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Nací en Santiago de Cuba
en 1963, muy lejos de la
Matanzas querida de Dora
Alonso… “Sobre el
Yumurí ―iris diminuto―
vuela un colibrí”1.
Ya había escrito la
matancera sus primeras
obras de teatro, La
hora de estar ciegos,
de 1955, donde aborda
los conflictos raciales
en Cuba, estrenada
después del triunfo de
la Revolución en 1960
por el prestigioso grupo
Teatro Estudio, con
dirección artística de
Roberto Blanco. Ya
vibraba sobre el cielo
azulísimo de nuestra
Isla el texto Pelusín
y los pájaros,
concebido en
1956, y Pelusín
frutero, de 1957,
sus primeras piezas para
teatro de títeres,
surgidas a petición de
los hermanos Camejo y
Carril, donde brilla su
especial sentido del
humor, su genuina
cubanía, esa conexión
que logra siempre con
los niños de cualquier
generación. De 1959 es
La casa de los sueños,
su segunda obra de
teatro para adultos, con
la que obtiene el primer
Premio del Concurso
Nacional de la Dirección
General de Cultura del
Ministerio de Educación.
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Pelusín y los
pájaros |
No pude ser testigo de
la alegría infantil que
provocó en todo el país
las transmisiones entre
1961 y 1963 de Las
aventuras de Pelusín del
Monte por CMQ
Televisión, aún no había
nacido. Justo cuando
vine al mundo se
estrenaba en el Teatro
Nacional de Guiñol
Pelusín del Monte o
El sueño de Pelusín,
uno de sus textos para
retablo más hermoso e
imaginativo, realzado,
según reseñan las
críticas y quienes lo
aplaudieron en aquellos
tiempos, por la magia
infinita del trío
conformado por Pepe
Camejo, Pepe Carril y
Carucha Camejo. Ese
mismo año, Dora escribe
su última pieza de
teatro para adultos,
Los santos, donde
critica la falsa moral
religiosa.
Estuve entre los niños
que leyeron Aventuras
de Guille, y me
asombré con los
descubrimientos de aquel
muchachito en la
península de Hicacos.
Desde entonces,
Matanzas, como un
misterio a desentrañar,
estuvo en mi universo
personal. No pude ver,
vivía tan distante, su
Tin Tin Pirulero (conocida
también como El gato
feroz), puesta en
escena de Pepe Camejo,
estrenada por el Teatro
Nacional de Guiñol en
1965, ni el montaje
Saltarín, que en
1968 estrena el Teatro
de Muñecos de La Habana,
bajo la guía de Roberto
Fernández. Para entonces
la Alonso, a petición
del Departamento
Nacional de Teatro
Infantil del Consejo
Nacional de Cultura,
escribe un montón de
piezas dramáticas para
niños que pasarían a
engrosar el repertorio
de los diferentes grupos
del país.
Espantajo y los pájaros,
Como el trompo
aprendió a bailar o
Una fiesta para el
conejo, están entre
esas obras que vi por
algunos grupos
profesionales de guiñol
o por colectivos de
aficionados en escuelas
primarias. En mis manos
tuve aquella maravillosa
edición de El cochero
azul, de 1975 y su
poemario Palomar,
ambos me acompañaron
siempre. Todavía
conservo esos
ejemplares, garabateados
y repasados por mis
manos, como los juguetes
preferidos de un
infante. Cuando se
publican sus libros
La flauta de chocolate
o El valle de la
pájara pinta, en la
entrada de los años 80,
yo era un joven que
caminaba hacia el
Instituto Superior de
Arte (ISA) en La Habana,
pero con los ejemplares
de Dora entre mis cosas
personales “¡Del monte
cubano vengo, del monte
cubano soy!”2.
