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No es fácil encontrar
una propuesta más clara
de la imagen del héroe
guerrero cubano durante
la segunda mitad del
siglo XIX que la
expresada en los
Cromitos cubanos
(1892) de Manuel de la
Cruz.1
En su excelente
estudio sobre las
biografías cubanas desde
1869 hasta 1898, Agnes
Lugo-Ortiz explica cómo
Cruz propone una suerte
de modelo de hombre para
la guerra, un modelo de
conducta para el clásico
varón guerrero. Esta
imagen rechaza al hombre
“afeminado”
—representado, según
Cruz, por el poeta
modernista Julián del
Casal— que no dedica su
vida a la acción ni su
pluma a seducir a las
mujeres.2
Este rechazo del hombre
“afeminado” coincide
perfectamente con mi
tesis de que este
“hombre afeminado” —así
como “la mujer
hombruna”— se construye
en Cuba para delinear
los límites del discurso
nacionalista; se trata
de un sujeto excluido
que irónicamente forma
parte, por negación, de
la definición de lo
nacional.
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Para De la Cruz, el
poeta Casal muestra un
comportamiento
patológico porque se
distancia del “hombre de
acción” en la guerra y
la actividades públicas3, y porque en
sus escritos se percibe
“una falta de
mujeres”.4
Como afirma
Lugo-Ortiz, Cruz patologiza todo lo que
se refiera a lo
“interior”; patologiza
el carácter de Casal
porque es un hombre que
se asocia con lo casero
y evita el
espacio propio del
“hombre viril”: la
guerra y la política.5
De acuerdo con
Lugo-Ortiz, en Casal hay
una ruptura básica que
se muestra en la
patología del cuerpo y
del alma, debido a la
trasgresión de los roles
genéricos y de la (hetero)sexualidad.6
Lugo-Ortiz añade que en
el modelo nacional que
propone Cruz, las
características
positivas se relacionan
con lo épico, e insiste
que en Casal lo épico se
“desviriliza por un
proceso de
afeminamiento”.7
Cruz
propone todas estas
normas referentes a una
conducta viril y
agresiva durante o entre
las guerras de
independencia cubana —la
Guerra de los Diez Años,
1868-78; la Guerra
Chiquita, 1879; y la
Guerra de Independencia,
1895-98.
Como explica el
historiador Louis A.
Pérez, Cuba estaba
experimentando una
profunda transición en
varios aspectos durante
la segunda mitad del
siglo XIX: un aumento
marcado en las
divisiones entre el
campo y la ciudad, entre
blancos y negros, así
como entre criollos y
peninsulares. También
estaba ocurriendo en
esos años un cambio en
la estructura de clases
sociales, y varias
formas culturales
también sufrían gran
transformación. Además,
en esa época estaba
sucediendo algo
sumamente crucial: el
aumento de las tensiones
con España y los lazos
cada vez mayores con los
EE.UU. El pueblo cubano
estaba cada vez más
desilusionado con las
estructuras coloniales,
lo cual llevaba a muchos
ciudadanos a una
propensión hacia la
adopción de nuevas
actitudes y valores en
relación con la sociedad
en que vivían. Aunque el
sistema de trabajo
asalariado no sustituyó
por completo el sistema
esclavista —que duró
hasta 1886—, el trabajo
esclavo fue atacado
sistemáticamente durante
todo este período.8
A ello hay que
añadir que los EE.UU.
para entonces habían
logrado no solo gran
influencia económica y
cultural en Cuba, sino
que también habían
mostrado sus intenciones
de adquirir la Isla.9
Por tanto, Cuba luchaba
por su independencia del
colonialismo español a
la vez que emergían en
esa sociedad ciertas
formas de las
estructuras del
capitalismo moderno y
los EE.UU. amenazaban
con un expansionismo que
afectaría toda la
sociedad cubana. En esos
momentos, la imagen
problemática del extraño
cuerpo del “hombre
afeminado” se construía
en medio de todas esas
luchas.
