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Pelusín del Monte
y Pérez del Corcho llegó
a mí tal y como lo he
narrado en las páginas
que preceden a S.O.S.
Pelusín y a
Pelusín y la esperanza.
No recuerdo si el suceso
se verificó en las horas
brillantes de la mañana
o en la misteriosa
noche; prefiero imaginar
que tuvo por paisaje la
sosegada tarde, aunque
confieso que la
madrugada debe haber
brindado ocasión
propicia para ello. Pero
primero fue Dora, a
quien, como ya se sabe,
a mediados del pasado
siglo, por el año 1956,
los hermanos Pepe y
Carucha Camejo, líderes
de un breve conjunto de
jóvenes titiriteros, le
solicitaron una pieza
teatral para su retablo
en el ansia de tener
espectáculos bien
cubanos en su
repertorio.
Dora
no solo escribió la obra
que se esperaba, y que
se llamó Pelusín y
los pájaros, como
también se conoce; sino
que al hacerlo creó a
Pelusín del Monte y
Pérez del Corcho, un
personaje de
insospechada
trascendencia que se le
volvería entrañable como
un hijo y para el cual
imaginaría después
nuevas historias tanto
para el teatro, como
para la televisión.
En 1957, la
escritora le brindó al
Peluso una segunda
aventura teatral:
Pelusín frutero, y
tras el sustancial
cambio político-social
de 1959 entregó a la
televisión una extensa
serie titulada
Aventuras de Pelusín del
Monte, que se
transmitió semanalmente
desde 1961 hasta 1963.
En 1963, el
recién fundado Teatro
Nacional de Guiñol (TNG),
ahora toda una compañía
titiritera a cargo de
los Camejo, estrenó una
nueva obra protagonizada
por el pequeño: El
sueño de Pelusín.
Dos décadas más tarde,
en 1986, en otro
contexto estético, sobre
el escenario del TNG se
alzó El teatro de
Pelusín, que
originalmente formó
parte de la referida
serie televisiva y que
ahora se presentaba en
una versión para la
escena. Fue este el
cuarto y último texto
dramático escrito por
Dora para Pelusín y las
tablas.
Durante parte de
esos años transcurría mi
infancia. En ella conocí
a Pelusín y tuve la
suerte de crecer junto
a él.
También me hice
amiga de Dora sin que
ella ni tan siquiera lo
sospechara, porque mi
amistad se construyó a
través de la lectura de
sus libros: novelas,
libros de cuentos,
poemarios, obras de
teatro.
Años más tarde
empecé a escribir. Y un
día ocurrió la
maravilla: conocí
personalmente a Dora,
quien me honró con su
palabra y su atención.
Tuve el
privilegio de que
presidiera el Jurado que
otorgó el Premio de
Teatro a Mi amigo
Mozart en la edición
del Concurso La Edad de
Oro correspondiente a
1991. Entre mis tesoros,
más valiosos en tanto
breves, guardo el Acta
—redactada por ella—
que tuvo la sensibilidad
y gentileza de
entregarme aquella tarde
mientras con la
sencillez y generosidad
que le eran proverbiales
me hacía un comentario
jubiloso y pícaro que
tras sonrojarme me
permitió entrever su
talla humana.
Luego, nos
encontramos en ocasiones
muy diversas. Recuerdo
una en particular cuando
los autores de
literatura para niños
que conformábamos la
directiva del Comité
Cubano del IBBY debimos
enfrentar una situación
delicada y nos fue
preciso contar con la
sabiduría de Dora. Su
análisis fue preclaro y
su posición, vertical.
Después nos quedamos
allí, en su casa,
disfrutando el placer de
su cercanía, conversando
de esto y de aquello,
haciendo bromas y
comiendo dulces y fue
esa la primera vez que
vi al Peluso Patatuso
original, el diseñado
por Pepe Camejo, que
arrellanado en una
butaca acompañaba a Dora
en su cuarto de trabajo.
Varios años más
tarde, cuando Pelusín
regresó a los
escenarios, se inició su
redescubrimiento y
comenzó a ser presencia
escénica frecuente, se
me hizo consciente la
necesidad de ofrecerle
nuevas historias. En
ello tuvo una
importancia particular
el Pelusín frutero
firmado por Sahimell
García y Armando
Morales, que es, en mi
experiencia, el
espectáculo que da
comienzo a la saga y que
por su factura y
singular empatía
estimuló en mí esta
idea.
Lo conversé con
Dora, demiurga del
personaje y de su mundo
de relaciones. A esas
alturas, tras estudiar
los textos de Pelusín
que tenía a mi alcance,
verificar los recursos
mediante los cuales el
personaje adquiría
presencia, realizar un
examen lexicológico y
establecer determinadas
constantes de su léxico
nuevas fábulas, diálogos
e imágenes componían mis
ensoñaciones.
