La Habana. Año IX.
18 al 24 de DICIEMBRE
de 2010

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En busca de Dora Alonso
Rubén Darío Salazar • Matanzas
Fotos: Cortesía del autor

Nací en Santiago de Cuba en 1963, muy lejos de la Matanzas querida de Dora Alonso… “Sobre el Yumurí ―iris diminuto― vuela un colibrí”1. Ya había escrito la matancera sus primeras obras de teatro, La hora de estar ciegos, de 1955, donde aborda los conflictos raciales en Cuba, estrenada después del triunfo de la Revolución en 1960 por el prestigioso grupo Teatro Estudio, con dirección artística de Roberto Blanco. Ya vibraba sobre el cielo azulísimo de nuestra Isla el texto Pelusín y los pájaros, concebido en 1956, y Pelusín frutero, de 1957, sus primeras piezas para teatro de títeres, surgidas a petición de los hermanos Camejo y Carril, donde brilla su especial sentido del humor, su genuina cubanía, esa conexión que logra siempre con los niños de cualquier generación. De 1959 es La casa de los sueños, su segunda obra de teatro para adultos, con la que obtiene el primer Premio del Concurso Nacional de la Dirección General de Cultura del Ministerio de Educación.



Pelusín y los pájaros

No pude ser testigo de la alegría infantil que provocó en todo el país las transmisiones entre 1961 y 1963 de Las aventuras de Pelusín del Monte por CMQ Televisión, aún no había nacido. Justo cuando vine al mundo se estrenaba en el Teatro Nacional de Guiñol Pelusín del Monte o El sueño de Pelusín, uno de sus textos para retablo más hermoso e imaginativo, realzado, según reseñan las críticas y quienes lo aplaudieron en aquellos tiempos, por la magia infinita del trío conformado por Pepe Camejo, Pepe Carril y Carucha Camejo. Ese mismo año, Dora escribe su última pieza de teatro para adultos, Los santos, donde critica la falsa moral religiosa.

Estuve entre los niños que leyeron Aventuras de Guille, y me asombré con los descubrimientos de aquel muchachito en la península de Hicacos. Desde entonces, Matanzas, como un misterio a desentrañar, estuvo en mi universo personal. No pude ver, vivía tan distante, su Tin Tin Pirulero (conocida también como El gato feroz), puesta en escena de Pepe Camejo, estrenada por el Teatro Nacional de Guiñol en 1965, ni el montaje Saltarín, que en 1968 estrena el Teatro de Muñecos de La Habana, bajo la guía de Roberto Fernández. Para entonces la Alonso, a petición del Departamento Nacional de Teatro Infantil del Consejo Nacional de Cultura, escribe un montón de piezas dramáticas para niños que pasarían a engrosar el repertorio de los diferentes grupos del país.

Espantajo y los pájaros, Como el trompo aprendió a bailar o Una fiesta para el conejo, están entre esas obras que vi por algunos grupos profesionales de guiñol o por colectivos de aficionados en escuelas primarias. En mis manos tuve aquella maravillosa edición de El cochero azul, de 1975 y su poemario Palomar, ambos me acompañaron siempre. Todavía conservo esos ejemplares, garabateados y repasados por mis manos, como los juguetes preferidos de un infante. Cuando se publican sus libros La flauta de chocolate o El valle de la pájara pinta, en la entrada de los años 80, yo era un joven que caminaba hacia el Instituto Superior de Arte (ISA) en La Habana, pero con los ejemplares de Dora entre mis cosas personales “¡Del monte cubano vengo, del monte cubano soy!”2.

Estudiar teatro en La Habana no me desvinculó de mi afición por el teatro de muñecos. De vez en vez me escapaba de los acontecimientos obligados que eran las puestas de Roberto Blanco, Berta Martínez o Vicente Revuelta, para irme al edificio Focsa, colarme entre los pequeños asistentes del Guiñol Nacional para disfrutar de los títeres y de su encanto imperecedero. Entre espectáculos como El flautista de Hamelin, de Roberto Fernández o Un día de lluvia, con Ulises García a todo canto, al lado de su infaltable Alelé, me volví a encontrar con Dora Alonso, pero ahora teatral. Mandamás y Bombón y Cascabel, ambas producciones con dirección artística de Eddy Socorro, o El Teatro de Pelusín, en puesta de Roberto Fernández, estrenada para celebrar los 30 años de creado Pelusín del Monte.

