Quienes sigan paso a paso el
trazado en la historia universal
del teatro de títeres, tendrán
que estar de acuerdo conmigo, en
lo inquietante que resulta la
foto en la cual el poeta
granadino Federico García Lorca
aparece al lado de la actriz
valenciana Helena Cortesina, con
el muñeco de Don Cristóbal en su
mano izquierda, en una
instantánea tomada en Buenos
Aires, 1934. Otra foto,
inquietante también, es la que
plasma la imagen del maestro
ruso Konstantín Stanislavski,
riendo a mandíbula abierta con
los títeres de su colega Serguei
Obratszov, en Moscú, 1935. Una y
otra fotografías echan por
tierra, una vez más, el tan
llevado y traído criterio de
supuestas diferencias entre los
teatristas que trabajan como
actores de carne y hueso y los
que animan a la figura de papier
maché, madera o tela para
expresarse artísticamente.
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Lorca
en Argentina con Don
Cristobal en la mano |
En los años en que fueron
tomadas estas imágenes, la Isla
de Cuba recibía del extranjero a
compañías de marionetas y de
actores por igual; especial fue
la visita del italiano Vitorio
Podrecca y su Teatro dei Piccoli.
No existía, en el caso de los
titiriteros, un movimiento
teatral sólido, con proyectos
pensados hacia el futuro. Esta
ineludible acción tendría lugar
después, en los años 40, con la
fundación del Guiñol de los
Hermanos Camejo, alentados
justamente tras haber visto el
Retablillo de Don Cristóbal y
Doña Rosita, a cargo de un
teatro de actores que, liderados
por Andrés Castro, deciden
realizar dentro del Grupo GEL
una representación con teatro de
figuras. El reconocido actor y
director de escena Vicente
Revuelta, estudioso de diversos
métodos de actuación, entre
ellos el de Stanislavski, y
otras corrientes, asumió el
papel del pícaro Cristobita.
Todo concuerda; por tal motivo,
estas dos imágenes conservan el
misterio de lo intemporal, tal
parece que fueron tomadas ayer o
hace unas horas.
Cuando García Lorca llega a la
América del Sur para el estreno
de Mariana Pineda, a
cargo de la Compañía de Lola
Membrives, hacía mucho tiempo
que estaba al tanto del arte de
los muñecos. En 1923 organizó en
Granada, por Día de reyes, una
representación de títeres para
su pequeña hermana Isabel. En el
público, al lado de los niños y
entre amigos personales de él y
la familia Lorca, se hallaba el
compositor Manuel de Falla al
piano. Antes de esa fecha, la
referencia titiritera es de
1920, cuando escribe El
maleficio de la mariposa,
drama infantil de insectos,
teatro de almas, teatro de
animales más cercanos al mundo
de los retablos que al del actor
disfrazado, que no posee una
materia capaz de realizar lo que
logra un muñeco. De 1922 es su
farsa guiñolesca Los títeres
de cachiporra. Con sus
diálogos irrepresentables El
paseo de Buster Keaton,
La doncella, el marinero y el
estudiante, Quimera,
Diálogo mudo de los cartujos
o Diálogo de los dos
caracoles ocurre lo mismo;
todos tienen un cosmos más afín
a la titerería que al de los
actores humanos.
Esta imaginación sin límites
que manifiesta Federico en su
teatro de figuras, no hace
mermar su potencialidad en el
teatro dramático; al contrario,
la estimula, la llena de lirismo
y de visiones perturbadoras, muy
cercanas a la fuerza del
esperpento y la máscara. No es
de extrañar que en el vestíbulo
del bonaerense Teatro Avenida,
el poeta anuncie junto con una
tragedia antigua (la primera
escena de Las Euménides)
y un entremés cervantino (Los
habladores), el esperado
estreno de
Retablillo de Don Cristóbal y
Doña Rosita.
La función contó con la
colaboración del pintor
argentino Ernesto Arancibia en
la realización de los títeres y
de Manuel Fontanals, el esposo
de la Cortesina —la joven junto
a Lorca en la foto—, en la
escenografía y el vestuario.
Para esta ocasión Federico
escribió un prólogo1
donde, entre otras cosas, hace
decir a Don Cristóbal: “A mí no
me gusta trabajar en estos
teatros, porque yo soy muy mal
hablado. Aquí triunfan los
telones pintados y la luna del
teatro sensitivo”.
