión (2004).
Preside el grupo de poetas Ala Décima, con base en
Alamar, Ciudad de La Habana, Cuba.