De vacaciones en Santiago, el guiñol provincial estrenaba, también por el cumpleaños del títere guajirito, Pelusín y los pájaros, al mando de Rafael Meléndez ¿Quién era ese muñequito de sombrero de yarey, pañuelo rojo al cuello y guayabera blanca? “Un títere campesino junto a su casa sembró, semillas de pino blanco, de framboyán y limón”3.

Nunca supe, hasta mucho después, lo cerca que estuve de Dora en mis estudios habaneros, ambos vivíamos en el municipio de Playa; aún así mi destino era ir a su encuentro, estaba escrito en mi vida y en la suya. Tuve la suerte de tener como profesora del Seminario de Teatro para Niños en el ISA a Mayra Navarro. Ella encaminó mis inclinaciones infantiles hacia el teatro de figuras por un sendero firme, mostrándome lo que valía y brillaba del género en la Isla, entre esas revelaciones me mostró a Teatro Papalote, de Matanzas, y allá me fui luego de graduarme, a la tierra de Doralina de la Caridad Alonso Pérez-Corcho, todo coincide y sé bien que no por casualidad. Entre las formaciones que heredé de mi educación superior está la de investigar, escudriñarlo todo hasta el cansancio, es muy tonto creerse uno muy listo y original basándonos en descubrimientos que ya otros descubrieron.

En esas indagaciones sobre el teatro para niños matancero, que comencé al llegar a tierra yumurina, me encontré con Dora y Pelusín, ambos de una finca llamada Recreo, en el poblado de Máximo Gómez, del municipio de Perico. Eddy Socorro, ferviente admirador de la dramaturgia doraliana y exdirector del guiñol matancero entre 1976 y 1979, había llevado a las tablas matanceras los espectáculos En Villa Don Sol, recreación escénica de la obra de la Alonso Doñita Buena y Doñita Bella, y Espantajo y los pájaros. Pelusín del Monte, con su risa, su decir campechano y jaranero, su poesía montuna y transparente, no se había erguido todavía sobre el retablo profesional de su provincia. Quizá por su presencia constante en los libros de lectura primaria, en la radio, o a que Pedro Valdés Piña lo mostraba sonriente y pícaro en su entrañable espectáculo Juegos Titiritescos de Cuba, o porque algunos grupos de la Isla se habían acercado a su historia teatral a través de los cuatro textos conocidos: Pelusín y los pájaros, El frutero Pelusín, El sueño de Pelusín y El teatro de Pelusín, o por estar demasiado “cacareado”, como me comentó en cierta ocasión un prestigioso director teatral de títeres, no estaba presente en sus propios predios. Yo no era líder de ningún grupo, sino simplemente un actor, pero me prometí, en nombre de esa cubana legítima que fue y que sigue siendo Dora Alonso, devolverlo a Matanzas.

El  teatro para niños y jóvenes de Cuba en los años 90 no estuvo ajeno al desmoronamiento del campo socialista europeo y lo que originó a nivel económico para nuestro país. Sobrevino una etapa terrible que se denominó período especial. Hubo escasez de alimentos, de combustible, de medicinas, de materiales para trabajar… menos de creatividad. Si algo nos hizo sobrevivir y resistir fue la disposición de nuestro pueblo a no dejarnos derrotar. El campo de la cultura floreció en iniciativas y proyectos para sacar adelante los logros alcanzados, imprescindibles para el enriquecimiento espiritual y social de los cubanos.

Ocurre entonces lo que el profesor, dramaturgo e investigador Freddy Artiles, tristemente desaparecido, apasionado defensor del legado teatral de Dora Alonso llamó el boom de los 90 “una especie de saludable regreso a los orígenes, en que el noble muñeco teatral volvió a ocupar la posición central que merecía…”4.Un grupo de jóvenes titiriteros, desde el corazón de los grupos establecidos o con agrupaciones independientes de reciente formación, se decidieron por un rescate de todo el patrimonio teatral para niños y de figuras existentes en el país, aportando nuevas visiones y aproximaciones espectaculares que mezclaban tradición y experimentación a partir del mayor respeto a la historia y al compromiso artístico. Entre esos jóvenes, Sahimell Cordero, surgido del grupo guanabacoense Teatro de La Villa, estrena como Teatro El Trujamán el texto de Dora Pelusín frutero, va a casa de la escritora y se lo representa en su sala, era 1994. Por esas mismas fechas el Guiñol de Santa Clara representa en montaje de Allán Alfonso la versión para retablo del cuento de Dora El caballito enano, premiada en cuanto evento concursó. El jovencísimo Teatro Pálpito, de Ciudad de La Habana, realiza una versión atendible de El cochero azul, dirigida por Ariel Bouza.

