La Habana. Año IX.
25 al 31 de DICIEMBRE
de 2010

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Martí, los EE.UU. y “el hombre afeminado”

Emilio Bejel • La Habana

Fotos: Abel (Casa de las Américas)

No es fácil encontrar una propuesta más clara de la imagen del héroe guerrero cubano durante la segunda mitad del siglo XIX que la expresada en los Cromitos cubanos (1892) de Manuel de la Cruz.1 En su excelente estudio sobre las biografías cubanas desde 1869 hasta 1898, Agnes Lugo-Ortiz explica cómo Cruz propone una suerte de modelo de hombre para la guerra, un modelo de conducta para el clásico varón guerrero. Esta imagen rechaza al hombre “afeminado” —representado, según Cruz, por el poeta modernista Julián del Casal— que no dedica su vida a la acción ni su pluma a seducir a las mujeres.2

Este rechazo del hombre “afeminado” coincide perfectamente con mi tesis de que este “hombre afeminado” —así como “la mujer hombruna”— se construye en Cuba para delinear los límites del discurso nacionalista; se trata de un sujeto excluido que irónicamente forma parte, por negación, de la definición de lo nacional.

Para De la Cruz, el poeta Casal muestra un comportamiento patológico porque se distancia del “hombre de acción” en la guerra y la actividades públicas3, y porque en sus escritos se percibe “una falta de mujeres”.4 Como afirma Lugo-Ortiz, Cruz patologiza todo lo que se refiera a lo “interior”; patologiza el carácter de Casal porque es un hombre que se asocia con lo casero y evita el espacio propio del “hombre viril”: la guerra y la política.5

De acuerdo con Lugo-Ortiz, en Casal hay una ruptura básica que se muestra en la patología del cuerpo y del alma, debido a la trasgresión de los roles genéricos y de la (hetero)sexualidad.
6 Lugo-Ortiz añade que en el modelo nacional que propone Cruz, las características positivas se relacionan con lo épico, e insiste que en Casal lo épico se “desviriliza por un proceso de afeminamiento”.7 Cruz propone todas estas normas referentes a una conducta viril y agresiva durante o entre las guerras de independencia cubana —la Guerra de los Diez Años, 1868-78; la Guerra Chiquita, 1879; y la Guerra de Independencia, 1895-98.

Como explica el historiador Louis A. Pérez, Cuba estaba experimentando una profunda transición en varios aspectos durante la segunda mitad del siglo XIX: un aumento marcado en las divisiones entre el campo y la ciudad, entre blancos y negros, así como entre criollos y peninsulares. También estaba ocurriendo en esos años un cambio en la estructura de clases sociales, y varias formas culturales también sufrían gran transformación. Además, en esa época estaba sucediendo algo sumamente crucial: el aumento de las tensiones con España y los lazos cada vez mayores con los EE.UU. El pueblo cubano estaba cada vez más desilusionado con las estructuras coloniales, lo cual llevaba a muchos ciudadanos a una propensión hacia la adopción de nuevas actitudes y valores en relación con la sociedad en que vivían. Aunque el sistema de trabajo asalariado no sustituyó por completo el sistema esclavista —que duró hasta 1886—, el trabajo esclavo fue atacado sistemáticamente durante todo este período.
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A ello hay que añadir que los EE.UU. para entonces habían logrado no solo gran influencia económica y cultural en Cuba, sino que también habían mostrado sus intenciones de adquirir la Isla.
9 Por tanto, Cuba luchaba por su independencia del colonialismo español a la vez que emergían en esa sociedad ciertas formas de las estructuras del capitalismo moderno y los EE.UU. amenazaban con un expansionismo que afectaría toda la sociedad cubana. En esos momentos, la imagen problemática del extraño cuerpo del “hombre afeminado” se construía en medio de todas esas luchas.

Aquí acaso convenga referirnos a la afirmación de John D’Emilio en cuanto a que el rechazo moderno de la homosexualidad en los países afectados por el capitalismo se radicalizó en la segunda mitad del siglo XIX debido a los cambios dramáticos producidos por el aumento del trabajo asalariado y otros cambios que emanaban de la emergencia de un nuevo sistema económico. D’Emilio arguye que como consecuencia del capitalismo emergente se expandía por casi todo el mundo, la unidad familiar dejaba de jugar su papel tradicional y se convertía en una institución social que dependía para su supervivencia del salario de uno o más miembros de la familia.

