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Román de la Campa nació en Cuba, en 1948 y
reside hace años en
EE.UU. El ensayista
Ambrosio Fornet lo ubica
dentro de una pequeña
muestra de pensadores
que al llegar a ese país
“eran personas con un
nivel cultural o al
menos un nivel
profesional alto, con un
mundo de relaciones y
con protección por parte
del país receptor. De
manera que esas
generaciones de
emigrantes estudiaron en
las universidades, se
hicieron profesores
universitarios y
empezaron a escribir muy
rápidamente sobre
literatura cubana o
sobre la propia
problemática de la
literatura de los
cubanos en la diáspora”.
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Sin embargo, las
indagaciones de De la
Campa han hurgado más
allá de las márgenes de
la literatura y el grupo
cubano dentro de EE.UU.,
convencido de que “el
desafío a esa tradición
viene ahora de otras
imágenes: la fuerza
externa de la
performance visual
mediática, que ya
produce su propia
antología multicultural,
y ese “otro burocrático"
(de que habló Fredric
Jameson) que parece
poner en jaque al
profesor de Letras”. Su
obra incluye, por tanto,
títulos como América
Latina y sus comunidades
discursivas (1999) y
Latin Americanism
(1999). Fue coeditor del
volumen Late Imperial
Cultures. De visita
esta vez en Cuba para
integrarse al seminario
Puentes y más puentes,
convocado por el
intelectual cubano
Alfredo Guevara en el
contexto del 32 Festival
del Nuevo Cine
Latinoamericano de La
Habana, Román de la
Campa advierte en este
llamado un doble signo:
el fenómeno de la
latinidad en EE.UU. no
solo ha puesto en jaque
al academicismo
tradicional, sino a las
propias bases sobre las
que esa nación ha
intentado siempre erigir
sus fundamentos;
mientras el arte y la
literatura dan cuenta de
posibilidades inéditas
de aprehensión de una
realidad difícil de
explicar y, mucho menos,
de cuantificar. Aun
cuando a muchos
convenga.
Migraciones
latinas-cultura en
EE.UU. ¿Qué relaciones
se establecen entre
ambos procesos?
El tema de la latinidad
en EE.UU. hay que verlo
como capas históricas
para poder vislumbrar la
forma en que las
migraciones generan
cultura. Las migraciones
son un flujo humano que
pasan de un estado a
otro; pero cuando se
habla de cultura,
estamos hablando de algo
que requiere más tiempo.
En el caso de EE.UU.,
estamos hablando de un
país que no es latino y
que ya empieza a generar
un rasgo latino dentro
de sí mismo.
Por ejemplo, las
latinidades históricas
en EE.UU. las
migraciones que han
creado culturas, son los
grupos minoritarios
históricos: los
mexicano-americanos,
flujo que empieza en el
siglo XIX con el tratado
de Guadalupe-Hidalgo —o
antes, si se quiere— y
que durante el siglo XX
va aumentando hasta ir
generando una cultura mexico-americana que a
veces se llama chicana.
Se convierte en un grupo
minoritario ya que tiene
un matiz racial, étnico.
El segundo grupo sería
la migración
puertorriqueña. Como
sabemos, en 1898, cuando
queda trunca la
independencia
puertorriqueña y pasan a
ser una especie de
agregado-país, ese grupo
empieza a generar un
grupo minoritario. Va
aumentando y junto con
los mexico-americanos
conforman una migración
de trabajadores o
trabajadores que han
quedado sin trabajo.
Ambos, constituyen un
exceso de mano de obra
que entra a EE.UU. y
forma las dos grandes
culturas minoritarias,
hasta que llega la
Revolución Cubana.
1959: se produce un tipo
de agrupación que tiene
otros matices. Podríamos
hablar de ello según las
diferencias dentro de
esos mismos matices:
está el llamado exilio
histórico, las olas
migratorias de los 60 y
70; las olas de los 80 y
los 90; hasta el siglo
XXI. Ahí entran matices
económicos, raciales… La
cultura cubana en EE.UU.
no se identifica siempre
como minoritaria racial,
sino que suele verse
como una especie de
nacionalismo que no
abandona sus nexos con
el pasado. La pregunta
que habría que hacerse
es si, luego de 50 años,
el grupo cubano junto
con el chicano, el
puertorriqueño y los
otros grupos de
latinoamericanos que
ahora emigran hacia
EE.UU., conforman una
especie de etnicidad de
lo latino en ese país
que a veces no
especifica nada de lo
que te acabo de decir.
Sin embargo, tengo
entendido que los
cubanos no se reconocen
en ese concepto de
“latinos”…
Sí, pero los cubanos
llegan a ser incluidos
en estos grupos, por
ejemplo, por los
políticos o los medios
de comunicación. Estos
factores tienden a
homogeneizar al grupo
mientras cada uno de
ellos, en su interior,
tiende a hacer
distinciones.