Teatro de Las Estaciones, en Matanzas, bajo mi propio liderazgo iba en la búsqueda del linaje heredado y silenciado de los hermanos Camejo y Carril.  En aquella exploración, aparece Dora y su obra teatral, rediviva para los títeres y los niños, y junto a ella Pelusín del Monte, la abuela Pirulina, abrazados al cuello de la matancera, observando desde lo alto de las palmas el renacimiento de un amor por lo cubano, por las raíces más auténticas de lo que fuimos, somos y seremos. A mi antigua idea de devolver a la Alonso y a su hijo teatral al Valle del Yumurí, se sumó desde la concepción plástica y la indagación histórica, el diseñador escénico Zenén Calero, uno de los fundadores de Teatro Las Estaciones.

Abril es un niño rubio

que junta flores y pájaros;

tiene los ojos azules

Y va vestido de blanco.

 

Mayo es un niño aguador

de trigueños pies descalzos.

Abril y mayo van juntos

Agarrados de la mano.5

La lectura en 1996 del sustancioso artículo “Siempre Pelusín”, firmado por Enrique Pérez Díaz y aparecido en 1987 en la revista de teatro Tablas con motivo de los 30 años de creado Pelusín del Monte, me acordó el cumpleaños 40 del muñequito matancero. Por aquel entonces Las Estaciones auspiciaba mensualmente en la UNEAC provincial o en el Teatro Sauto La peña de las maravillas. Me dispuse a convidar a Dora a una de las peñas para celebrar el onomástico, eso me propiciaba la posibilidad de ir a conocerla personalmente a su casa del municipio de Playa. Hasta La Habana me fui, escoltado por el maese Armando Morales y su discípulo Sahimell Cordero.



Una niña con Alas
, Teatro de Las Estaciones

El corazón casi se me revienta de tanta ansiedad contenida, iba a conocer a Dora Alonso, a tenerla frente a frente después de tanto regalo literario. Quien nos abrió la puerta fue una viejita delicada, con una bata azul, los ojos claros y un violeta pálido en los cabellos. Conversamos como si nos hubiéramos conocido de toda la vida y es que era así, la sentí tan cercana a mí como si fuera de la familia, ella era Doña María Pirulí, Lola, la tía de Guille, Isabela, la nieta de Felo Puntilla en el Valle de la Pájara Pinta. No pudo acompañarnos a la ciudad de los puentes, pues estaba convaleciente de una operación. Me dio una carta mecanografiada para leer en su nombre y en el de Pelusín. El títere hablaría (ese día y después para siempre en Las Estaciones) con la voz de Fara Madrigal, actriz de nuestro grupo y conductora de la peña, a mí me tocó leer las palabras de Dora. Por lo singular de esta misiva la reproduzco para Uds.:

Playa, 28 de junio de 1996

Queridos todos:

Solamente mi mal estado de salud impide que celebremos juntos los 40 años de Pelusín.

Como en otras ocasiones, los achaques de mis años sobrantes resultan culpables de la frustración. En mi lugar, será Pelusín quien los acompañe en este día feliz; quien reitere mi agradecimiento y de testimonio de mi orgullo de matancera.

Con un gran abrazo,

Dora Alonso (aquí su rubrica inconfundible)

Compañeras y compañeros:

Aquí me tienen porque, como Dora es más vieja que el Morro, cuando más embullada estaba para caer de “fly” en esta fiestona, ¡plin!, se le escachimbó la bomba. Entonces, va y me dice:

Pelusín, hazte cargo de la ceremonia, pues eres tan matancero como yo. Esos muchachones merecen nuestra gratitud por el homenaje.

De acuerdo, doña doña respondí pero aclárame si en la fiesta está el compañero “cake”. Y al decirme que el cake está anunciado en el programa, aquí me tienen esta vez, al derecho y al revés.

