La Habana. Año IX.
18 al 24 de DICIEMBRE
de 2010

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CONVERSANDO CON MIRTA ANDREU
El libro de Dora y otros cuentos inolvidables
Marianela González • La Habana
Foto: Cortesía de Rubén Darío Salazar

A quienes lean esta crónica:

Escribir es una aventura; pero esto que habrás de leer tiene muchas historias, así que podrás vivir tantas aventuras que casi no podrás creerlo hasta que empieces. Te cuento que si te abre las puertas de su casa Mirta Andreu, para recorrer desde Recreo hasta La Habana la vida de Dora Alonso, su tía, vas a conocer a la mujer de carne y hueso que habita tras las lindas semblanzas… y a Juan Palomo, a Juaquinito, al caballito enano, a Camilín, a Juan Ligero, a Lala, al Gallo Encantado, a Pelusín y a muchos más.

Si le preguntas por la escritora, enseguida tiene una respuesta científica, habla la Editora de Gente Nueva hasta por los poros; pero pregunto por la persona y no quiere dar entrevistas, no lo ha hecho nunca, quiere hablar de la escritora para que escriba yo sobre un ser humano. El ser humano que no quiere compartir porque siente que lo expone: pero está bien, por alguna razón va a decirme un poquito de cada una de esas partes, de la escritora de los escritores. Y creo que estarás de acuerdo conmigo en una cosa: es bueno tener tanta Dora reunida. Por eso lo comparto contigo si quieres; empieza por la que más te guste, pero no puedes —no podemos— hacerle trampa: leer alguna Dora y después no seguir leyendo.

Entonces, voy a empezar hablándote de…

El mundo de la Pájara Pinta

Dice la abuela de La Noche que la literatura de Dora Alonso es una literatura de la realidad; pero no de la escueta y simple realidad: es literatura de una realidad mágica. También le inquieta a Mirta el mundo de la heredera centenaria de dos culturas —España en el idioma y la lengua, África en el misterio y la leyenda—, la señora del cuento y de la noveleta para niños, la dueña de los epítetos, la juglar, la griot.

Mirta hace que recuerdes a la familia campesina, a la niña crecida en un pueblo del campo pinareño a principios del pasado siglo. Como toda persona que escribe o tiene algún don artístico, Dora fue siempre muy observadora. En una imaginación tan fértil, coincidieron las lecturas de la madre a la luz del quinqué Siglo de Oro español y el rostro amargo del vasallaje del ser humano en pleno nacimiento de la República. La hora de estar ciegos1 no pasó inadvertida a la vista milimétrica de Dora Alonso, no lo ocultó a los adultos ni a los niños: Abril y Mayo iban juntos, agarrados de la mano. 

Habló desde el verso y la prosa, aunque hacer periodismo era la única forma en que una persona, en plena dictadura machadista, podría armar su “barricada”. Mirta Andreu narra los años en que la Prensa Libre cardenense conoció la firma de su tía y desde entonces Bohemia, Revolución…: periodismo militante, toda una obra cuyo tema de fondo siempre fue el hombre y la isla mágica de la que tanto se nutrió.

La Torre de los Sueños 

No creyó nunca que el deseo la hubiera hecho escritora y el absurdo lo completa su sobrina con una frase: la obra de Dora Alonso es una vocación de servicio. Humildad, Tierra inerme, Ponolani, Once caballos, Escrito en el verano… todos, para el público adulto, lo que quiso siempre hacer; pero en los primeros años de la Revolución no había casi libros para niños, no había a la mano lecturas que los edificaran y Dora lo asumió como su responsabilidad. Sacrificó su propia producción literaria e hizo suya la protección como así le llamaba del niño lector.

