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I
El 28 de marzo de 1956,
la prensa nacional
divulgaba un Manifiesto
cuyo contenido reclamaba
promover “…la difusión
de la cultura y las
tradiciones cubanas.”
Los hermanos Camejo; Carucha y Pepe, confesos
titiriteros junto a Pepe
Carril, redactores del
documento, recibirían
varios trabajos en
respuesta a su reclamo,
entre ellos una onírica
reflexión del poeta
Félix Pita Rodríguez
“Los doradores de
cúpulas”, publicada en
el boletín Titiritada.
El Manifiesto
privilegiaba,
definiendo, la presencia
del teatro de títeres;
componente insustituible
del arte teatral. “Como
gran medio de expresión
artística y cultural el
teatro de títeres
sugiere una original
forma de teatro poético.
Allí donde se encuentran
los límites del actor de
carne y hueso, el títere
despojado de las leyes
humanas (…) alcanza
alturas que sólo el
espíritu humano puede
transmontar.” Dora
Alonso, amiga de los
titiriteros, les
entregaba la pieza
Pelusín y los pájaros,
para ser estrenada en el
retablo del Guiñol
Nacional de Cuba, donde
aparecería por primera
vez, el personaje-títere
Pelusín del Monte y
Pérez del Corcho.
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Pelusín y los
pájaros |
Al estímulo de aquel
Manifiesto el “Peluso
Patatuso”, irrumpía en
la asfixiante república
mediatizada. Desde su
realidad teatral,
Pelusín respiró el aire
entre palmares y
lomeríos en la
transparente atmósfera
de un Carlos Enríquez;
sus ojos descubrirían la
belleza perenne de
nuestras ciudades
iluminadas por el cubano
color de un René
Portocarrero; se
hechizaría al enderezar
sus pasos entre
columnas, rejas y
vitrales de una Amelia
Peláez. A partir del día
en que fue animado en
los retablos, el Pelusín
“campeó por su respeto”,
sintiendo el latido de
las pulsaciones
arrolladoras de un
Alejandro García Caturla
y las vibrantes
rebambarambas de un
Amadeo Roldán, en
contrapunto al
misterioso treno de las
telúricas imágenes de un
Wifredo Lam. De la mano
adorada de Dora y con la
anatomía de títere de
guante concebido por
Pepe Camejo, el títere
nacional, vio la luz.
¿Acaso Pelusín tendría
que esperar, cual
pequeño príncipe, a que
“las condiciones fueran
favorables” cuando ya
había amanecido los
motivos del son entero
para el arte y la
cultura cubana?
Con la irrupción de
Pelusín, la literatura
dramática titiritera
resplandeció. Los
retablos criollos se
iluminaron de una nueva
luz portadora de
cubanía, abriendo
horizontes a una
martiana edad dorada
para la creación
artística del teatro
dirigido a la infancia y
a la juventud.
II
La comunicación a través
de símbolos no es menos
importante que
comunicarse con
palabras. Cualquier
experiencia puede ser
válida, pues no hay una
sola manera de
relacionarse con el
otro. En el universo
infantil, el juego
escénico provocado por
la figura animada,
acentúa la
identificación
comunicativa con los
personajes y sus
historias. El títere,
haciendo uso de
milenarias artimañas
escénicas existe
realmente a partir de su
irrealidad; preciso,
visible, palpable…
Dora Alonso debió beber,
como muchos otros
autores de nuestra
América, en el nutriente
manantial que mana del
título El retablillo
de don Cristóbal, de
Federico García Lorca;
pieza valorada como
modélica en la
dramaturgia titiritera
contemporánea en lengua
castellana. Las
peripecias de los
personajes precisados
por el poeta granadino y
los sucesos que
protagonizan implantan
el uso de un diálogo
colmado del habla
popular; el empleo de
sonoros cachiporrazos, a
diestra y siniestra,
pues para los títeres y
los titiriteros, nunca
se sabe desde qué
dirección pueden llegar
los golpes; marcaron la
estética teatral de un
teatro situado entre la
vida y la muerte, entre
lo divino y terrenal.
Teatro jocoso y
resucitante que exige
del espectador la
inclaudicable voluntad
de trascender.
Frente al retablo de
títeres el
desprejuiciado
espectador, de cualquier
edad, participa de una
experiencia lúdica en sí
misma, simple y
compleja. Simple porque
la figura animada
establece natural y de
inmediato el diálogo con
el ¡Respetable!; diálogo
en el cual no se precisa
de estéticos
entrenamientos
cognoscitivos previos.
En extremo es compleja,
puesto que la
representación
titiritera restaura para
la escena el sacro
ritual del animismo. El
espectador se entrega a
la historia teatralizada
participando
afectivamente de los
procesos culturales que
el titerismo asume y
porta como propios.
Entre los más
significativos de esos
procesos se implica el
cuerpo escénico de la
figura, enfatizada y
florecida por el
modelado escultórico de
su rostro; por el
cromatismo contrastante
de las texturas del
vestuario; por la
poética literaria de los
diálogos, además del
aporte expresivo de los
intérpretes-animadores.
