La Habana. Año IX.
11 al 17 de DICIEMBRE
de 2010

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Del movimiento a la fijeza,
imágenes de un Festival
Virginia Alberdi • La Habana

Con el rasgo multidisciplinario que le es común desde la cuna, el 32 Festival del Nuevo Cine Latinoamericano no ha sido excepción en cuanto a su maridaje con las artes plásticas cubanas. Subrayo lo del sentido de pertenencia porque aun cuando en esta cita, como en las anteriores, hay un acápite dedicado a carteles en concurso que optan por un Coral, no es menos cierto que la creación visual (sin audio) involucra y desborda los espacios del evento y hasta lo tipifican, a diferencia de otros espacios similares en Iberoamérica. Carteles o exposiciones que se han mostrado, al menos desde donde tengo noticias, en Huelva, Biarritz, Gramado o Mar del Plata, funcionan como operaciones subalternas, que solo aportan color al lucimiento de la pantalla. La Habana es otra dimensión: las artes plásticas conviven, en igualdad jerárquica, con la profusión de muestras oficiales y paralelas, sin que ello vaya en detrimento del objetivo esencial: Poner de relieve los logros de la cinematografía del continente.

Audacia y consecuencia asisten a los organizadores del Festival al propiciar que el cartel identificatorio de la cita sea asumido por un artista plástico perteneciente a la vanguardia cubana, y garantizar la más plena libertad de su ejercicio. En este caso correspondió al joven Eduardo Abela, quien concibió un retablo de resonancias art noveau, combinatorio de imágenes recicladas (como el Martí de su abuelo Abela) y recientes. En la animación del cartel, el proyecto gana.

En el Pabellón Cuba, instituido ya como sede del Festival por la Asociación Hermanos Saíz, se expusieron dos repertorios de imágenes: una de los bocetos y carteles de Eduardo Muñoz Bachs y otra de los que realizó el célebre cineasta ruso Serguei M. Eisensten para su portentoso filme Iván el Terrible. Y en la Casa del Festival, una galería de rostros del luchador comunista cubano Julio Antonio Mella, que por su especificidad, merece un comentario aparte.

Las muestras del Pabellón no solo tienen que ver con el cine, sino que son cine mismo. Muñoz Bachs fue el autor del cartel de la primera película producida por el ICAIC, Historias de la Revolución. Todavía en ese momento, el diseñador les debía algo a las maneras propagandísticas federadas del aparato promocional cinematográfico anterior. Pero ya había una búsqueda, una voluntad de síntesis, una necesidad de hacer algo distinto.

Muñoz Bachs fue desarrollando un lenguaje propio, a partir de los aires del pop de la época, de su consideración del arte ingenuo, de la narración oblicua derivada de la ilustración. Películas olvidables se convirtieron en carteles perdurables  y coleccionables.

Los bocetos de Eisenstein rebasan los tópicos de los libros de apuntes de los guiones. La sobriedad de los trazos, la urgencia de la línea, las zonas de silencio de los esbozos dan cuenta de una obsesión, la de un realizador por apresar de otro modo la contradictoria sustancia épica y psicológica del tema. Da la impresión de que si los filmes sobre el zar que recordaba al cineasta la compleja grandeza y perversidad de Stalin no hubieran sido hechos, a Eisenstein le quedaba la memoria de lo que pudo ser. 

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2010.