Y el servicio era una fiesta, aunque una fiesta muy seria. Estudiaba mucho, escribía con un diccionario al lado y jamás traicionó a sus lectores. Confiesa Mirta que nunca como en aquel trabajo sobre el original de La flauta de chocolate una última revisión en la que asistió a Dora en el 2000 o en la edición de Juan Ligero y el gallo encantado su último libro para niños, supo con tanta certeza de aquel fervor acucioso, aquel respeto al público y aquel afán de excelencia que solo podrían explicarse por el respecto a sí misma y a la propia obra que para él concebía. Sobre todo, la pulcritud se acentuaba en el trabajo para el lector infantil: son los que un día van a gobernar decía a la sobrina, son los que un día van a formar a otros. 

Editar era como un juego, lo gozaban. A veces, las ideas le surgían a Dora en medio de una lectura que Mirta le hacía en voz alta, aun en aquellos últimos días en que daba vueltas a El gato Chilingo y que, finalmente, no llegó a terminar. En cada persona u objeto, la tía encontraba un personaje: en un hilo, un payaso; en los dibujos de Camilín, un universo de fábulas. Y todo con la intuición, el estilo depurado a partir de las lecturas apunta Mirta que hablamos de una mujer que solo terminó sexto grado, la misma genuina e inexplicable percepción que quizá la hacía preferir al Bola entre tanta y tan buena música de la época.

Le divierte a la sobrina recordar las veces en que, en la casa siempre llena de personas, colaba uno que otro crítico con su ensayo valorativo en mano. Y Dora se divertía aún más: ¿eso es cierto?, ¿yo soy así?; mas las puertas siempre abiertas a los escritores y a aquellos que lo intentaban: el gesto amigo y el consejo duro.  

Por esas mismas aberturas dejó salir a Pelusín, el hijo Pérez de Corcho, de manos de Freddy Artiles. ¿Te atreverías a terminar lo guiones de “las nuevas aventuras”?, le preguntó... ¡A Freddy!: un gran profesional dice Mirta que amó el teatro para niños más que a nada, un gran amigo. Tenían que encontrarse esas dos personas en vida. Freddy terminó su obra como si fuese su propia creación; Dora lo siguió de cerca, mientras pudo: solo él puede hacer algo así, le repetía a Mirta. Y solo a Freddy entregó su hijo aun cuando muchos se lo pidieron, aun cuando Pelusín era hijo de Cuba y ella lo supiera bien.

En una de las últimas entrevistas que concedió antes de partir a su propia velada en el paisaje de Viñales, Dora advertía el sentido peyorativo con que algunos la tachaban de “popular” y les respondía con una frase que perdóname la poca originalidad será repetida mil veces: quien estime que decir que mi obra es popular es ofenderme, no se da cuenta de que me está situando donde yo soñé estar.

Una semilla en la esquina de los encuentros

Dora Alonso cumple cien años, que son muchos. Nuevas aventuras de Pelusín, un valle, el sinsonte y la ceiba, Guille y algunos cuentos inolvidables, puso Mirta Andreu en mis manos quizá por su encargo. Cierra esta página y apúrate a subir al coche de sus versos, sus cuentos, sus adivinanzas, sus historias para adultos que fueron también niños. Esa es la aventura de verdad y en esta esquina solo te la puedo anunciar; tampoco yo conocí esta mañana a Dora Alonso, Mirta solo me la anunció.

Adivina, adivinador:

¿Qué debemos enterrar

Para que pueda vivir?2
 

Referencias:

1- Su primera obra de teatro para adultos, publicada en 1955, donde abordaba críticamente los conflictos raciales en Cuba.
2- “La semilla”, escrito por Dora Alonso e incluida por la autora en el volumen Adivinanzas (2002). Tomado de Entre el sinsonte y la ceiba, Mirta Andreu (Com.), Colección Centenario de Dora Alonso, Edit. Gente Nueva, La Habana, 2010.

Nota:

Retribuyo a Mirtha González Gutiérrez su introducción a Cuentos inolvidables, de Dora Alonso.

 
 
 
 


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Dora Alonso (1910-2001)
 

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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2010.