|
En la radio suena la
canción de Hank Williams
“Jambalaya on the Bayou”
—el éxito del verano de
1952— cuando el martes
29 de julio Antoine
Vekemans (1927-2010)
sale a toda prisa hacia
el hospital con su mujer
Louisa, que está de
parto. Poco después nace
Bruno, el mayor de cinco
hijos. Después le
seguirían Hugo, Renilde,
Gerlinde y Guido
Vekemans. Esa misma
noche el general de
división John Alexander
Samford da una
concurrida conferencia
de prensa en el
Pentágono —la más
importante desde el
final de la Segunda
Guerra Mundial. El
general anuncia que los
avistamientos de OVNIS,
que llenaban a diario
las páginas de los
periódicos, solo eran
“fenómenos
meteorológicos”. El
artista flamenco Bruno
Vekemans nace bajo una
peculiar conjunción
astrológica.
“Yo nací siete años
después de la guerra”,
suele decir. Aunque es
algo que a primera vista
no se observa en los
cuadros de su época
posterior, el artista
siempre se mostrará
fascinado por la Segunda
Guerra Mundial. En 1952
Amberes ya ha dejado
atrás los horrores de la
ocupación nazi, pero la
ciudad todavía muestra
las huellas de los
bombardeos. Los padres
cuentan a sus hijos
historias de la guerra,
del hambre que pasaron,
de cómo la gente huía
con sus carretillas de
la violencia de los
alemanes, de cómo
familias enteras de
judíos eran sacadas de
sus casas y llevadas al
cuartel de Dossin en
Malinas, para después
ser transportadas a los
campos de exterminio. Su
actual esposa y gran
amor, Marita, cuenta
cómo su tío murió
durante el bombardeo
alemán del cine Rex de
Amberes.
En 1952 se están
fraguando en secreto
nuevas guerras y
conflictos. Winston
Churchill anuncia que
Gran Bretaña tiene la
bomba atómica. Ese mismo
año los británicos
llevan a cabo una prueba
en Australia. EE.UU.
hace explosionar la
primera bomba de
hidrógeno sobre la isla
de Eniwetok, en el
atolón de Bikini. Pero
entretanto Washington
tiene sus miras puestas
en una isla muy bien
situada
estratégicamente, justo
al sur de Miami. En
marzo de ese año se
había producido un golpe
de Estado dirigido por
un general de 51 años
llamado Fulgencio
Batista. Oficialmente,
EE.UU. reprueba el golpe
de Estado, pero apoya al
general golpista cuando
este promete estabilizar
Cuba. Durante siete años
mantiene una dictadura
brutal y corrupta.
Ese martes de julio no
hay nada que haga
sospechar que 57 años
más tarde el recién
nacido Bruno se
enamorará perdidamente
de La Habana y que
dedicará tres años de su
vida a pintar una serie
de cuadros con los
habitantes de la Perla
del Caribe, y que la
primera exposición
retrospectiva de su obra
se mostrará en el Museo
Nacional de Bellas
Artes.
Por aquel entonces la
familia Vekemans vive en
un piso de alquiler en
Amberes, la mayor ciudad
portuaria de Bélgica y
el segundo gran puerto
de Europa. Amberes, al
igual que La Habana, ha
sido durante siglos una
puerta al mundo y ambas
ciudades comparten
retazos de su historia.
Tanto Flandes como Cuba
estuvieron durante mucho
tiempo bajo el dominio
español. En el siglo XVI
Amberes era el centro
económico, financiero e
intelectual de Europa y
—al menos durante un
período importante—
formó parte del Reino de
España. El apodo de los
amberinos, Sinjoor,
viene del español señor.
Incluso a nivel
anecdótico, ambas
ciudades comparten la
misma historia: el
primer músico urbano
remunerado de Cuba fue
un amberino. A mediados
del siglo XVI, Jan van
Antwerpen tocaba el
tambor cada vez que se
aproximaba un navío al
puerto de La Habana.
|
 |
La madre de Bruno,
Louisa Coeckelbergs
(1926-2001) fue ama de
casa, como era habitual
en aquella época. Tras
la muerte de su madre
fue enviada a un
internado católico
estricto, y esta
experiencia le amargó el
resto de sus días. El
padre de Bruno, Antoine
Vekemans, trabajó en el
puerto de Amberes para
British Petroleum.
Autodidacta, pasó de ser
un modesto oficinista a
jefe del departamento de
vehículos agrícolas.
Pero no por ello la
familia era acomodada.
Los Vekemans son de
origen humilde y viven
con modestia. La
política no es algo que
apasione a esta familia,
aunque el Sr. Vekemans
es un gran defensor del
idioma y las costumbres
flamencas. Su padre, que
había trabajado como
obrero en las fábricas
de acero de la parte
francófona del país,
tuvo que sufrir en sus
propias carnes cómo los
flamencos eran tratados
como ciudadanos de
segunda. De esa
experiencia a Antoine
Vekemans le quedó un
sentimiento
nacionalista, pero por
lo demás no se habla de
política.
Los Vekemans no son lo
que se dice una familia
armoniosa y feliz.
Después del trabajo, el
Sr. Vekemans suele
retirarse para leer o
tocar su piano. A
Antoine Vekemans le
interesa la cultura,
pero no comparte esa
pasión con su familia.
La bella Louisa es una
mujer corriente,
aficionada a leer
revistas del corazón y a
hablar con sus amigas.
Bruno hace sus pinitos
en el piano de su padre,
devora libros y dibuja.
En la mesa del salón
dibuja sobre todo
viñetas y caricaturas.
Cuando llega a la
pubertad está totalmente
convencido de que
dedicará el resto de su
vida a dibujar y tocar
el piano. Pero a Bruno
también le encanta
nadar. Desde los 8 hasta
los 16 años participa en
competiciones de
natación. Escucha a los
Beatles, los Rolling
Stones, Jimmy Hendrix y
se deja crecer la
melena. Cosa que no
agrada en absoluto a su
padre.
Ser pintor de brocha gorda
En la escuela Bruno no
es ni mucho menos un
alumno destacado. Le
aconsejan que estudie
arte cuando termine la
educación básica. Se
apunta a un curso
preparatorio de artes
decorativas. Es un
eufemismo para
carpintería y
metalurgia. Aunque Bruno
dibuja mucho en casa, no
hace gran cosa en la
escuela. En realidad no
se esperaba que los
alumnos fuesen creativos
en la clase de dibujo.