Este cambio alteró profundamente la estructura familiar y la definición misma de las relaciones heterosexuales, ya que la procreación dejaba de tener la misma función económica que durante la estructura feudal. Además, la libertad de acción de los miembros de la familia aumentaba considerablemente debido a que ahora se dependía de salarios, no del trabajo colectivo, para adquirir los productos que consumía la familia.
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Por eso podemos proponer como hipótesis de trabajo que el aumento del capitalismo en la Cuba de los 1880 y la inestabilidad de la modernización y migración en este país pueden haber causado que los líderes nacionalistas se preocuparan obsesivamente por controlar los parámetros del constructo nacional. En Cuba, una de las consecuencias de esta inestabilidad fue la de culpar a los inmigrantes —sobre todo los españoles, africanos y chinos— de introducir los “vicios” sexuales en la sociedad cubana.
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Considero que es de suma importancia tomar en cuenta la relación de Cuba vis-à-vis los EE.UU. para comprender la complejidad de la relación entre las representaciones de la homosexualidad y las posiciones de los nacionalistas cubanos de la época. Como es bien sabido, para finales de la década de 1880 y principios de la de 1890, los EE.UU. estaban muy encaminados a convertirse en una ponencia mundial con aspiraciones imperialistas, lo cual acarreaba una intensa preocupación por la masculinidad y por lo que algunos líderes norteamericanos percibían como el peligro de la homosexualidad. Durante estos años hubo una campaña publicitaria compulsiva por parte de líderes y personas prominentes en los EE.UU. que deseaban anexar Cuba a la unión norteamericana.

Para un recuento sumamente interesante y revelador en cuanto a la campaña publicitaria a favor de la anexión de Cuba y su relación con la masculinidad, hay que referirse al libro de Peter Hulme, Rescuing Cuba: Adventure and Masculinity in the 1890’s, en el cual se relatan algunos de los golpes publicitarios más extraordinarios de esos años.
12 Hulme analiza, entre otros ejemplos, la construcción artificial en la novela Soldiers of Fortune —un best seller publicado a principios de 1897— donde se crea la imagen de Robert Clay rescatando a una bella joven cubana de la aristocracia que había sido encarcelada por las autoridades españolas por cuestiones políticas.13

No solo es interesante leer la historia al estilo de un romance de caballería narrada en esta novela, sino también la descripción del hombre ideal norteamericano de esos momentos. El héroe Robert Clay es un ingeniero alto, de hombros anchos, bien parecido aunque algo rudo, cara perfecta pero masculina, rubio, con un gran bigote, seguro de sí mismo, varonil en extremo pero a la vez devoto de la Constitución y de la Declaración de Independencia. Este héroe va a la isla de Olancho —por la descripción geográfica es obviamente Cuba— y rescata a una joven cubana bella y blanca de origen aristocrático que está necesitada de ser salvada de las garras de los bárbaros españoles. Pero al final Clay no se casa con la joven cubana sino con una norteamericana.

Es importante resaltar que el autor de la novela, Richard Harding Davis, tenía una asociación estrecha con Teodoro Roosevelt, y además había trabajado para publicaciones de William Randolph Hearst, quien a su vez ha sido considerado por algunos historiadores como la persona que más influyó en convencer al público y a los líderes de EE.UU. a lanzarse a la Guerra Hispano-Americana y anexar la isla de Cuba.
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También hay que subrayar aquí la preocupación que tenía el propio Roosevelt con la cuestión del “afeminamiento” de los hombres en ese momento. Roosevelt previno contra los efectos dañinos que podría traer el “afeminamiento” en los hombres durante un período de paz. “El mayor peligro que ofrece un período de profunda paz es la de (crear) tendencias afeminadas en los hombres jóvenes”. Esta idea llevó a Roosevelt a glorificar la guerra como una manera de “virilizar” a los hombres.
15 Algunos líderes norteamericanos extendieron la preocupación por el posible afeminamiento de los jóvenes norteamericanos a hombres de otras naciones, especialmente los de aquellas que los EE.UU. estaban considerando anexionar.16

