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La Sierra es pequeña,
aislada, tendida en
medio de la llanura y
cerrando el paso al
norte. La llanura se
traba en la sierra, y si
se quiere llegar al mar,
hay que cruzarla. La
sierra tiene un monte
verde, fuerte,
intrincado, y debajo,
matojos, bejucos y
enredaderas y espinas.
La sierra eleva sus
laderas casi a pico, por
eso no es tan fácil
atravesada para ir a la
costa. Sólo tiene un
paso abierto en la roca;
es estrecho y está
fileteado de piedras
hasta donde se pierde la
vista. El paso es húmedo
y en él anidan las
avispas. Cuando
caminando se cruzan sus
300 metros de largo, se
entra a un monte que se
desprende de la sierra,
y si seguimos por el
camino de guao, nos
recibe un playazo lleno
de arena. Pero si tuerce
a la izquierda,
penetramos en el monte
más tupido de la región,
donde el sol no hiere el
suelo, y hay un hoyo
profundo, abierto entre
los matorrales yerbosos
y la piedra, ancho, con
muchos metros de fondo y
una profusa oscuridad.
Vedo está en el hoyo
desde hace más de seis
horas. En lo más
profundo. Durante ese
tiempo el camino del
cielo ha cambiado de
colores, y con él, el
chipojo que está encima
de una piedra,
contemplándolo. Vedo no
siente miedo, es como si
no estuviera allí,
pegado a la tierra,
despatarrado. Un fuerte
dolor le sube hasta la
nuca. Mira el cielo por
las rendijas que le
dejan los árboles. La
caída fue un tropezar,
sentirse en el vacío,
tan rápida y violenta
que no siente cuando
rueda por la pendiente,
entre las piedras grises
y la tierra colorada.
Rodó por el acantilado,
sumergiéndose en metros
y metros de polvo
terroso y piedras
desprendidas.
Me he jodí’o una pierna.
Y comienza a pensar en
el descenso, en la
caída, en la escopeta y
en la soledad.
Oyeee... Oyeee...
El silencio le contestó
el eco. Se percata de su
presencia en lo más
aislado de la polja. Con
la llegada del chipojo
trató de moverse, y la
pierna a dolerle un
dolor de hierro. En las
primeras horas, tres mil
recuerdos se rompieron
en su mente, los contó.
Numeró las piedras
dividiéndolas en amigas
y en piedras de ojos
saltones. Los árboles,
las enredaderas y las
hormigas. Se hizo una
costumbre en él enumerar
tantas veces el chipojo
negro que reposa en una
piedra de ojos inmensos,
y en ese oficio nuevo
que les roba minutos a
las horas, dejó cruzar
el tiempo y se orinó
despacio.
Una penumbra cubre el
vasto hueco. Vedo duerme
un sueño asustado.
Despierta con la luz de
la luna. Quiere estirar
el cuerpo, mover una
pierna, incorporarse,
mirar nuevamente hacia
la claridad de la luna y
no puede.
II
Él pasó por aquí hace
como tres meses. Llevaba
una escopeta y una
cantimplora de agua ―le
dijo uno de esos
carboneros que se
enfaldan a la orilla de
la sierra, enjuto, a su
mujer―. Se perdió por el
camino de la sierra.
Luego no volvió.
El aullerío de los
perros, retozando,
inunda la mañana.
― ¿Era un cazador?
―pregunta el policía.
― Yo no sé. No sé.
― ¡Dime, guajiro! ¿Dime
quién era? ¿Tú lo
conocías? ¿Qué arma
llevaba? ¿Cuántos iban
con él? ¡Habla,
guajiro!...
III
― Dicen que el hombre
estuvo por el recodo del
río.
― Yo lo sé porque lo vi.
Los dos hombres están
muy juntos. El sol le
cae de lleno a uno de
ellos sobre el caballo.
Al otro se le echa por
delante y por detrás, y
golpea la tierra y
rájala y rómpela con la
azada.
― ¿Y qué querían que
hiciera? ―dice el del
caballo. Cuando a uno le
violan una hija así, se
la unen de atrás palante,
se vuelve loco. Y que
estaba buena la cabrona,
pero no para que
hicieran esa. Toda la
tropa le pasó revista. Y
después que si se alzó.
Que cuantos hombres
traía y hasta se hablaba
de emboscadas y de
muertos.
― Yo lo vi ―dice el de
la azada―, estaba como
loco. Comía del mayal
del otro lado del río.
Gritaba y daba unos
saltos que hacíaa
temblar el monte. Eso
sí, nunca soltaba la
escopeta.
IV
― ¿Alzado? Qué alzado ni
alzado. Ese tipo lo que
era tremendo ladrón
―dice el de los bigotes
estrechos mientras se
sirve de una botella
color malva―. Vino de la
ciudad. Dicen que lo
buscaban por asaltar un
banco. Caminaba
derrengado, con una
escopeta y un maletín de
cuero lleno de billetes.
