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¿Por qué Drácula habla
español solamente de
noche?, se pregunta
Alberto García Ferrer. Y
explica: “en 1931, el
cine sonoro daba sus
primeros signos vitales
y las versiones del
clásico se filmaban en
EE.UU., por la mañana,
en inglés y por la
noche, en español.
Inmediatamente, se
produjeron los debates
en torno a cuál de las
dos versiones podía ser
mejor y uno de los
elementos a favor de la
hablaba en español era
el hecho de que había
sido filmada de noche,
el ambiente natural de
los vampiros. Ese mismo
año se hizo el primer
Congreso Iberoamericano
de Cinematografía. En
las actas de aquel
congreso, se advierten
las complicaciones que
existen para enfrentar
la diversidad de
naciones frente al nuevo
arte. O sea, mientras en
nuestra región se
discutía cómo se
hablaría en el mundo del
cine iberoamericano, los
norteamericanos estaban
haciendo en español la
mejor versión de su
serie del vampiro”.
Quien de tal manera
acierta en el coqueteo
con la coincidencia de
fenómenos, en los
albores del cine sonoro,
se desempeña como
Secretario General de la
Asociación de las
Televisiones Educativas
y Culturales
Iberoamericanas: el
punto de encuentro entre
más de 80 televisoras en
la región —tanto
autonómicas como
públicas— y unas 100
universidades que
trabajan en la
producción de contenidos
para el medio. Entre los
proyectos que coordina,
sobresale por la
amplitud del empeño el
Noticiero Cultural
Iberoamericano, que
puede verse en más de 20
países del área.
García Ferrer no olvida
el hecho de que en 1931
la televisión no era
siquiera un embrión. Sin
embargo, el cineasta y
crítico
argentino-español-cubano
percibe en aquel momento
la génesis de un
fenómeno hoy mucho más
visible: el idioma
español ha ido
constituyéndose como una
fortaleza cultural de la
región en términos de
creación audiovisual, al
punto de ser tomado en
cuenta incluso por los
más grandes emporios. No
obstante, Alberto García
Ferrer considera que sin
la intervención de
académicos,
intelectuales, artistas,
gobiernos y audiencias
en la creación de un
verdadero soporte
cultural, el desarrollo
tecnológico no es más
que una serpiente que se
muerde la cola.
¿Por qué ha comenzado
por el cine, cuando se
va a referir a la
televisión?
Hay una historia que
puede ayudar a
explicarlo: a principios
de los años 60, en
Argentina, un director
de periódicos muy
conocido estaba creando
la revista Primera
Plana, a imagen y
semejanza del Times.
Quería que fuera una
revista política; pero
los cronistas políticos
eran poco reconocidos en
aquella época en
Argentina. El se
preguntaba cómo darles
prestigio a los
periodistas políticos y
la respuesta era obvia:
poniendo al frente de la
información política a
los periodistas más
cultos y de mayor
prestigio. ¿Y quiénes
eran?: los críticos de
cine. El cine expresaba
la confluencia de todos
los caminos de la
cultura.
Hoy, si nos hacemos esa
pregunta también en
relación con el mundo
del cine, vemos que ha
tenido una
transformación. Se es
consciente de que ahí
hay un instrumento que
ha cambiado: llega a las
personas de otras
maneras. La televisión
juega un papel
fundamental en el
momento en que se pasa
de lo analógico a lo
digital y pueden existir
mucho más canales. De
ahí la oportunidad de
tener diversidad en
ellos, de concebir al
medio como un
instrumento creativo.
No se trata de decir que
la televisión es lo que
Dios nos dio y que nunca
cambiaremos. Tenemos
posibilidades inéditas
desde el punto de vista
creativo y, ante
Internet, tenemos un
desafío: es un
instrumento muy
poderoso, pero las
personas pueden hacerse
su propia programación.
Internet construye
también autopistas hacia
la nada. El gurú de toda
esta historia,
Nigroponte, decía al
inicio: la fibra óptica
no va a salvarnos, lo
hará la creatividad.
Pero en EE.UU., incluso,
la televisión a veces se
plantea formas y
conceptos más
arriesgados y creativos
que el propio cine
comercial que se produce
en ese país…
Exactamente. Desde
EE.UU., toda la
información que nos
llega indica que el
riesgo y la creatividad
se han trasladado del
cine a la televisión,
pues el cine de
Hollywood es como un
parque de atracciones.
Esa televisión está
cobijando a los
creadores
norteamericanos más
creativos. Son puentes
que también habría que
considerar en el campo
de la televisión.
La televisión se
desarrolla
tecnológicamente a la
vez que mantiene intacto
el modelo comercial,
transmisivo en el
sentido de la
comunicación. En este
contexto, ¿cómo se
explica que la cultura
iberoamericana sea una
“potencia global” y, sin
embargo, reproduzca en
el medio televisivo los
mismos esquemas, los
mismos procesos?
En las horas de atraso
que tuvo mi vuelo, leí
la intervención de
Alfredo Guevara cuando
lo nombraron Doctor
Honoris Causa en la
Universidad de Las
Villas. Subrayé el
momento en que hablaba
de la realidad cubana,
iberoamericana, mundial.
Es una realidad que no
es ni remotamente la
misma que nos
planteábamos hace apenas
diez años y ni siquiera
hace un lustro.
