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Parece sacado de una
leyenda el regreso de la
dinastía O´Farrill a La
Habana. Una familia que
extendió el talento de
su nombre a la
contemporaneidad a
través de la música,
vuelve para cerrar el
círculo que no pudo ver
concluso el ilustre
Chico, cuando su
delicada salud le
impidió pisar nuevamente
la tierra que coloreó la
sangre de su música. Al
llegar a Cuba, Arturo
O´Farrill, el hijo del
compositor, arreglista y
director de jazz cubano,
fue directo al pueblo
habanero de Tapaste, a
ofrecer un concierto
frente a una iglesia que
ayudaran a construir sus
antepasados.
El descendiente de los
O´Farrill que iniciaron
el proceso de
reconstrucción de la
parroquia de Purísima
Concepción, cuya carrera
lo ubica entre los más
importantes intérpretes
y promotores del jazz
latino en EE.UU.,
regresa a la Isla por
primera vez desde que en
2002 fuera invitado a
participar en el
Festival Internacional
Jazz Plaza. El mismo
evento lo convoca a
actuar en nuestras salas
en su edición 26, pero
el deseo de Arturo al
venir a Cuba, transgrede
los límites del
escenario: “Lo más
importante de mi vida es
estar aquí”.
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Chico
O`Farrill´s
Afro-Cuban Jazz
Orchestra.
Foto: John
Abbott |
A los dos días de haber
llegado, el pianista y
director de la Chico
O`Farrill´s Afro-Cuban
Jazz Orchestra tomó la
plaza del municipio San
José para ofrecer un
espectáculo digno de las
páginas más surreales.
Para que Arturo y su
banda tocaran en Lajas,
el drums hubo de llegar
sobre una bicicleta y el
bajista sacar las notas
de un instrumento armado
con solo dos cuerdas. No
obstante, el
protagonista de aquella
experiencia afectiva la
reseña como algo “único”
que provocó las lágrimas
de su familia que lo
acompaña.
Ese momento en el parque
remite al ganador de
reconocimientos como el
Grammy (Mejor Álbum
Latino en 2009), a su
pasada visita: “llegué
asustado, porque la
escasa comunicación
entre nuestros países no
me permitía saber si acá
se conocía mi música y
la de mi padre. Alguien
me envió un e-mail
anunciándome una
sorpresa, y cuando
llegué a la Isla, me
llevaron a la esquina de
Cuba y Chacón en La
Habana Vieja, donde se
encuentra la antigua
residencia de mi
familia. El lugar estaba
atestado de gente, y en
ese momento ni yo ni los
de mi equipo pudimos
contener las lágrimas”.
“Las raíces son más
potentes que cualquier
otra razón”, sentencia
el músico al explicar la
importancia de retomar
sus nexos con Cuba. “En
la tierra, la familia,
la cultura, se encuentra
el poder del mundo. No
hay nada más
significativo que la
gente, la música, el
amor, la manera en que
vivimos, bailamos,
lloramos y celebramos,
porque es donde radica
lo común con el resto de
nuestros semejantes”.
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Junto a su padre
Chico
O`Farrill´s a
los 6 años |
Chico
La presencia en la Isla
del autor de Song for
Chico, Blood
lines y Una noche
inolvidable, regresa a
nuestro suelo a uno de
sus más evocados ídolos
en la música. El Chico O´Farrill que llegó a
New York en el momento
decisivo en que figuras
como Dizzy Gillespie
comenzaban a unir el
bebop con los ritmos
cubanos y logró
convertirse en una pieza
clave del género, vuelve
espiritualmente, con la
misión única de acortar
caminos entre ambas
orillas musicales.
“Siempre pensé que a mí
me tocaría terminar este
viaje para mi padre
—confiesa Arturo—. Este
reencuentro no es de
millas o de kilómetros,
es un viaje del corazón,
del espíritu, un viaje
artístico. Lo pienso
como si concluyera un
ciclo, porque la música
que estaba en la sangre
de mi papá salió de aquí
a cambiar el planeta
entero y, a pesar de
ello, nunca perdió su
elemento cubano, incluso
cuando escribía para
Ringo Star o para
cualquier otro
intérprete. Aunque nunca
regresó, mantuvo esa
onda, ese sabor, ese
swing, ese tumbao”.