― Qué ladrón ni un
carajo ―le dice el que
lleva una camisa rosada
a cuadros verdes―. Ese
fue un alzado de
siempre, con la escopeta
y una cartuchera de
balas. ¿O es que no te
acuerdas de la emboscada
al jeep? Le metió el
balazo entre los ojos al
chofer. Yo lo vi
cojeando, sin apenas
comer y rompió un cerco
como de cien. Ese era
un...
V
“Vedooo, Vedooo”, oyó
que lo llamaban. Una luz
amarillenta bajó el
hueco y le iluminó la
pierna hinchada de tanto
rodar por el barranco.
Trata de pegar su cuerpo
al suelo y solo consigue
que más tierra se
desprenda de los bordes.
La tierra y las piedras
lo golpean. Las raíces
cedieron a la presión de
sus dedos y los troncos
pequeños se hicieron
pedazos, perdidos en la
terrazón. Siente un frío
en la columna, que se
va, viene y se repite;
cuando abre los ojos, el
chipojo está allí,
mirándolo, tan cerca,
que a los dos días de no
mover el cuerpo tuvo que
hacer muy poco esfuerzo
para comérselo. Masca.
Vedo probó la tierra
colorada, desgarró la
corteza de los árboles,
se tragó cuanto corujey
cayó al suelo, mordió
una piedra, se tomó por
diez veces el orín, y en
la soledad de sus gritos
transcurrió la semana.
Cuando comenzó a hablar,
ya hacía más de tres
días que la yagruma
corpulenta y el helecho
de dos pencas que le
abanica la pierna eran
sus amigos. Como en un
sopor vio al padre, lo
llamaba desde arriba, le
decía: Mi hijo, qué
difícil ha sido
encontrarte. Espera, ten
paciencia, ya estoy
aquí. Conversó largo
rato con la esposa:
Cuéntame de estos
últimos días. Cuéntame
de ti, le dijo mientras
le acariciaba la cara.
Sabía que ahora tendría
todo el tiempo para
descansar y reponerse,
les relataría a sus
amigos y a los hijos
cómo había ocurrido el
accidente. Sabe que
tendrá todo el tiempo, y
se siente tranquilo.
Saboreó un pollo asado.
Tomó café, y se siente
tranquilo. Saboreó un
pollo asado. Tomó café,
y esa y esa noche la
pierna le dolió menos.
Por la mañana sintió
hambre, y tuvo que
desgarrar el árbol más
cercano y comer sin
tomar agua. Durante el
día trata muchas veces
de subir el acantilado
de piedra; fueron tan
enormes los esfuerzos
que hizo, que no se
movió del lugar donde
estaba. No podía. Rezó.
Juró que caminaría
kilómetros de rodillas
con una escopeta grande,
pero no pudo
encontrarla. Entonces
pensó que el arma se le
había extraviado en la
caída.
Vedo apenas puede abrir
los ojos. Sabe que
pronto va a morir y se
apresura. Su esposa le
ha colocado un almohadón
en la cabeza y se queda
dormido. Se despierta y
la piedra le molesta.
VI
― Yo ayudé a sacarlo del
hoyo. La escopeta la
encontré como a 200
metros.
― Todavía respiraba y se
reía.
― ¿Tú lo conocías?
― No. Ni quiero.
La tarde cae sobre la
llanura y se duerme en
la sierra. El monte
chifla, allí donde las
piedras hacen un
acantilado y comienza el
hoyo. Dos hombres
hablan. Miran hacia
abajo, a la verde
vegetación que se empina
y crece en busca de más
aire.
― El hombre estaba allí.
― ¿Dónde?
Cortaron unos gajos,
estorban, es a machete,
y se inclinaron más allá
de las piedras
salientes, señalando los
troncos altos en lo más
bajo de la polja. Luego
encendieron cigarros.
Fuman. Hablan algunas
cosas más y se alejan a
caballo y a pie por el
camino de guano que
cruza el monte
adentrándose en la
sierra y da de golpe en
la amplia llanura.
Enrique Cirules
(Nuevitas, Camagüey,
1938):
Escritor y ensayista.
Ganó el Premio de
Cuentos del concurso 26
de Julio, en 1971 con
Los perseguidos. Al
año siguiente, en el
mismo concurso, triunfó
su obra Conversación
con el último
norteamericano,
Premio de Testimonio.
Fue director de la
revista Revolución y
Cultura. Otro de sus
títulos más importantes
es El imperio de La
Habana, con el que
obtuvo el Premio Casa de
las Américas en 1993 y
el Premio de la Crítica
en 1994. Su ensayo
Hemingway en la cayería
de Romano alcanzó
mención en el Premio
Casa de las Américas, en
1999. |