En cuanto a Cuba se refiere, la acusación fue directa y generalizada. El 6 de marzo de 1889, el periódico The Manufacturer de Filadelfia publicó un artículo titulado “Do We Want Cuba?” (¿Queremos a Cuba?), firmado por varios políticos republicanos influyentes.
17 En este artículo se discutían las ventajas y desventajas de anexar Cuba a los EE.UU. Las ventajas que se citaban eran generalmente económicas y estratégicas. Con respecto a las desventajas, lo más preocupante para los autores del artículo era el carácter de los cubanos.

(…) ¿Cuál sería el resultado de tratar de incorporar a nuestra comunidad política una población como la de Cuba? (…) Los cubanos no son mucho más deseables (que los españoles). Además de los defectos de la raza paterna están el afeminamiento18 y la aversión a todo esfuerzo, verdaderamente hasta el límite de la enfermedad. Ellos son desvalidos, haraganes, deficientes moralmente, e incapaces por naturaleza y experiencia para llevar a cabo las obligaciones ciudadanas de una gran república libre. Su falta de fuerza viril y autorrespeto se muestra en la apatía con la que se han sometido a la opresión española por tanto tiempo, y aun sus amagos de rebelión han sido penosamente inefectivos que no van más allá de la dignidad de una farsa. Investir a tales hombres con la responsabilidad de dirigir este gobierno, y darles el mismo grado de poder que los que poseen los ciudadanos libres de nuestros estados del norte, sería pedirles que realizaran deberes para los cuales no tienen la menor habilidad.

En cuanto a los negros cubanos, ellos están claramente al nivel de la barbarie. El negro más degradado de Georgia está mejor preparado para la presidencia que un negro cubano común para la ciudadanía americana. (…)

Nuestra única esperanza de dotar a Cuba con la dignidad de la estadía sería americanizarla por completo, poblándola con personas de nuestra propia raza; y aun así quedaría sin resolver al menos la cuestión de si nuestra raza no se degeneraría bajo el sol tropical y bajo las condiciones necesarias de la vida en Cuba (…).

Los políticos estadounidenses, con su retórica positivista obvia —como se puede comprobar por su insistencia en la raza para explicar la conducta humana, así como los conceptos de degradación como resultado del clima tropical—, hacen de todos los cubanos una nación de hombres “afeminados” (nótese la falta de mención de las mujeres), lo cual implica no solamente una condenación basada en la trasgresión de los roles genéricos, sino además una discriminación basada en la raza vista desde una perspectiva imperialista.

Por una parte, el artículo implica a las claras que como los hombres cubanos son afeminados pueden contagiar a los norteamericanos, y por otra, que su afeminamiento muestra que los cubanos son inferiores racial y moralmente y que, por lo tanto, se trata de un pueblo que necesita “americanizarse”, lo cual también conlleva la idea de blanqueamiento y virilización de la población. Tal anexión debería ir acompañada de una masculinización de los cuerpos afeminados. Este tipo de acusación obviamente influyó en la retórica nacionalista de Martí en su respuesta al artículo de los norteamericanos y en su defensa ante la acusación del supuesto afeminamiento de los hombres cubanos.

Los EE.UU., el país moderno por excelencia que Cuba debía emular, describía a los cubanos en términos sexistas, racistas e imperialistas, lo cual José Martí trata de combatir en su respuesta a “Do We Want Cuba?” titulada “Vindicación de Cuba”. Examinemos un trozo de esa respuesta de Martí publicada en el New York Post del 25 de marzo de 1889.