Estudiar teatro en La
Habana no me desvinculó
de mi afición por el
teatro de muñecos. De
vez en vez me escapaba
de los acontecimientos
obligados que eran las
puestas de Roberto
Blanco, Berta Martínez o
Vicente Revuelta, para
irme al edificio Focsa,
colarme entre los
pequeños asistentes del
Guiñol Nacional para
disfrutar de los títeres
y de su encanto
imperecedero. Entre
espectáculos como El
flautista de Hamelin,
de Roberto Fernández
o Un día de
lluvia, con
Ulises García a todo
canto, al lado de su
infaltable Alelé, me
volví a encontrar con
Dora Alonso, pero ahora
teatral. Mandamás
y Bombón y Cascabel,
ambas producciones con
dirección artística de
Eddy Socorro, o El
Teatro de Pelusín,
en puesta de Roberto
Fernández, estrenada
para celebrar los 30
años de creado Pelusín
del Monte.
De vacaciones en
Santiago, el guiñol
provincial estrenaba,
también por el
cumpleaños del títere
guajirito, Pelusín y
los pájaros, al
mando de Rafael Meléndez
¿Quién era ese muñequito
de sombrero de yarey,
pañuelo rojo al cuello y
guayabera blanca? “Un
títere campesino junto a
su casa sembró, semillas
de pino blanco, de
framboyán y limón”3.
Nunca supe, hasta mucho
después, lo cerca que
estuve de Dora en mis
estudios habaneros,
ambos vivíamos en el
municipio de Playa; aún
así mi destino era ir a
su encuentro, estaba
escrito en mi vida y en
la suya. Tuve la suerte
de tener como profesora
del Seminario de Teatro
para Niños en el ISA a
Mayra Navarro. Ella
encaminó mis
inclinaciones infantiles
hacia el teatro de
figuras por un sendero
firme, mostrándome lo
que valía y brillaba del
género en la Isla, entre
esas revelaciones me
mostró a Teatro
Papalote, de Matanzas, y
allá me fui luego de
graduarme, a la tierra
de Doralina de la
Caridad Alonso
Pérez-Corcho, todo
coincide y sé bien que
no por casualidad. Entre
las formaciones que
heredé de mi educación
superior está la de
investigar, escudriñarlo
todo hasta el cansancio,
es muy tonto creerse uno
muy listo y original
basándonos en
descubrimientos que ya
otros descubrieron.
En esas indagaciones
sobre el teatro para
niños matancero, que
comencé al llegar a
tierra yumurina, me
encontré con Dora y
Pelusín, ambos de una
finca llamada Recreo, en
el poblado de Máximo
Gómez, del municipio de
Perico. Eddy Socorro,
ferviente admirador de
la dramaturgia doraliana
y exdirector del guiñol
matancero entre 1976 y
1979, había llevado a
las tablas matanceras
los espectáculos En
Villa Don Sol,
recreación escénica de
la obra de la Alonso
Doñita Buena y Doñita
Bella, y
Espantajo y los pájaros.
Pelusín del Monte,
con su risa, su decir
campechano y jaranero,
su poesía montuna y
transparente, no se
había erguido todavía
sobre el retablo
profesional de su
provincia. Quizá por su
presencia constante en
los libros de lectura
primaria, en la radio, o
a que Pedro Valdés Piña
lo mostraba sonriente y
pícaro en su entrañable
espectáculo Juegos
Titiritescos de Cuba,
o porque algunos
grupos de la Isla se
habían acercado a su
historia teatral a
través de los cuatro
textos conocidos:
Pelusín y los pájaros,
El frutero Pelusín, El
sueño de Pelusín y
El teatro de Pelusín,
o por estar demasiado
“cacareado”, como me
comentó en cierta
ocasión un prestigioso
director teatral de
títeres, no estaba
presente en sus propios
predios. Yo no era líder
de ningún grupo, sino
simplemente un actor,
pero me prometí, en
nombre de esa cubana
legítima que fue y que
sigue siendo Dora
Alonso, devolverlo a
Matanzas.