Aquí acaso convenga
referirnos a la
afirmación de John
D’Emilio en cuanto a que
el rechazo moderno de la
homosexualidad en los
países afectados por el
capitalismo se
radicalizó en la segunda
mitad del siglo XIX
debido a los cambios
dramáticos producidos
por el aumento del
trabajo asalariado y
otros cambios que
emanaban de la
emergencia de un nuevo
sistema económico. D’Emilio arguye que como
consecuencia del
capitalismo emergente se
expandía por casi todo
el mundo, la unidad
familiar dejaba de jugar
su papel tradicional y
se convertía en una
institución social que
dependía para su
supervivencia del
salario de uno o más
miembros de la familia.
Este cambio alteró
profundamente la
estructura familiar y la
definición misma de las
relaciones
heterosexuales, ya que
la procreación dejaba de
tener la misma función
económica que durante la
estructura feudal.
Además, la libertad de
acción de los miembros
de la familia aumentaba
considerablemente debido
a que ahora se dependía
de salarios, no del
trabajo colectivo, para
adquirir los productos
que consumía la
familia.10
Por eso podemos proponer
como hipótesis de
trabajo que el aumento
del capitalismo en la
Cuba de los 1880 y la
inestabilidad de la
modernización y
migración en este país
pueden haber causado que
los líderes
nacionalistas se
preocuparan
obsesivamente por
controlar los parámetros
del constructo nacional.
En Cuba, una de las
consecuencias de esta
inestabilidad fue la de
culpar a los inmigrantes
—sobre todo los
españoles, africanos y
chinos— de introducir
los “vicios” sexuales en
la sociedad cubana.11
Considero que es de suma
importancia tomar en
cuenta la relación de
Cuba vis-à-vis
los EE.UU. para
comprender la
complejidad de la
relación entre las
representaciones de la
homosexualidad y las
posiciones de los
nacionalistas cubanos de
la época. Como es bien
sabido, para finales de
la década de 1880 y
principios de la de
1890, los EE.UU. estaban
muy encaminados a
convertirse en una
ponencia mundial con
aspiraciones
imperialistas, lo cual
acarreaba una intensa
preocupación por la
masculinidad y por lo
que algunos líderes
norteamericanos
percibían como el
peligro de la
homosexualidad. Durante
estos años hubo una
campaña publicitaria
compulsiva por parte de
líderes y personas
prominentes en los
EE.UU. que deseaban
anexar Cuba a la unión
norteamericana.
Para un recuento
sumamente interesante y
revelador en cuanto a la
campaña publicitaria a
favor de la anexión de
Cuba y su relación con
la masculinidad, hay que
referirse al libro de
Peter Hulme, Rescuing
Cuba: Adventure and
Masculinity in the
1890’s, en el cual
se relatan algunos de
los golpes publicitarios
más extraordinarios de
esos años.12
Hulme
analiza, entre otros
ejemplos, la
construcción artificial
en la novela Soldiers
of Fortune —un
best seller
publicado a principios
de 1897— donde se crea
la imagen de Robert Clay
rescatando a una bella
joven cubana de la
aristocracia que había
sido encarcelada por las
autoridades españolas
por cuestiones
políticas.13
No solo es interesante
leer la historia al
estilo de un romance de
caballería narrada en
esta novela, sino
también la descripción
del hombre ideal
norteamericano de esos
momentos. El héroe
Robert Clay es un
ingeniero alto, de
hombros anchos, bien
parecido aunque algo
rudo, cara perfecta pero
masculina, rubio, con un
gran bigote, seguro de
sí mismo, varonil en
extremo pero a la vez
devoto de la
Constitución y de la
Declaración de
Independencia. Este
héroe va a la isla de
Olancho —por la
descripción geográfica
es obviamente Cuba— y
rescata a una joven
cubana bella y blanca de
origen aristocrático que
está necesitada de ser
salvada de las garras de
los bárbaros españoles.
Pero al final Clay no se
casa con la joven cubana
sino con una
norteamericana.
Es importante resaltar
que el autor de la
novela, Richard Harding
Davis, tenía una
asociación estrecha con
Teodoro Roosevelt, y
además había trabajado
para publicaciones de
William Randolph Hearst,
quien a su vez ha sido
considerado por algunos
historiadores como la
persona que más influyó
en convencer al público
y a los líderes de EE.UU. a lanzarse a la
Guerra Hispano-Americana
y anexar la isla de
Cuba.14
También hay que subrayar
aquí la preocupación que
tenía el propio
Roosevelt con la
cuestión del
“afeminamiento” de los
hombres en ese momento.
