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La acústica profunda
Cómo suenan las campanas
dentro del sólido
silencio! Abren el
silencio en dos, como
mismo el olor del pan
atraviesa la corteza
caliente, y nos abrazan
de modo ciego.
Todo el ámbito está
lleno de campanas. En
los recodos las campanas
doblan felizmente, y
suben los peldaños con
el garbo sonoro de una
colegiala.
Abajo, la tierra oscura,
se encuentra poblada de
campanas. Y el cielo,
arriba de los sombreros
jubilosos, se agolpa en
campanas transparentes,
de un rico azul abierto
en caderas fugitivas.
Y mi corazón, tan lleno
de tristeza, revienta en
campanas agridulces,
como un tren lleno de
pequeñas banderas que se
pierde poco a poco en la
distancia.
Y tu corazón, amada,
retumba orquestal: lo
estoy oyendo a través de
todas las olas, delante
de todos los mástiles de
las naves locas que
ahora cabecean alegres
en el puerto.
Mi espíritu de todas las
épocas, henchido de
lunas acuciantes y soles
de esplendidez
fosfórica, agita sus
claros bronces, sus
cuadrantes más pueriles,
sus desmedidas de nácar.
Sé que sobre la tierra
existen las campanas.
Las oigo, dentro de la
red absorbente del
silencio. Y las veo, con
el jolgorio de las hojas
que en este momento
corren delante de los
nudillos frenéticos del
aire.
Una alegría así, tan
personal que es
invisible, tan
aglutinadora y
envolvente que parece
una semilla enorme que
lo fuera rodando todo
sobre su dormido corazón
verde, tiene que existir
sobre la tierra. Y
existe.
Pero, oh Dios, cómo hay
que trabajar para poder
oír un nimio vahído
sonoro, una pestaña
sonora de los metales,
una música broncínea
ampliándose en círculos
nobles, de entregada
fraternidad acústica.
Qué hastío adentro y
afuera, como una
comisura mordida por un
largo diente, como una
cabeza topando
ciegamente en un litoral
oscuro a lo largo de
esta ausencia de
sonidos.
Tanta mirada a los
zapatos y a las diademas
sin campanas, tanto
brazo que deja fluir el
pensamiento o la
violencia sin campanas,
tanta hincada en el
paladar del mundo el
gusto de la vida sin
campanas.
No oyes las campanas?
Escucha ahora las de
este poema que te busca,
deseoso de alcanzarte el
corazón desde sus
ristras sonoras, sus
encrespaduras de color,
sus lazos de suave
pleitesía.
Aquí te envío mis
tañidos profundos, oh
lector, para que sepas
que yo estoy dentro del
silencio hostil
coordinando yemas
esperanzadas, tañidos de
irradiación absoluta, y
que esa música es hija
de la solidaridad y el
denuedo!
El Vedado, octubre de
2005
Los degradadores
A este paso lo dejarán
todo árido. A este paso,
atilas de la tierra,
césares segando la flor
recién formada, todo
quedará seco como hueso
lavado por los meses,
como un maltrecho
omóplato blanco tirado
sobre la arena.
Qué va a quedar, oh
Dios? Qué continente,
qué atolón, qué mar
entre las encías pardas
de los continentes, qué
continente recogiendo
cosechas y alzando
ciudades en los
perímetros diluidos?
Todo será arrasado. Ya
veo venir la cuchilla
ultimando, la cuchilla
que ya se vuelca sobre
sí misma cercenando los
propios dedos en que se
sostiene para la
crueldad y el
exterminio.
Trancado polvo entre las
cejas, oh corazón
tapiado. Es terrible ver
a lo largo y ancho de
los ojos, tener la vista
suficiente, armónica con
la frente y la página.
Se queman los jardines.
Arden las umbelas, las
espigas, las brácteas,
los cañutos. Sudan
rápidamente los troncos,
caen carbonizados los
gajos azules del
planeta, los derrames
anaranjados de las
distancias.
Crepitan las carnes, y
se evaporan las alas,
las mandíbulas, los
pelos, los profundos
cartílagos. Hierven los
nidales. Huyen hacia los
últimos humedales las
zarpas, las crisálidas,
las piaras, los
enjambres.
Todo se encuentra cada
vez más árido. He aquí
las costillas del mundo.
Superficies de calor por
donde rueda el plasma.
Los dedos, llenos de
anillos luminosos,
despiden sus haces
suprimidores, proyectan
sus conos de depredación
sin término.
Sal al proscenio, poeta.
Ven, con tus ojos
órficos. Saca un poco
las manos de tu ombligo.
