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Agua
es el título de la
exposición del fotógrafo
español Héctor Garrido,
que hasta fines de
diciembre está abierta
en la sede de la ONG
Patrimonio, Sociedad y
Medio Ambiente, con sede
en La Habana Vieja, y
que incluye una veintena
de instantáneas aéreas
que son —en alguna
medida— una suerte de
recorrido-evaluación-inventario
del estado de las masas
de agua en nuestro
planeta.
En entrevista exclusiva
para La Jiribilla,
comentó Garrido que esas
instantáneas las realizó
auxiliado de un avión o
de un helicóptero y de
inmediato apuntó que no
son, precisamente, las
aguas que todos soñamos.
“¿Cómo es el agua? —se
preguntó el artista—,
inodora, incolora e
insípida, pero
tristemente no siempre
es así. Gran parte de
las aguas que
encontramos en el
planeta no podemos
beberlas y ese conjunto
de condiciones no se
cumplen la mayoría de
las veces. Sin embargo,
el no cumplir esos
preceptos las hacen
espectacularmente bellas
y también
espectacularmente
tristes. La cantidad de
contaminación que tienen
esas aguas es un horror,
pero visualmente son
hermosas y dan la
posibilidad de un
desarrollo artístico en
el terreno de la
fotografía.
¿En qué puntos de la
geografía planetaria ha
retratado esas masas de
agua?
Ese es uno de los
atractivos de la
exposición: he querido
desubicarlas,
descontextualizarlas,
para darle al problema
la escala planetaria que
tiene. El espectador no
se da cuenta de dónde
fueron tomadas esas
fotos; he viajado por
todo el planeta: la
Antártida, Australia,
África, el Amazonas,
todos los desiertos…
pueden ser imágenes de
cualquiera de esos
sitios. Esa es la parte
del juego artístico de
la exposición: no
importa dónde porque el
agua es universal.
Un juego muy serio al
tiempo que es un llamado
a que cuidemos nuestra
casa común.
Exactamente. Detrás de
la exposición ha estado
un equipo de
prestigiosos científicos
planificando dónde se
iban a hacer las fotos y
luego estudiando los
componentes químicos de
cada masa de agua
fotografiada. Junto a
cada imagen uno puede
saber qué contiene esa
agua.
En cuanto a colores,
vemos aguas
maravillosas, sin
embargo, son ¡terribles
bellezas! porque cuando
se lee el texto, uno se
entera de que están
compuestas por elementos
radioactivos, por
venenos contaminantes,
por todo lo que uno no
desearía que estuviera
en el agua. Estamos
maltratando nuestra
propia esencia. Si del
planeta desapareciera el
petróleo, se sustituirá
por otro elemento, si no
tuviéramos oro tampoco
importaría demasiado;
pero si no hay agua, el
planeta se destruye
inmediatamente.
El agua es el oro del
futuro, de hecho en
muchos sitios del mundo
las grandes
corporaciones
internacionales están
comprando —me he
encontrado el mismo
problema repetido una y
otra vez— los más
grandes manantiales de
agua potable porque
ahora se adquieren por
poco dinero y muy
pronto, van a costar
cantidades millonarias.
Actualmente, esa es una
de las estrategias que
siguen las
multinacionales y, como
siempre, los países más
afectados serán los más
pobres.
¿Cómo llega al mundo de
la fotografía?
Soy heredero de una
tradición familiar: mi
madre fue una excelente
fotógrafa y mi padre un
realizador de
documentales para
Televisión Española y
filmó materiales que
tuvieron gran impacto en
España relacionados con
temas de etnografía y
sobre las tradiciones de
nuestros distintos
pueblos. En su momento,
sus trabajos tuvieron
mucho “tirón”, como
decimos en mi país para
significar que fueron
muy bien acogidos. En mi
casa el tema de la
fotografía estaba en
cada rincón y formó
parte de mi niñez y de
las conversaciones que a
diario escuchaba.
Cuando mi madre dejaba
en algún lugar de la
casa las cámaras, mis
hermanos y yo jugábamos
con ellas, y para
nosotros era muy fácil
cargar la cámara con un
carrete —porque estaban
ahí y eran abundantes— y
todo era muy natural. El
olor a la química del
laboratorio fotográfico
me retrotrae
inmediatamente a mi
niñez: recuerdo que
jugaba junto a la puerta
del laboratorio mientras
mi madre, encerrada
allí, se pasaba horas.
Fue cómodo con corta
edad empezar en el mundo
de la fotografía porque
todo lo tenía a la mano
y empecé a hacer mi
propio trabajo y a
revelar en blanco y
negro, que me apasiona.
El blanco y negro es
capaz de expresar más
que el color porque va
justo a lo esencial,
mientras que el color
nos enturbia la visión
de lo importante. Aunque
es útil, a veces, el
color enmascara la
fotografía. El blanco y
negro es concreto y
ofrece un mensaje
limpio.
Y ahora que trabaja lo
digital, ¿aún apuesta
por el blanco y negro?