Roosevelt previno contra
los efectos dañinos que
podría traer el
“afeminamiento” en los
hombres durante un
período de paz. “El
mayor peligro que ofrece
un período de profunda
paz es la de (crear)
tendencias afeminadas en
los hombres jóvenes”.
Esta idea llevó a Roosevelt a glorificar
la guerra como una
manera de “virilizar” a
los hombres.15
Algunos
líderes norteamericanos
extendieron la
preocupación por el
posible afeminamiento de
los jóvenes
norteamericanos a
hombres de otras
naciones, especialmente
los de aquellas que los EE.UU. estaban
considerando
anexionar.16
En cuanto a Cuba se
refiere, la acusación
fue directa y
generalizada. El 6 de
marzo de 1889, el
periódico
The
Manufacturer de
Filadelfia publicó un
artículo titulado “Do We
Want Cuba?” (¿Queremos a
Cuba?), firmado por
varios políticos
republicanos
influyentes.17
En este
artículo se discutían
las ventajas y
desventajas de anexar
Cuba a los EE.UU. Las
ventajas que se citaban
eran generalmente
económicas y
estratégicas. Con
respecto
a las desventajas, lo
más preocupante para los
autores del artículo era
el carácter de los
cubanos.
(…) ¿Cuál sería el
resultado de tratar de
incorporar a nuestra
comunidad política una
población como la de
Cuba? (…) Los cubanos no
son mucho más deseables
(que los españoles).
Además de los defectos
de la raza paterna están
el afeminamiento18
y la aversión a todo
esfuerzo, verdaderamente
hasta el límite de la
enfermedad. Ellos son
desvalidos, haraganes,
deficientes moralmente,
e incapaces por
naturaleza y experiencia
para llevar a cabo las
obligaciones ciudadanas
de una gran república
libre. Su falta de
fuerza viril y autorrespeto se muestra
en la apatía con la que
se han sometido a la
opresión española por
tanto tiempo, y aun sus
amagos de rebelión han
sido penosamente
inefectivos que no van
más allá de la dignidad
de una farsa. Investir a
tales hombres con la
responsabilidad de
dirigir este gobierno, y
darles el mismo grado de
poder que los que poseen
los ciudadanos libres de
nuestros estados del
norte, sería pedirles
que realizaran deberes
para los cuales no
tienen la menor
habilidad.
En cuanto a los negros
cubanos, ellos están
claramente al nivel de
la barbarie. El negro
más degradado de Georgia
está mejor preparado
para la presidencia que
un negro cubano común
para la ciudadanía
americana. (…)
Nuestra única esperanza
de dotar a Cuba con la
dignidad de la estadía
sería americanizarla por
completo, poblándola con
personas de nuestra
propia raza; y aun así
quedaría sin resolver al
menos la cuestión de si
nuestra raza no se
degeneraría bajo el sol
tropical y bajo las
condiciones necesarias
de la vida en Cuba (…).
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Los políticos
estadounidenses, con su
retórica positivista
obvia —como se puede
comprobar por su
insistencia en la raza
para explicar la
conducta humana, así
como los conceptos de
degradación como
resultado del clima
tropical—, hacen de
todos los cubanos una
nación de hombres
“afeminados” (nótese la
falta de mención de las
mujeres), lo cual
implica no solamente una
condenación basada en la
trasgresión de los roles
genéricos, sino además
una discriminación
basada en la raza vista
desde una perspectiva
imperialista.
Por una parte, el
artículo implica a las
claras que como los
hombres cubanos son
afeminados pueden
contagiar a los
norteamericanos, y por
otra, que su
afeminamiento muestra
que los cubanos son
inferiores racial y
moralmente y que, por lo
tanto, se trata de un
pueblo que necesita
“americanizarse”, lo
cual también conlleva la
idea de blanqueamiento y
virilización de la
población. Tal anexión
debería ir acompañada de
una masculinización de
los cuerpos afeminados.