Sus profesores opinan
que los dibujos libres
de Bruno son buenos,
pero no acaba de dar la
talla en las tareas de
la clase.
Para su padre no hay
lugar a duda: Bruno
tendrá que ser pintor de
brocha gorda y
decorador. En este
estudio no hay lugar
para la ambición
artística, pero Bruno
aprende mucho. La
decoración sigue siendo
un oficio artesanal, y
los alumnos aprenden a
dominar técnicas
difíciles, como hacer
imitaciones de madera y
mármol con pintura. Pero
este estudio también
queda en agua de
borrajas. Durante las
vacaciones de verano,
antes del inicio del
último curso escolar,
Bruno va a hacer
prácticas en un taller
de pintura. Después de
estar durante tres
semanas lijando marcos
de ventanas, tira la
toalla. “Me di cuenta de
que nunca podría
realizar un trabajo
semejante”, recuerda
Vekemans. Abandona la
escuela sin diploma.
Como ha sido nadador de
competición, Bruno
Vekemans encuentra
trabajo rápidamente como
socorrista en la piscina
de Brasschaat, un
suburbio residencial de
Amberes. Tiene 18 años.
En un periódico lee que
los artistas jóvenes
pueden exponer sus obras
gratuitamente en la
mundana ciudad balneario
de Knokke. Es la primera
vez que Vekemans muestra
su obra al público. En
la exposición se le
acerca un señor mayor
que compara sus dibujos
con los de Leon
Spilliaert (1881-1946).
Vekemans nunca ha oído
hablar de este
simbolista flamenco. De
Spilliaert —que sobre
todo fue dibujante— la
obra madura de Vekemans
tiene los trazos casi
abstractos y la amplia
división de la
superficie, pero también
la desoladora quietud
que impregna sus obras.
De Spilliaert se ha
dicho que “nunca retrata
a personas, aunque estas
aparezcan en sus
cuadros”. Lo mismo puede
decirse de Vekemans.
Vekemans también se
reconoce en la persona
solitaria que fue
Spilliaert, un pintor
que nunca perteneció
realmente a ningún
grupo. Sea como fuere,
el joven Vekemans se
siente elogiado por la
comparación con
Spilliaert y esto le
estimula a seguir
dibujando y pintando.
Una huida hacia adelante
En casa Bruno se siente
como un prisionero. A
principios de los años
70 hace algo totalmente
inesperado. Huye con su
novia Lutgart al
extranjero. Bruno y
Lutgart quieren escapar
del ambiente mezquino y
cerrado de sus hogares y
huir de la estrechez de
miras reinante en
Bélgica. Se les ocurre
la ingenua idea de ir a
talar árboles a Irlanda.
En la frontera de
Oostende, donde quieren
coger un barco, son
detenidos en la aduana.
Lutgart es menor de edad
y no puede cruzar la
frontera. La pareja coge
inmediatamente un tren a
Ámsterdam en los Países
Bajos, la meca de los
hippies y 'provos' del
norte de Europa. Con la
venta de sus dibujos
Bruno puede pagar el
alquiler del apartamento
que comparte con
Lutgart. La pareja
también pasa una
temporada en una granja
en Texel, una isla
prácticamente desierta
situada en el Mar de
Frisia, al norte de los
Países Bajos, habitada
principalmente por
ovejas. Ahí llevan una
vida de hippies,
haciendo el amor durante
todo el día, durmiendo
sobre un colchón delante
de la chimenea y por lo
demás no dando palo al
agua. Cuando se acaba el
dinero, regresan a
Amberes. Los padres de
Lutgart ponen a Bruno
ante una disyuntiva: “O
metemos a Lutgart en un
internado o te casas con
nuestra hija”.
Bruno y Lutgart contraen
matrimonio en 1972 y un
año más tarde nace su
hijo, Jesse Vekemans. El
matrimonio con Lutgart
dura seis años. La
pareja forma parte del
movimiento progre
semiartístico de
Amberes. Experimentan
con las drogas. El día
empieza con un canuto y
termina con otro. La
fidelidad conyugal
brilla por su ausencia,
y el matrimonio
naufraga.
Bruno se va a vivir con
un amigo artista a un
apartamento. Ahora se
siente como un verdadero
artista, incomprendido
por el entorno
pequeñoburgués de la
ciudad. Pero como hay
que ganar dinero para
alimentar a su hijo,
trabaja como operario en
una empresa de limpieza
industrial. Realiza todo
tipo de trabajos sucios
y peligrosos con
productos químicos,
limpia retretes de
supermercados... “Seguí
trabajando como obrero
porque tenía un hijo.
Entonces te das cuenta
de la responsabilidad
que tienes”. Además, el
trabajo que realiza
encaja perfectamente en
la filosofía antisistema
del movimiento progre de
Amberes: mejor fregar
retretes que
comprometerse con un
trabajo decente pero
colaboracionista con el
sistema.
Representaciones caricaturescas
Vekemans sigue dibujando
a lo largo de los años
70, durante su
matrimonio con Lutgart y
tras su separación. Se
niega a utilizar papel
de dibujo. En su opinión
este papel tan bueno es
para burgueses. Vekemans
compra papel de borrador
muy barato, utiliza
trocitos de cartón o
dibuja sobre los envases
de refrescos. Hace sus
dibujos con bolígrafos
bic y rotuladores,
materiales sencillos y
sobrios. Todas las
noches hace pequeños
dibujos. De vez en
cuando vende alguno. Con
su carpeta se recorre
todas las galerías de
arte, pero recibe más
rechazos que
aceptaciones. Vekemans
no es, lo que se dice,
un artista de éxito.
Cosa que por otra parte
está bien, porque tener
demasiado éxito resulta
sospechoso. Entonces se
es indudablemente un
burgués.
En este período Vekemans
visita todos los
domingos fielmente el
Museo de Bellas Artes de
Amberes. Esta costumbre
data desde su
adolescencia. Ahí admira
a los maestros antiguos:
la “Santa Bárbara de
Nicomedia” y la “Virgen
de la Fuente” de Juan
van Eyck, la
impresionante
representación de la
“Virgen” de Jean Fouquet,
los virtuosos lienzos de
la colección Rubens, las
obras del joven James
Ensor, los oscuros
paisajes y campesinos
neocubistas del
expresionista flamenco
Constant Permeke o el
expresionismo fantástico
de Frits van den Berghe.