¡Por supuesto! Por falta
de sitio, durante muchos
años guardé el
laboratorio pero ahora
tengo un espacio, y
estoy muy contento
porque poseo un
laboratorio para jugar y
digo jugar porque hoy en
día todo se puede hacer
con el digital: ya lo he
dicho, soy como un
adicto a la química del
laboratorio.
Cuando hablo de este
tema con otros colegas,
primero les asalta la
curiosidad y después ven
la posibilidad de
liberarse de aquellos
laboratorios viejos que
tienen en sus casas y
que ya no utilizan.
Ahora tengo un nuevo
problema y es que me
regalan los trozos de
laboratorio
—ampliadoras, lentes que
ya no quieren porque no
los van a usar nunca
más— y hay un momento en
que tengo que parar y
decir ¡no! Lo cierto es
que en ninguna parte del
mundo la gente quiere
hacer fotografía química
y es que, al final, lo
digital es más barato;
hoy es un problema
conseguir carretes y los
líquidos de revelado, y
cada vez es más
complicado porque las
empresas no los
fabrican. Ya no es
rentable y pertenece al
mundo del pasado.
¿Hasta qué punto
considera que la alta
tecnología facilite el
mensaje?
La técnica hace que el
artista se relaje,
quiero decir que
mientras menos
complicada y eficiente
sea la técnica, más
posibilidades de
expresión va a tener el
creador porque va a
poder llegar a
profundizar más en sus
sentimientos, es decir,
que se ocupará de cosas
más importantes y dejará
a un lado las banales.
Al fin y al cabo, la
técnica es un medio no
una finalidad.
A veces me entristezco
cuando participo en
reuniones con otros
fotógrafos y después de
una conferencia, por
ejemplo, en los turnos
de palabra las preguntas
que se hacen están
relacionadas con la
técnica y, raramente, se
habla del mensaje. Lo
importante no es la
técnica sino el mensaje,
el equilibrio de la
acción dentro de la
fotografía o del color o
de los elementos. Es
triste porque ahí está
la verdadera fotografía
que no reside en la
marca o en la
tecnología.
Cuando uno hace una
revisión de la historia
de la fotografía,
probablemente, en lo que
menos se repara es en
cómo se hizo —que es una
visión técnica—; en lo
que hay que concentrarse
es en los elementos
artísticos y preocuparse
de transmitir lo que se
necesita.
En Cuba existen muchos
fotógrafos que utilizan
la fotografía en función
de la ciencia, algo muy
válido. Usted se
autodefine como un
“fotógrafo científico”…
Lo explico rápido:
trabajo para un
organismo que se llama
Consejo Superior de
Investigaciones
Científicas (CSIC), y mi
contenido de trabajo es
producir material que
surge de cubrir
expediciones. El CSIC
envía a sus
investigadores y yo los
acompaño y fotografío lo
que ellos necesiten. Eso
quiere decir que puedo
estar hoy captando la
luz ultravioleta que
emiten unos elementos de
colecciones científicas
en el Museo de Londres y
mañana puedo estar
fotografiando el
movimiento de un glacial
en la Antártida.
La fotografía científica
también incluye la
realización de
inventarios de
biodiversidad —que hago
en el Parque Nacional de
Doñana, área natural protegida
situada en las
provincias de Huelva y
Sevilla al suroeste de
España, en la comunidad
autónoma de Andalucía.
Doñana fue
declarado Parque
Nacional en 1969 y
dentro de él se
encuentra la estación
biológica del CSIC.
Con ese trabajo,
digamos, me gano la vida
y, paralelamente,
desarrollo mi obra
artística, pero no me
puedo alejar de la
ciencia porque vivo
inmerso en ella. Por
ejemplo, esta exposición
que traigo a Cuba está
compuesta de estas
imágenes que tienen un
alto contenido
científico.
La exposición anterior
—que ha tenido un éxito
rotundo en España— se
llama Armonía fractal
en Doñana. Y trato
lo fractal como el
lenguaje geométrico con
que se expresa la
naturaleza. Es un tema
apasionante que
fotográficamente nadie
había tratado y ha
despertado mucho interés
y curiosidad. Es una
muestra que está,
constantemente, viajando
por las diferentes
ciudades de España como
Madrid, Sevilla,
Granada, Huelva, Gerona,
entre otras, y ha ido
cosechando éxitos. Esta
exposición, Armonía
fractal de Doñana,
también es como un
equilibrio entre arte y
ciencia.
Y en este constante
acercamiento a la
naturaleza, ¿solo
retrata lo bello?
Lo bello y lo feo lo
tengo que retratar
porque forma parte de mi
trabajo, es decir, que
tengo que cumplir una
serie de objetivos, pero
siempre que me planto
frente a un elemento de
trabajo —una vez que he
terminado de fotografiar
ese elemento como
fotógrafo de ciencia—,
intento sacarle un
provecho personal,
colateral y artístico. A
veces son cosas
terriblemente feas.