Este tipo de acusación
obviamente influyó en la
retórica nacionalista de
Martí en su respuesta al
artículo de los
norteamericanos y en su
defensa ante la
acusación del supuesto
afeminamiento de los
hombres cubanos.
Los EE.UU., el país
moderno por excelencia
que Cuba debía emular,
describía a los cubanos
en términos sexistas,
racistas e
imperialistas, lo cual
José Martí trata de
combatir en su respuesta
a “Do We Want Cuba?”
titulada “Vindicación de
Cuba”. Examinemos un
trozo de esa respuesta
de Martí publicada en el
New York Post del
25 de marzo de 1889.
Hemos sufrido
impacientemente bajo la
tiranía; hemos peleado
como hombres, a veces
como gigantes, para ser
hombres libres (…) Pero,
¿hemos de ser tachados
de afeminados porque
nuestro gobierno (el
gobierno español)
después de la guerra (la
Guerra de los Diez Años)
ha permitido
sistemáticamente el
triunfo de los
criminales?, ¿o ser
tachados de afeminados
como dice el
Manufacturer porque
nuestros hombres
mestizos y los jóvenes
citadinos sean de físico
delicado, suave cortesía
y tengan facilidad de
palabras, y porque
escondan debajo del
guante que pule el poema
la mano que derrota al
enemigo? Estos jóvenes
citadinos de cuerpo
pequeño supieron un día
cómo levantarse contra
un gobierno cruel, (…) y
obedecer como soldados,
dormir en el fango,
comer raíces, pelear por
diez años sin salario,
conquistar al enemigo
con ramas de árboles,
morir (…) una muerte de
la que no podemos hablar
sin descubrirnos la
cabeza. Ellos murieron
como esos otros hombres
nuestros quienes, con un
tajo del machete, pueden
volarle la cabeza al
enemigo, o con un giro
de las manos tumbar a un
toro.
Esos cubanos
“afeminados”19
tuvieron un día el
coraje suficiente, en
frente de un gobierno
hostil, de llevar por
una semana en el brazo
izquierdo una banda de
luto en honor a Lincoln
(…).
Está claro que la
respuesta de Martí es
extremadamente defensiva
ante la acusación de los
poderosos
norteamericanos. Se debe
notar que Martí, por una
parte, evita usar
términos injuriosos al
referirse a los hombres
“afeminados”, y, por
otra, adopta una
estrategia discursiva
que dirige la culpa de
ese “mal” hacia el
gobierno español; los
colonialistas españoles
son los que han
corrompido a nuestra
sociedad con su mal
gobierno.
El artículo de Martí
tiene también otras
implicaciones que
debemos explorar. Por
una parte, afirma que
los cubanos, lejos de
ser afeminados son
extremadamente viriles,
ya que tanto los
“mestizos” como los
“jóvenes citadinos”
hacen sacrificios
extraordinarios en la
lucha por la libertad, y, además, otros cubanos
—quizá Martí aquí se
refiera a los
campesinos— realizan
grandes esfuerzos
físicos típicos de
hombres fuertes y
viriles. Pero podemos
preguntarnos qué quiere
decir Martí con esa
expresión de que
“nuestros hombres
mestizos y citadinos son
generalmente de físico
delicado, suave cortesía
y facilidad de palabras,
y esconden debajo del
guante que pule el poema
la mano que derrota al
enemigo”. Para el lector
poco avezado en cuanto a
la ideología y retórica
martianas, esta parte de
su texto puede parecer
sumamente
desconcertante.
En su respuesta, Martí
usa un contraste casi
inconcebible: los
cubanos son de físico
delicado, cortesía
amable y facilidad de
palabra, pero también
capaces de derrotar al
enemigo con la misma
mano que pulen sus
poemas. En otras
palabras, estos cubanos,
además de ser guerreros
viriles y valientes, son
también poetas
delicados. Como de
costumbre, Martí
construye una especie de
“nuevo cubano” que se
distancia tanto de la
llamada decadencia de
fin de siglo XIX —con
sus implicaciones
homoeróticas—, como del
utilitarismo y
expansionismo
norteamericanos; tanto
de la sensualidad de la
supuesta decadencia
urbana que puede llevar
a una fragmentación
social, como del
materialismo que rechaza
la cultura de la
poesía.20
La cultura
poética está
representada por Martí
como el único discurso
capaz de proveer unidad
a la fragmentación y la
inestabilidad que la
modernización aceleraba
a pasos agigantados en
esos momentos.21
Esta concepción poética
es central en la visión
que proponía Martí en el
momento de su respuesta
al artículo de The
Manufacturer.