Lo que se escucha
demasiadas veces es que
el mundo iberoamericano
es una potencia global
únicamente en la
cultura. Ciertamente, lo
somos. Por eso, quizá,
la forma de abordar este
fenómeno es desde una
comunidad de países que
incluye a Brasil,
España… y compone una
fuerza importante que
trasciende la lengua. El
concepto iberoamericano
tampoco me importa
demasiado, solo que
existe ese conjunto de
países que desarrollan
una visión cultural
integradora y múltiple.
Tal vez se trate de una
apuesta mayor: somos
parte de un universo
mayor. He recordado
mucho en estos tiempos
unos versos de Borges:
“En el espejo de la
noche encuentro/ mi
insospechado rostro
eterno”. Después de 20
años de crecimiento
económico, a España le
toca ver que forma parte
de un conjunto de
sociedades, colectivos,
países… un colectivo muy
grande cuyo poder se
centra en lo específico
de la cultura.
Una de las estrategias
de mercado en relación
con la televisión ha
sido la de homogeneizar
ese público latino como
un mismo destino. ¿Cómo
se enfoca entonces un
proyecto como el del
Noticiero Cultural
Iberoamericano para
abarcar esa amplitud
geográfica sin borrar
las particularidades
culturales que la
componen?
Lo más importante ha
sido que su programación
se estructure no a
partir de un centro en
España, sino por medio
de corresponsales en
cada país que nos
transmitan sus reportes.
Pero no son españoles
que han sido enviados de
corresponsales, sino
periodistas de cada uno
de los distintos países
que seleccionan los
temas de sus trabajos y
los enfoques que
consideran pertinentes.
Es la única manera en
que luego, cuando el
público de sus países lo
vea, pueda reconocerse
en esas inquietudes.
Se ve incluso en
Rumania… ¿el gancho de
“lo exótico” puede
funcionar también en el
interés por los
productos culturales
latinos?
Funciona. Y precisamente
por eso, creo que hay
que insistir en la forma
en que el mundo de “lo
latino” se vincula al
mundo iberoamericano:
ese que va desde México
hasta la Tierra del
Fuego, y luego hasta
España y Portugal. Verlo
de otra manera sería
excluyente. El mercado
identifica sectores,
grupos; pero el mercado
no puede organizar las
ideas en torno a la
cultura. Al menos, no
debemos permitir que
suceda.
¿Cuánto pueden obstruir
o asistir las políticas
culturales de cada país
o incluso
internacionales a esa
televisión cultural,
educativa e incluyente
que usted defiende?
Las normativas
internacionales han
definido el conjunto de
la cultura y esta se ha
desarrollado al tiempo
de ocupar espacios
académicos. Recuerdo
aquella de 2004 acerca
del rol de la cultura:
no es la cultura la
guinda del pastel, sino
el pastel mismo. Sin
embargo, no es un mundo
al que podamos definir,
sino un ámbito que
compartimos todos, y
habría que valorar la
inclusión de un enorme
colectivo en un campo
más amplio: la cultura
iberoamericana. Pero la
televisión es muy
diversa y las políticas
son distintas.
Creo que esta es una
oportunidad para que los
países de América Latina
—que con el tema de la
televisión han dado
libertad al mercado, no
han intervenido y las
televisiones privadas
han definido las reglas
del juego— y sus
gobiernos amplíen las
posibilidades de los
seres humanos de
acercarse a la
televisión. Les
corresponde otro modelo
mucho más participativo
y las nuevas tecnologías
lo permiten. Si no están
a su alcance, al menos
puede ser un modelo más
creativo.
Sin embargo, sucede
también que los
intelectuales suelen
alejarse de los medios
masivos en lo que
respecta a aportar ideas
que mejoren su proceso
de producción, sus
conceptos de fondo, su
valor estético y
cultural. En otras
palabras, la dan como un
caso perdido…
Eso pasa en todas
partes. Históricamente,
incluso los cineastas
habían visto a la
televisión como algo
menor, hasta que
advirtieron su potencial
como fuente de
financiamiento de las
propias películas y
empezaron a valorarla.
Jesús Martín Barbero,
teórico latinoamericano,
ha dicho: “¿cómo los
intelectuales,
académicos y políticos
van a tener alguna
propuesta en relación
con la televisión, si lo
único que les nace es
apagarla?”. No es más
que una dejación de
responsabilidades. Eso
tiene que ver con que la
televisión mueve mucho
dinero y las
corporaciones les dicen:
no te metas, esto es
mío. Y desisten.
Pero el paso de lo
analógico a lo digital
implica que por donde
antes pasaba un canal,
ahora pasan seis. Eso
debe ser aprovechado por
los gobiernos para
buscar alternativas de
sostenibilidad y de
creación de nuevas
propuestas. Dejar la
responsabilidad a otros
hace que se mantenga el
fabuloso negocio que
están haciendo otros y
que las víctimas sigan
siendo los ciudadanos.
La televisión tiene
mucho más que ofrecer y
tenemos que apropiarnos
todos de ella. Al menos,
esa es la función de una
televisión pública,
donde participen
ciudadanos,
profesionales del medio,
gobiernos,
intelectuales, artistas…
Si no, es una serpiente
que se muerde la cola.
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