Su seguro servidor,

Pelusín del Monte (y aquí una rúbrica infantil que no sé cómo Dora logró ¿o el propio Pelusín?)

Nos prestó el títere original realizado por Pepe Camejo en 1956. Llegó la despedida, soy muy abrazón, dicen que abrazar con vehemencia es curativo, pero me daba temor apretar a Dora, tan delgadita. La abracé como quien toma una flor de mariposa blanca en las manos y ella me devolvió el gesto con un abrazo de ceiba, profundo y poderoso que jamás olvidaré. Con sus dedos de escribir maravillas acarició levemente mi cara, en gesto que repetiría en cada encuentro.

La peña en Matanzas fue una fiesta innombrable y Pelusín comenzó un trasiego entre La Habana y su provincia original que culminó en el estreno el 14 de mayo, en 1999, de El sueño de Pelusín por nuestro grupo. En la escena del legendario Teatro Sauto convocamos a todos los pelusines y sus hacedores escénicos del país. Vino Marta Falcón, la voz primera del Peluso Patatuso, Valdés Piña, Julio Cordero, director titiritero de la televisión, Armando y Sahimell, entre otros grandes artistas de nuestra nación. Dora estaba feliz, por el espectáculo y por la medalla Tricentenario de la ciudad, que ese día le entregó el gobierno de Matanzas, su Matanzas. Improvisó el discurso más intenso y premonitorio que yo haya escuchado, reproduzco aquí sus palabras:

“Yo soñé de niña, en una hacienda ganadera, en un sitio de un tío-abuelo analfabeto y criollo, combatiente por la revolución del 98, con muñecos que no conocía ni soñaba. Me conformaba con los cocuyos y las mariposas, con los sinsontes y los cuentos que pudiera inventar mi nana negra Namuní con su amor y su dolor.

“Crecí, y dentro de mí empezaron a salir, como un manantial de flores aquellos recuerdos, aquellos nidos, aquellos paisajes cubanos, aquel sabor de Cuba y el sabor de sus nubes. Me hice mujer, y dentro de mí, como una flor, brotó la inspiración para ser escritora.

“Y sin tener que estudiarlo, porque nacía de mi corazón, pensé y quise dejar mi huella a través de mis humildes letras, pero solamente como un camino y una meta: Cuba. Fue también pensar en mis niños, en aquellos niños olvidados de toda la vida…Yo no lo fui, pero los que me rodeaban mis pequeños sobrinos, mis primitos descalzos, sin sueños ni esperanzas.

“Me dije: ‘¡Hay que llevarles algo!’, y de lo mío, de lo que me florece dentro. Esto no se concretó hasta años después, cuando peinaba canas, y nació Pelusín criollo, matancero, revolucionario y tan mío como mi sangre.

“Hoy la vida, ya a su final, me da la oportunidad de ofrecerlo a la tierra donde nació; a toda Cuba, pero a mis matanceros en primer lugar. Aquí se los traigo, se los dejo en el corazón de los titiriteros, en los brazos del pueblo que son los que nunca se cansan, los brazos que producen, los que perduran: a ellos les entrego a Pelusín, que es como dárselo a ustedes.

“¡Cuídenmelo cuando yo me vaya! ¡Él es Cuba también!”

Fue su última visita a Matanzas. Seguí visitándola en su casa de Playa, iba  solo, con Zenén, Fara u otro amigo de nuestro equipo artístico. No podía ir de visita o a trabajar en La Habana sin pasar por el hogar de la mamá de Pelusín. Actuamos para ella en la Feria Internacional del Libro del año 2000. Junto con la Editorial Vigía y con diseños de Zenén Calero, siempre fiel a la imagen creada por Pepe Camejo, preparamos un libro manufacturado con sus cuatro libretos dedicados al Peluso. Ya Freddy Artiles había consolidado su teoría sobre la definición de Pelusín del Monte como títere nacional, basándose en la permanencia por más de cuatro décadas del muñequito campesino, en los medios de difusión, la literatura y el teatro. El libro tuvo su lanzamiento en la sala Manuel Galich de Casa de las Américas, con la presencia de todos los amigos y admiradores del verbo gracioso e ingenuo del Patatuso y su tropa campestre. Dora acudió, como siempre, acompañada de Fausto, su esposo, no necesitaba otro galán. Me  atreví ese día a lanzarle un piropo, le dije que estaba muy bonita con su vestido amarillo y blanco. Me respondió que es que iba a ver a su novio; curioso le pregunté que cuál novio, y pícara, con sus ojillos verdes me contestó delante de su compañero de vida: tú. Para quien la estuvo buscando desde la niñez y  había encontrado en su teatro la calidad de su entereza humana, aquella respuesta era un beso indeleble con olor a guayaba madura y  piña morada.

