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Con el rasgo
multidisciplinario que
le es común desde la
cuna, el 32 Festival del
Nuevo Cine
Latinoamericano no ha
sido excepción en cuanto
a su maridaje con las
artes plásticas cubanas.
Subrayo lo del sentido
de pertenencia porque
aun cuando en esta cita,
como en las anteriores,
hay un acápite dedicado
a carteles en concurso
que optan por un Coral,
no es menos cierto que
la creación visual (sin
audio) involucra y
desborda los espacios
del evento y hasta lo
tipifican, a diferencia
de otros espacios
similares en
Iberoamérica. Carteles o
exposiciones que se han
mostrado, al menos desde
donde tengo noticias, en
Huelva, Biarritz,
Gramado o Mar del Plata,
funcionan como
operaciones subalternas,
que solo aportan color
al lucimiento de la
pantalla. La Habana es
otra dimensión: las
artes plásticas
conviven, en igualdad
jerárquica, con la
profusión de muestras
oficiales y paralelas,
sin que ello vaya en
detrimento del objetivo
esencial: Poner de
relieve los logros de la
cinematografía del
continente.
Audacia y consecuencia
asisten a los
organizadores del
Festival al propiciar
que el cartel
identificatorio de la
cita sea asumido por un
artista plástico
perteneciente a la
vanguardia cubana, y
garantizar la más plena
libertad de su
ejercicio. En este caso
correspondió al joven
Eduardo Abela, quien
concibió un retablo de
resonancias art
noveau, combinatorio
de imágenes recicladas
(como el Martí de su
abuelo Abela) y
recientes. En la
animación del cartel, el
proyecto gana.
En el Pabellón Cuba,
instituido ya como sede
del Festival por la
Asociación Hermanos Saíz,
se expusieron dos
repertorios de imágenes:
una de los bocetos y
carteles de Eduardo
Muñoz Bachs y otra de
los que realizó el
célebre cineasta ruso
Serguei M. Eisensten
para su portentoso filme
Iván el Terrible.
Y en la Casa del
Festival, una galería de
rostros del luchador
comunista cubano Julio
Antonio Mella, que por
su especificidad, merece
un comentario aparte.
Las muestras del
Pabellón no solo tienen
que ver con el cine,
sino que son cine mismo.
Muñoz Bachs fue el autor
del cartel de la primera
película producida por
el ICAIC, Historias
de la Revolución.
Todavía en ese momento,
el diseñador les debía
algo a las maneras
propagandísticas
federadas del aparato
promocional
cinematográfico
anterior. Pero ya había
una búsqueda, una
voluntad de síntesis,
una necesidad de hacer
algo distinto.
Muñoz Bachs fue
desarrollando un
lenguaje propio, a
partir de los aires del
pop de la época, de su
consideración del arte
ingenuo, de la narración
oblicua derivada de la
ilustración. Películas
olvidables se
convirtieron en carteles
perdurables y
coleccionables.
Los bocetos de
Eisenstein rebasan los
tópicos de los libros de
apuntes de los guiones.
La sobriedad de los
trazos, la urgencia de
la línea, las zonas de
silencio de los esbozos
dan cuenta de una
obsesión, la de un
realizador por apresar
de otro modo la
contradictoria sustancia
épica y psicológica del
tema. Da la impresión de
que si los filmes sobre
el zar que recordaba al
cineasta la compleja
grandeza y perversidad
de Stalin no hubieran
sido hechos, a
Eisenstein le quedaba la
memoria de lo que pudo
ser. |