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En su Eneida, Virgilio
pone este verso en boca
de Laoconte, sacerdote
troyano, cuando alerta a
sus compatriotas sobre
los peligros que podía
esconder el caballo de
madera, supuesta ofrenda
votiva de los griegos a
sus dioses. (En este
pasaje, muy citado en la
literatura y oratoria de
la posteridad,
“ofrendas” suele
sustituirse por
“regalos”.)
Este mundo automatizado de hoy me
abruma con novedades que
no entiendo, dígase, por
ejemplo, Internet, cuya
irracional empiria
normativa me niego a
memorizar. Más allá de
un trasteo de
supervivencia en el
correo electrónico, el
ciberespacio, su alcance
y sus nautas me
acomplejan, y cada día
siento crecer mi
extemporaneidad y mi
déficit de información.
La primera vez que oí mencionar a
Wikileaks, supe que
había publicado cerca de
medio millón de
documentos sobre las
guerras en Irak y
Afganistán.
Quedé anonadado; y pese a mi
ignorancia, entendí que
tan colosal acopio de
documentos no circularía
en soporte papel, como
hace apenas 20 años,
sino en el vehículo
etéreo, ubicuo y global
de Internet.
Un nieto mío de cuatro años, al que
yo le explicaba la
redondez del planeta con
un globo terráqueo,
quiso saber cómo hacían
los de abajo para no
caerse. Y con su misma
incredulidad y sorpresa,
yo me pregunté de dónde
sacaba Wikileaks tanta
información. ¿Cómo la
obtuvo? Y no me conformé
con saber que
correspondían a las
llamadas “filtraciones”.
Tampoco me satisfizo el dato de que
varios y anónimos
sponsors, los
dotaban de buen dinero.
Semejante ocultamiento
podía significar
protección a inocentes o
escamoteo de pruebas a
otros inocentes.
Cuando se divulgó que submarinos
atómicos gringos y
algunos israelitas
habían atravesado el
Estrecho de Ormuz para
ocultarse en aguas
estratégicas del Golfo
Pérsico, surgieron
interrogantes sobre las
fuentes de la noticia.
¿Sería una indiscreción? ¿De quién?
¿Motivada por qué
intereses?
Y de pronto advertí que el debate
sobre el origen de la
noticia, solapaba el
cuestionamiento en torno
a la legitimidad de la
violación territorial a
los iraníes. Y a la
postre, tanto se repitió
la información, que en
vez de impugnar el hecho
por ilegal, el mundo
terminó por aceptar la
presencia de los
submarinos como algo
natural. Lo importante
pasó a ser quién se
había ido de lengua.
Tales maniobras reiteran la
tradición gringa de
espiar a don Raimundo y
todo el mundo; y
después, lo hecho hecho
está, y a llorar a la
iglesia.
Y seguí sin entender aquella
noticia, como mi nieto
no entendía la
estabilidad de los
habitantes patas arriba
en la mitad inferior de
la Tierra.
Ahora mismo, tampoco tengo certeza
sobre la credibilidad de
las últimas
informaciones de
Wikileaks. Se dice que
hay un funcionario preso
por pasarlas desde el
aparato de la
inteligencia yanki, y
procedentes de embajadas
y estaciones de la CIA.
A esto se añade una
cascada de dimes y
diretes, chismes e
indiscreciones que
salpican a varios jefes
de estado, a ambos lados
del Atlántico.
Ha sido costumbre gringa poner a sus
embajadores y
funcionarios en otros
países a dar órdenes y a
espiar a diestra y
siniestra para sacar
ventajas y aplicar su
chantaje político.
Remember Watergate?
¿Por qué formar ahora
tal escandalera y
asombrarse de que
mantengan su vieja
práctica?
Yo reconozco sentirme mayoreado por
la andanada de
tecnología, por mis
déficits e
inseguridades, pero no
me chupo el dedo. Puedo
vislumbrar la jugarreta
de sembrar cizaña y
desconfianza sobre
ciertos líderes, sin
excluir a sus mejores
aliados. Eso es tan
viejo como la técnica de
mandar jinetes a cruzar
un río por cierto vado,
y luego atacar por otro.
En la guerra caliente,
eso recibe el nombre de
“maniobras de
distracción”; en la
fría, se llama
diversionismo.
La gran prensa, los entretenidos en
descifrar e intercambiar
fabulaciones, no prestan
la necesaria atención a
la cumbre sobre medio
ambiente que ahora se
celebra en Cancún. Allí,
los más desarrollados se
abroquelan en los
supuestos acuerdos de
Copenhague, y se niegan
a reducir ni un adarme
la emisión de sus
contaminantes. El cambio
climático en sus países
ahoga o congela a sus
ciudadanos, pero los
gobiernos siguen en sus
13.
Quizá por eso mismo el dispositivo
de divulgación usado
esta vez por Wikileaks
es más que llamativo y
hasta sospechoso. Se
proyecta más allá de las
fronteras cibernéticas y
alcanza espacios vedados
a las grandes mayorías,
carentes de Internet.
Julian Assange prefiere
expandirse en los cinco
periódicos de mayor
circulación mundial;
alcanzar a un vasto
público amaestrado como
el perro de Pávlov, y de
paso, tornar más
rentable su
chismografía.
Eso, en el orden económico.
Y en el político ¿a quién le
conviene? “Cui
prodest?”
Luego me entero que Julian Assange,
creador de Wikileaks
radica en Suecia, donde
se lo acusa de varias
perversiones sexuales.
¿Así que el australiano radica en
Suecia?
Otra noticia me informa que el sitio
web del ex brillantísimo
“hacker”, opera
con algún tareco sueco,
o dispone de un acceso
de entrada o algo
similar. En fin, que el
indiscreto Wikileaks se
extiende de una punta
del planeta a la otra,
como corresponde a este
mundo globalizado.
Y ahora, la Interpol tiene circulado
a Julian Assange, por
vía electrónica, of
course. Esto me
recuerda que Bin Laden
alternaba entre New York
y una cueva de
Afganistán, de donde se
asomaba cada tanto para
revelar algún mensaje.
De una punta del planeta
a la otra, como
corresponde a este mundo
globalizado.
Este viraje de la tortilla empieza a
inquietarme. Si
Wikileaks, además de
fama y aplausos entre
los disconformes y
chismófagos, se
acreditara como verídico
y valiente, podría
convertirse en una
temible amenaza.
¿Qué pasaría si Assange se aparece
entonces con un
testimonio apócrifo,
fabricado por la
industria yanqui de
maledicencia, donde se
acuse al presidente
Chávez de financiar el
programa nuclear de Irán
a cambio de armas
atómicas?
Semejante peligro para la seguridad
hemisférica y en
particular para los
EE.UU. requeriría
eliminarlo sin demora, y
desde Colombia, claro.
No logro soslayar la idea de que es
imposible asimilar y
responder casi un millón
de documentos. ¿Tal
cúmulo de revelaciones
no podrían servir de
cortina de humo para
esconder aviesos
propósitos?
Ya ocurrió con la perestroika.
¿No será también Wikileaks un
caballo de Troya y
Julian Assange otro
“astuto Odiseo, ducho en
ardides”?
6 de diciembre de 2010
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