Hemos sufrido impacientemente bajo la tiranía; hemos peleado como hombres, a veces como gigantes, para ser hombres libres (…) Pero, ¿hemos de ser tachados de afeminados porque nuestro gobierno (el gobierno español) después de la guerra (la Guerra de los Diez Años) ha permitido sistemáticamente el triunfo de los criminales?, ¿o ser tachados de afeminados como dice el Manufacturer porque nuestros hombres mestizos y los jóvenes citadinos sean de físico delicado, suave cortesía y tengan facilidad de palabras, y porque escondan debajo del guante que pule el poema la mano que derrota al enemigo? Estos jóvenes citadinos de cuerpo pequeño supieron un día cómo levantarse contra un gobierno cruel, (…) y obedecer como soldados, dormir en el fango, comer raíces, pelear por diez años sin salario, conquistar al enemigo con ramas de árboles, morir (…) una muerte de la que no podemos hablar sin descubrirnos la cabeza. Ellos murieron como esos otros hombres nuestros quienes, con un tajo del machete, pueden volarle la cabeza al enemigo, o con un giro de las manos tumbar a un toro.

Esos cubanos “afeminados”
19 tuvieron un día el coraje suficiente, en frente de un gobierno hostil, de llevar por una semana en el brazo izquierdo una banda de luto en honor a Lincoln (…).

Está claro que la respuesta de Martí es extremadamente defensiva ante la acusación de los poderosos norteamericanos. Se debe notar que Martí, por una parte, evita usar términos injuriosos al referirse a los hombres “afeminados”, y, por otra, adopta una estrategia discursiva que dirige la culpa de ese “mal” hacia el gobierno español; los colonialistas españoles son los que han corrompido a nuestra sociedad con su mal gobierno.

El artículo de Martí tiene también otras implicaciones que debemos explorar. Por una parte, afirma que los cubanos, lejos de ser afeminados son extremadamente viriles, ya que tanto los “mestizos” como los “jóvenes citadinos” hacen sacrificios extraordinarios en la lucha por la libertad, y, además, otros cubanos —quizá Martí aquí se refiera a los campesinos— realizan grandes esfuerzos físicos típicos de hombres fuertes y viriles. Pero podemos preguntarnos qué quiere decir Martí con esa expresión de que “nuestros hombres mestizos y citadinos son generalmente de físico delicado, suave cortesía y facilidad de palabras, y esconden debajo del guante que pule el poema la mano que derrota al enemigo”. Para el lector poco avezado en cuanto a la ideología y retórica martianas, esta parte de su texto puede parecer sumamente desconcertante.

En su respuesta, Martí usa un contraste casi inconcebible: los cubanos son de físico delicado, cortesía amable y facilidad de palabra, pero también capaces de derrotar al enemigo con la misma mano que pulen sus poemas. En otras palabras, estos cubanos, además de ser guerreros viriles y valientes, son también poetas delicados. Como de costumbre, Martí construye una especie de “nuevo cubano” que se distancia tanto de la llamada decadencia de fin de siglo XIX —con sus implicaciones homoeróticas—, como del utilitarismo y expansionismo norteamericanos; tanto de la sensualidad de la supuesta decadencia urbana que puede llevar a una fragmentación social, como del materialismo que rechaza la cultura de la poesía.
20 La cultura poética está representada por Martí como el único discurso capaz de proveer unidad a la fragmentación y la inestabilidad que la modernización aceleraba a pasos agigantados en esos momentos.21 Esta concepción poética es central en la visión que proponía Martí en el momento de su respuesta al artículo de The Manufacturer.

Para Martí, tanto “el hombre afeminado” como “la mujer hombruna” transgredían las fronteras de lo que correspondía a cada género. Aquí también puede proponerse que la posición de Martí surge de una visión que percibe las transgresiones genéricas como parte de la fragmentación causada por la modernidad rampante de la época. En la opinión de Martí, el homoerotismo se asocia con todo lo prosaico y fragmentario, en contraste con lo que él considera poético.
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Pero es necesario subrayar aquí la compleja posición de Martí al tratar de construir, por una parte, una imagen del ciudadano cubano en medio de las luchas contra el colonialismo español y la amenaza del neocolonialismo norteamericano, y, a la vez, relacionar tal concepto con su idea de modernidad.
23 Su respuesta a esta compleja encrucijada ideológica es una suerte de “poeta viril” como modelo de comportamiento para todos los hombres cubanos. Debe aclararse que, aunque es indiscutible que prácticamente todos los nacionalismos de la época eran homofóbicos, la visión de Martí tiene aspectos sui generis que merecen destacarse, especialmente en el contraste entre su visión y la del modelo positivista de Enrique José Varona y del Dr. Benjamín de Céspedes y otros nacionalistas de la época.