Vekemans puede pasarse
horas admirando estos
cuadros. También le
fascina la obra del
artista amberino Fred
Bervoets, que se labró
un renombre en los años
70. Bervoets ha sido
fuente de inspiración
para numerosos pintores
flamencos. Aunque
actualmente ha
desarrollado una obra de
nivel internacional,
nunca ha sido aceptado
por el establishment
vanguardista. Pero esto
es algo que ocurría con
bastante frecuencia a
los artistas en la
Europa —y sobre todo en
la Bélgica— de los años
70, que seguían pintando
en contra de todas las
tendencias. Bervoets
resultó ser un precursor
involuntario de los
Neue Wilden (nuevos
Salvajes) alemanes y de
la transvanguardia
italiana, del
renacimiento de la
pintura, del
posmodernismo. Los
dibujos que hace
Vekemans a finales de
los años 70 muestran una
gran similitud con la
obra narrativa y gráfica
de Bervoets. Vekemans
hace uso de la técnica
automática empleada
también por Bervoets, el
dibujo rápido e
irracional de
historietas, hechos
diversos y anécdotas de
su vida personal. Los
dibujos grotescos
realizados en formatos
asombrosamente pequeños
—trizas de papel de
entre cinco y diez
centímetros— nos
recuerdan las
representaciones
caricaturescas de los
manuscritos iluminados
tan populares entre los
siglos XIII y XV.
También guardan
referencia con los
dibujos distraídos o
pequeños garabatos
inconscientes.
Las representaciones
caricaturescas de
Vekemans producen
engendros híbridos y
grotescos de la
tradición de El Bosco,
Breughel, Ensor: figuras
con cabeza de pájaro,
esqueletos, picotas y
cruces a las que están
atadas figuras desnudas,
representaciones con
tintes sexuales: seres
copulando, falos
voladores, mujeres con
aspecto de insecto con
las piernas abiertas y
alguna que otra vez
referencias al
movimiento anarquista o
protestatario. En muchos
dibujos se ríe
descaradamente de la
iglesia católica, una
institución a la que
Vekemans llega a
aborrecer. Tampoco la
casa real belga se libra
de sus burlas. En un
cómic de 1978 la “polla
de Balduino” se expone
en un museo donde es
admirada por pequeños
demonios. A menudo
Vekemans firma sus
representaciones
caricaturescas como
Onurp, que es su nombre
de pila escrito al revés
donde ha sustituido la
“b” por la “p”. Su
seudónimo es una
onomatopeya de un
campesino anarquista
vociferante.
Collages
comprometidos
A finales de los años 70
Vekemans se harta de
dibujar. Incluso esta
actividad la considera
como algo burgués y
empieza a experimentar
con collages
fotográficos. Esta
disposición a
experimentar, a cambiar
“de estilo” es algo
característico de
Vekemans. En el futuro
lo volverá a hacer
varias veces. Aunque
aparentemente rompe
abruptamente con su
“anterior” período, se
observa una continuidad
en la obra de Vekemans.
En el paso de los años
70 a los 80, desde los
dibujos con
representaciones
caricaturescas a los
collages
fotográficos, no se
observa una evolución en
su temática narrativa
crítica. En sus
collages sigue
denigrando
despiadadamente a la
iglesia y a la casa
real. Llama la atención
el hecho de que sigue
trabajando en formatos
muy pequeños. Muy pocas
veces sus collages
superan las dimensiones
de una tarjeta postal.
Su “Retrato de Balduino”
es toda una afrenta a
este monarca
profundamente católico,
que aparece con una
mujer desnuda
agarrándole la
entrepierna. En su
“Pravda” aparece un
Cristo crucificado
empalado a un tenedor.
En “Robe élégante” juega
con la palabra robe,
la ropa del cardenal y
la de una esbelta
señorita que solo va
vestida con lencería. El
artista también produce
collages
comprometidos política y
socialmente, que hacen
referencia al
colonialismo del Congo
belga, a los oleoductos
de los que Europa
depende durante la
crisis del petróleo, a
las hambrunas en
África... O hace una
crítica de las amas de
casa sentadas
tranquilamente detrás de
sus ventanas
termostáticas, mientras
que en la calle acecha
el monstruo del nazismo.
El nazismo es un tema
recurrente, persistente
en su “Tomatensoep”, un
collage donde un
plato de sopa de tomate
flota por encima de un
campo de concentración.
|
 |
En 1979 la OTAN decide
instalar cohetes
nucleares en toda
Europa, para
contrarrestar los
cohetes SS20 de la Unión
Soviética, un tema que
pasa a formar parte
fundamental de la agenda
política belga. En la
Bruselas de principios
de los años 80 se
manifiestan cientos de
miles de personas contra
las armas nucleares.
Esta cuestión abre una
brecha en la política
belga que perdura largo
tiempo. Con sus
collages críticos,
Vekemans se posiciona
sobre el tema de los
cohetes. En sus
collages los cohetes
sobrevuelan Bélgica,
propulsados por el fuego
de la fábrica nacional
de cerillas Union Match.
En otro collage
sustituyen la cabeza —y
también el cerebro— de
un hombre vestido con
traje y corbata.
En equilibrio
Si bien en los años 80
Vekemans produce obras
totalmente distintas, ha
perdido toda esperanza
de poder vivir algún día
de sus creaciones
artísticas. Sigue
produciendo obras, pero
hace mucho que no las
expone en galerías.
Entretanto ha iniciado
una nueva relación
sentimental con Luce, la
mujer con quien
convivirá durante seis
años. Pero a ella no le
interesa demasiado su
ambición artística y
también esta relación
fracasa. Dos encuentros
casuales llevan a
Vekemans a madurar
pictóricamente: el
encuentro con un
anticuario y con una
joven con zapatos de
tacón rojos.
Paul Verbeeck conoce el
ambiente nocturno de
Amberes que vivió
Vekemans en los años 70.
En aquellos convulsos
años el anticuario
explotaba una serie de
salas de fiesta muy
conocidas en el centro
de la ciudad. Los dos
hombres nunca habían
coincidido. Pero eso va
a cambiar un día cuando
Vekemans se deja
convencer por un amigo a
visitar la tienda del
anticuario amberino.
Verbeeck reconoce la
calidad en cuanto la
tiene delante, y ve
futuro en el trabajo de
Vekemans. No tanto en
sus collages,
sino más bien en sus
dibujos. Verbeeck le
compra de golpe unos
cinco. Una semana más
tarde los ha vendido
todos. En ese momento se
produce una peculiar
simbiosis entre ambos
hombres que será
determinante para la
futura obra de Vekemans.