Oh tú, poeta, que gozas
entre los mortales de la
gracia de ejercer una
repoblación dulce, llena
de música y sentido.
Todo lo han parcelado,
comprado, vendido,
expedientado, cancelado.
Se fueron en el viento
las últimas grandes
mariposas y los últimos
conglomerados de polen.
Todo se va al viento,
hacia el viento, tras el
viento.
La sal subiendo del
polvo, el polvo entrando
en el agua, el agua
pasando al fuego, el
fuego derramándose
lentamente desde las
suelas efímeras. Hay un
túnel, ensortijado y
movido, como una tromba
sin banderas.
Sal al proscenio, poeta.
Asoma al viento tu
corazón de dos alas, y
da al viento tu palabra
escogida, tu frente de
cristal soñoliento y
esperanzado. Porque es
la hora de la hora, ya
solo queda la hora de la
hora, ya es la Hora!
El Vedado, octubre de
2005
El estribo en la arena
Hay un aire suelto, y
suda en silencio. Ha
enmudecido, y se le han
abierto enormemente las
cuencas. Escande, a
todas luces, un brasero
en su pecho.
Madre, me gustaba el
sosiego de la tarde
cuando mi padre volvía
del afán y el mantel se
alargaba en el anillo
cálido de la familia.
Son hebras de nostalgia.
Todo se ha disuelto, y
enmudecido. Se
oscurecieron las últimas
bujías blancas, y el
polvo ha cruzado los
párpados azules, los
vitrales argumentados de
sueño.
A la orilla de las
majestuosas puertas de
antaño cayeron ya los
últimos árboles, y
estamos pisando
aceleradamente las
postrimeras sombras.
Padre, sé que vendrá una
gran aridez, la huelo
tras los plásticos
sordos, adentro de los
bulliciosos escapes de
la combustión y entre
los diálogos llenos de
ira.
Se ha arracimado el
rencor, la ambición ha
alargado sus moradas
uñas, y la arrogancia ha
subido la barbilla
demente, con la
insolencia brutal del
que entrega su propia
sangre para demoler la
ajena.
Hay un silencio grueso:
no creas en ese
escándalo, madre, todo
está en trance de morir,
está siendo asesinado
lentamente, y yo veo ya,
con un adelanto
increíble y nítido, el
descenso de los
capiteles y el derrumbe
de las espigas.
Los que tienen voz se
han parado en las
encrucijadas, y han
dicho su campana, y han
rasgado sus vestiduras,
pero los áureos
conductores no
detuvieron la carroza ni
los metálicos estrategas
enrollaron los mapas.
No se van a parar,
padre: padre, no van a
parar: ya no pararán:
juntaron en sus dedos
ásperos todas las
bridas, y cuelgan de sus
cintos todas las llaves,
y no tiemblan en sus
ojos los hongos ni las
ergástulas.
Allí, a la vera de aquel
médano y bajo su visera
oscura, he visto pasar
los ojos huidizos de
Espartaco, copiando sus
muros íntimos,
arremolinado en su
vicisitud más inmediata.
Más allá, entre los
grandes recipientes de
detritos, pisando los
papeles deshechos, he
visto a Fausto, ya sin
preguntas, solo en su
mugre, lejos de todas
las lámparas.
Diógenes cruza y no
encuentra a nadie, en
las autopistas
calientes, merodeando en
los puertos llenos de
crímenes, escapando de
los disparos que se
escuchan en la noche.
Ofelia, Ofelia, caes
sucesiva en el petróleo
de las aguas, con las
venas torcidas, y a San
Francisco se le han
quebrado en quicios de
desmemoria todas las
flautas dulces, y nadie
ha venido a ver nada,
adentro del silencio.
Por todas las aguas del
mundo van subiendo
deleznables cáscaras
llenas de extraviados,
de demacrados fugitivos,
y en todos los litorales
altos, encandilados por
la luz eléctrica, los
están esperando con
ceñidos grilletes y con
rudas pólvoras.
Van muriendo las
patrias, como unas
madres harapientas, al
borde triste de las
despedidas, cuando las
sombras escapan en la
noche atravesando las
fronteras, a la hora en
que el que se descalza
en su alfombra mira las
asombrosas imágenes.
Y hay un silencio vasto
que recorre la sangre,
como un aullido
hiriente, y mira el
púlpito limpio: madre,
si se pudiese oír la voz
de un niño, tocar la
verdad del encantado
traje.
Solo la poesía tiene ya
la balanza, y a ella me
acojo, como el que
delira; a ella me acojo,
como el que marcha
herido en la sombra; a
ella me acojo, como el
sacerdote que avisa a
los durmientes el cruce
de los meridianos altos.
