La Habana. Año IX.
11 al 17 de DICIEMBRE
de 2010

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Vedo
 Enrique Cirules (Camagüey, 1938)

La Sierra es pequeña, aislada, tendida en medio de la llanura y cerrando el paso al norte. La llanura se traba en la sierra, y si se quiere llegar al mar, hay que cruzarla. La sierra tiene un monte verde, fuerte, intrincado, y debajo, matojos, bejucos y enredaderas y espinas. La sierra eleva sus laderas casi a pico, por eso no es tan fácil atravesada para ir a la costa. Sólo tiene un paso abierto en la roca; es estrecho y está fileteado de piedras hasta donde se pierde la vista. El paso es húmedo y en él anidan las avispas. Cuando caminando se cruzan sus 300 metros de largo, se entra a un monte que se desprende de la sierra, y si seguimos por el camino de guao, nos recibe un playazo lleno de arena. Pero si tuerce a la izquierda, penetramos en el monte más tupido de la región, donde el sol no hiere el suelo, y hay un hoyo profundo, abierto entre los matorrales yerbosos y la piedra, ancho, con muchos metros de fondo y una profusa oscuridad.

Vedo está en el hoyo desde hace más de seis horas. En lo más profundo. Durante ese tiempo el camino del cielo ha cambiado de colores, y con él, el chipojo que está encima de una piedra, contemplándolo. Vedo no siente miedo, es como si no estuviera allí, pegado a la tierra, despatarrado. Un fuerte dolor le sube hasta la nuca. Mira el cielo por las rendijas que le dejan los árboles. La caída fue un tropezar, sentirse en el vacío, tan rápida y violenta que no siente cuando rueda por la pendiente, entre las piedras grises y la tierra colorada. Rodó por el acantilado, sumergiéndose en metros y metros de polvo terroso y piedras desprendidas.

Me he jodí’o una pierna.

Y comienza a pensar en el descenso, en la caída, en la escopeta y en la soledad.

Oyeee... Oyeee...

El silencio le contestó el eco. Se percata de su presencia en lo más aislado de la polja. Con la llegada del chipojo trató de moverse, y la pierna a dolerle un dolor de hierro. En las primeras horas, tres mil recuerdos se rompieron en su mente, los contó. Numeró las piedras dividiéndolas en amigas y en piedras de ojos saltones. Los árboles, las enredaderas y las hormigas. Se hizo una costumbre en él enumerar tantas veces el chipojo negro que reposa en una piedra de ojos inmensos, y en ese oficio nuevo que les roba minutos a las horas, dejó cruzar el tiempo y se orinó despacio.

Una penumbra cubre el vasto hueco. Vedo duerme un sueño asustado. Despierta con la luz de la luna. Quiere estirar el cuerpo, mover una pierna, incorporarse, mirar nuevamente hacia la claridad de la luna y no puede.

II

Él pasó por aquí hace como tres meses. Llevaba una escopeta y una cantimplora de agua ―le dijo uno de esos carboneros que se enfaldan a la orilla de la sierra, enjuto, a su mujer―. Se perdió por el camino de la sierra. Luego no volvió.

El aullerío de los perros, retozando, inunda la mañana.

― ¿Era un cazador? ―pregunta el policía.

― Yo no sé. No sé.

― ¡Dime, guajiro! ¿Dime quién era? ¿Tú lo conocías? ¿Qué arma llevaba? ¿Cuántos iban con él? ¡Habla, guajiro!...

III

― Dicen que el hombre estuvo por el recodo del río.

― Yo lo sé porque lo vi.

Los dos hombres están muy juntos. El sol le cae de lleno a uno de ellos sobre el caballo. Al otro se le echa por delante y por detrás, y golpea la tierra y rájala y rómpela con la azada.

― ¿Y qué querían que hiciera? ―dice el del caballo. Cuando a uno le violan una hija así, se la unen de atrás palante, se vuelve loco. Y que estaba buena la cabrona, pero no para que hicieran esa. Toda la tropa le pasó revista. Y después que si se alzó. Que cuantos hombres traía y hasta se hablaba de emboscadas y de muertos.

― Yo lo vi ―dice el de la azada―, estaba como loco. Comía del mayal del otro lado del río. Gritaba y daba unos saltos que hacíaa temblar el monte. Eso sí, nunca soltaba la escopeta.

IV

― ¿Alzado? Qué alzado ni alzado. Ese tipo lo que era tremendo ladrón ―dice el de los bigotes estrechos mientras se sirve de una botella color malva―. Vino de la ciudad. Dicen que lo buscaban por asaltar un banco. Caminaba derrengado, con una escopeta y un maletín de cuero lleno de billetes.

