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Las letras cubanas
rinden tributo, en este
2010, a Dora Alonso, a
propósito del centenario
de su natalicio. La
ocasión es propicia no
solo para reeditar sus
textos, sino también
para comentar,
reflexionar, indagar,
valorar, estudiar,
aquellos elementos que
caracterizan su entrega
intelectual, valiosa
joya dentro del panorama
de la creación literaria
de la Isla en la pasada
centuria.
Uno de los rasgos más
sólidos y definitorios
de la obra literaria de
Dora Alonso (Matanzas,
1910- La Habana, 2001)
es, indiscutiblemente,
su auténtica cubanía.
Esa exaltación de los
tesoros de la flora y la
fauna de la Isla, así
como el tributo al
devenir histórico de la
patria, son elementos
consustanciales de un
legado que no ha perdido
su frescura y lozanía.
Quizá ahí radique la
permanente vigencia de
esos textos, tanto en
prosa como en verso,
dedicados a niños,
jóvenes y adultos, que
la creadora entregó a lo
largo de varias décadas
de fecundo, fértil y
fructífero ejercicio
intelectual. Obra
múltiple, que fue
reconocida, entre otros
galardones, con el
Premio Nacional de
Literatura, otorgado, en
1988, por el conjunto de
su producción literaria.
Los pequeños lectores
son, sin dudas, quienes
mejor pueden confirmar
tal certeza. Varias
generaciones se han
adueñado de libros como
las noveletas El
cochero azul y El
valle de la Pájara Pinta,
los poemarios La
flauta de chocolate
y Palomar, el
cuaderno de relatos
Tres lechuzas en
un cuento y las
piezas para la escena
protagonizadas por
Pelusín del Monte,
considerado el Títere
Nacional.
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Mas, igualmente, la otra
obra de Dora Alonso, esa
destinada al lector
adulto, también es
muestra de su raigal
defensa de la identidad
de la mayor de Las
Antillas. Su novela
Tierra inerme, su
poemario Suma, su
libro de cuentos Once
caballos y su
recopilación de
reportajes periodísticos
El año 61, son
un fehaciente y lúcido
testimonio de tan leal y
fiel cubanía.
Quizá uno de los textos
más reveladores de ese
amor por lo cubano sea
este hermoso poema, que
la autora tituló
“Testamento”, escrito en
1987:
Que me vele el paisaje
de Viñales,
su vega más lozana,
la entrañable presencia
de su valle.
Que me reciban los
mogotes
y la cordillera me
guarde.
La maravilla de sus
cumbres
será el más fiel
acompañante.
En donde quiera que mi
nombre
en esa tierra se señale,
deben sembrar un nuevo
pino
para sumarme a sus
pinares.
En el silencio de las
grutas
tendré mi paz y mi
descanso;
sólo el rumor de la
cascada
me llegará del río
cercano.
Y si me acogen los
caminos
habrá una fiesta de
amistades:
el ruiseñor y los
seibones
podrán venir a
saludarme.
Libe la abeja en mi
recuerdo
como en humilde flor
silvestre,
y en la memoria de los
niños
sea yo una sombra
sonriente.
Que me vele el paisaje
de Viñales,
su vega más lozana,
la entrañable presencia
de su valle.
No resultan del todo
sorprendentes, por ello,
las propias palabras de
Dora Alonso, aparecidas
en una entrevista
publicada, hace más de
una década, en una
revista de la Isla. Al
preguntársele a la
escritora quién era,
cómo se autodefinía, sin
demasiado titubeo, como
en una sencilla y, a la
vez, hermosa declaración
de principios, aseguró:
“soy como un mapa de
Cuba”.
Fuente:
Habana Radio |