Imagino la reacción de aquel
público adulto, conformado por
actores, escritores y
periodistas del mundo cultural e
intelectual porteño, entre los
que se dice se hallaba el Maese
Trotamundos Javier Villafañe,
muy joven. Debe haberse
divertido de lo lindo Villafañe
con las salidas picantes del
viejo avaro y cornudo, con los
reclamos de su lúbrica esposa y
la madre de esta, enormemente
codiciosa y deslenguada.
Helena Cortesina, vestida de
oscuro, toda elegante al lado de
Federico con su muñeco, no
imaginaba la puerta luminosa que
abría para el teatro titiritero
todo, ese momento del 26 de
marzo de 1934, en Buenos Aires.
Se cuenta mucho acerca de la
alegría de los artistas
asistentes a la función del
Teatro Avenida, pero no existen
de ese encuentro y función fotos
tan explícitas como la que
conserva la instantánea de 1935,
donde el actor, director
escénico, pedagogo y teórico
teatral ruso Konstantín
Stanislavski aparece
inmensamente feliz junto a un
grupo de diez colegas —siete
hombres y cuatro mujeres, en una
visita a los salones de ensayo
del Teatro de Muñecos de Serguei
Obratszov. No fue esta la
primera visita de Stanislavski
al titiritero moscovita, pues en
1927 había tenido lugar otro
encuentro entre ellos que
enriqueció los criterios del
maestro de actores acerca del
teatro de figuras.
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Stanislavski ante el
arte titiritero de
Obratszov |
¿Qué obra disfrutan tan
fehacientemente Stanislavski y
sus acompañantes? Pues nada más
y nada menos que Carmen,
en la versión personalísima de
Obratszov. La ópera cómica en
cuatro actos, con música de
Georges Bizet e inspirada en la
novela de Prosper Mérimée, es
asumida por Serguei de manera
irónica y arrebatadora. Los
habitantes de la Isla que hayan
podido disfrutar de esta
maravillosa pieza, ya sea en
Cuba, durante la visita a La
Habana de Obratszov y su teatro
de muñecos en 1982, o en algún
video, seguro recordarán los
largos brazos de la muñeca
gitana, bailando
desenfrenadamente para su Don
José, pequeñito y asustado ante
la enorme cigarrera, pero sin
amilanarse ante el embate. La
animación, en el límite de lo
perfecto, hace que uno olvide la
forma original en que desde la
ópera, la Carmen canta aquello
de “El amor gitano…” y
Don José primero se resiste para
después caer rendido.
No es difícil imaginar que para
alguien como Stanislavki, que
estudió canto, baile e
interpretación, este fragmento
titiritero, tan vital, le haya
recordado sus propios
presupuestos de rebelarse contra
lo patético, lo falso y afectado
en la actuación. Su rostro feliz
y admirado con las posibilidades
improvisadoras e imaginativas
del teatro de títeres así lo
demuestran. Todo lo que el actor
debe poner en su piel para
expresarse, es en el muñeco su
propia materialidad, con una
composición corporal y plástica
única, que lleva todas las
emociones y características del
personaje sobre sí.
Que Lorca y Stanislavski, dos
artistas de la vanguardia, se
muestren ante el teatro de
títeres, desvestidos de
prejuicios contra el género, y
valoren su historia, tan antigua
como revolucionaria de las
formas escénicas, satírico por
excelencia y esencialmente
fantástico, no solo hacen
inquietantes estas fotos, sino
que las vuelven un documento
testimonial de la admiración de
ambos artistas hacia el teatro
de figuras animadas,
teatro-metáfora, teatro-símbolo,
teatro-misterio, teatro-magia.
Entre Mariana Pineda y el
Retablillo de Don Cristóbal
corren ríos subterráneos que
entroncan sus fuerzas a favor
del arte de las tablas. Entre
La gaviota, de Chejov,
puesta en escena por
Stanislavski y la gracia
transgresora de los muñecos de
Serguei Obratszov en Carmen,
existe un puente común en lo que
a la agitación de la quietud del
teatro se refiere.
“Llenemos el teatro de espigas
frescas…” dice el poeta de el
Retablillo… con voz de Lorca.
Lo mismo pedía Stanislavski a
sus actores cuando les exigía la
forma verídica de sus acciones.
Es en ese universo emotivo
subyacente donde ambas fotos
descubren un mismo recorrido y
se funden para siempre en un
solo retrato.