El teatro para niños y
jóvenes de Cuba en los
años 90 no estuvo ajeno
al desmoronamiento del
campo socialista europeo
y lo que originó a nivel
económico para nuestro
país. Sobrevino una
etapa terrible que se
denominó período
especial. Hubo escasez
de alimentos, de
combustible, de
medicinas, de materiales
para trabajar… menos de
creatividad. Si algo nos
hizo sobrevivir y
resistir fue la
disposición de nuestro
pueblo a no dejarnos
derrotar. El campo de la
cultura floreció en
iniciativas y proyectos
para sacar adelante los
logros alcanzados,
imprescindibles para el
enriquecimiento
espiritual y social de
los cubanos.
Ocurre entonces lo que
el profesor, dramaturgo
e investigador Freddy
Artiles, tristemente
desaparecido, apasionado
defensor del legado
teatral de Dora Alonso
llamó el boom de
los 90 “una especie de
saludable regreso a los
orígenes, en que el
noble muñeco teatral
volvió a ocupar la
posición central que
merecía…”4.Un
grupo de jóvenes
titiriteros, desde el
corazón de los grupos
establecidos o con
agrupaciones
independientes de
reciente formación, se
decidieron por un
rescate de todo el
patrimonio teatral para
niños y de figuras
existentes en el país,
aportando nuevas
visiones y
aproximaciones
espectaculares que
mezclaban tradición y
experimentación a partir
del mayor respeto a la
historia y al compromiso
artístico. Entre esos
jóvenes, Sahimell
Cordero, surgido del
grupo guanabacoense
Teatro de La Villa,
estrena como Teatro El
Trujamán el texto de
Dora Pelusín frutero,
va a casa de la
escritora y se lo
representa en su sala,
era 1994. Por esas
mismas fechas el Guiñol
de Santa Clara
representa en montaje de
Allán Alfonso la versión
para retablo del cuento
de Dora El caballito
enano, premiada en
cuanto evento concursó.
El jovencísimo Teatro
Pálpito, de Ciudad de La
Habana, realiza una
versión atendible de
El cochero azul,
dirigida por Ariel Bouza.
Teatro de Las
Estaciones, en Matanzas,
bajo mi propio liderazgo
iba en la búsqueda del
linaje heredado y
silenciado de los
hermanos Camejo y
Carril. En aquella
exploración, aparece
Dora y su obra teatral,
rediviva para los
títeres y los niños, y
junto a ella Pelusín del
Monte, la abuela
Pirulina, abrazados al
cuello de la matancera,
observando desde lo alto
de las palmas el
renacimiento de un amor
por lo cubano, por las
raíces más auténticas de
lo que fuimos, somos y
seremos. A mi antigua
idea de devolver a la
Alonso y a su hijo
teatral al Valle del
Yumurí, se sumó desde la
concepción plástica y la
indagación histórica, el
diseñador escénico Zenén
Calero, uno de los
fundadores de Teatro Las
Estaciones.
Abril es un niño rubio
que junta flores y
pájaros;
tiene los ojos azules
Y va vestido de blanco.
Mayo es un niño aguador
de trigueños pies
descalzos.
Abril y mayo van juntos
Agarrados de la mano.5
La lectura en 1996 del
sustancioso artículo
“Siempre Pelusín”,
firmado por
Enrique Pérez Díaz y
aparecido en 1987 en la
revista de teatro
Tablas con motivo de
los 30 años de creado
Pelusín del Monte, me
acordó el cumpleaños 40
del muñequito matancero.
Por aquel entonces Las
Estaciones auspiciaba
mensualmente en la UNEAC
provincial o en el
Teatro Sauto La peña de
las maravillas. Me
dispuse a convidar a
Dora a una de las peñas
para celebrar el
onomástico, eso me
propiciaba la
posibilidad de ir a
conocerla personalmente
a su casa del municipio
de Playa. Hasta La
Habana me fui, escoltado
por el maese Armando
Morales y su discípulo
Sahimell Cordero.