Para Martí, tanto “el
hombre afeminado” como
“la mujer hombruna”
transgredían las
fronteras de lo que
correspondía a cada
género. Aquí también
puede proponerse que la
posición de Martí surge
de una visión que
percibe las
transgresiones genéricas
como parte de la
fragmentación causada
por la modernidad
rampante de la época. En
la opinión de Martí, el
homoerotismo se asocia
con todo lo prosaico y
fragmentario, en
contraste con lo que él
considera poético.22
Pero es necesario
subrayar aquí la
compleja posición de
Martí al tratar de
construir, por una
parte, una imagen del
ciudadano cubano en
medio de las luchas
contra el colonialismo
español y la amenaza del
neocolonialismo
norteamericano, y, a la
vez, relacionar tal
concepto con su idea de
modernidad.23
Su
respuesta a esta
compleja encrucijada
ideológica es una suerte
de “poeta viril” como
modelo de comportamiento
para todos los hombres
cubanos. Debe aclararse
que, aunque es
indiscutible que
prácticamente todos los
nacionalismos de la
época eran homofóbicos,
la visión de Martí tiene
aspectos sui generis
que merecen destacarse,
especialmente en el
contraste entre su
visión y la del modelo
positivista de Enrique
José Varona y del Dr.
Benjamín de Céspedes y
otros nacionalistas de
la época.
Mientras la posición
de Martí en cuanto al homoerotismo es
paradójica y basada en
una visión poética, la
de los positivistas como
Benjamín de Céspedes y
Enrique José Varano es
tajantemente
cientificista y hace
hincapié en lo que se ha
llamado la
homosexualización del
enemigo. Típico del
higienismo social, su
discurso atribuye los
“vicios” sociales a
otras razas, clases y
naciones. En su
retórica, el cuerpo
homosexual se percibe
como peligroso, como una
contaminación del cuerpo
nacional, y como algo
que debe ser eliminado
de manera radical y
tajante. Aquí la
representación del
“pederasta” comparte
varias características
del “homosexual” tal
como lo definían en esa
época los sexólogos de
otros países.24
Como Oscar Montero ha
estudiado muy bien, la
reacción ante algunos
eventos sucedidos en La
Habana en los años de
1888 y 1889 muestra con
especial claridad cómo
para entonces la
construcción de la
homosexualidad en Cuba
había sido definida de
manera muy marcadamente
negativa en tratados de
sociólogos y médicos de
la época y en los
comentarios de los
intelectuales
positivistas cubanos.
Fue en esos dos años que
sucedió el revelador
evento llamado el
“escándalo del Centro de
Dependientes de La
Habana”.25
Basado
parcialmente en este
suceso, el Dr. Benjamín
de Céspedes publicó un
estudio en 1888 titulado
La prostitución en la
Ciudad de La Habana.26
En la sección sobre “la
prostitución masculina”,
el médico e intelectual
cubano presentó lo que
él consideraba que eran
los resultados de su
investigación sobre
homosexualidad en
ciertos barrios
habaneros, y en los
Centros de Dependientes.
En estos centros
residían jóvenes
españoles recientemente
llegados de España que
casi siempre estaban
desempleados y en
situaciones económicas
desesperadas. Céspedes
concluye que esos
jóvenes españoles
estaban corrompiendo la
nación cubana debido a
que vivían de vender sus
cuerpos a otros hombres
—supuestamente cubanos
adinerados—. En su
representación de la
homosexualidad, Céspedes
mezcla comentarios
positivistas con un
moralismo estridente homofóbico que
paradójicamente incluye
elementos de la retórica
religiosa:
Y aquí en La Habana,
desgraciadamente,
subsisten con más
extensión de lo creíble
y con mayor impunidad
que en lugar alguno,
tamañas degradaciones de
la naturaleza humana;
tipos de hombres que han
invertido su sexo para
traficar con estos
gustos bestiales,
abortos de la infamia
que pululan libremente,
asqueando a una sociedad
que se pregunta
indignada, ante la
invasión creciente de la
plaga asquerosa, si
abundando tanto
pederasta habrán también
aumentado los clientes
de tan horrendos vicios;
si habremos retrogradado
hasta los bochornosos
días de la Roma
decadente, revolcados en
el lodo de esas ciudades
sodomíticas que nos
describen los archivos
bíblicos, alcanzados por
la cólera y el fuego
celestes.27
Como se sabe la retórica
seudocientífica a
menudo trata de adquirir
autoridad a base de
clasificar sus objetos
de estudio. En otras
palabras, su lógica
implica que con el uso
de clasificaciones su
discurso sonará
científico y por tanto
verdadero. El Dr.