Algunas de las aguas
contaminadas que he
traído a La Habana son,
en verdad, aterradoras,
pero poseen esa belleza
indiscutible que tiene
la muerte. Es decir, el
erotismo de la muerte,
la belleza
inconmensurable de lo
terrible. Cuando uno
está viendo esas aguas y
sabe que detrás de esos
colores fantásticos se
esconde una radiación
nuclear capaz de matar
personas,
inmediatamente, se
produce un impacto y uno
dice: ¡qué bello, pero
qué peligroso! En esta
exposición he querido ir
desde la peor de las
aguas hasta la mejor
porque también traigo
algunas que he ido a
fotografiar a
manantiales de montaña
buscando el agua más
pura que pude existir en
el planeta.
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¿Cómo sopesa la
fotografía joven
española?
España tiene una
tradición fotográfica
magnífica y ha dado
artistas que han sido
rompedores y maestros
indiscutibles, conozco a
algunos de ellos y
siento que me encuentro
entre el punto
intermedio entre los que
ya casi no hacen
fotografías y los que
están empezando ahora:
conecto con los dos
sitios.
Están surgiendo
fotógrafos muy buenos y
en campos muy diversos.
En naturaleza, por
ejemplo, hay gente de
gran calidad como José
Benito Ruiz o como
Marina Cano, y otros más
experimentales.
El problema del
fotógrafo español es que
se encasilla demasiado,
es muy concreto. Es
decir, un fotógrafo de
la naturaleza es un
retratista de animales,
y me pregunto: ¿por qué
uno tiene que encajarse
solo en esa pequeña
porción de la luz cuando
hay tanto que
fotografiar? Una cosa
que discuto mucho con
otros fotógrafos de la
naturaleza —y que me ha
causado varias
enemistades—, es que
intentan obviar la
presencia del hombre en
la naturaleza y no se
dan cuenta de que,
probablemente, ese
Parque Nacional es como
es porque el hombre lo
ha hecho así.
Tiene la suerte de estar
en lugares de
privilegio, ¿cuál es la
fotografía que le
gustaría hacer y que no
ha logrado?
Justamente unas horas
antes de viajar a La
Habana recibí una
encuesta-entrevista que
tuve que contestar muy
rápido y que me envió la
empresa NIKON. A ese
tipo de encuesta llaman
“entrevista de tercer
grado” porque agarran a
un fotógrafo y lo
exprimen: en esa
entrevista me hicieron
esa misma pregunta. Uno
ha dejado por hacer
muchas fotografías
porque, por ejemplo, no
llevas la cámara encima
y ocurrió algo
irrepetible y aquello
tan maravilloso, lo
perdiste. Ese momento
quedará en tu mente y lo
recordarás por siempre,
pero dejaste pasar la
oportunidad.
¿Cuál es la fotografía
que aún no habiéndola
visto quisiera hacer? Te
digo que me obsesiona el
ser humano, la persona,
sin embargo —a pesar de
que tengo colecciones
muy renombradas de
retratos—, siento que no
he terminado de aprender
a fotografiar al ser
humano. En lo más íntimo
creo que en ese sentido
me falta mucho.
¿Cree que domina, capta,
mejor a la naturaleza
que al hombre?
Creo que sí. Cuando me
mandan a hacer —como
fotógrafo científico— un
inventario de animales,
uno ve la lista de
animales y sabe que
tiene que fotografiar
digamos, el águila
imperial, el lince
ibérico. Hay un momento
en que pasas a la
siguiente especie porque
ya has obtenido la foto
del lince ibérico; ya
has conseguido la
mirada, la postura, la
luz y pasas a otra
especie. Pues la especie
ser humano aún no la he
completado. Siento que
no he conseguido decir:
¡esta es la fotografía
que retrata al ser
humano! Y ese
sentimiento me genera
muchas dudas y ganas de
trabajar.
Esta es su primera
visita a La Habana y ha
dicho que es “una ciudad
inspiradora”. ¿Qué le
inspira de nuestra
capital?
La Habana me ha
sorprendido muchísimo;
es enormemente bella,
está llena de detalles,
de rincones, me produce
muchas sensaciones
encontradas y curiosas.
Cuando se ha viajado
mucho —como es mi caso—,
a veces los sitios, por
muy sorprendentes que
sean, suenan siempre a
eco.
Hace poco me enviaron a
hacer un trabajo a una
ciudad de Alemania, hice
la foto que tenía que
hacer y me fui, pero no
hay sensación profunda,
fuerte, algo que te
llame después a volver.
Con La Habana me ha
sucedido todo lo
contrario: sorpresa tras
sorpresa, sobre todo en
el trato con las gentes.
La Habana es inspiradora
en sí misma. Esta es mi
primera vez y seguro que
no será la última porque
ya hemos cerrado algunos
proyectos de cooperación
mutua y posiblemente
regrese en el mes de
mayo y, sinceramente,
creo que me hacía mucha
falta una bocanada de
aire fresco que me
sacudiera: una sensación
que me ha regalado esta
ciudad.
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