― Qué ladrón ni un carajo ―le dice el que lleva una camisa rosada a cuadros verdes―. Ese fue un alzado de siempre, con la escopeta y una cartuchera de balas. ¿O es que no te acuerdas de la emboscada al jeep? Le metió el balazo entre los ojos al chofer. Yo lo vi cojeando, sin apenas comer y rompió un cerco como de cien. Ese era un...

V

“Vedooo, Vedooo”, oyó que lo llamaban. Una luz amarillenta bajó el hueco y le iluminó la pierna hinchada de tanto rodar por el barranco. Trata de pegar su cuerpo al suelo y solo consigue que más tierra se desprenda de los bordes. La tierra y las piedras lo golpean. Las raíces cedieron a la presión de sus dedos y los troncos pequeños se hicieron pedazos, perdidos en la terrazón. Siente un frío en la columna, que se va, viene y se repite; cuando abre los ojos, el chipojo está allí, mirándolo, tan cerca, que a los dos días de no mover el cuerpo tuvo que hacer muy poco esfuerzo para comérselo. Masca.

Vedo probó la tierra colorada, desgarró la corteza de los árboles, se tragó cuanto corujey cayó al suelo, mordió una piedra, se tomó por diez veces el orín, y en la soledad de sus gritos transcurrió la semana.

Cuando comenzó a hablar, ya hacía más de tres días que la yagruma corpulenta y el helecho de dos pencas que le abanica la pierna eran sus amigos. Como en un sopor vio al padre, lo llamaba desde arriba, le decía: Mi hijo, qué difícil ha sido encontrarte. Espera, ten paciencia, ya estoy aquí. Conversó largo rato con la esposa: Cuéntame de estos últimos días. Cuéntame de ti, le dijo mientras le acariciaba la cara. Sabía que ahora tendría todo el tiempo para descansar y reponerse, les relataría a sus amigos y a los hijos cómo había ocurrido el accidente. Sabe que tendrá todo el tiempo, y se siente tranquilo. Saboreó un pollo asado. Tomó café, y se siente tranquilo. Saboreó un pollo asado. Tomó café, y esa y esa noche la pierna le dolió menos. Por la mañana sintió hambre, y tuvo que desgarrar el árbol más cercano y comer sin tomar agua. Durante el día trata muchas veces de subir el acantilado de piedra; fueron tan enormes los esfuerzos que hizo, que no se movió del lugar donde estaba. No podía. Rezó. Juró que caminaría kilómetros de rodillas con una escopeta grande, pero no pudo encontrarla. Entonces pensó que el arma se le había extraviado en la caída.

Vedo apenas puede abrir los ojos. Sabe que pronto va a morir y se apresura. Su esposa le ha colocado un almohadón en la cabeza y se queda dormido. Se despierta y la piedra le molesta.

VI

― Yo ayudé a sacarlo del hoyo. La escopeta la encontré como a 200 metros.

― Todavía respiraba y se reía.

― ¿Tú lo conocías?

― No. Ni quiero.

La tarde cae sobre la llanura y se duerme en la sierra. El monte chifla, allí donde las piedras hacen un acantilado y comienza el hoyo. Dos hombres hablan. Miran hacia abajo, a la verde vegetación que se empina y crece en busca de más aire.

― El hombre estaba allí.

― ¿Dónde?

Cortaron unos gajos, estorban, es a machete, y se inclinaron más allá de las piedras salientes, señalando los troncos altos en lo más bajo de la polja. Luego encendieron cigarros. Fuman. Hablan algunas cosas más y se alejan a caballo y a pie por el camino de guano que cruza el monte adentrándose en la sierra y da de golpe en la amplia llanura.


Enrique Cirules (Nuevitas, Camagüey, 1938): Escritor y ensayista. Ganó el Premio de Cuentos del concurso 26 de Julio, en 1971 con Los perseguidos. Al año siguiente, en el mismo concurso, triunfó su obra Conversación con el último norteamericano, Premio de Testimonio. Fue director de la revista Revolución y Cultura. Otro de sus títulos más importantes es El imperio de La Habana, con el que obtuvo el Premio Casa de las Américas en 1993 y el Premio de la Crítica en 1994. Su ensayo Hemingway en la cayería de Romano alcanzó mención en el Premio Casa de las Américas, en 1999.  

 
 
 
 
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2010.