|
A quienes lean
esta crónica:
Escribir es una
aventura; pero esto que
habrás de leer tiene
muchas historias, así
que podrás vivir tantas
aventuras que casi no
podrás creerlo hasta que
empieces. Te cuento que
si te abre las puertas
de su casa Mirta Andreu,
para recorrer desde
Recreo hasta La Habana
la vida de Dora Alonso,
su tía, vas a conocer a
la mujer de carne y
hueso que habita tras
las lindas semblanzas… y
a Juan Palomo, a
Juaquinito, al caballito
enano, a Camilín, a Juan
Ligero, a Lala, al Gallo
Encantado, a Pelusín y a
muchos más.
|
 |
Si le preguntas
por la escritora,
enseguida tiene una
respuesta científica,
habla la Editora de
Gente Nueva hasta por
los poros; pero pregunto
por la persona y no
quiere dar entrevistas,
no lo ha hecho nunca,
quiere hablar de la
escritora para que
escriba yo sobre un ser
humano. El ser humano
que no quiere compartir
porque siente que lo
expone: pero está bien,
por alguna razón va a
decirme un poquito de
cada una de esas partes,
de la escritora de los
escritores. Y creo que
estarás de acuerdo
conmigo en una cosa: es
bueno tener tanta Dora
reunida. Por eso lo
comparto contigo si
quieres; empieza por la
que más te guste, pero
no puedes —no podemos—
hacerle trampa: leer
alguna Dora y después no
seguir leyendo.
Entonces, voy a
empezar hablándote de…
El mundo de la Pájara
Pinta
Dice la abuela de
La Noche que la
literatura de Dora
Alonso es una literatura
de la realidad; pero no
de la escueta y simple
realidad: es literatura
de una realidad mágica.
También le inquieta a
Mirta el mundo de la
heredera centenaria de
dos culturas —España en
el idioma y la lengua,
África en el misterio y
la leyenda—, la señora
del cuento y de la
noveleta para niños, la
dueña de los epítetos,
la juglar, la griot.
Mirta hace que
recuerdes a la familia
campesina, a la niña
crecida en un pueblo del
campo pinareño a
principios del pasado
siglo. Como toda persona
que escribe
o tiene algún don
artístico, Dora fue
siempre muy observadora.
En una imaginación tan
fértil, coincidieron las
lecturas de la madre a
la luz del quinqué
—Siglo
de Oro español—
y el rostro amargo del
vasallaje del ser humano
en pleno nacimiento de
la República. La hora
de estar ciegos1
no pasó inadvertida a la
vista milimétrica de
Dora Alonso, no lo
ocultó a los adultos ni
a los niños: Abril y
Mayo iban juntos,
agarrados de la mano.
Habló desde el verso y
la prosa, aunque hacer
periodismo era la única
forma en que una
persona, en plena
dictadura machadista,
podría armar su
“barricada”. Mirta
Andreu narra los años en
que la Prensa Libre
cardenense conoció la
firma de su tía y desde
entonces Bohemia,
Revolución…:
periodismo militante,
toda una obra cuyo tema
de fondo siempre fue el
hombre y la isla mágica
de la que tanto se
nutrió.
La Torre de los Sueños
No creyó nunca que el
deseo la hubiera hecho
escritora y el absurdo
lo completa su sobrina
con una frase: la obra
de Dora Alonso es una
vocación de servicio.
Humildad, Tierra
inerme, Ponolani,
Once caballos,
Escrito en el verano…
todos, para el público
adulto, lo que quiso
siempre hacer; pero en
los primeros años de la
Revolución no había casi
libros para niños, no
había a la mano lecturas
que los edificaran y
Dora lo asumió como su
responsabilidad.
Sacrificó su propia
producción literaria e
hizo suya la protección
—como
así le llamaba—
del niño lector.
|
 |
Y el servicio era una
fiesta, aunque una
fiesta muy seria.