Hermanita poesía, madre
nuestra, esposa del
alma: cédenos un gajito
de romero, déjanos un
plumón de paloma,
entréganos algo nutricio
y fresco, como una miga
de pan, y elévanos hasta
tu sacra levadura, Juana
de Arco de lo íntimo!
El Canal, enero de 2006
El discurso de James
Clerk Maxwell
Propágate! Aislarse
lleva un gasto tan
intenso que siempre
acabarás disipado:
evidentemente somos un
cuerpo, sí, pero en
curso.
Utilízate como un don
para los otros y lo que
te rodea: en esta
separación de ti mismo
es que proteges mejor tu
médula.
Amor es pérdida e
ingreso: se compone de
dos, Vida y Muerte, que
son uno solo. Toda
identidad es una hélice
de doble aspa.
Lo que dura aislado no
permanece legítimamente:
solo se demora. Se
tiene, y se vuelve a
tener. Es un modo
ilusorio de sostenerse.
Pero la apertura ha de
regir, aunque en ella te
disipes. Es el mejor
método para entrar en la
meta. Véspero es el
lucero del alba. Todo es
víspera.
Insistimos en aislar, en
excluir. Las aperturas
corrientes que
realizamos son meras
manipulaciones. No son
una real propagación
generosa.
Cada día ha de haber
ingreso y egreso. El
recambio de energía
tiene un ritmo. Atiende
a ese trasvase tonal,
vigila de continuo esa
música.
Una energía no puede ser
largamente depositada.
Acaba en rémora, y no en
propela. Hay que
expulsar la estancada.
Hay que incorporar la
fresca.
Existen ingresos y
egresos involuntarios y
voluntarios. Cómo vas a
equilibrar ese
movimiento, para que la
voluntad reine en la
médula?
Ante un ingreso ajeno
violento, un egreso
semejante no es de uno:
es función de otro
metabolismo. Aplica la
divina termodinámica del
perdón.
Un caminante es una
esfera bajo continuas
colisiones. La voluntad
acerca el horizonte que
deseamos a través de
esas ásperas colisiones.
Si tu energía pierde la
música, hay que bajar la
mente al cuerpo: hay que
subir el cuerpo a la
mente. Párate de pronto,
para que puedas andar.
Nunca fue buena una
larga posición. Sopla
duro hacia la rosa de
los vientos: ofrécele a
tu mente el móvil
reconocimiento de tu
cuerpo.
Con muchas manos, con
muchos ojos, propágalos:
funda minuciosamente tu
espacio interior, según
el relieve de tu
contacto con el
exterior.
La palabra es el gran
ojo, y la gran mano.
Date la palabra, para tu
mente y tu cuerpo.
Establece la música con
la palabra, que es la
llave que danza.
Ahora clónate, y
redúcete, y colócate
dentro de ti mismo. Los
ojos saben cómo hacerlo,
y hazlo con las manos,
que auspician el
movimiento.
Sostente bien, ya
reducido, dentro de ti
mismo. Instálate
firmemente, pero con
flexibilidad. Porque
tienes que realizar
mucho trabajo dentro de
ti.
Es tu espacio interior,
y eres tú mismo, y es el
trabajo de la energía
que busca su música. La
palabra, llave que
danza, es la gran
compañera.
Eres como un pequeño
ujier de arbóreas
decisiones. Dejas pasar
lo mejor, filtras la
luz, discriminas los
tránsitos, acicalas la
respiración.
Esa figura de ti que
dentro de ti trabaja
para ti, eres tú mismo,
instalado en tu espacio
interior. Lo bello es la
gran energía. Trabaja:
embellece.
El Canal, octubre de
2009
Roberto Manzano
(Ciego de Ávila, 1949).
Poeta y ensayista.
Premio Nicolás Guillén,
de México, en 2004, y
Premio Nicolás Guillén,
de Cuba, en 2005. Premio
La Rosa Blanca 2005.
Premio Samuel Feijóo de
Poesía y Medio Ambiente
2007. Finalista en el
Festival de Poesía de
Medellín, Colombia,
2007. Finalista en el
Festival de la Lira, en
Cuenca, Ecuador, 2007.
Ha ofrecido recitales y
conferencias en
universidades de México,
Venezuela, EE.UU.,
Panamá, China y
Paraguay. Máster en
Cultura Latinoamericana.
Profesor adjunto de la
Universidad de La
Habana. Sus versos han
sido traducidos al
griego, al inglés y al
chino. Ha impartido
diplomados para la
formación de escritores.
Tiene numerosos libros
de poesía publicados. |