Mientras la posición de Martí en cuanto al homoerotismo es paradójica y basada en una visión poética, la de los positivistas como Benjamín de Céspedes y Enrique José Varano es tajantemente cientificista y hace hincapié en lo que se ha llamado la homosexualización del enemigo. Típico del higienismo social, su discurso atribuye los “vicios” sociales a otras razas, clases y naciones. En su retórica, el cuerpo homosexual se percibe como peligroso, como una contaminación del cuerpo nacional, y como algo que debe ser eliminado de manera radical y tajante. Aquí la representación del “pederasta” comparte varias características del “homosexual” tal como lo definían en esa época los sexólogos de otros países.
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Como Oscar Montero ha estudiado muy bien, la reacción ante algunos eventos sucedidos en La Habana en los años de 1888 y 1889 muestra con especial claridad cómo para entonces la construcción de la homosexualidad en Cuba había sido definida de manera muy marcadamente negativa en tratados de sociólogos y médicos de la época y en los comentarios de los intelectuales positivistas cubanos.

Fue en esos dos años que sucedió el revelador evento llamado el “escándalo del Centro de Dependientes de La Habana”.
25 Basado parcialmente en este suceso, el Dr. Benjamín de Céspedes publicó un estudio en 1888 titulado La prostitución en la Ciudad de La Habana.26 En la sección sobre “la prostitución masculina”, el médico e intelectual cubano presentó lo que él consideraba que eran los resultados de su investigación sobre homosexualidad en ciertos barrios habaneros, y en los Centros de Dependientes. En estos centros residían jóvenes españoles recientemente llegados de España que casi siempre estaban desempleados y en situaciones económicas desesperadas. Céspedes concluye que esos jóvenes españoles estaban corrompiendo la nación cubana debido a que vivían de vender sus cuerpos a otros hombres —supuestamente cubanos adinerados—. En su representación de la homosexualidad, Céspedes mezcla comentarios positivistas con un moralismo estridente homofóbico que paradójicamente incluye elementos de la retórica religiosa:

Y aquí en La Habana, desgraciadamente, subsisten con más extensión de lo creíble y con mayor impunidad que en lugar alguno, tamañas degradaciones de la naturaleza humana; tipos de hombres que han invertido su sexo para traficar con estos gustos bestiales, abortos de la infamia que pululan libremente, asqueando a una sociedad que se pregunta indignada, ante la invasión creciente de la plaga asquerosa, si abundando tanto pederasta habrán también aumentado los clientes de tan horrendos vicios; si habremos retrogradado hasta los bochornosos días de la Roma decadente, revolcados en el lodo de esas ciudades sodomíticas que nos describen los archivos bíblicos, alcanzados por la cólera y el fuego celestes.27  

Como se sabe la retórica seudocientífica a menudo trata de adquirir autoridad a base de clasificar sus objetos de estudio. En otras palabras, su lógica implica que con el uso de clasificaciones su discurso sonará científico y por tanto verdadero. El Dr. Céspedes clasifica “científicamente” a los “pederastas” y los asocia con las “razas”: “Abundan tres clases de pederastas: el negro, el mulato, el blanco, viviendo indistintamente juntos en casas u accesorias, repartidos en todos los barrios de La Habana, donde pernoctan y dan cita a sus clientes”.28

Además de asociar a las personas marcadas racialmente con las marcas de género, Céspedes clasifica a los “pederastas” con los chinos, a los cuales llama “miserable raza que vegeta, como una plaga vegetante de hongos en un organismo podrido”. Céspedes se deleita en estereotipar a todos los chinos de drogadictos y personas débiles, y propone que se les expulse a todos a China, y los africanos a África, para que los cubanos puedan liberarse de ese mal. Céspedes también dice que los chinos “se oprimieron como hembras”.29

