|
De muy humano y hermoso
calificó el ministro
cubano de Cultura, Abel
Prieto, el documental
Mi Pogolotti querido,
de la italiana
Enrica Viola, estrenado
en la 32 edición del
Festival del Nuevo Cine
Latinoamericano, ante la
mirada atenta y
emocionada de un grupo
de vecinos de ese barrio
habanero.
|
 |
Al estreno del filme
asistieron, además de
Abel Prieto, el
presidente de la Unión
de Escritores y Artistas
de Cuba, Miguel Barnet,
y la destacada
intelectual de la Isla
Graziella Pogolotti,
última descendiente de
esa familia italiana que
llegó a Cuba a
principios del siglo XX.
También estuvo presente,
entre otros, Víctor
Casaus, director del
Centro Cultural Pablo de
la Torriente
Brau, institución que ha
sido la contraparte
cubana en la producción
del filme. El Centro
participó también en la
elaboración del cartel
de la cinta, realizado
por la diseñadora Katia
Hernández el cual contó
con el apoyo del
fotógrafo Alain
Gutiérrez, productor del
proyecto. El cartel fue
impreso en el taller de
serigrafía Portocarrero,
en la capital
cubana.
Sobre el documental y la
historia narrada en él,
conversamos con su
autora:
¿Cómo ha sido su
trayectoria como
realizadora?
Mi Pogolotti querido
es mi último trabajo,
pero no el primero.
Comencé en 1998, después
de terminar mis estudios
sobre documentales de
corte social en Turín,
una ciudad al norte de
Italia, donde vivo
actualmente. Luego
comencé a trabajar para
la televisión nacional,
donde hice algunos sobre
el performance o arte de
acción y música. Este
documental es para mí
como un regreso a mis
primeros estudios. Es
creativo, es la historia
de la familia Pogolotti,
una familia italiana que
emigró a Cuba a
principios del XX.
¿Podría relatarnos sobre
la historia que muestra
el documental?
El primero de los
Pogolotti de los que
hablo, emigró a finales
del siglo XIX de Italia
a Nueva York y,
posteriormente, a Cuba.
En aquella ciudad de
EE.UU. había trabajado
como profesor de francés
y contraído matrimonio
con una de sus alumnas,
con quien, más adelante,
a principios del siglo
XX, llegó a Cuba como
asistente y traductor
del cónsul
norteamericano. La
Habana necesitaba en
esos momentos que se
construyeran nuevos
barrios y casas, pues
había mucha emigración
del campo a la ciudad.
Alrededor de 1900 se
había promulgado una ley
relativa a la
construcción de barrios
para obreros. Dino
Pogolotti adquirió en
esos momentos unas
tierras cercanas a
Marianao, en la zona
donde se planificaba
extender la
urbanización, es decir,
la ciudad. Así se inició
el proyecto en el que se
edificaron,
inicialmente, mil casas
para obreros.
La historia narrada es
la de ese barrio que aún
existe: muy vivo, con
muchos colores y ritmos.
Cuando vine aquí por
primera vez para contar
la historia de la
familia Pogolotti,
quería ir a ese lugar, y
lo que encontré está en
el documental: una
mixtura entre la
historia de la familia
Pogolotti y la de las
personas encontradas
allí. La principal
protagonista es la
señora Graziella
Pogolotti, quien es la
última de estas tres
generaciones; el primero
fue Dino Pogolotti,
fundador del barrio;
luego Marcelo Pogolotti,
quien fuera un pintor
vanguardista en Cuba y,
finalmente, su hija,
Graziella Pogolotti, una
personalidad de la
cultura y la
intelectualidad en este
país. Ella narró la
historia de la familia y
además añadimos la de
las personas del barrio.
Comenzamos a preparar el
documental en 2008,
después hicimos las
grabaciones en abril y
mayo de 2009, y lo
finalizamos en Italia,
en 2010.
¿Por qué se decidió a
hacer un documental
acerca de esta familia y
este pequeño barrio de
La Habana?
La emigración italiana
hacia Cuba fue muy
pequeña. Fue mayor hacia
EE.UU. y otros países de
América como Argentina.