Ambos sellan un pacto
tácito. Vekemans pinta y
dibuja, Verbeeck se
encarga de todo lo
demás.
En esa misma época
Vekemans conoce a una
joven en un café. Al
artista le llama la
atención sus zapatos
altos color rojo y su
cabellera negra como el
azabache. La mujer le
recuerda a la Maja de
Goya. Así se lo dice
cuando se le acerca para
conquistarla, y resulta
que la joven conoce la
obra de Goya. Se produce
un flechazo y Vekemans
cede a los encantos de
Marita, hija de un
vendedor de cámaras
fotográficas usadas, y
traductora de español e
inglés. Dos meses más
tarde ya están viviendo
juntos y el 4 de agosto
de 1990 Marita De Ridder
y Bruno Vekemans
contraen matrimonio.
Pronto nace la primera
hija, Britt (1991), y
cinco años más tarde un
hijo, Tim (1996). Marita
lleva el equilibrio a la
vida de Bruno. El
artista puede ahora
dedicarse con total
tranquilidad a sus
cuadros. Junto con
Marita empieza también a
practicar la fotografía.
Hacen fotos en París,
Londres y Amberes que
sirven de base para sus
nuevas obras. La pareja
se muda a Brasschaat.
Ahí Vekemans vuelve a
trabajar como
socorrista, pero el
resto del tiempo lo
dedica a pintar. La gran
ruptura en su obra
pictórica tiene lugar en
1989. Se libera
radicalmente de la
narrativa. Ya no quiere
contar cuentos, ni
anécdotas, ni hacer
críticas del mundo, ni
mostrar ningún
compromiso. Solo quiere
pintar. Entre los brazos
de Marita y bajo la
supervisión de Paul
Verbeeck va madurando un
pintor.
Después de la vanguardia
El clima político y
social en que se
desarrolla un artista
tiene un impacto
importante sobre su
vida, un impacto que —de
forma voluntaria o no—
puede quedar reflejado
en su obra. La obra de
Bruno Vekemans empieza a
madurar a finales de los
años 80 y principios de
los años 90 del siglo
pasado, un período en el
que el posmodernismo
hace su aparición en
todas las artes, la
literatura, la
arquitectura, la
filosofía, la psicología
y la política. El mundo
que se forma en ese
período se vuelve cada
vez más pluralista,
multiétnico e
intercultural. Ese
pluralismo es
diametralmente opuesto a
las teorías del arte de
vanguardia del
modernismo que perduran
hasta bien entrados los
años 80 y que hoy en día
intentan sobrevivir
entre las elites
artísticas. Para poder
ubicar la obra de Bruno
Vekemans, es importante
trazar la zona de
tensión que se produce
durante el paso del
modernismo al
posmodernismo. En su
época de madurez
Vekemans es un pintor
posmoderno tanto en lo
que se refiere al
contenido —o más bien, a
la “falta de
contenido”—, como a las
características
estilísticas de su obra.
También su incómoda
relación con el
establishment
artístico de Bélgica
—que hasta hoy sigue
utilizando una jerga
modernista en desuso— es
característica de muchos
artistas posmodernos.
En sus representaciones
caricaturescas y en sus
collages Vekemans
flirtea con conceptos
vanguardistas. Una
característica del
movimiento vanguardista
es su oposición a las
normas burguesas y el
empleo de una jerga
revolucionaria de
izquierdas. Los críticos
del movimiento
vanguardista, como
Clement Greenberg, ya en
los años 50 y 60
escupían sobre todo lo
que olía a burguesía,
mentalidad burguesa y
clase media. Esto es
exactamente lo que hacía
Vekemans cuando dibujaba
sus representaciones
caricaturescas con
bolígrafo bic sobre
papel barato, o cuando
humillaba a la iglesia o
a la casa real en sus
collages. Lo que
pretendía Vekemans ante
todo era no ser burgués
y en todos sus
collages adoptaba
unas actitudes
comprometidas que debían
contribuir a cambiar la
sociedad.
El cambio y la
renovación eran, desde
la introducción del
movimiento vanguardista
con el realismo chocante
de Courbet en el siglo
XIX, las ideas
principales del
modernismo. El
movimiento vanguardista
se convirtió en la
fuerza motora tras el
desarrollo del arte del
siglo XX. Atosigaba a
los artistas, les hacía
experimentar,
escandalizar, renovar,
inventar y reinventar.
Muchos movimientos
vanguardistas estaban
relacionados con el
materialismo dialéctico
y adoptaron elementos de
la jerga marxista
—escribían
“manifiestos”— para
subrayar su carácter
revolucionario. El arte
del siglo XX evolucionó
por otra parte según la
dialéctica, en una
sucesión histórica
formal de tesis,
antítesis y síntesis.
Los estilos se
desmarcaban de los
estilos anteriores, y a
su vez producían nuevos
estilos. Para el crítico
de arte esa sucesión
clara de “estilos” y
grupos de artistas que
perseguían los mismos
ideales era como un
regalo caído del cielo.
Al fin y al cabo se
podía estar a favor o en
contra de esos grupos y
participar en intensos y
a veces revolucionarios
debates sobre la
evolución del arte y de
la sociedad. La crítica
del arte se posicionó
como guardiana del
verdadero modernismo,
separando de forma
inmisericorde el grano
de la paja. A este
respecto, la crítica del
arte impuso al artista
toda una serie de
limitaciones, que
desaparecieron a partir
de los años 70 cuando se
introdujo el concepto de
posmodernismo.
El concepto de
posmodernismo ya formaba
parte en 1972 de la
crítica a la postura
rígida del modernismo.
En 1977 se introdujo
furtivamente en la
teoría de la
arquitectura en The
Language of Postmodern
Architecture,
de Charles Jencks, que
describía una nueva
corriente arquitectónica
y que en 1979 pasó a
formar una parte
definitiva de la
filosofía cultural tras
la publicación de La
Condition Postmoderne
del filósofo francés
Jean-François Lyotard.