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Una niña con
Alas, Teatro
de Las
Estaciones |
El corazón casi se me
revienta de tanta
ansiedad contenida, iba
a conocer a Dora Alonso,
a tenerla frente a
frente después de tanto
regalo literario. Quien
nos abrió la puerta fue
una viejita delicada,
con una bata azul, los
ojos claros y un violeta
pálido en los cabellos.
Conversamos como si nos
hubiéramos conocido de
toda la vida y es que
era así, la sentí tan
cercana a mí como si
fuera de la familia,
ella era Doña María
Pirulí, Lola, la tía de
Guille, Isabela, la
nieta de Felo Puntilla
en el Valle de la Pájara
Pinta. No pudo
acompañarnos a la ciudad
de los puentes, pues
estaba convaleciente de
una operación. Me dio
una carta mecanografiada
para leer en su nombre y
en el de Pelusín. El
títere hablaría (ese día
y después para siempre
en Las Estaciones) con
la voz de Fara Madrigal,
actriz de nuestro grupo
y conductora de la peña,
a mí me tocó leer las
palabras de Dora. Por lo
singular de esta misiva
la reproduzco para Uds.:
Playa, 28 de junio de
1996
Queridos todos:
Solamente mi mal estado
de salud impide que
celebremos juntos los 40
años de Pelusín.
Como en otras ocasiones,
los achaques de mis años
sobrantes resultan
culpables de la
frustración. En mi
lugar, será Pelusín
quien los acompañe en
este día feliz; quien
reitere mi
agradecimiento y de
testimonio de mi orgullo
de matancera.
Con un gran abrazo,
Dora Alonso (aquí su
rubrica inconfundible)
Compañeras y compañeros:
Aquí me tienen porque,
como Dora es más vieja
que el Morro, cuando más
embullada estaba para
caer de “fly” en esta
fiestona, ¡plin!, se le
escachimbó la bomba.
Entonces, va y me dice:
―Pelusín,
hazte cargo de la
ceremonia, pues eres tan
matancero como yo. Esos
muchachones merecen
nuestra gratitud por el
homenaje.
―De
acuerdo, doña doña ―respondí―
pero aclárame si en la
fiesta está el compañero
“cake”. Y al decirme que
el cake está anunciado
en el programa, aquí me
tienen esta vez, al
derecho y al revés.
Su seguro servidor,
Pelusín del Monte (y
aquí una rúbrica
infantil que no sé cómo
Dora logró ¿o el propio
Pelusín?)
Nos prestó el títere
original realizado por
Pepe Camejo en 1956.
Llegó la despedida, soy
muy abrazón, dicen que
abrazar con vehemencia
es curativo, pero me
daba temor apretar a
Dora, tan delgadita. La
abracé como quien toma
una flor de mariposa
blanca en las manos y
ella me devolvió el
gesto con un abrazo de
ceiba, profundo y
poderoso que jamás
olvidaré. Con sus dedos
de escribir maravillas
acarició levemente mi
cara, en gesto que
repetiría en cada
encuentro.
La peña en Matanzas fue
una fiesta innombrable y
Pelusín comenzó un
trasiego entre La Habana
y su provincia original
que culminó en el
estreno el 14 de mayo,
en 1999, de El sueño
de Pelusín por
nuestro grupo. En la
escena del legendario
Teatro Sauto convocamos
a todos los pelusines y
sus hacedores escénicos
del país. Vino Marta
Falcón, la voz primera
del Peluso Patatuso,
Valdés Piña, Julio
Cordero, director
titiritero de la
televisión, Armando y
Sahimell, entre otros
grandes artistas de
nuestra nación. Dora
estaba feliz, por el
espectáculo y por la
medalla Tricentenario de
la ciudad, que ese día
le entregó el gobierno
de Matanzas, su
Matanzas. Improvisó el
discurso más intenso y
premonitorio que yo haya
escuchado, reproduzco
aquí sus palabras:
“Yo soñé de niña, en una
hacienda ganadera, en un
sitio de un tío-abuelo
analfabeto y criollo,
combatiente por la
revolución del 98, con
muñecos que no conocía
ni soñaba. Me conformaba
con los cocuyos y las
mariposas, con los
sinsontes y los cuentos
que pudiera inventar mi
nana negra Namuní con su
amor y su dolor.