Arturo describe a Chico
además, como un hombre
reservado en extremo:
“Mi papá no hablaba
mucho de casi nada. Un
día le pregunté por
Charlie Parker, uno de
los más famosos músicos
de todos los tiempos y
me dijo: `toca bien´.
Cuando le pedí que
dijera algo más me
respondió: `me debes
cinco dólares´.
“Pero sé que como
arreglista y compositor
trabajó muy duro.
Recuerdo que mientras yo
crecía en casa, lo veía
en su estudio con los
materiales escribiendo
durante horas. Tenía
buen humor y hacía
muchos chistes. Una vez
se puso a reír tan
fuerte que mi hermana y
yo bautizamos su risa
como “la risa negra”.
Parecía que se iba a
morir, pero contenía una
alegría tan fuerte que
no podía soportar.
Sabíamos que cuando se
reía así, estaba gozando
la vida. Es necesario
tener esa relación con
la existencia propia”.
Una misión
Arturo O´ Farrill guarda
el mérito de haber
impulsado junto al
trompetista
norteamericano Wynton
Marsalis —quien
recientemente visitó
Cuba— la introducción de
lo latino en el jazz en
el importante seno
cultural que es el
Lincoln Center en la
ciudad de New York.
Artista estrella de la
institución y uno de sus
profesores más
prominentes, O´Farrill
ha llevado consigo la
música con herencia
afro, en decenas de
giras y espectáculos por
el mundo.
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Junto al
trompetista
norteamericano
Wynton Marsalis |
“Nuestra presencia en
Cuba busca decirle al
mundo del jazz que sin
el elemento cubano no se
entiende el género. Sin
entender que la música
cubana está metida en
las raíces del jazz, la
música deja de ser
universal. Para mí es
cuestión de resarcir una
deuda, reparar una
injusticia, porque el
jazz es música
panamericana; es la
música de Buenos Aries,
de Cuba, de Montevideo o
de Cali. Pertenece a
todos, como la sangre,
como la familia, como la
cultura, como el amor.
Regresar con ese mensaje
a New York, al resto del
mundo, es también
nuestra misión”.
Este propósito lo
hermana aún más con
Marsalis, a quien
percibe como “gran amigo
de la música cubana”.
“Yo lo admiro mucho
—señala—, somos amigos
de siempre. Para
nosotros se hace muy
difícil venir a Cuba,
hemos tenido que luchar
mucho para lograrlo. Él
lo consiguió, y ahora yo
le doy gracias a Dios
por haber visto este día
y concretar el sueño de
que regresen acá la
música, la banda y la
familia de Chico. Es un
milagro que agradezco
con todo mi corazón”.
Entre amigos
Durante su estancia en
La Habana, Arturo
O´Farrill no quiere
tener ni un minuto de
ocio. Pretende entregar
su música y beber de la
nuestra todo lo posible,
por lo que desde antes
de arribar a la Isla,
concibió para sus
actuaciones, además de
la interpretación de la
música de su padre, el
tema “De hijos y padres
desde La Habana a New
York y regresando”, en
cuya ejecución para la
gala de clausura del
Jazz Plaza, participará
el maestro Chucho
Valdés.
“El maestro y yo —señala
el pianista— somos
amigos desde los días de Irakere. Una vez en New
York, visitó mi casa y
le rindió respeto a mi
papá. Eso me hizo pensar
que entre los muchos
músicos que conozco,
Chucho es de los que más
cariño alberga. Es un
ser humano tremendo. La
música puede ser
importante, pero esto es
imprescindible entre la
gente. No se puede tocar
música si uno está
enojado, si tienes
rencor o si se está
agitado. La música viene
del corazón, y de la
manera en que uno ama la
vida, la comunidad y el
público; yo puedo
jurarlo. Sentarse al
lado del Chucho es como
absorber una lección en
ese sentido, es recibir
una inyección de mucha
energía. Él es un tesoro
internacional”.
El futuro
El estreno mundial que
ha reservado O´Farrill
para este festival será
compartido con otra
generación de la
familia, los hijos
Zacarías y Adán, además
de algunos músicos
jóvenes. “Así podrá
cumplirse también una
visión que yo defiendo:
el futuro del jazz no
existe por Wynton, por
Chucho o por mí; el
porvenir realmente está
en manos de los músicos
que tienen la mente
abierta para entender
que el jazz que viene de
aquí, pero no es
propiedad de América,
sino del mundo”.