Céspedes clasifica
“científicamente” a los
“pederastas” y los
asocia con las “razas”:
“Abundan tres clases de
pederastas: el negro, el
mulato, el blanco,
viviendo indistintamente
juntos en casas u
accesorias, repartidos
en todos los barrios de
La Habana, donde
pernoctan y dan cita a
sus clientes”.28
Además de asociar a las
personas marcadas
racialmente con las
marcas de género,
Céspedes clasifica a los
“pederastas” con los
chinos, a los cuales
llama “miserable raza
que vegeta, como una
plaga vegetante de
hongos en un organismo
podrido”. Céspedes se
deleita en estereotipar
a todos los chinos de
drogadictos y personas
débiles, y propone que
se les expulse a todos a
China, y los africanos a
África, para que los
cubanos puedan liberarse
de ese mal. Céspedes
también dice que los
chinos “se oprimieron
como hembras”.29
En otro de sus trabajos,
Céspedes propone que el
béisbol es uno de esos
“remedios” para
virilizar a los hombres
cubanos. Este deporte,
importado de los EE.UU.
en la década de 1860, se
convirtió en el símbolo
de la modernidad al
estilo norteamericano en
Cuba, ya que se veía
como la antítesis de la
corrida de toros
española, que ahora los
nacionalistas cubanos
consideraban como algo
atrasado y bárbaro. Se
trataba de presentar al
béisbol como un deporte
que distanciaba a los
jóvenes cubanos de los
malos hábitos y vicios,
así como una manera de
superar la pobreza y la
ignorancia. El béisbol,
a pesar de su reciente
introducción desde los
EE.UU., se consideraba
como una afirmación de
la conciencia
anticolonial
nacionalista, y también
como un modo de
virilizar a los hombres
cubanos.30
Es importante señalar
que el texto La
prostitución en la
Ciudad de La Habana,
de Céspedes, se publicó
con un prefacio de
Enrique José Varona, uno
de los intelectuales e
independentistas cubanos
más distinguidos de esos
años y tal vez el
intelectual positivista
más importante de la
historia de Cuba.31
El
prefacio de Varona se
expresa muy en contra de
los que él considera que
son los vicios traídos a
Cuba de Europa, y dice
que la sociedad cubana
ha recibido “el virus de
su corrupción
pestilente”.32
Varona
considera que el
problema de la
homosexualidad se
relaciona con las razas
“decrépitas” y la
situación desmoralizante
de la economía cubana.
Es obvio que la
intención de Varona en
este prólogo es insistir
en la acusación de que
este vicio viene a Cuba
tanto como producto del
colonialismo español,
como de la corrupción
moderna que impera en el
resto de Europa. Con
esta aseveración, Varona
apoya la construcción de
la homosexualidad y
otros males como algo
importado y no como
producto original de la
sociedad cubana. También
él sugiere aquí que
aunque en Cuba se han
adoptado modelos
europeos de manera
incompleta, la
importación de los
elementos negativos de
esas culturas, continúa
aumentando en la
sociedad cubana. Ahora
les queda a los cubanos
la responsabilidad de
limpiar esas
características
negativas de los
aspectos positivos de la
cultura europea.
Varona adopta una
posición sumamente
negativa en cuanto a los
cuerpos que considera
extraños en relación con
el cuerpo nacional.
Además, Varona implica
que la homosexualidad no
es solo una condición
importada del
extranjero, sino un
producto de las clases
pobres.
