|
En la barriada de La
Hata, en Guanabacoa,
existe una casa que
irradia luz propia: la
enclavada en la calle
Central 77, de hondas
raíces en la cultura
local y nacional, sede
de la Asociación
Religiosa Afrocubana
Hijos de San Lázaro,
fundada del 22 de junio
de 1957 por su
presidente, el
nonagenario Enriquito
Hernández Armenteros.
No revelo secreto alguno
si asevero que Babalú
Ayé es de los santos más
venerados por los
cubanos cada diciembre
17. Sin embargo, este
último viernes —fecha de
la celebración— en la
humilde localidad
guanabacoense trascendió
cierta información que,
a mi juicio, hace
justicia a los empeños
del fundador de esa
casa-templo.
María Cristina Peña,
directora del Museo de
Guanabacoa, poco antes
de iniciarse la
procesión del santo
patrono de La Hata
—única de las religiones
cubanas de origen
africano que tienen
lugar en la Isla y que
este diciembre 17 arribó
a su décima edición—
daba a conocer la
noticia: la propuesta de
que este sitio sea
considerado Monumento
Local.
Cientos de pueblerinos
de humilde origen
aplaudieron de corazón
la iniciativa de las
autoridades de la Villa
de Pepe Antonio,
anunciada por María
Cristina, dado “el alto
significado que, en el
orden cultural, posee
esta Asociación, la cual
ha trascendido los
marcos de la comunidad”.
Cabría preguntarse, para
quien dude, ¿qué es
cultura? La propuesta
del Museo de Guanabacoa
ofrece diáfana
respuesta: “es el
conjunto de rasgos
distintivos espirituales
y materiales,
intelectuales y
afectivos
caracterizadores de una
sociedad o grupo social,
y abarca además de las
artes y las letras, los
modos de vida, la
convivencia, los
valores, tradiciones y
creencias”.
Tales peculiaridades,
aderezadas de diversas
formas, se encuentran en
La Hata: amor, sentido
de pertenencia,
hermandad, patriotismo,
religiosidad… se trata
de singular comunidad la
cual ha trascendido sus
naturales fronteras para
derramarse por toda
Guanabacoa, la ciudad y
Cuba.
Eje de esa comunión, sin
dudas, ha constituido la
casa-templo en cuyo
portal se enclava el
altar de San Lázaro,
sitio en el que cada 16
de diciembre, al caer la
tarde, cientos de fieles
rinden su tributo ante
el icono tallado en
cedro.
Disímiles son las
ofrendas: desde velas y
tabacos… hasta centavos,
flores, aguardiente…
Feligreses de todas las
edades rinden pleitesía
al Santo Patrono de La
Hata, nominado así por
voluntad popular.
Sin dudas, eje de todo
ese devenir que
trasciende el medio
siglo, lo es el Tata
Enriquito, el de La
Hata, como popularmente
se le conoce. Religioso
de acerada voluntad y
respeto notable quien,
con su esfuerzo personal
y el apoyo de las
autoridades locales, aún
a la estatura de sus 92
años, ha propiciado el
reconocimiento a esa
entidad de las
religiones cubanas de
origen africano.
Entre sus
argumentaciones para
declarar este sitio como
monumento local el Museo
de Guanabacoa reconoce
“los valores que
encierran el conjunto de
la casa-templo, la
imagen del San Lázaro y
de la procesión por las
calles de La Hata”. Esta
última, según declaró la
directora de la
institución cultural de
la Villa, “año a año ha
ganado en reconocimiento
popular y a ella ya no
solo acuden los vecinos
locales, sino otras
muchas personas de
lugares distantes”.
Este munanso (sitio de
recogimiento) se inserta
en el corazón de toda
Cuba y trasciende
fronteras en tanto
espacio de paz y fe,
abierto para todos
quienes busquen sostén
sano y limpio a su
espiritualidad.
Enriquito y Nica, la
esposa (María Nicasia
Jova Aguerrido) así lo
han demostrado desde
hace más de medio siglo.
¡Aché por siempre!
|