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La derecha en el
continente se recompone
y sus fracciones más
duras han decidido pasar
a la contraofensiva. Si
bien este dato de la
realidad no se le puede
atribuir solo al titular
de la Casa Blanca, es
importante tomar en
cuenta que la “era”
Obama le ha posibilitado
a EE.UU., después de
momentos de crisis de
dominación, pasar de
tres a siete en el
número de gobiernos
afines a su política
exterior en América
Latina.
Obama, cuya madre y
padre adoptivo mantenían
una estrecha relación
con la estación CIA, se
presentó, dentro y fuera
de los EE.UU., como
partidario de reformas
que disminuyeran las
crecientes desigualdades
sociales en lo interno y
de estrechar un nuevo
tipo de lazos con la
América Latina que se le
estaba escurriendo de
las manos.
Es ahí donde la imagen
externa no coincide con
la situación interna.
Los demócratas, de la
mano de Obama, han
perdido las elecciones
legislativas de
noviembre pasado. Los
republicanos han
recuperado la Cámara de
los Representantes
después de haber sido
desplazados en 2006 y en
el Senado han recuperado
terreno tras su victoria
en estados importantes
por su peso político y
económico. Los primeros
alcanzan a un total de
233 en ambas cámaras,
mientras los segundos
llegan a 285.
En enero de 2009, cuando
Obama asumía la
titularidad de la Casa
Blanca y en su discurso
aseguraba que EE.UU. iba
a recuperar su liderazgo
en el mundo, incluyendo
en América Latina, no
estaba diciendo nada que
no estuviera en el orden
de posibilidades y
prioridades. A pesar de
que su predecesor
—George Bush (hijo)— se
esforzaba en atender
simultáneamente el mundo
con su predominante
política guerrerista,
América Latina se
encontraba insurgente.
Inducidos por la
iniciativa de los países
miembros de la
Alternativa Bolivariana
de las Américas (ALBA),
un sentimiento de
alcanzar mayor autonomía
ante los EE.UU. se
apoderaba de la mayor
parte de los gobiernos
del continente. Solo
Colombia, México y Perú
mantuvieron un nivel de
articulación con
Washington y no pocas
veces chocaron con
Venezuela y Bolivia, los
dos países que
atraviesan por procesos
de cambios inéditos y
radicales.
La relación con Colombia
es estrecha desde fines
del siglo XX, cuando el
demócrata Bill Clinton
puso en marcha el
denominado Plan Colombia
—elaborado por el
senador Dewine— con una
clara orientación
contrainsurgente, que
luego se reforzó tras
los hechos de septiembre
de 2002, cuando EE.UU.
fue escenario de
atentados terroristas
atribuidos a un exsocio
de la Central de
Inteligencia Americana
(CIA). La alianza con
Andrés Pastrana primero,
al fracasar las
negociaciones de paz en
San Vicente del Cagúan,
se enriqueció luego con
Álvaro Uribe, quien
convirtió a su país en
teatro de operaciones
concebidas para agredir
sistemáticamente a su
vecina Venezuela y
también a Ecuador. Al
primero de los países se
lo penetró
reiteradamente con
agentes de la DAS y al
segundo se lo provocó el
1ro. de marzo de 2008 al
violar su territorio
(Sucumbíos) para
bombardear el campamento
de las FARC y asesinar
al comandante rebelde
Raúl Reyes, quien
impulsaba la tarea de
buscar una salida
política negociada al
conflicto armado que
azota a ese país hace
más de 50 años. La
“seguridad democrática”
fue el manto con el que
se desencadenó la
represión de activistas
civiles y se asesinó,
con “falsos positivos”
por medio, a cientos de
colombianos inocentes y
pobres.
Con México las
relaciones han sido
igualmente cordiales y
no por eso menos
comprometidas. Tanto con
Vicente Fox, como con
Fernando Calderón, la
estrategia
contrainsurgente
expresada en la
denominada Iniciativa
Mérida —un derivado del
Plan Colombia— ha
militarizado ese país
con dos grandes
objetivos: la lucha
contra el narcotráfico y
el control de la
migración. Con el
ataque a los efectos y
no las causas, varios
estados y ciudades de
México se desangran
todos los días. A eso
hay que añadir los
planes de intercambio
comercial en el marco
del NAFTA que poco les
ha dado a los mexicanos
frente a lo que ha
perdido a favor de las
empresas transnacionales
con asiento en EE.UU. El
desequilibrio es tan
grande que ha sido el
mismo Calderón quien ha
criticado a EE.UU. por
no hacer nada para
evitar el tráfico de
armas hacia México.
Con Lima, el trato no es
distinto, aunque en el
primer semestre de este
año el presidente Alan
García reclamaba por el
mínimo de recursos que
se le asignó a ese país
y no los mil 400
millones de dólares
anuales entregados a
Uribe en el marco del
Plan Colombia. El
gobierno peruano, sin
embargo, no ha jugado el
papel de agresor militar
contra Bolivia y
Ecuador, aunque
políticamente ha sido un
dique a los planes de
crecimiento del ALBA.
