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Del concierto de
espectáculos presentados
en la actual edición es
pertinente señalar
algunos que subrayan
este giro, especie de
gozne, de paso de página
de la actual Cruzada.
Los tres pichones,
a partir del original de
Onelio Jorge Cardoso,
por Teatro Río bajo la
dirección de Rafael
Rodríguez; La
cucarachita Cuca,
versión de “La
cucharachita Martina”,
por la actriz Aliexa
Argote Laurencia, del
Guiñol de Guantánamo; y
Siempre se olvida
algo, pieza de
Virgilio Piñera, por el
Teatro Dramático de
Guantánamo, bajo la
dirección de Amaranto
Ramos Pérez.
Teatro Río nace del
núcleo de Polimita,
formado por Rafael
Rodríguez y Félix Salas
“Pindi”, y de jóvenes
egresados de las
escuelas de arte. El
espectáculo, que quizá
podría despojarse más
del peso de lo
literario, consigue ser
una versión dinámica,
eficazmente resuelta
para un montaje
titiritero.
Contrariamente a lo que
ha sucedido en la escena
con este relato en
particular, nos
encontramos aquí con una
versión fiel al
original, donde cada
palabra es enunciada. Es
probable que esa
fidelidad ponga en
riesgo, de algún modo,
la acción titiritera y
como resultado se dilate
o se anule la acción
dramática en escena.
Si ubicamos Los tres
pichones en el
repertorio de la
trayectoria de su
director, enseguida
advertimos en él la
consolidación de un
lenguaje propio, el
hallazgo, en el discurso
estético, de una
identidad visual y
conceptual; y otros
códigos recurrentes como
el juego teatral, la
música en vivo y la
convocatoria final a la
participación de los
niños.
La cucarachita Cuca
es un típico montaje en
el catálogo de la
Cruzada: mínimo de
recursos, teatro de
objetos, unipersonal,
frontalidad e
interacción constante
con el espectador,
versión de un clásico
reconocido entre los
niños. Siguiendo esta
pauta, Aliexa Argote
Laurencia, su directora
e intérprete y una de
las pocas actrices
graduadas del ISA en la
Cruzada, convence por el
simpático juego poco
convencional que
establece entre su
versión y el original,
donde me atrevería a
vislumbrar alguna
perspectiva de género,
el domino de los objetos
y del tono y las
transiciones de un
personaje a otro. No se
reduce a “escenificar”
el cuento archiconocido,
sino que lo revalora y
lo recoloca en otro
contexto y con inéditas
formas.
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Una de las apuestas
históricas de la Cruzada
ha sido la de incluir
sistemáticamente en su
repertorio clásicos
cubanos. El teatro bufo
ya se ha instalado en la
cartelera con títulos
como El macho y el
guanajo, de José
Soler Puig. Pero decir
Virgilio Piñera era una
utopía, un casi
imposible. Este año con
Siempre se olvida
algo sube por
primera vez Piñera a la
Cruzada. Amaranto Ramos,
especialista del Consejo
Provincial de las Artes
Escénicas, debuta con
éxito en la dirección
escénica. Enfatizando en
el teatro del absurdo,
en lo grotesco de las
situaciones, en el
tópico de la
incomunicación, la
puesta en escena y los
actores logran el tono y
la intención adecuados
de pieza.
Fuera de este segmento,
podemos ubicar a Teatro
Callejero Andante, de
Granma, desde los
primeros años de la
Cruzada, nómina fija en
la mayoría de las
ediciones. Liderado por
Juan González Fiffe,
guantanamero de origen,
el grupo ha dejado una
marca muy visible en la
praxis del evento. Su
amplio repertorio tanto
teatral, como musical ha
dialogado
permanentemente con el
resto de los colectivos.
En esta ocasión,
presentaron Aventuras
de Pelusín y sus tías
Chana y Chelo, el
espectáculo más reciente
aún en proceso de
ajuste. Fiffe junto con
la joven, de nuevo
ingreso en el grupo,
Maiden Barrero,
versionan el original de
Dora Alonso no solo en
función del juego
titiritero, sino también
en relación con las
características
histriónicas de las dos
actrices Mileidys
Jiménez Fiffe y Marilis
Aguilar Sutil.
El tratamiento del tema
ecológico ha sido
recurrente en el
catálogo del colectivo.
Aquí nuevamente aparece
pero esta vez
referenciado a través de
las dos tías de Pelusín,
Chana y Chelo. El mayor
atractivo de la puesta,
sin embargo, no se ubica
en la fábula principal,
sino en el prólogo,
quizá un poco extenso, y
en las relaciones entre
las dos mujeres. Ambas
protagonistas, con una
excelente
caracterización en sus
papeles de ancianas,
rivalizan, se burlan,
juegan entre sí y con el
público, en un
despliegue de gran
simpatía.
Una semana nunca es
suficiente en la
Cruzada. El tiempo,
aunque se dilata y
disfrutamos viéndolo
pasar, es una dulce
trampa. Estuvimos en los
mismos lugares que
visitamos hace más de
diez años, cuando por
primera vez nos
encantamos y nos
comprometimos con el
proyecto y, sin embargo,
aquellos eran otros al
mismo tiempo. Estábamos
viviendo el futuro,
siendo testigos de un
cambio de época.
Asistimos a la
confirmación de un nuevo
parto en el ciclo vital
de la Cruzada, un nuevo
diálogo entre
generaciones vivas y
actuantes, una
convivencia fértil entre
los discípulos y los
maestros.
La Cruzada es uno de
esos eventos que
evidencia la madurez de
una nación:
gente-artistas-instituciones
en función de propiciar
el desarrollo cultural
de un pueblo, de
repartir conocimiento y
felicidad en los
rincones más apartados,
y sobrepasar entre todos
cualquier sacrificio
para compartir el goce
único de la Cruzada para
todas las partes,
andando por 20 años
entre el mar y la
montaña. |