Lyotard describió una
visión del mundo donde
las “grandes historias”
daban paso a la
diversidad, el
pluralismo y las
microhistorias. Por
“grandes historias”
Lyotard se refería a las
opiniones y visiones del
mundo que pretendían
hacer ver la realidad e
indicar el camino para
modificar esa realidad
en función de un
supuesto ideal. El
modernismo cumplía este
papel en las artes
plásticas y los
movimientos
vanguardistas tomaron la
delantera para realizar
el cambio. Pero esto
parecía de repente estar
llegando a su fin. El
cambio, la renovación y
la protesta ya no
resultaban esenciales.
Volver a pintar
En 1981 la Royal Academy
de Londres, inaugura la
exposición New Spirit
in Painting. Los
conservadores escriben
que es “inconcebible que
la representación de las
experiencias humanas, en
otras palabras, las
personas y sus
emociones, los paisajes
y los bodegones pudieran
proscribirse para
siempre de la pintura”.
Un año más tarde
Newsweek publica un
artículo sobre el nuevo
fenómeno: “The
Revival of Realism”.
El artículo advierte a
los pintores —entre
otros, Chuck Close,
Philip Pearlstein y
Larry Rivers— del
peligro de caer en una
“nostalgia seductora”,
para que no fuesen
considerados como los
herederos de los
aborrecibles pintores
académicos del siglo
XIX.
Liberados del yugo del
movimiento vanguardista,
los artistas por fin
pueden hacer lo que les
viene en gana. También
para Vekemans esa
libertad ofrece nuevas
posibilidades. Una obra
de arte ya no tiene por
qué ser original: la
originalidad y la
autenticidad son como
limones exprimidos por
el modernismo y por
tanto carecen de
contenido. Una obra de
arte ya no tiene por qué
ser el instrumento de
revoluciones sociales,
ni perseguir algún ideal
social o cultural, ni
ser chocante o
revolucionario. Una obra
de arte también puede
haber sido “pintada” de
nuevo e incluso
despertar un “disfrute
estético”. En Italia
Achille Bonito Oliva
lanza el término
transvanguardia para
describir a un grupo de
jóvenes pintores —como
Sandro Chia, Francesco
Clemente, Enzo Cucchi o
Mimmo Paladino, artistas
que vuelven a introducir
las gestas en el arte
pictórico y que pueden
volver a disfrutar del
placer de pintar.
La obra de Bruno
Vekemans a partir de
1990 está más próxima a
la transavanguardia
italiana que al brutal
neoexpresionismo de los
Neue Wilden
—Fetting, Middendorf,
Baselitz o Immendorff—
que en ese mismo momento
hacen furor en Alemania.
A partir de 1990
Vekemans se dedica
plenamente a la pintura.
Al principio utiliza
técnicas de collage.
Combina retratos
pintados con recortes.
También juega con un
lenguaje pictórico que
saca —no por casualidad—
del pop art. Esta
última corriente
artística es la
precursora del
posmodernismo posterior.
Vekemans pinta sobre
papel de molde barato y
sigue coleccionando
revistas para recortar
imágenes. A pesar del
giro radical producido,
vuelve a haber una
constante en su obra. Al
igual que en sus
collages, “toma
prestados” sus temas. No
va, como los pintores
clásicos, en busca de
modelos para pintar.
Fisgonea —como ya lo
hizo para sus
collages— en libros
y revistas en busca de
“imágenes”. Sobre todo
busca imágenes icónicas:
Andy Warhol, Lou Reed,
Brigitte Bardot, Charles
Bukowski, Henry Miller,
Serge Gainsbourg,
Humphrey Bogart, James
Joyce, Billie Holiday,
Yves Montand, músicos de
jazz como Satchmo o
Willie “Bunk” Johnson.
También utiliza el
trabajo de un fotógrafo
por el que siente un
aprecio extraordinario,
Brassaï, seudónimo del
artista húngaro-francés
Gyula Halász. Brassaï
fotografió a
intelectuales y miembros
de la alta sociedad en
París en el período de
entreguerras, pero
también supo captar
magistralmente la
belleza nocturna de la
ciudad.
En los cuadros que pinta
en los años 90 Vekemans
mezcla influencias del
pop art y las
máscaras étnicas del
cubismo de Picasso, los
vivos retratos de Henri
Matisse o la obra
gráfica del modernista
flamenco Floris Jespers.
Vekemans pinta con
gouache sobre papel.
Maneja unos trazos
firmes, como un
dibujante gráfico o de
cómics, y rellena los
planos con furiosas
pinceladas. Dibuja
inclinado hacia
adelante, con el papel
en el suelo.
En estos cuadros queda
patente que Vekemans es
un colorista de talento.
Su paleta de colores no
suele ser muy osada pero
siempre ofrece un
equilibrio desafiante.
Por primera vez se
atreve a pintar paisajes
urbanos y estos cuadros
constituyen lo mejor de
ese período. Irradian el
ambiente desolado de los
paisajes de Edward
Hopper o Leon
Spilliaert.
El hombre anónimo
En su amplia serie de
paisajes aparecen de vez
en cuando algunos
personajes, pero casi
siempre son anónimos.
Hay una figura que
aparece constantemente,
un hombre con traje o
gabardina. A veces lleva
sombrero, otras veces
no. Casi siempre se le
representa de espaldas.
Esa figura solitaria
confiere una sensación
opresiva a los paisajes
de Vekemans. Los
críticos han intentado,
sin éxito, describir ese
peculiar ambiente. Hacen
referencia a la
condition humaine de
finales del milenio, a
la alienación del ser
humano. Pero
desgraciadamente se
olvidan que Vekemans es
un pintor posmoderno que
no quiere contar una
historia, tampoco la
historia de la
alienación del ser
humano. El hombre que
aparece una y otra vez
en sus paisajes urbanos
es un mero elemento
formal, un instrumento
de composición para
romper el paisaje o
crear un punto de
enfoque para la mirada.
Ese hombre solitario
carece de cualquier
significado profundo.
Vekemans se ha liberado
de la narrativa, de las
historias, de los
significados.
En los años 90 también
hace dibujos. Vekemans
no dibuja con soltura,
no es un dibujante
virtuoso. Sus dibujos
esbozados develan
impúdicamente su
técnica. Vekemans
proyecta su material
pictórico sobre el papel
y dibuja sobre la imagen
proyectada. Esta técnica
ya fue utilizada por
Ingres y produce dibujos
como los de Warhol. El
material básico de
Vekemans consiste en
fotos y láminas. Combina
diferentes imágenes para
poder hacer una
cuidadosa composición.
Seguirá utilizando ese
método también en sus
cuadros y dibujos
posteriores, más
“realistas”.