En otro de sus trabajos, Céspedes propone que el béisbol es uno de esos “remedios” para virilizar a los hombres cubanos. Este deporte, importado de los EE.UU. en la década de 1860, se convirtió en el símbolo de la modernidad al estilo norteamericano en Cuba, ya que se veía como la antítesis de la corrida de toros española, que ahora los nacionalistas cubanos consideraban como algo atrasado y bárbaro. Se trataba de presentar al béisbol como un deporte que distanciaba a los jóvenes cubanos de los malos hábitos y vicios, así como una manera de superar la pobreza y la ignorancia. El béisbol, a pesar de su reciente introducción desde los EE.UU., se consideraba como una afirmación de la conciencia anticolonial nacionalista, y también como un modo de virilizar a los hombres cubanos.30

Es importante señalar que el texto La prostitución en la Ciudad de La Habana, de Céspedes, se publicó con un prefacio de Enrique José Varona, uno de los intelectuales e independentistas cubanos más distinguidos de esos años y tal vez el intelectual positivista más importante de la historia de Cuba.
31 El prefacio de Varona se expresa muy en contra de los que él considera que son los vicios traídos a Cuba de Europa, y dice que la sociedad cubana ha recibido “el virus de su corrupción pestilente”.32 Varona considera que el problema de la homosexualidad se relaciona con las razas “decrépitas” y la situación desmoralizante de la economía cubana.

Es obvio que la intención de Varona en este prólogo es insistir en la acusación de que este vicio viene a Cuba tanto como producto del colonialismo español, como de la corrupción moderna que impera en el resto de Europa. Con esta aseveración, Varona apoya la construcción de la homosexualidad y otros males como algo importado y no como producto original de la sociedad cubana. También él sugiere aquí que aunque en Cuba se han adoptado modelos europeos de manera incompleta, la importación de los elementos negativos de esas culturas, continúa aumentando en la sociedad cubana. Ahora les queda a los cubanos la responsabilidad de limpiar esas características negativas de los aspectos positivos de la cultura europea.

Varona adopta una posición sumamente negativa en cuanto a los cuerpos que considera extraños en relación con el cuerpo nacional. Además, Varona implica que la homosexualidad no es solo una condición importada del extranjero, sino un producto de las clases pobres.

Para concluir esta presentación de hoy, no es muy aventurado proponer que el rechazo moderno a la homosexualidad en Cuba está íntimamente ligado no solamente a los cambios sociales y económicos internos de la isla, sino también al expansionismo y al pánico homosexual que estaba ocurriendo en los EE.UU. en ese momento, así como a la reacción de los nacionalistas cubanos ante todos esos cambios y luchas en relación no solamente con España y Europa en general, sino también en relación con los EE.UU.


Notas

1. Manuel de la Cruz: Cromitos cubanos (bocetos de autores hispano-americanos), Biblioteca “El Fígaro”, establecimiento tipográfico “La lucha”, La Habana, 1892; edición revisada con prólogo de Salvador Bueno, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1975.

2. Agnes-Lugo Ortiz: Identidades imaginadas: Biografía y nacionalidad en el horizonte de la guerra (Cuba 1860-1898), Editorial de la Universidad de Puerto Rico, San Juan, 1999.

3. Ibíd., p. 217.

4. De la Cruz: Cromitos cubanos, p. 229.

5. Lugo-Ortiz: Identidades imaginadas, pp. 217-219.

6. Ibíd.,p. 222.

7. Ibíd., p. 224.

8. Louis A. Pérez Jr.: “Identidad y nacionalidad: las raíces del separatismo cubano, 1868-1898”, Revista del Centro de Investigaciones Históricas, 9, 1997, pp. 185-195.

9. Ibíd.

10. John D’Emilio: “Capitalism and Gay Identity”, en The Lesbian and Gay Studies Reader, editado por Henry Abelove, Michelle Barale y David M. Halperin, Routledge, Nueva York, 1993, pp. 467-476.

11. A principios del siglo XX se encuentran sociólogos y personas de gran autoridad intelectual —Fernando Ortiz, por ejemplo— que expresan la idea de que los asiáticos trajeron la homosexualidad a Cuba, o, al menos que ellos fueron una de las “razas” responsables de importar este “vicio execrable”. Véase Fernando Ortiz sobre los “vicios execrables” en su libro Los negros brujos, Ediciones Universal, Miami, 1973; primera edición de 1906. Debe aclararse que las ideas de Ortiz evolucionaron hacia una posición cada vez menos racista.