Pero no se puede dejar
de apuntar en estas
acciones de la
ultraderecha
estadounidense en el
período previo a la
“era” Obama, el golpe de
Estado contra el
presidente Hugo Chávez y
el intento de una acción
similar en contra del
presidente Evo Morales
en agosto-septiembre de
2008. Al primero una
movilización del pueblo
lo devolvió a Miraflores
antes de las 48 horas y
al segundo se lo
protegió con una marcha
indígena y campesina
hacia Santa Cruz que
disuadió a los
golpistas. En ambos
estuvieron las manos de
la CIA.
De tres a siete
La “era” Obama para
América Latina tuvo una
inauguración no pensada
ni anticipada por nadie.
El 28 de junio de 2009,
a escasos cinco meses de
que el joven demócrata
ingresara a la Casa
Blanca, un golpe de
Estado expulsaba del
poder al presidente
liberal, Manuel Zelaya,
quien se disponía a
celebrar ese día una
consulta popular para
preguntarle al pueblo si
en las elecciones
generales de noviembre
de ese año colocaban una
“Cuarta Urna” para
decidir si había o no
una Asamblea
Constituyente. Los
planes de organizar la
consulta molestó a la
derecha bananera
hondureña y la base de
Soto Cano —donde EE.UU.
tiene militares desde la
década de los 80—,
sirvió para sacar al
Presidente liberal de su
país.
La OEA reaccionó como
EE.UU. quería que
reaccionara: no hizo
nada. Pero la secretaria
de Estado, Hillary
Clinton, logró que
Zelaya tomara las cartas
que la Casa Blanca
quería: la mediación de
Oscar Arias, de Costa
Rica, el mismo que en la
década de los 80
torpedeó cualquier
negociación con
Nicaragua, cuyo país era
atacado por bandas
contrarrevolucionarias,
financiadas y
organizadas por la CIA,
desde Honduras. El ALBA,
que fue el primero en
condenar el golpe, tuvo
que resignarse a un rol
secundario y recibir las
agresiones permanentes
de la ultraderecha.
Sucumbíos fue una
victoria de Bush. EE.UU.
demostraba la fragilidad
de los estados
latinoamericanos para
cuidar sus fronteras y
la facilidad con la que
las bases o tropas
militares actuaban. Ya
no hay duda de que el
territorio ecuatoriano
fue utilizado por las
fuerzas especiales
colombianas en Manta, la
base estadounidense que
Correa desmanteló
después. Pero Honduras
fue el punto de
inflexión para la
derecha continental.
La Casa Blanca se salió
con la suya. Pocos meses
después, Obama anunciaba
el cumplimiento del
convenio Bush-Uribe por
el cual se iban a
instalar siete nuevas
bases militares en
Colombia y, por si no
fuera suficiente,
preacordaba con Ricardo
Martinelli —un
empresario de
ultraderecha que se
incorporó al grupo
contrainsurgente en el
continente en 2009— la
apertura de cerca de
cuatro bases navales
estadounidenses en
Panamá, de donde
salieron años antes en
virtud de los tratados
Torrijos-Carter.
La expansión de la
derecha imperial no se
iba a detener. Siempre
en el plano
político-militar, Laura
Chinchilla Miranda gana
las elecciones en Costa
Rica en febrero de 2010.
A poco de asumir la
presidencia del país
centroamericano, la
joven política, con
estrechos lazos con
sectores influyentes
estadounidenses y USAID,
acepta que EE.UU.
movilice a cerca de
siete mil soldados con
la tarea de la lucha
contra el narcotráfico y
en el marco de la
Iniciativa de Seguridad
Regional de América
Central (CARSI), firmado
en octubre pasado.
Finalmente, en esta
guerra de movimientos y
posiciones, EE.UU. se ha
apoderado del Palacio de
la Moneda. El derechista
Sebastián Piñera ha
desplazado a la
Concertación después de
dos décadas, y los
seguidores de Pinochet
—a los que el Presidente
chileno dice no
pertenecer— se
encuentran a la ofensiva
para desarticular a los
activistas y movimientos
de izquierda. No es que
la Concertación fuese un
modelo del
antineoliberalismo. Todo
lo contrario. Pero,
dentro de los márgenes
de la rigurosa política
exterior del vecino
país, hay iniciativas
tomadas por Bachelet que
le dieron su apoyo a la
corriente
latinoamericana que
apuesta a una mayor
autonomía frente a
EE.UU.
La derecha “no estatal”
Es muy difícil no
encontrar relaciones
entre la política
exterior de los EE.UU. y
las estrategias de
fundaciones y
organizaciones de la
ultraderecha
internacional. Tan
ausente son las
diferencias que Robert
Kagan, uno de los
fundadores del Proyecto
para un siglo Americano,
manifestaba su optimismo
ante el primer discurso
que Obama hizo como
presidente.
"Obama no ha dicho ni
una sola vez que la
fuerza militar debe
utilizarse solo como
último recurso. Por el
contrario, insiste en
que ‘el Presidente no
debe nunca dudar en usar
la fuerza
—unilateralmente
si fuera necesario’, y
no solo ‘para
protegernos… cuando
seamos atacados’, sino
también para proteger
‘nuestros intereses
vitales’ cuando exista
un ‘inminente peligro’.