Los cuadros de Vekemans
se venden bien. El
anticuario Paul Verbeeck
se ha convertido ahora
en su representante y
“coloca” las obras del
artista en galerías de
Bélgica y del
extranjero, primero en
los Países Bajos,
después en Japón,
Australia y EE.UU. Solo
en 1991 Vekemans
organiza tantas
exposiciones como en los
veinte años anteriores.
Vekemans deja
temporalmente su trabajo
en el municipio de
Brasschaat. Se concentra
plenamente en sus
cuadros. Hasta que a
finales de los años 90
vuelve a tener la
impresión de encontrarse
en un callejón sin
salida. Se ha cansado de
pintar sobre papel de
molde. Una noche en
1999, cuando está en una
galería, se apagan todas
las luces y observa cómo
los óleos parecen
relucir. Decide comprar
pinturas al óleo. Hasta
entonces había evitado
este medio. Por pura
modestia. Pintar con
óleo sobre lienzo era el
privilegio de los
grandes maestros.
En los próximos diez
años Vekemans pintará el
20 por ciento de sus
obras sobre lienzo,
principalmente en
grandes formatos. En
cuanto al resto de su
producción artística,
seguirá siendo fiel al
papel. Ahora pinta sobre
todo sobre papel
antiguo, de entre 200 y
300 años. A veces lo
hace sobre hojas en
blanco, a menudo hojas
ya escritas, que forman
parte de tomos o libros.
En este mismo período,
el ordenador entra a
formar parte de la obra
de Vekemans. Significará
un nuevo giro en su
obra.
Realismo engañoso
Cuando en una ocasión
imprime una foto con el
ordenador de su hijo
Jesse, Vekemans queda
impresionado por la
imagen que sale de la
impresora. Es
exactamente la imagen
que andaba buscando.
Acto seguido Vekemans se
compra un ordenador de
sobremesa y le instala
el programa Photoshop.
Es un analfabeto
informático total y
utiliza Photoshop
exclusivamente para
retocar sus fotos con
los efectos
preestablecidos. Imprime
la misma foto una y otra
vez con diferentes
efectos, selecciona lo
que le gusta y lo monta
todo sobre pequeñas
hojas de papel. Proyecta
esas imágenes en blanco
y negro sobre lienzo o
papel. Su enfoque es
comparable al
posmodernismo en la
música, al muestreo de
los músicos de rap que
toman prestado riffs
de diferentes fuentes y
hacen un montaje
totalmente nuevo.
Vekemans hace un
muestreo de imágenes
prestadas. Así surgen
sus obras de principios
del siglo XXI. Son mucho
más “realistas” que las
de los años 90. Sin
embargo, ese realismo no
tiene nada que ver con
la nueva escuela del
siglo XXI de pintores
más bien conservadores
que se identifican como
Derriere Guard y
que describen su obra
con la paradoja de
“realismo clásico” o
New Old School. Este
grupo cada vez mayor de
pintores realistas
cuenta con una formación
clásica, prestan mucha
atención a la artesanía
tradicional y quieren
volver a introducir en
la pintura el clásico
canon grecorromano de
forma y belleza. El
realismo de Vekemans se
relaciona de la misma
forma a estos pintores
neotradicionalistas como
un posmodernista como
Gerard Richter. Richter
también ha pintado gran
número de cuadros
realistas, pero su
realismo investiga
“convenciones
fotográficas” como
imágenes borrosas, está
interesado en el
funcionamiento de la
“imagen” y está
estrechamente vinculado
con sus obras
abstractas. El realismo
de Richter es engañoso o
falso. Lo mismo puede
decirse de la obra que
Vekemans realiza a
principios del siglo
XXI. Su realismo es
meramente consecuencia
de los nuevos recursos
técnicos utilizados,
como el retoque
fotográfico por
ordenador.
En una de las primeras
obras que hizo al óleo,
retrató la
Boerentoren de
Amberes. Esta torre de
87,5 metros de altura,
terminada en 1931, fue
uno de los primeros
rascacielos de Europa.
La torre se levantó en
medio del casco antiguo,
a un tiro de piedra de
la catedral tardogótica
de Nuestra Señora, un
lugar destruido por
completo en los
bombardeos alemanes de
la Primera Guerra
Mundial. Los orgullosos
amberinos, siguiendo el
modelo americano y con
motivo de la Exposición
Mundial de 1930, querían
levantar un verdadero
rascacielos. Esa
respuesta de Amberes a
la Primera Guerra
Mundial es la que pinta
Vekemans con una
envergadura que marca la
tónica de su obra
durante el siguiente
decenio. Es como si con
la Boerentoren
Vekemans mostrara
directamente su talento:
un potente paisaje
urbano, pintado con un
realismo casi
fotográfico en una
extraordinaria paleta de
colores. Vekemans
todavía esboza los
contornos de sus temas,
pero ya no rellena
furiosamente los planos.
Ahora utiliza trapos
para aplicar la pintura
al óleo. Frota capa
sobre capa, retira
parcialmente algunas
capas de pintura y crea
así unos sutiles
matices. Deja que los
colores establezcan un
diálogo discreto y
coloca un acento fuerte
aquí y allá, con un rojo
intenso o un blanco
radiante.
Al principio sigue
sacando sus temas de las
revistas, como solía
hacer antes. También sus
retratos proceden de
todo tipo de revistas.
Sigue pintando a músicos
de jazz, como Miles
Davis o John Coltrane,
pero también a
chansonniers
europeos, como su
compatriota Jacques
Brel, cabezas de hombres
anónimos, comitivas y
desfiles con
participantes anónimos.
Vekemans pinta más
retratos de hombres que
de mujeres. En su
opinión las cabezas de
mujeres que aparecen en
las revistas son
demasiado sensibles a
las tendencias de la
moda. Encuentra más
interesantes las cabezas
de los hombres. Repetirá
casi infinitamente
algunos retratos de
hombres anónimos. Los
pinta sobre papel, en
formatos pequeños y
grandes, al óleo sobre
lienzo y pinturas sobre
vidrio (églomisés).
Esas mismas “cabezas”
son aisladas como
retrato, forman parte de
retratos en grupo o de
una multitud. Quien sea
malpensante —y algunos
críticos de arte lo son
a veces— podrá
argumentar que Vekemans
repite un “exitoso
retrato de hombre” por
razones comerciales.
Pero solo el observador
superficial podrá llegar
a tal conclusión. La
repetición, el copiar
constantemente, surge de
una dinámica muy
distinta.