“Crecí, y dentro de mí
empezaron a salir, como
un manantial de flores
aquellos recuerdos,
aquellos nidos, aquellos
paisajes cubanos, aquel
sabor de Cuba y el sabor
de sus nubes. Me hice
mujer, y dentro de mí,
como una flor, brotó la
inspiración para ser
escritora.
“Y sin tener que
estudiarlo, porque nacía
de mi corazón, pensé y
quise dejar mi huella a
través de mis humildes
letras, pero solamente
como un camino y una
meta: Cuba. Fue también
pensar en mis niños, en
aquellos niños olvidados
de toda la vida…Yo no lo
fui, pero los que me
rodeaban ―mis
pequeños sobrinos, mis
primitos descalzos, sin
sueños ni esperanzas.
“Me dije: ‘¡Hay que
llevarles algo!’, y de
lo mío, de lo que me
florece dentro. Esto no
se concretó hasta años
después, cuando peinaba
canas, y nació Pelusín
―criollo,
matancero,
revolucionario y tan mío
como mi sangre.
“Hoy la vida, ya a su
final, me da la
oportunidad de ofrecerlo
a la tierra donde nació;
a toda Cuba, pero a mis
matanceros en primer
lugar. Aquí se los
traigo, se los dejo en
el corazón de los
titiriteros, en los
brazos del pueblo que
son los que nunca se
cansan, los brazos que
producen, los que
perduran: a ellos les
entrego a Pelusín, que
es como dárselo a
ustedes.
“¡Cuídenmelo cuando yo
me vaya! ¡Él es Cuba
también!”
Fue su última visita a
Matanzas. Seguí
visitándola en su casa
de Playa, iba solo, con
Zenén, Fara u otro amigo
de nuestro equipo
artístico. No podía ir
de visita o a trabajar
en La Habana sin pasar
por el hogar de la mamá
de Pelusín. Actuamos
para ella en la Feria
Internacional del Libro
del año 2000. Junto con
la Editorial Vigía y con
diseños de Zenén Calero,
siempre fiel a la imagen
creada por Pepe Camejo,
preparamos un libro
manufacturado con sus
cuatro libretos
dedicados al Peluso. Ya
Freddy Artiles había
consolidado su teoría
sobre la definición de
Pelusín del Monte como
títere nacional,
basándose en la
permanencia por más de
cuatro décadas del
muñequito campesino, en
los medios de difusión,
la literatura y el
teatro. El libro tuvo su
lanzamiento en la sala
Manuel Galich de Casa de
las Américas, con la
presencia de todos los
amigos y admiradores del
verbo gracioso e ingenuo
del Patatuso y su tropa
campestre. Dora acudió,
como siempre, acompañada
de Fausto, su esposo, no
necesitaba otro galán.
Me atreví ese día a
lanzarle un piropo, le
dije que estaba muy
bonita con su vestido
amarillo y blanco. Me
respondió que es que iba
a ver a su novio;
curioso le pregunté que
cuál novio, y pícara,
con sus ojillos verdes
me contestó delante de
su compañero de vida:
―tú. Para quien la
estuvo buscando desde la
niñez y había
encontrado en su teatro
la calidad de su
entereza humana, aquella
respuesta era un beso
indeleble con olor a
guayaba madura y piña
morada.