A Dora le
preocupaba la suerte de
su criatura; en realidad
temía que se produjera
una suplantación, una
distorsión que hiciera
su identidad amorfa e
irrecuperable.
La última vez que
nos encontramos quedamos
en que yo escribiría una
de las historias que me
urgían y ella decidiría
la validez o no de la
iniciativa.
Di por terminada
la primera pieza de la
trilogía (S.O.S.
Pelusín) en México,
mientras cumplía
obligaciones docentes.
Recuerdo el placer
mezclado con la
inquietud, la excitación
que sentía al imaginar
el momento de
mostrársela a Dora. Me
preguntaba qué tal le
parecería Crespito, el
niño negro que
protagoniza la trama
junto con Pelusín. Qué
derivaciones encontraría
su pensamiento siempre
lúcido del hecho de que
el Peluso apareciera
aquí a través de la
evocación. Imaginaba sus
comentarios sobre
Atilano, la ira sincera
que le provocaría el
desalmado. Me reía sola,
me divertía imaginando
el instante en que se
descubriera a sí misma
dentro de la trama, al
leer el texto que pongo
en boca del personaje
Doralonso en que hago
burla de mí, en tanto
escritora de este nuevo
episodio.
La vida, que
tiene su propia
dramaturgia, nos tenía
deparada otras escenas.
En tierra yucateca
recibí la noticia de su
partida. Recuerdo que
por un tiempo, que
supuse largo, no supe
qué hacer hasta que, en
algún momento, todo
volvió a ponerse en
marcha.
Regresé al
manuscrito y, fuese
gracias a la esencia
irreverente del alma
titiritera o por la
necesidad vitalísima y
profunda de derrotar a
la muerte retándola en
un terreno donde ella
carece de poder, de
repente allí estaba,
nuevamente, Doralonso
inserta en la trama,
esta vez compartiendo
esfuerzos junto con la
abuela Pirulina para
conseguir que el alma de
Crespito regresara a la
Tierra, curiosamente en
el pasaje de las
adivinanzas, cuando
Pelusín pelea con los
recursos a su alcance
por la vida de su amigo
y las dos figuras
femeninas lo apoyan sin
ambages.
Fue entonces
cuando sentí que la obra
estaba lista. De
inmediato la compartí
con los colegas y amigos
Armando Morales y
Sahimell García Varela.
La propuesta
excedía el formato de
trabajo del Trujamán, el
proyecto teatral de
Sahimell, que
inicialmente la había
inspirado. Tuvo que
esperar un tiempo para
subir a la escena, pero,
entre tanto, pudo
participar en la primera
edición del Concurso de
Dramaturgia para Títeres
Dora Alonso que para el
2002 convocaron las
agrupaciones titiriteras
de Matanzas: el Teatro
Papalote y el Teatro de
las Estaciones, en
coordinación con el
Consejo de Artes
Escénicas del territorio
y la Sección de Artistas
Escénicos de la Filial
correspondiente de la
UNEAC.
El premio
obtenido permitió su
publicación por
Ediciones Matanzas, en
el 2005, bajo el cuidado
de la editora Lina
García Oña y acompañada
por las ilustraciones
del maestro Armando
Morales en un cuaderno
de muy alegre portada
que siempre me ha
parecido el más parejero
de todos los que se
alinean en los estantes
de mi casa.
A S.O.S.
Pelusín le siguieron
otros dos textos:
Pelusín enamora’o y
Pelusín y la
esperanza. El último
resultaría, sin embargo,
el primero en llegar a
la escena. Lo hizo a
través del colectivo
titiritero radicado en
el extremo oriental de
la Isla, el Guiñol de
Guantánamo, en noviembre
de 2005. El 7 de julio
de 2007 el TNG estrenó
S.O.S. Pelusín.
Ambas puestas en escena
serían conducidas por
Armando Morales.
En noviembre de
ese año el Teatro de
Títeres Nueva Línea dio
a conocer Pelusín
enamora’o, en
la sala Llauradó y,
dentro de la misma
temporada, presentó,
tres semanas después, su
versión de Pelusín y
la esperanza.
Las tres piezas
fueron publicadas por la
Editorial Gente Nueva
bajo el título
Pelusín y la esperanza,
en el 2008. Las tres
están incluidas en
Todo títeres, de la
casa editorial
Tablas-Alarcos, de 2007,
junto con otros ocho
textos de la vertiente
titiritera de mi
dramaturgia.