En 2001 se conmemoraban los 40 años de fundación de los teatros de Guiñol en Cuba, aquella tarea encomendada por el mencionado departamento de cultura a los Hermanos Camejo y Carril. Decidimos que íbamos a celebrar ese aniversario cerrado con el estreno por Las Estaciones de Pelusín y los pájaros. Se lo comentamos a Dora, también le confiamos nuestro proyecto de construir en Matanzas una casa teatro para Pelusín, exhibir allí los títeres originales, promocionar e investigar su historia y aportes a la dramaturgia y al teatro de figuras nacional. Se mostró complacida con ambos proyectos, no se dejó amilanar por la implacable enfermedad que la afectaba y la hacía ingresar en el hospital una y otra vez. Dora era un pozo de fe y de esperanzas, nunca dejó de aconsejarme, de apoyar mis proyectos escénicos e investigativos, siempre tuve su opinión sabia, su cariño, ese gesto de rozar con sus dedos mi cara mestiza, como la de su  hijo mulato José Joaquín.

La vimos por última vez en diciembre del año 2000. Fue una visita larga, no queríamos abandonar su sombra buena intuyendo que el final se acercaba. Fara, Zenén y yo, junto con Fausto, la prima Lala y Dora, celebramos anticipadamente los 90 años que cumpliría dentro de unos días. Tengo fotos del encuentro, la mirada de Dora se proyectaba infinita en esas imágenes, se dejó consentir como una niña y sacaba de vez en cuando su reciedumbre guajira, cuando advertía una lágrima en camino o los diálogos adquirían un matiz amargo y pesimista. Se fue el 21 de marzo de 2001, día en que rompe la primavera y se canta a los poetas. Quedó trunca su promesa de acompañarnos, aunque fuera en las funciones de La Habana, durante nuestra gira nacional con Pelusín, viaje que iniciamos justamente en el poblado de Máximo Gómez. 

Su títere florece hoy en nuevos montajes escénicos de grupos en Guantánamo, Camagüey, Sancti Spíritus y Ciudad de La Habana. Ha viajado a otros países de la mano de Teatro de Las Estaciones, El Trujamán o el joven colectivo Nueva Línea. Freddy Artiles hizo realidad su proyecto de continuar las aventuras dramáticas de Pelusín, al convertir los mejores libretos de televisión escritos por Dora a principios de los 60, en textos teatrales que aparecieron en un tomo llamado Nuevas aventuras de Pelusín del Monte, joya literaria publicada por la Editorial Gente Nueva.

Se dio comienzo a un nuevo proyecto de serie televisiva, que contó también con la imprescindible colaboración de Artiles como guionista. Se crearon otras historias del Peluso bajo el cuidado de la dramaturga, crítica e investigadora Esther Suárez. Pelusín sigue vivo, su canto se escucha pleno de futuro. Se ha adueñado finalmente de su Matanzas, con todo el derecho que le asiste. Lo mismo aparece en la televisión o el teatro, que en una peña para niños. Es motivo constante de recurrencia e inspiración, cosa que me hace muy feliz, tan feliz como se hubiera sentido Dora al saber protegido y continuado a su muchacho de boca grande y cabello rubio. “Si no cantara el sinsonte, mi campo no fuera campo, ni mi monte fuera monte”6.

Notas:

1- Fragmento del poema “Matanzas tiene tres ríos”, del libro Palomar, de Dora Alonso.
2- Fragmento del poema “Maderas de mi país”, del libro La flauta de chocolate, de Dora Alonso.
3- Fragmento del poema “Titiritera”, del libro Palomar, de Dora Alonso.
4- Artiles, Freddy: Teatro y dramaturgia para niños en la Revolución,
    Ciudad de La Habana, Ediciones Adagio, p. 71
5- Poema  “Abril y Mayo”, del libro Palomar, de Dora Alonso.
6- Poema “Sinsonte”, del libro La flauta de chocolate, de Dora Alonso.

 
 
 
 
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2010.