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Soy de la generación de
los combos. La
influencia de Los
Beatles llegaba —aunque
con su peculiaridad y
dificultades— a Cuba, y
en casi todas las
ciudades o en escuelas
se organizaban
conjunticos de las más
diversas calidades.
Siguiendo a los genios
de Liverpool, el número
cuatro era el más
socorrido para intentar
la música y sobresalir
entre los condiscípulos.
La radio de los 70, es
decir, de mi
adolescencia, prefería
grupos españoles
entonces muy jóvenes que
ahora veo aparecer
fugazmente en la
pantalla, casi ancianos,
convertidos en piezas de
museo. La tan vital
música bailable cubana
tenía su público fiel
pero no era tan
priorizada en la
promoción hasta que el
programa televisivo Para
bailar, en la arrancada
de los 80, contribuyó a
poner las cosas en su
sitio en materia de
identidad danzable.
Hasta el cercano
Chambas, famoso por sus
carnavales, llegaban un
par de veces al año
orquestas de punta como
la Aragón, la entonces
muy querida Ritmo
Oriental o los pujantes
y aún clásicos Los Van
Van. Resultaba curioso
que aquella multitud,
entrenada básicamente en
la décima cantable y en
otras formas de un
folclor rural, se
moviera al compás de un
ritmo más urbano y de
raíz africana como el de
nuestras grandes
orquestas populares.
Esos músicos que uno ve
en la televisión se
adecuaban con humildad a
escenarios pueblerinos y
equipos de audios las
más de las veces
improvisados.
A finales de los 90 hubo
debates sobre la
retribución que
percibían los dueños del
ritmo. Pero por los años
que evoco los grandes
soneros o los maestros
de la naciente timba
solían dormir en
escuelas que se
improvisaban como
albergues.
En todo eso pienso
cuando mi cuñada Tamara
oye a Los Van Van en
medio de una fría mañana
madrileña. Por aquí
también gustan, aunque
el lugar del albergue
incómodo de mi pueblo o
el espacio estrecho de
la humilde pista de los
carnavales de municipio
ya no sean el
inconveniente, y ahora
haya que enfrentar una
promoción parcial y
globalizada.
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