Pelusín enamora’o
y Pelusín y la
esperanza, que
constituyeron sucesos de
público durante sus
representaciones por
Nueva Línea, obtuvieron
una generosa y favorable
crítica que destacó,
precisamente, el balance
que se apreciaba en esta
heredad entre
apropiación y creación.
Escribir desde
Dora y desde Pelusín y
hacerlo hoy entrañaba
para mí un ejercicio
técnico personal con
cotas y metas muy
precisas, puesto que se
trataba de concebir un
mundo netamente
titiritero que,
justamente, a partir de
su lenguaje, expresara
preocupaciones y anhelos
del presente.
Gracias a todos
mis colegas —quienes son
a la vez, desde su
hacer, mis maestros, sin
que las edades
establezcan distingos al
respecto—, estas obras
están construidas con
los recursos genuinos de
la dramaturgia
titiritera. Ello
significa no solo que
sean escrituras para ser
potenciadas por el
teatro de títeres, sino
que sus partituras solo
pueden ser desarrolladas
por dicho teatro. Las
situaciones y acciones
que en ellas se
inscriben están
concebidas para este
particular ámbito
teatral y pensadas desde
la singular especialidad
del arte titiritero y es
este uno de mis mayores
regocijos y mi primera
gran deuda con Pelusín,
cuya alegría, nobleza,
desenfado e irreverencia
son capaces, sin que
quepa duda alguna al
respecto, de desarmar
al mismísimo Señor Punch.
Escribir desde
Dora implica, además,
contraer un compromiso
intelectual y ético
inscrito en un discurso
artístico legítimo. De
ahí el estímulo para la
aparición de los temas
de la discriminación
racial, la desigualdad
social, la influencia de
la economía de mercado
en la vida ordinaria de
los ciudadanos,
planteados sin tapujos,
con la honestidad
intelectual y la
responsabilidad que
merece y reclama nuestro
destinatario, junto con
aquellos de la sanación
mediante la amistad y el
amor, la preservación
del medio ambiente y la
salud moral, la relación
intrínseca entre
naturaleza y seres
humanos; la misma que le
brinda a Pelusín,
entidad en comunión con
el mundo natural, esa
esencia genuina que lo
distingue y nos permite
reconocerlo como
portavoz de la nación,
como representante
emblemático, al nivel de
la música de Lecuona, la
pintura de Amelia, la
poesía de Guillén, el
café, el dulce de
boniatillo, el Morro, la
Caridad del Cobre, como
ya expresé hace algunos
años en una intervención
en la Casa de las
Américas, dignidades y
títulos de cuya gravedad
su alma —titiritera al
fin y al cabo,
inapresable— hace mofa y
se sacude. Y nosotros,
sus oficiantes, expertos
incrédulos igualmente
irreverentes, lo
secundamos.
En relación con
cierta mirada sobre
estos temas de esencias
e identidades que
insiste en establecer
correspondencias
biunívocas entre creador
y personaje, en
replicar determinado
tipo de parentesco
biológico en este otro
plano, me gustaría
permitirme apenas unas
palabras acerca de la
bastardía.
La bastardía es
categoría que revela, a
mi juicio, cada vez más
una curiosa pertenencia
a un específico clima
ideológico. En su
carácter histórico, se
constituye en una de
tantas operaciones del
poder, un recurso más de
la hegemonía. Lo curioso
es que, desde otra
perspectiva, ella puede
hablar de participación,
de apropiación,
multiplicidad de voces,
sujetos.
Entonces, tal vez
la única pregunta
legítima a propósito de
Pelusín y sus nuevos
ámbitos sea aquella que
interroga su identidad.
No obstante, la
identidad fluye, tiene
una fluencia en el
tiempo, no es categoría
de valores fijos, aunque
parece haber siempre una
zona sustancial en ella.
Debe ser esto lo que,
por ejemplo, en el
terreno de la imagen nos
permite aceptar como tal
las versiones diversas
del personaje que desde
el diseño nos ofrecen
los espectáculos de
Trujamán, Teatro de las
Estaciones, Teatro
Nacional de Guiñol y
Nueva Línea en las
cuales la figura del
Peluso muestra un
determinado grado de
diferencia con respecto
al diseño original.
Con esto, no sé
si he dicho todo lo que
se esperaba, si he
develado algún misterio.
Espero, por el bien de
todos, que así no haya
sido, puesto que la
especulación intelectual
y creadora y el don de
lo inefable son siempre
goces mayores
necesitados de un cierto
silencio, una cierta
imposibilidad de nombrar
las cosas.
Yo, entre tanto,
espero por Pelusín y sus
nuevas andanzas. |