Los retratos de hombres
de Vekemans son muy
interesantes, porque
ponen al descubierto
muchas zonas de tensión
en la obra del artista.
Se trata siempre de
retratos estéticos que a
menudo se describen como
“homoeróticos”. Muchos
críticos se han
confundido a la hora de
evaluar estos retratos
aparentemente
comprensibles.
En una primera “lectura”
se trata de imágenes
estetizantes de jóvenes
arrogantes, pero también
muy atractivos, a veces
solo chavales, dandys,
gigolós… Los cuadros se
titulan
correspondientemente:
“Gigoló I”, “Gigoló II”,
“Blasé”, “Hautain”...
Los jóvenes irradian un
cierto desprecio y están
inmersos en campos de
color, perezosos y
sensuales. Hay que estar
ciego para no verlo
inmediatamente: son
homosexuales. Es como si
los jóvenes llevaran
consigo un “código”, la
señal de que se trata de
“cuadros de holebis”.
La crítica de arte
tradicional, que espera
que las obras de arte
cuenten una historia,
intentó interpretar
estos retratos
homoeróticos. ¿Qué habrá
querido contar Vekemans
con ellos? ¿Serían
referencias sutiles a la
vida privada del
artista? ¿Acaso era una
crítica social o simple
y llanamente comercio?
Pocos críticos han
comprendido que Vekemans
lleva diez años sin
contar ninguna historia.
Una frase de John Cage
tipifica perfectamente a
Vekemans: “I have
nothing to say, and I'm
saying it”.
Vekemans quiere pintar
cabezas de hombres, pero
no las encuentra en las
revistas mainstream.
Las revistas para
hombres están llenas de
fotografías de mujeres,
y las revistas para
mujeres... también. Las
únicas revistas que
están llenas de cabezas
de hombres son las
revistas para gays. El
misterioso carácter
homoerótico de las obras
de principios del siglo
XXI tiene pues un origen
práctico. Vekemans saca
las cabezas de hombres
del único sitio donde
las hay: las revistas
para gays.
Simulacros
Los retratos de hombres
de Vekemans indican
claramente que el
artista no se preocupa
en absoluto por conocer
más a fondo a sus
modelos, por dibujar su
personalidad o captar
sus emociones. Sus
modelos son personas
anónimas que aparecen en
las revistas. Vekemans
trata a cada “modelo”
con la misma reserva, da
igual que sea el retrato
de un gigoló, una escena
de género o el retrato
de la hija de su amigo y
representante Paul
Verbeeck. Es como si
Vekemans sacara
impresiones de sus
modelos. Y eso es
exactamente lo que hace.
Vekemans no pinta
modelos, sino
“imágenes”. Produce
representaciones,
copias, imágenes. Pinta
lo que el filósofo
francés Jean Baudrillard
denomina simulacros,
estampas que hacen
referencia a la
realidad, pero que no lo
son en absoluto. Las
imágenes de los medios
utilizados por Vekemans
son las imágenes que
preceden a la realidad,
que nos dan la impresión
de que conocemos dicha
realidad. El hombre
posmoderno saca su
conocimiento del mundo
de las imágenes manidas
y preparadas con que se
le bombardea
constantemente y que
acaba percibiendo como
“reales”. Esas imágenes
mediáticas son más
bellas que la realidad y
enmarcan le désert du
réel. Esto es
exactamente lo que hacen
los cuadros estetizantes
de Vekemans de
principios del siglo
XXI. Repiten la
hiperrealidad de una
cultura visual de las
revistas. Nos hablan de
la depresión de los años
30, aunque nosotros no
la hayamos vivido, nos
hablan de los códigos de
imagen de los hombres
homosexuales, aunque
nosotros los hetero—
apenas los conozcamos.
Sus imágenes nos hablan
de cultura de las
imágenes, pero no de lo
que representan. No
aprendemos nada sobre la
persona representada.
Los personajes carecen
de un “yo”, son simples
impresiones de un
original anónimo. Las
figuras de Vekemans son
restantes, copias de sí
mismas, múltiplos,
impresiones anónimas de
un mundo posmoderno.
Vekemans está imbuido
por la cultura de las
imágenes, por la fuerza
de una imagen. Las
imágenes son
estetizantes porque la
cultura mediática es
estetizante. El artista
pinta lo que se ofrece
como “realidad” en las
láminas, fotos,
imágenes, simulacros.
Pinta la hiperrealidad
de Baudrillard.
Colecciona revistas,
busca en tienda de
segunda mano viejos
libros y revistas,
pósteres o panfletos.
Pega imágenes sobre
imágenes. Pinta su serie
sobre el Congo sobre
billetes de banco,
imágenes sobre imágenes.
O pinta sobre viejos
manuscritos, imagen
sobre imagen. Al igual
que no hay que buscar
nada tras la imagen que
ha pintado, no hay que
buscar nada tras el
texto del manuscrito
donde está pintado. Es
simplemente una imagen,
pintada sobre una
imagen. El artista pinta
una “no narrativa”.
Congo y Cuba
Vekemans también pinta a
menudo a muchos negros,
africanos y
afroamericanos. No por
contar ninguna historia
social, sino porque las
imágenes de personas de
color producen unos
contrastes de sombras
muy interesantes. Pinta
a músicos negros, como
Fela Kuti, Thelonious
Monk, Ray Charles… pero
también a boxeadores.
Una de las obras más
intensas del primer
decenio, aparte del
retrato de un bailarín
anónimo, es un boxeador
de color rojo sobre un
fondo naranja. La
casualidad quiso que a
Amberes llegara el
boxeador ghanés Osei
Bonsu Jackson, más
conocido como Sugar
Jackson. Este agilísimo
peso welter conquista en
2005 el título mundial
del International Boxing
Council ICB en San
Petersburgo y encadena
después un título
europeo tras otro.
Vekemans hace una serie
de retratos de Sugar
Jackson. No es la
primera vez que hace una
serie; ya lo hizo
anteriormente con las
ciudades de París y
Nueva York y con
History of Black,
una serie de cuadros de
negros. Pero sí es una
de las primeras veces
que conoce personalmente
a su modelo. Jackson no
es una imagen anónima de
una revista. Repite esa
misma experiencia cuando
visita el Congo en 2006
invitado por un
funcionario de Naciones
Unidas estacionado en
Kinshasa y que está
fascinado por los
retratos de negros de
Vekemans. Durante casi
dos años trabaja en unos
50 cuadros sobre el
Congo. Aunque está muy
impresionado por la
pobreza y la violencia
que reinan en el Congo
seguirá fiel a su
distanciamiento como
pintor y no hará ningún
comentario social en sus
cuadros. En el Congo, al
igual que lo hará más
adelante en Cuba, hace
una separación radical
entre sus experiencias y
opiniones personales y
su obra pictórica.