Esto es conocido como
acción militar
preventiva. Hay cuatro
palabras ausentes de los
discursos de Obama sobre
el uso de la fuerza:
Consejo de Seguridad de
Naciones Unidas. Obama
habla de ‘naciones
renegadas’, ‘dictadores
hostiles’, ‘alianza
muscular” y de mantener
una ‘fuerte disuasión
nuclear’. Habla acerca
de cómo tenemos que
‘aprovechar’ el ‘momento
de América’. Hay que
‘empezar de nuevo el
mundo’. ¿Es esto
realismo? ¿Se trata de
una política exterior
propia de la izquierda
liberal?’. Más claro,
agua.”
Los Neocons, que tienen
sus orígenes en la
década de los 90, diez
años después de la
revolución conservadora
de Ronald Reagan y
Margaret Thatcher,
constituyeron una fuerza
material y pensante de
George Bush y expresan
ahora el surgimiento de
una tendencia
antiliberal y que
proclama la recuperación
de los valores
occidentales y
estadounidenses
contaminados por la
migración
latinoamericana,
asiática y africana.
Los Neocons están en la
tarea de acelerar la
recomposición de la
derecha a escala
mundial. Muchos de sus
grandes pensadores y
activistas mantienen
relaciones con
españoles, franceses,
alemanes e ingleses. En
América Latina, aunque
con cierto celo y
desprecio, han empezado
a tomar contactos con
partidos de la vieja
derecha y con
empresarios-políticos de
la nueva derecha. A los
primeros les liga la
dureza del pasado —como
es el caso de Luis
Posada Carriles, un
criminal protegido en
EE.UU.- y a los segundos
por su inclinación a
concebir la política
como una gestión
empresarial.
Pues bien, en ese
contexto es que se deben
interpretar tres hechos
que no resultan
aislados. El primero, la
advertencia que el
ministro de Defensa,
Robert Gates, hizo a
Bolivia por sus
relaciones con Irán, en
el marco de la IX
Conferencia de Ministros
de Defensa de las
Américas, una instancia
de coordinación en temas
de seguridad nacida en
1995, en Florida, un año
después de la I Cumbre
de las Américas
celebrada en Miami.
El segundo, la cumbre
Los Andes en Peligro
organizada por el
Interamerican Institute
for Democracy, reunió a
opositores de los
procesos de cambio en
América Latina y aprobó
una línea de acción para
trabajar por la
expulsión de Venezuela,
Bolivia, Ecuador y
Nicaragua de la OEA, así
como en planificar el
magnicidio de Hugo
Chávez. Si bien, que se
conozca, no existe un
documento de
conclusiones, es
evidente que las
palabras allí sostenidas
no son una invitación al
juego. De hecho,
personajes como Armando
Valladares y Roger
Noriega —ambos con
estrechos nexos con la
Fundación Cubano
Americana— participaron
de la cita.
Entre los participantes
de la cumbre derechista,
estuvieron Carlos
Sánchez Berzain, Manfred
Reyes Villa, la diputada
Pierola, el dirigente
cívico cruceño Luis
Núñez, según información
del periódico Cambio.
Los reportes no citan a
Luis Posada Carriles y
otros terroristas; pero
es de suponer —por su
relación con los Neocons
y la Fundación Cubano
Americana— que no
escatimarían en
participar en acciones
de desestabilización y
planes de magnicidio.
Hace pocos meses, en
julio, Francisco Chávez
Abarca fue detenido
ingresando a Venezuela y
confesó que había sido
contratado por Posada
Carriles, el que en 1976
hizo explotar una bomba
en una nave de Cubana de
Aviación que
transportaba
deportistas.
Pero si de antecedentes
de la ultraderecha
internacional se trata,
la participación en la
Operación Cóndor en la
década de los 70, cuando
la represión, el
intercambio de
prisioneros y el
asesinato rebasó las
fronteras, es algo que
pinta de cuerpo entero a
los grupos de la
ultraderecha.
Casi simultáneamente,
una segunda reunión de
la derecha se realizó en
Colombia. UnoAmérica
—una organización de
extrema derecha
encabezada por Alejandro
Perez Esclusa— congregó
a sus miembros en
Bogotá, donde se
identificó a 14 países
de América Latina
vinculados al Foro de
Sao Paulo. En términos
militares, dada la
naturaleza de esta
organización, se los
declaró como objetivos a
desestabilizar.
Por tanto, las voces de
alerta de los
presidentes Evo Morales
y Hugo Chávez no
constituyen una
exageración. El ALBA es
el objetivo mayor de la
ultraderecha
continental, ya sea para
golpearlos directamente
o para desarrollar una
línea de aislamiento.
Por lo pronto, el
triunfo de la izquierda
en Brasil y la posición
firme de Cristina
Fernández en Argentina,
son una buena noticia
para los gobiernos de
avanzada en América
Latina. |