En 2001 se conmemoraban
los 40 años de fundación
de los teatros de Guiñol
en Cuba, aquella tarea
encomendada por el
mencionado departamento
de cultura a los
Hermanos Camejo y
Carril. Decidimos que
íbamos a celebrar ese
aniversario cerrado con
el estreno por Las
Estaciones de Pelusín
y los pájaros. Se lo
comentamos a Dora,
también le confiamos
nuestro proyecto de
construir en Matanzas
una casa teatro para
Pelusín, exhibir allí
los títeres originales,
promocionar e investigar
su historia y aportes a
la dramaturgia y al
teatro de figuras
nacional. Se mostró
complacida con ambos
proyectos, no se dejó
amilanar por la
implacable enfermedad
que la afectaba y la
hacía ingresar en el
hospital una y otra vez.
Dora era un pozo de fe y
de esperanzas, nunca
dejó de aconsejarme, de
apoyar mis proyectos
escénicos e
investigativos, siempre
tuve su opinión sabia,
su cariño, ese gesto de
rozar con sus dedos mi
cara mestiza, como la de
su hijo mulato José
Joaquín.
La vimos por última vez
en diciembre del año
2000. Fue una visita
larga, no queríamos
abandonar su sombra
buena intuyendo que el
final se acercaba. Fara,
Zenén y yo, junto con
Fausto, la prima Lala y
Dora, celebramos
anticipadamente los 90
años que cumpliría
dentro de unos días.
Tengo fotos del
encuentro, la mirada de
Dora se proyectaba
infinita en esas
imágenes, se dejó
consentir como una niña
y sacaba de vez en
cuando su reciedumbre
guajira, cuando advertía
una lágrima en camino o
los diálogos adquirían
un matiz amargo y
pesimista. Se fue el 21
de marzo de 2001, día en
que rompe la primavera y
se canta a los poetas.
Quedó trunca su promesa
de acompañarnos, aunque
fuera en las funciones
de La Habana, durante
nuestra gira nacional
con Pelusín, viaje que
iniciamos justamente en
el poblado de Máximo
Gómez.
Su títere florece hoy en
nuevos montajes
escénicos de grupos en
Guantánamo, Camagüey,
Sancti Spíritus y Ciudad
de La Habana. Ha viajado
a otros países de la
mano de Teatro de Las
Estaciones, El Trujamán
o el joven colectivo
Nueva Línea. Freddy
Artiles hizo realidad su
proyecto de continuar
las aventuras dramáticas
de Pelusín, al convertir
los mejores libretos de
televisión escritos por
Dora a principios de los
60, en textos teatrales
que aparecieron en un
tomo llamado Nuevas
aventuras de
Pelusín del Monte,
joya literaria publicada
por la Editorial Gente
Nueva.
Se dio comienzo a un
nuevo proyecto de serie
televisiva, que contó
también con la
imprescindible
colaboración de Artiles
como guionista. Se
crearon otras historias
del Peluso bajo el
cuidado de la
dramaturga, crítica e
investigadora Esther
Suárez. Pelusín sigue
vivo, su canto se
escucha pleno de futuro.
Se ha adueñado
finalmente de su
Matanzas, con todo el
derecho que le asiste.
Lo mismo aparece en la
televisión o el teatro,
que en una peña para
niños. Es motivo
constante de recurrencia
e inspiración, cosa que
me hace muy feliz, tan
feliz como se hubiera
sentido Dora al saber
protegido y continuado a
su muchacho de boca
grande y cabello rubio.
“Si no cantara el
sinsonte, mi campo no
fuera campo, ni mi monte
fuera monte”6.
Notas:
1- Fragmento del poema
“Matanzas tiene tres
ríos”, del libro
Palomar, de Dora
Alonso.
2- Fragmento del poema
“Maderas de mi país”,
del libro La flauta
de chocolate, de
Dora Alonso.
3- Fragmento del poema
“Titiritera”, del libro
Palomar, de Dora
Alonso.
4- Artiles, Freddy:
Teatro y dramaturgia
para niños en la
Revolución,
Ciudad
de La Habana, Ediciones
Adagio, p. 71
5- Poema “Abril y
Mayo”, del libro
Palomar, de Dora
Alonso.
6- Poema “Sinsonte”, del
libro La flauta de
chocolate, de Dora
Alonso. |