Estudiaba mucho,
escribía con un
diccionario al lado y
jamás traicionó a sus
lectores. Confiesa Mirta
que nunca como en aquel
trabajo sobre el
original de La flauta
de chocolate
—una
última revisión en la
que asistió a Dora en el
2000—
o en la edición de
Juan Ligero y el gallo
encantado
—su
último libro para niños—,
supo con tanta certeza
de aquel fervor
acucioso, aquel respeto
al público y aquel afán
de excelencia que solo
podrían explicarse por
el respecto a sí misma y
a la propia obra que
para él concebía. Sobre
todo, la pulcritud se
acentuaba en el trabajo
para el lector infantil:
son los que un día van a
gobernar
—decía
a la sobrina—,
son los que un día van a
formar a otros.
|
 |
Editar era como un
juego, lo gozaban. A
veces, las ideas le
surgían a Dora en medio
de una lectura que Mirta
le hacía en voz alta,
aun en aquellos últimos
días en que daba vueltas
a El gato Chilingo
y que, finalmente,
no llegó a terminar. En
cada persona u objeto,
la tía encontraba un
personaje: en un hilo,
un payaso; en los
dibujos de Camilín, un
universo de fábulas. Y
todo con la intuición,
el estilo depurado a
partir de las lecturas
—apunta
Mirta que hablamos de
una mujer que solo
terminó sexto grado—,
la misma genuina e
inexplicable percepción
que quizá la hacía
preferir al Bola entre
tanta y tan buena música
de la época.
Le divierte a la sobrina
recordar las veces en
que, en la casa siempre
llena de personas,
colaba uno que otro
crítico con su ensayo
valorativo en mano. Y
Dora se divertía aún
más: ¿eso es cierto?,
¿yo soy así?; mas las
puertas siempre abiertas
a los escritores y a
aquellos que lo
intentaban: el gesto
amigo y el consejo duro.
Por esas mismas
aberturas dejó salir a
Pelusín, el hijo Pérez
de Corcho, de manos de
Freddy Artiles. ¿Te
atreverías a terminar lo
guiones de “las nuevas
aventuras”?, le
preguntó... ¡A Freddy!:
un gran profesional
—dice
Mirta—
que amó el teatro para
niños más que a nada, un
gran amigo. Tenían que
encontrarse esas dos
personas en vida. Freddy
terminó su obra como si
fuese su propia
creación; Dora lo siguió
de cerca, mientras pudo:
solo él puede hacer algo
así, le repetía a Mirta.
Y solo a Freddy entregó
su hijo aun cuando
muchos se lo pidieron,
aun cuando Pelusín era
hijo de Cuba y ella lo
supiera bien.
En una de las últimas
entrevistas que concedió
—antes
de partir a su propia
velada en el paisaje de
Viñales—,
Dora advertía el sentido
peyorativo con que
algunos la tachaban de
“popular” y les
respondía con una frase
que
—perdóname
la poca originalidad—
será repetida mil veces:
quien estime que decir
que mi obra es popular
es ofenderme, no se da
cuenta de que me está
situando donde yo soñé
estar.
Una semilla en la
esquina de los
encuentros
Dora Alonso cumple cien
años, que son muchos.
Nuevas aventuras de
Pelusín, un valle, el
sinsonte y la ceiba,
Guille y algunos cuentos
inolvidables, puso Mirta
Andreu en mis manos
quizá por su encargo.
Cierra esta página y
apúrate a subir al coche
de sus versos, sus
cuentos, sus
adivinanzas, sus
historias para adultos
que fueron también
niños. Esa es la
aventura de verdad y en
esta esquina solo te la
puedo anunciar; tampoco
yo conocí esta mañana a
Dora Alonso, Mirta solo
me la anunció.
Adivina, adivinador:
¿Qué debemos enterrar
Para que pueda vivir?2
Referencias:
1- Su primera obra de
teatro para adultos,
publicada en 1955, donde
abordaba críticamente
los conflictos raciales
en Cuba.
2- “La semilla”, escrito
por Dora Alonso e
incluida por la autora
en el volumen
Adivinanzas (2002).
Tomado de Entre el
sinsonte y la ceiba,
Mirta Andreu (Com.),
Colección Centenario de
Dora Alonso, Edit. Gente
Nueva, La Habana, 2010.
Nota:
Retribuyo a Mirtha
González Gutiérrez su
introducción a
Cuentos inolvidables,
de Dora Alonso. |