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Al abandonar la Torre de
los Sueños estaban tan
admirados que no sabían
hablar más que del
guardián y de las
maravillas vividas. Fue
Azulosa quien recordó
que debían visitar
cierta tienda especial,
y dijo el del sombrerón
que enseguida los
llevaría.
Echaron a andar por la
enroscada calle de
Pueblo Dormido. Saliendo
de nuevo a la plaza del
carrusel y tomando por
la acera de la sombra,
llegaron a una
callejuela donde se
detuvo el guía para
señalar un local, y el
gran letrero que decía:
La Tienda Distinta
Entraron en la tienda y
de momento no vieron
nada de particular. En
los entrepaños no había
más mercancía que unos
sobrecitos sellados,
pero, en tal cantidad,
que cubrían mostradores,
vidrieras y anaqueles.
—¿Quién atiende a los
marchantes? —se
preguntaron.
Uno-dos señalaba a una
muchacha vestida con
pantalones de mecánico y
camisa marinera.
Tenía una frondosa
cabellera suelta y
prendida en ella, a
manera de hebilla, una
garra de águila.
—Buenos días, muchacha
—ladró el cachorro,
dispuesto a entablar
amistad.
Pero la muchacha estaba
dormida.
—¡No me gusta esto! —se
lamentaba el perrito—.
Aquí todo el mundo está
tieso y me da miedo.
Al escucharse la palabra
miedo, la muchacha
pareció despertar, dio
dos pasos y se durmió
otra vez con los ojos
abiertos.
—Habrá que esperar a que
despierte, cuando llegue
la hora —razonaba
Martín.
Como era la una,
decidieron esperar allí
mismo y al dar las dos,
todo pareció revivir; el
pueblo tomó un aspecto
normal con sus vecinos
trabajando y cada
persona continuó
haciendo lo que dejó a
medias el día anterior.
Ahora la empleada se
dispuso a atenderlos.
Al preguntarle qué era
lo que vendía, enseguida
dio la información.
—En esta tienda
solamente se vende
miedo.
—¿Miedo? —casi no podían
creerlo. Y ella
explicaba en detalle.
—Como todos sabemos,
muchos niños suelen
tener miedo a distintas
cosas. Por ejemplo: a la
oscuridad, a los ruidos
misteriosos, a los
aullidos de los perros,
al coco, al tun-tun, al
roer de las ratas, al
chirrido de los
grillos...
—¿Y qué? —se entremetía
el sato—, ¿y qué más?
—Pues, precisamente para
esos niños, aquí hay un
buen surtido de las
cosas que ellos temen.
En cada sobre hay un
miedo bien clasificado,
y al abrirlos y
comprobar que no tienen
nada dentro, los niños
se vuelven valerosos.
No vuelven a asustarse
ni a llorar en la
oscuridad ni a temerles
a esas tonterías, porque
se convencen de que el
miedo es nada.
Un poquito de nada, que,
cuando se quiere ver o
tocar, se desvanece.
Perroazul se puso a
bailar en dos patas
batiendo palmas y fue
corriendo junto a la
empleada:
—Muchachona, dame de
todos los sobres, porque
yo les tengo muchísimo
miedo a muchísimas
cosas.
—Será un paquete muy
grande —le indicó la
muchacha.
Pero el perrito no se
arrepintió, sino que
dijo:
—Por muy grande que sea,
no importa: lo llevaré
en el coche.
Cuento
incluido en El
cochero azul.
Instituto Cubano del
Libro, Editorial Gente
Nueva, La Habana,
Octubre de 1975.
Dora Alonso
(Matanzas, 1910 - La
Habana, 2001). Su novela
Tierra inerme
recibe en 1961 el Premio
internacional Casa de
las Américas. En 1975
aparece El cochero
azul, con una
primera edición de 200
mil ejemplares. Con su
novela
El valle de la Pájara
Pinta
obtiene en 1980 el
Premio Literario Casa de
las Américas en la
categoría de obras para
niños y jóvenes. En 1988
se le confiere el Premio
Nacional de Literatura
de Cuba. |