El público infantil
reconstruye sus propias
fantasías estimulados
por los infinitos
recursos de los
elementos escénicos
implicados en el montaje
y la representación. Tan
sensible receptor
desarrolla sus
potencialidades bio-sico-sociales
en un marco histórico
determinado. El niño
interpreta, crea, recrea
sus puntos de vista y
sus experiencias. Ante
las peripecias de los
seres que pueblan el
retablo, comprende la
experiencia del otro
desarrollando un proceso
generador desde su
personal identificación
experimentando, ante el
espectáculo titiritero,
“la rica relación de
la complejidad humana”.
¿Sería extraño que Dora
Alonso, siempre inmersa
en su pueblo como
semilla en su tierra, no
se sintiera atraída por
aquellos artistas
ambulantes de carpas y
retablos de metal o de
madera cargados al
hombro que poblaban,
aunque sea por escasos
instantes, la efímera
alegría con fanfarrias
sonadoras acompañando a
los estridentes y
desaforados muñecos
compartidores, con sus
espectadores, la
esperanzadora voluntad
de trascender el “tiempo
muerto”?
III
Escribir para el teatro
de títeres es expresión
literaria de
especialísima entrega.
Desarrollar los diálogos
que el actor de carne y
hueso emitirá en el
escenario resulta tarea
menos difícil,
precisamente por la
aprobación de la
dimensión humana, puesto
que dramaturgo e
intérprete lo son. La
dificultad mayor estriba
en que el
personaje-títere no es
humano y el universo del
objeto animado se
expresa en coordenadas
engañosas que dinamitan,
en el auténtico arte
titiritero, los límites
humanos.
La dramaturgia para el
teatro para niños y el
de títeres escrita por
Dora Alonso alcanzó no
solo la conocida saga de
las piezas que tienen
como protagonista a
Pelusín. Entre otros
temas tratados por la
autora se privilegian el
mundo de los circos
trashumantes. Payasos,
domadores, leones y
bailarinas protagonizan
la serie de piezas como
Bombón y Cascabel;
Los caprichos de
Bombón y Las
botas de Fierabrás.
De igual repercusión y
permanencia en los
tablados y retablos
titiriteros se disfruta
los sucesos en El
mago Cachucho. La
serie campesina de la
Alonso germina
transparente en su
dualidad de entretener y
enseñar. El título
Doñita Buena y doñita
Bella; transcurre en
el inquietante mundo de
insectos laboriosos que,
como las doñita Buena,
solo encera rendir tarea
en contrapunto a la
valoración de la
estimulante necesidad de
belleza. Quico
Quirico, ingenuo
gallito de pelea,
reclutado por el
alienante negocio de la
engañosa fama.
Mandamás, y su
vergonzante machismo
entronizado en el corral
y El espantajo y los
pájaros,
aleccionadora lección
valorativa del trabajo,
concebido desde la
identidad humilde de un
espantapájaros.
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Quico Quirico |
Un personaje de
recurrente presencia en
la dramaturgia de Dora
es el espantapájaros.
Suma utilitaria de
materiales de desecho
presenta una
manufactura, en función
del objeto expresivo,
tan cercano al titerismo.
Curiosamente, la autora
presenta a este singular
“personaje” en obras
provocadoras de
significantes
contradicciones,
estableciendo una
cercana dualidad
shakesperiana. En la
pieza El espantajo y
los pájaros, el
personaje protagonista
toma conciencia de su
identidad y humilde
condición. Resuelve el
conflicto aplicando la
justiciera resolución,
al sellar: “¡La
tierra tiene dueño! ¡Su
amo y Señor es el hombre
trabajador!”. En
tanto en la alucinante
pieza Cómo el trompo
aprendió a bailar,
el personaje se sitúa no
en un arrozal, sino en
la habitación de los
muñecos. El
Espantapájaros se escuda
tras un esperpéntico
diálogo con la Muñeca.
Su egoísmo se manifiesta
claramente:
“MUÑECA.- (Molesta)
Pero, don Espantajo,
¿usted no tiene corazón,
o se lo picaron los
pájaros? ¿No oyó que
alguien lloraba en este
mismo cuarto? ¿No le
enseñaron que debemos
preocuparnos por los
demás?
ESPANTAPÁJAROS.- Si me
lo enseñaron, se me
olvidó. Y lo único que
me importa es el sueño
que me están haciendo
perder los que lloran…”
Otras piezas ignoradas u
olvidadas por nuestras
agrupaciones teatrales
que, por su importancia,
debieran gozar de
obligada presencia en
las carteleras, pues se
ajustan a los lenguajes
y recursos de la llamada
“modernidad” como Tin
Tín Pirulero, Saltarín;
La letrica inconforme,
Una fiesta para el
Conejo, entre otras,
por el aplauso del
público, esperan. En los
tiempos que corren, los
teatristas cubanos no
vivimos o no debiéramos
vivir… la hora de
estar ciegos.
Al abrirse el telón, en
cada teatro cubano
dirigido a la infancia y
la juventud, Dora
Alonso, junto a su
pueblo, permanecerá
sentada en primera fila,
observando, cuidando,
descubriéndonos lo
cubano en la poesía del
teatro.
Nota:
Este trabajo toma notas
y referencias de textos
anteriores del autor
sobre el tema. |