Es una emigración que
debe ser estudiada. En
Italia sabemos muy poco
o nada de las familias
que se desplazaron a
este país. No sabíamos
que hubo un italiano que
llegó aquí y fundó un
barrio; ni un pintor
como Marcelo Pogolotti,
importante exponente de
la vanguardia artística
en el continente,
descendiente de
italianos; ni que su
hija Graziella aún
estaba en Cuba, y es
además una personalidad
en la vida cultural
cubana.
Todo ello fue muy
interesante. En el
documental, la historia
de la familia es un
vínculo para contar las
historias de las
personas que viven ahora
allí, ellos te hablan
sobre la historia de
Cuba y las suyas
propias; todo está
relacionado.
¿Contó usted con la
ayuda de instituciones
cubanas para hacer el
documental?
Cuando llegamos aquí,
teníamos muy poco en
producción; pero
encontramos el Centro
Cultural Pablo de la
Torriente Brau y a su
director Víctor Casaus,
que accedieron a ser
nuestra contraparte en
la producción, pues no
era fácil para nosotros
venir aquí y hacerlo
todo solos. Nos encantó
trabajar con el Centro,
pues Víctor Casaus
entendió las condiciones
en que nosotros
trabajábamos (éramos un
equipo de tan solo cinco
personas, con muy pocos
recursos); él nos dio la
bienvenida y una gran
ayuda, incluyendo el
apoyo de la asistente de
producción Yuslemis
Escobar. El Centro Pablo
no es una institución
grande, sino un pequeño
centro cultural, pero
nos era mucho mejor y
más práctico trabajar
con ellos, con una
pequeña estructura, pues
cualquier problema que
tuviéramos era
fácilmente solucionado
por Víctor o Yuslemis,
con seriedad y
profesionalidad.
¿Tiene planes de hacer
nuevos documentales en
Cuba?
Me encantaría. Este
documental no es el
final y podría ser
desarrollado aún más, de
hecho pienso en la
historia del pintor
Marcelo Pogolotti, que
es muy peculiar, y al
que le dedico una
pequeña parte en el
documental; la historia
de Marcelo, como ser
humano y como pintor es
muy interesante. Igual
puedo decir de las
historias de todas las
personas que conocí en
el barrio Pogolotti, que
podrían hacer un
documental por sí
mismas, y Graziella
Pogolotti, una
extraordinaria mujer de
este país. Cuba es un
lugar maravilloso para
eso, puedes encontrar
historias en todas
partes.
¿Qué opinión le merece
el Festival del Nuevo
Cine Latinoamericano?
Estoy muy impresionada
por la riqueza de todos
los productos
cinematográficos que hay
en Latinoamérica, por el
realismo con que
exponen. Hay mucho que
aprender y tomar de las
personas que vienen
aquí. He podido ver el
panorama completo de lo
que es hoy el cine
latinoamericano.
En Europa no puedes
encontrar fácilmente
muestras de cine latino,
excepto en las grandes
ciudades como Londres o
París. En Italia, por
ejemplo, solo llega lo
que podría decirse que
es “la punta del
iceberg” de lo que pasa
hoy en Latinoamérica, y
los festivales que
existen están dedicados
más bien a
especialistas,
conocedores del séptimo
arte, estudiantes de
cine y personas que de
alguna manera tienen
vínculos con el trabajo
cinematográfico
El Festival es muy
participativo en su
concepto, todos
participan: la ciudad
entera, la gente en las
calles va hacia los
cines y notas además que
tienen cultura
cinematográfica, están
preparados para ello. Es
impresionante y me
encanta.
Espero venir al próximo,
pues estar aquí ha sido
la mejor oportunidad
para mí y para mi
documental. Por otra
parte, estar aquí con mi
trabajo significa además
entregar algo a las
personas que me ayudaron
y me apoyaron en este
trabajo, los que me
entregaron mucho y
siento que les dejo
algo. Ese momento de
estar todos en el cine y
ver el documental es
importante, siento que
devuelvo algo que todos
ellos me dieron. |