Este es un fenómeno muy
complejo, pero muy
contradictorio. Se dice,
por ejemplo, que ahora
en EE.UU. hay más
latinos que negros, lo
cual es cierto, pero
solo si sumas estos
grupos que acabo de
mencionar. Ahora,
¿cuáles son las
características que
tienen en común?: no
está claro. Se dice
entonces que son una
fuerza política, una
fuerza que tiende a
votar un poco más como
demócratas que como
republicanos… lo cual es
cierto, aunque de manera
general no se aplique a
los cubanos. De manera
que si preguntamos ¿qué
relación hay entre
migración y cultura?,
podemos decir que las
migraciones se vuelven
culturas y las culturas
poco a poco integran
agrupaciones políticas.
¿Qué hay dentro de lo
latino?: el idioma, la
religión, el concepto de
la familia… y aun ahí
hay diferencias. El
catolicismo de los
latinos, por ejemplo, ha
pasado por diferentes
cambios y ahora se ve la
influencia del
protestantismo. En
EE.UU., la religión se
ve como algo más formal,
más abstracto que como
se practica en América
Latina. No hay una
relación comunitaria, es
un país más suburbano. Y
el idioma es un gran
debate: ¿hasta qué
punto, después de pasada
una generación, los
latinos en EE.UU. se
vuelven monolingües?
Mantienen una especie de
cariño por el español,
pero la mayoría
adquieren un bilingüismo
difícil de definir. Eso
es lo que dan los datos;
pero ahí es donde viene
el complejo tema de la
forma en que se produce
el saber sobre lo
latino.
¿Cómo participan los
centros académicos e
intelectuales en la
conformación de esa
latinidad?
Los centros académicos
—las ciencias sociales,
sobre todo— se encargan
de medir las
migraciones, el impacto,
son estudios que tienden
más hacia lo
cuantificable. Con el
tiempo, ha habido un
énfasis en darles más
recursos a estos
estudios y han surgido
especialistas en estos
temas. Pero cuando
pasamos a lo que
llamamos la dimensión
simbólica de la cultura,
se hace difícil
definirla. Por ejemplo,
lo que hace un momento
te decía: ya para la
segunda generación,
muchos latinos hablan
más inglés que español.
Sin embargo, ¿cómo se
explica que la estación
de radio más escuchada
en Nueva York transmita
en español? Es difícil
de explicar. La única
explicación sería que
con la entrada del siglo
XXI, la cultura latina
se está
latinoamericanizando. Es
decir, las migraciones
legal e ilegal han
crecido tanto, que se ha
conformado una especie
de transmisión cultural
con los antiguos grupos
migratorios históricos
de los que te hablaba.
El grupo de los primeros
emigrantes cubanos en
EE.UU de la década del
60, se recubaniza con
las olas migratorias más
recientes de cubanos. Es
interesante verlo en
Miami: personas de más
edad que empiezan a
tener relaciones con esa
cubanidad que solo
conoció la cultura de la
Revolución. Los
resultados de eso son
difíciles de medir y
esos centros académicos,
con sus teorías, se
vuelven insuficientes.
¿Y el arte, la
literatura?
Son las expresiones más
capaces de definir esos
procesos, difíciles de
medir con cifras. Es
interesante, sobre todo,
en el terreno literario
y te pongo un ejemplo:
en el año 2007, la
novela más galardonada
en inglés la escribió
Junot Díaz, de
ascendencia dominicana.
¿Qué ocurre entonces?
Cuando la mejor novela
en inglés de EE.UU. ha
sido escrita en español,
¿qué significa para la
disciplina literaria del
inglés? Es un choque.
Es interesante el tema
de las disciplinas, los
saberes. En EE.UU.,
desde mi puesto como
docente universitario,
insisto en que la
literatura
norteamericana debería
ocuparse de la
literatura latina aun si
está escrita en inglés.
La literatura latina
escrita en inglés, ¿a
qué pertenece? ¿Cómo lo
explicas si, aunque esté
escrita en inglés y
desde EE.UU.,
culturalmente pertenece
a Latinoamérica o al
Caribe? La latinidad en
EE.UU. está provocando
un cambio disciplinario,
desafíos dentro del
campo disciplinario.
Entonces, ¿hasta qué
punto podemos decir que
los latinos se están
“integrando” o que la
latinidad responde a los
modelos de “asimilación”
históricos que han
existido en EE.UU. —esa
que contempla la llegada
a sus tierras de
personas de otros
lugares del mundo y
conforman la nación
americana? Estamos
viendo un fenómeno de un
público que cultiva una
especie de nacionalismo
múltiple, de lenguaje
múltiple y de cultura
múltiple; pero eso es
difícil de definir y
mucho más difícil de
aceptar.
Para el científico
social —y me voy a
referir a este tema,
pues he leído sobre
ello, aunque yo mismo no
sea un científico
social—, la preocupación
primordial es intentar
responder la pregunta de
si el latino se va a
integrar. En muchos
sentidos, las ciencias
sociales en EE.UU. están
más ancladas en los
saberes de la nación;
mientras que las
disciplinas artísticas
se preocupan más por las
trasgresiones.