12. Peter Hulme: Rescuing Cuba: Adventure and Masculinity in the 1890s, Latin American Studies Center Series, No. 11, University of Maryland, College Park, 1996.

13. Ibíd., pp. 8-10, pp. 18-25.

14. Ibíd.

15. Citado en Joe L. Dubert: Man’s Place: Masculinity in Transition, Prentice-Hall, Englewood Cliffs, N.J., 1979, p. 167; también en David Greenberg: The Construction of Homosexuality, University of Chicago Press, Chicago, 1988; edición en rústica, 1990, p. 393.

16. Véase Hulme: Rescuing Cuba.

17. “Do We Want Cuba?”, The Manufacturer, 6 de marzo de 1889; reproducido con introducción y notas en Philip S. Fosner: Our America: Writing on Latin America and the Struggle for Cuban Independence by José Martí, Monthly Review Press, Nueva York, 1977, pp. 228-230.

18. Ibíd., pp. 228-230.

19. José Martí: “A Vindication of Cuba”, en Fosner, ibíd., pp. 234-241.

20. Véase Enrico Mario Santí: “Ismaelillo, Martí y el modernismo”, en Pensar a José Martí: Notas para un centenario, Society of Spanish and Spanish-American Studies, Boulder, 1996, pp. 19-50. También véase Fina García-Marruz y Cintio Vitier, Temas martianos, Biblioteca Nacional José Martí, La Habana, 1969, especialmente las pp. 174-191, pp. 195-214.

21. Para un estudio penetrante sobre las ideas de José Martí en cuanto a la relación entre poesía y modernidad, véase Julio Ramos: Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura y política en el siglo XIX, Fondo de Cultura Económica, México, 1989, especialmente las pp. 202-243. También véase Julio Ramos: “Trópicos de fundación: poesía y nacionalidad en José Martí”, en su Paradoja de la letra, Ediciones eXcultura, Caracas, 1996, pp. 153-164.

22. Para un estudio más detallado de este y otros asuntos relacionados con la tensión entre las representaciones del nacionalismo y la homosexualidad, véase mi libro Gay Cuban Nation, University of Chicago Press, Chicago, 2001. He estudiado la idea de la “mujer hombruna” en Martí en “Amistad funesta de José Martí: la ‘mujer hombruna’ como amenaza del proyecto nacional”, Confluencia, 211, 2006, pp. 2-10.

23. Bejel: Gay Cuban Nation, pp. 28-37.

24. Véase Jeffrey Weeks: Coming Out. Homosexual Politics in Britain from the Turn of the Nineteenth Century to the Present, edición revisada, Quartet Books Limited, Londres, 1983, pp. 5-6.

25. Véase Oscar Montero: “Julián del Casal and the Queers of Havana”, en ¿Entiendes? Queer Readings, Hispanic Writings, editores, Emile L. Bergmann y Julian Paul Smith, Furham, N.C.: Duke University Press, 1995, pp. 92-112.

26. Benjamín de Céspedes: La prostitución en la Ciudad de La Habana, Establecimiento tipográfico O’Reily, No. 9, 1888, La Habana, pp. 190-195.

27. Ibíd.

28. Ibíd., p. 198.

29. Ibíd., p. 202.

30. Véase Louis A. Pérez Jr., “Between Baseball and Bullfighting: The Quest for Nacionality in Cuba, 1868-1898”, The Journal of American History 81.2, septiembre, 1994, pp. 493-517. Véase también el extraordinario estudio sobre el béisbol y su significado para la sociedad cubana de Roberto González Echevarría, The Pride of Havana: A History of Cuban Baseball, Oxford University Press, Oxford, 1999.

31. Varona en Céspedes, Ibíd., X.

32. Varona en Céspedes, Ibíd., X. 

(La traducción al español de las citas tomadas de “Do we want Cuba?” y “A Vindication of Cuba”, aparecidas originalmente en inglés en este documento, pertenecen al autor.)

Publicado en La Ventana

 
 
 
 
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