Queda aturdido por la
intensa gama de colores
que hay en el Congo, a
pesar de lo cual sigue
conservando una paleta
de colores muy sobria en
toda la serie, colocando
aquí y allá algún acento
fuerte en rojo, blanco,
azul o amarillo. A pesar
de que sus temas son más
exóticos, los trata con
el mismo distanciamiento
que sus dandys o sus
desolados paisajes
urbanos. En el Congo
trabaja basándose en las
fotos tomadas in situ
por la fotógrafa
amberina Caro Leriche.
Inmediatamente después
de terminar la serie
sobre el Congo, Vekemans
prepara un viaje a Cuba.
Durante su estancia en
el Congo oye hablar de
los vínculos culturales
entre el África negra y
la región del Caribe.
Espera poder en Cuba de
una forma más relajada,
sin las continuas
amenazas de violencia.
En 2008, 2009 y 2010
Vekemans viaja a La
Habana. Aquí mantiene
contactos más intensos
con la población local
que en el Congo.
Participa en rituales
tradicionales de
santería, tanto en las
casas particulares de
los cubanos como en el
Parque Metropolitano,
visita los talleres de
artistas como Eduardo
Roca “Choco” o Salvador
González Escalona, habla
en la Ludwig Foundation
con jóvenes estudiantes
académicos y queda
cautivado en el Taller
Experimental de Gráfica
por la obra gráfica de
Julio César Pena. Con el
Taller Experimental
establece en 2010 un
acuerdo de cooperación
para imprimir una serie
de grabados.
Vekemans vuelve a pintar
paisajes urbanos,
interiores de cafés y
retratos de habaneros,
pero evita caer en
cualquier cliché. Nada
de classic American
cars, ninguna
referencia a bares de
culto como El Floridita
o La Bodeguita del
Medio. Un bodegón parece
sacado del famosísimo
paladar La Guarida,
donde también se rodaron
algunas imágenes de las
películas cubanas de
culto de 1994, Fresa
y chocolate, pero
nada hace referencia a
ese estatus de culto. No
hay muchos cambios en el
modo de abordar sus
temas. No obstante, los
retratos que pinta en La
Habana son menos
estetizantes. Pinta
algunos “retratos de
carácter” de cubanos,
por lo que uno podría
pensar que ahora el
artista está más
interesado en la
personalidad de sus
modelos. Pero este no es
el caso. Al igual que
los retratos
homoeróticos son
consecuencia de sus
motivaciones prácticas,
estos retratos de
carácter se deben
sencillamente a la
abundancia de este tipo
de personajes en La
Habana. Vekemans sigue
fiel a su postura
sobria. Se limita a
pintar. La paleta de
colores de la serie
sobre La Habana se hace
aun más sobria. Pinta
casi exclusivamente en
tonalidades azules y
ocres. También pinta una
llamativa serie de
acuarelas sobre las
páginas de un registro
de bautismo flamenco del
siglo XIX.
Hemingway and his Cuban friends
es una serie de retratos
en tonos ocres para la
que solo utiliza dos
tonalidades. Ocre y
gris. El pigmento gris
es el agua donde enjuaga
sus pinceles.
En la exposición general
de sus obras en el Museo
Nacional de Bellas Artes
se muestra una pequeña
parte de la serie sobre
La Habana, estableciendo
un diálogo con el resto
de su obra. La serie
completa se expondrá en
Flandes en 2011.
Para terminar
El Museo Nacional de
Bellas Artes de La
Habana cuenta con una
magnífica colección de
antiguos maestros
flamencos como Rubens,
Van Dyck, Jordaens…
Artistas admirados por
Vekemans desde su
adolescencia y que ahora
se encuentran dos
plantas más arriba de su
exposición
retrospectiva. Vekemans
forma parte de una larga
tradición de pintores
flamencos, una tradición
no interrumpida jamás,
incluso cuando al arte
pictórico se le dio por
muerto. Pero Vekemans
pertenece a esa
generación que pasó
mucho trabajo para ser
aceptado como pintor. El
crítico de arte
norteamericano Irving
Sandler escribió sobre
ese período: “Pintar en
una era pluralista tiene
la ventaja de que los
artistas son más libres
que nunca para pintar lo
que quieran, en el
supuesto de que cada
estilo será valorado más
o menos equitativamente.
La desventaja es que los
artistas, incluso los
más individualistas y
expertos entre ellos, lo
tienen cada vez más
difícil para llamar la
atención del mundo del
arte y de obtener su
reconocimiento”.
La obra de Vekemans,
desde sus
representaciones
caricaturescas en los
años 70 hasta ahora, ha
conocido un desarrollo
coherente, una evolución
casi lógica donde solo
se produjo una única
ruptura importante. Esa
ruptura se produce
alrededor de 1989,
cuando decide que su
arte pictórico sea solo
arte pictórico, y no una
excusa para hacer
historias, críticas o
análisis extrapictóricos.
A lo largo de los
siguientes 20 años ha
seguido defendiendo
radicalmente esa
elección. Pero incluso
esa ruptura no ha
impedido que haya
continuidad en su obra.
Ha seguido utilizando la
técnica del collage,
no solo desde el punto
de vista técnico, como
anteproyecto de sus
cuadros, sino
—inconscientemente—
también desde el punto
de vista filosófico,
como el muestreo de la
cultura de imágenes de
su época. Se convierte
en un bricolador
pictórico, en el sentido
que le daba Claude Lévi-Strauss
respetuosamente en La
Pensée Sauvage, un
hombre que trabaja con
las manos y que recopila
objetos existentes para
crear algo nuevo.
Vekemans no es un
filósofo, no es un
pintor académico
virtuoso, no forma parte
de la elite artística,
simplemente es un
trabajador fascinado por
las imágenes de su
época, que repite
obsesivamente, y que
maneja una paleta sobria
y armoniosa. Y se atreve
a hacer lo que tanto
tiempo ha estado
prohibido en el arte del
siglo XX: disfrutar
pintando. |