Las representaciones
acerca de “lo latino”
que llegan a las
personas, sin embargo,
no son aquellas
generadas en los centros
académicos, sino las que
provienen de expresiones
como el cine, la
televisión, la
literatura…
Correcto. Las ciencias
sociales son
importantes, pero
usualmente no pasa al
llamado conocimiento del
pueblo… ni siquiera de
los más educados. No
obstante, sí pasa a las
organizaciones
gubernamentales que se
alimentan muchas veces
de sus investigaciones
para tomar medidas. En
ese sentido, por un
lado, hay una relación
entre las ciencias
sociales y el discurso
oficial, el de la
organización de la
sociedad; por otro, una
relación entre las
disciplinas simbólicas y
el imaginario del
pueblo.
Para decirlo en términos
de mercado, la “demanda”
de capital simbólico ha
ido aumentando a medida
que cada uno de esos
sectores —políticos,
entidades
gubernamentales,
empresas— se han ido
percatando de los
beneficios que puede
tener la identificación
de “lo latino”: ya usted
hablaba de la potencia
electoral. Los medios de
comunicación, ¿cómo se
insertan en este
proceso?
Esa demanda de la que
hablas es total, y los
medios tienen un impacto
sin límites. Uno ve
programas de televisión
latinos en todas las
ciudades de EE.UU.… sin
hablar de Miami, donde
se estandarizan imágenes
de la latinidad de las
formas más convenientes
posibles.
Y el caso específico de
la televisión es más
complejo, porque
hablamos de un “capital
simbólico” que se
exporta y llega a
Latinoamérica misma, de
modo que el conflicto
cultural de la migración
vuelve e incide sobre el
lugar en que se
origina…
Ahí viene la
complicación del tema.
Los neoyorricans (grupos
puertorriqueños
asentados en Nueva York)
se quejan de que las
imágenes sobre los
puertorriqueños que
transmite la televisión
son modelos humanos
europeos. Los
latinoamericanos dicen
que es una televisión
latina que proyecta
imágenes y valores que
no provienen de América
Latina; los latinos, que
esa tampoco es una
televisión latina.
Sucede que no es ninguna
de las dos cosas. La
televisión se ha
convertido en una
especie de género
autorreferencial: lo
único que tiene, en
concreto, es que se
habla en español. Es un
fenómeno trascendental.
¿Usted cree que EE.UU.
es un país
“multicultural”?
Yo diría que sí, a pesar
de que el discurso no
quiera aceptarlo e,
incluso, intente
rechazarlo en este
período de crisis
económica. Pero hay que
aceptarlo porque en
EE.UU. el español es ya
la segunda lengua
nacional. Al menos, es
un país bilingüe, aunque
el español no tenga el
mismo estatus que el
inglés. Pero ahí entra
el conflicto de la
identidad política del
país y, ante la amenaza,
el rechazo a esta
realidad ha adquirido
con la crisis una
expresión represiva. Hay
que pensar la nación de
un modo múltiple en
términos de cultura…
¿pero hasta qué punto
ese país está en
condiciones de
admitirlo? La pregunta
primordial en todo este
debate gira en torno a
eso: la latinidad
presenta un reto a
EE.UU., a las bases de
su concepto-nación y a
los países desde los
cuales emigran los
latinos. ¿Y cómo van a
conjugar sus
definiciones como
naciones? Eso es lo
fundamental.
Para responderla,
¿funcionan las
categorías que hasta hoy
manejan las academias?
No funcionan o, al
menos, no dicen mucho.
Son palabras
burocráticas para
encubrir los fenómenos.
“Lo latino”,
históricamente, ha
servido para identificar
procesos de
discriminación,
marginación o
segregación; pero,
¿coincide usted en que
“lo latino” también se
está esgrimiendo hoy en
la oposición, en la
resistencia?
Totalmente. Y es más
complejo de lo que
muchos piensan. Te digo
más: el reconocimiento
de “lo latino” por parte
de la política, de la
televisión, del mercado
que abre lo latino, es
lo que más defienden los
propios latinos. A la
vez que se amplía la ola
represiva —por el
trasfondo que implica a
los problemas de
identidad—, el “mercado
de lo latino” y la
oportunidad de que ese
voto latino pueda ayudar
a un político a ganar o
perder, es lo que
empodera a los latinos.
Es una especie de
fenómeno esquizofrénico:
pasiva por un lado y
agresiva por el otro.
Lo que hay que apuntar,
en ese sentido, es que
la nación es la forma
que da el ser humano a
su relación con la
universalidad. Y el tema
de la latinidad en
EE.UU. comprende una
serie de afonías
históricas que no se
resolverán con
racionalizar o limitar
ese cordón hemisférico
de capital humano que
busca capital
financiero. ¿Cómo pensar
esa solución?, es la
pregunta. Ahí es donde
al arte y a la
literatura —más que a
las academias— les
compete una
responsabilidad que va
más allá del solo
intento de sugerir.
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