Durante su trayectoria
como músico O´Farrill no
ha descuidado labor
como profesor de nuevas
generaciones. Uno de sus
méritos es haber
dirigido un quinteto de
jazz latino que en 2002,
realizó 24 funciones
para más de cinco mil
personas en las escuelas
de New York.
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Arturo O’Farrill
conduce la Latin
Jazz Orchestra
Foto: Janet
Durrans / The
New York Times |
“Traigo conmigo unas
cartas muy conmovedoras
de niños de mis
programas educativos en
EE.UU. Trabajamos muy
duro para encontrar
fondos para entregar a
los estudiantes de los
barrios pobres,
instrumentos e
instrucción.
Recientemente pude
iniciar un proyecto en
una escuela del Bronx.
Con la ayuda de algunos
amigos compramos
instrumentos y ellos lo
han agradecido
enormemente, porque no
lo creían posible. Poner
en las manos de un joven
un instrumento musical
es un milagro para mí.
Tanto, como lo ha sido
ver luego que ellos
saben aprovecharlo. Ahí
está el ejemplo de un
bajista, Brian, que me
confirma la bendición
que es el descubrir y
ayudar a que se
desarrolle el talento en
el arte”.
Como extensión de su
trabajo como profesor,
Arturo visitó en Cuba el
Conservatorio Amadeo
Roldán:
“Llegué con la banda a
impartir una clase
magistral y pregunté si
alguien tenía miedo de
improvisar. Una muchacha
levantó la mano, le pedí
que se acerara y que se
atreviera a hacerlo. Se
negó rotundamente porque
tenía miedo. Entonces,
yo, que no conozco el
instrumento, jamás lo he
tocado, empecé a sacarle
notas con mucho esfuerzo
y comenzamos a
improvisar juntos. Esa
joven perdió el pánico y
dejó a todos asombrados.
La juventud que he
encontrado aquí es muy
talentosa. Cuando
escuché a los jóvenes
interpretar el jazz
latino, entendí que la
música es más profunda y
perdurable que todo lo
demás. Fue como oír al
mismo Charlie Parker,
fue una maravilla”.
La mente, los pies, el
corazón
Si nos remitimos a las
rutas por las que la
música ha penetrado en
el alma de los pueblos
cubano y norteamericano,
podremos entender por
qué Arturo O´Farrill se
identifica tanto con la
danza. El baile —dice
este revelado fanático
de Jimi Hendrix que ha
incluido en su
repertorio habanero un
tema a modo de “puente
entre el rock y el jazz
afrocubano”—, es la
primera manera en que
las culturas se exponen
a la música. En la
respuesta a nuestra
interrogante sobre su
obsesión con la danza,
está también, en
últimas, el motivo de su
admiración por la música
que emana de esta tierra
caribeña:
“La música de Beethoven,
de Chopin o de
Rashmaninov, es también
bailable. El arte tiene
que llegar a tu cuerpo,
no importa si de un modo
clásico, si en jazz o en
tiempo afrocubano. Algo
muy triste que ha
ocurrido en el jazz es
su separación del mundo
del baile. En cada uno
de los lugares donde se
asientan sus raíces,
esta podía bailarse, se
identificaba con las
descargas entre amigos,
con las citas y con el
hecho de rumbear. Pero
con el tiempo los
jazzistas se pusieron
muy serios y adoptaron
la postura del
intelectual que esgrime
que la música de alto
vuelo no aburre. Esto es
mentira; lo más
intelectual que uno
puede lograr es sentir
la música en el propio
cuerpo.
“También hay otras
razones de fondo. Montar
en EE.UU. un espectáculo
con baile requiere de
mucho dinero. El
programa Jazz at Lincoln
Center, por fortuna,
está consciente de que
hacer bailar, y aún más,
sentir, también es
fundamental. No se trata
de saber pasos de mambo
o de danzas folklóricas.
Todo está en como uno se
mueva o en cómo la
música nos logra mover.
Como ayer en el pueblo
de San José de las
Lajas… cuando vi a la
gente bailando, sentí
que ya todo estaba
arreglado en el
universo. Si la gente se
mueve y escucha con
inteligencia, la música
ya está entrando en el
corazón. Es cosa de
mente, piernas y
corazón. Todo se tiene
que unificar en ese
momento. Esta es la
razón por la cual la
música cubana es tan
importante. Conoce la
mezcla que debe llegar
al espíritu humano”.
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