Para concluir esta
presentación de hoy, no
es muy aventurado
proponer que el rechazo
moderno a la
homosexualidad en Cuba
está íntimamente ligado
no solamente a los
cambios sociales y
económicos internos de
la isla, sino también al
expansionismo y al
pánico homosexual que
estaba ocurriendo en los
EE.UU. en ese momento,
así como a la reacción
de los nacionalistas
cubanos ante todos esos
cambios y luchas en
relación no solamente
con España y Europa en
general, sino también en
relación con los EE.UU.
Notas
1. Manuel de la Cruz:
Cromitos cubanos
(bocetos de autores
hispano-americanos), Biblioteca
“El Fígaro”,
establecimiento
tipográfico “La lucha”,
La Habana,
1892; edición revisada
con prólogo de Salvador
Bueno, Editorial Arte y
Literatura, La Habana, 1975.
2. Agnes-Lugo Ortiz:
Identidades imaginadas:
Biografía y nacionalidad
en el horizonte de la
guerra (Cuba 1860-1898),
Editorial de
la Universidad de Puerto
Rico, San Juan, 1999.
3. Ibíd., p. 217.
4. De la Cruz:
Cromitos cubanos,
p. 229.
5. Lugo-Ortiz:
Identidades imaginadas,
pp. 217-219.
6. Ibíd.,p. 222.
7. Ibíd., p. 224.
8. Louis A. Pérez Jr.:
“Identidad y
nacionalidad: las raíces
del separatismo cubano,
1868-1898”, Revista
del Centro de
Investigaciones
Históricas, 9, 1997,
pp. 185-195.
9. Ibíd.
10. John D’Emilio:
“Capitalism and Gay
Identity”, en The
Lesbian and Gay Studies
Reader, editado por
Henry Abelove, Michelle
Barale y David M.
Halperin, Routledge, Nueva
York, 1993,
pp. 467-476.
11. A principios del
siglo XX se encuentran
sociólogos y personas de
gran autoridad
intelectual —Fernando
Ortiz, por ejemplo— que
expresan la idea de que
los asiáticos trajeron
la homosexualidad a
Cuba, o, al menos que
ellos fueron una de las
“razas” responsables de
importar este “vicio
execrable”. Véase
Fernando Ortiz sobre los
“vicios execrables” en
su libro Los negros
brujos,
Ediciones Universal,
Miami, 1973; primera edición de
1906. Debe aclararse
que las ideas de Ortiz
evolucionaron hacia una
posición cada vez menos
racista.
12. Peter Hulme:
Rescuing Cuba: Adventure
and Masculinity in the
1890s, Latin American Studies
Center Series, No. 11,
University of Maryland,
College Park, 1996.
13. Ibíd., pp. 8-10,
pp. 18-25.
14. Ibíd.
15. Citado en Joe L.
Dubert: Man’s Place:
Masculinity in
Transition, Prentice-Hall,
Englewood Cliffs, N.J., 1979,
p. 167; también en David
Greenberg: The
Construction of
Homosexuality, University of
Chicago Press, Chicago, 1988; edición en rústica,
1990, p. 393.
16. Véase Hulme:
Rescuing Cuba.
17. “Do We Want Cuba?”,
The Manufacturer, 6
de marzo de 1889;
reproducido con
introducción y notas en
Philip S. Fosner: Our
America: Writing on
Latin America and the
Struggle for Cuban
Independence by José
Martí, Monthly Review Press,
Nueva York, 1977, pp. 228-230.
18. Ibíd., pp.
228-230.
19. José Martí: “A Vindication of Cuba”, en
Fosner, ibíd.,
pp. 234-241.
20. Véase Enrico Mario
Santí: “Ismaelillo,
Martí y el modernismo”,
en Pensar a José
Martí: Notas para un
centenario, Society of Spanish and
Spanish-American Studies,
Boulder, 1996, pp. 19-50. También
véase Fina García-Marruz
y Cintio Vitier,
Temas martianos, Biblioteca
Nacional José Martí,
La Habana, 1969, especialmente las
pp. 174-191,
pp. 195-214.
21. Para un estudio
penetrante sobre las
ideas de José Martí en
cuanto a la relación
entre poesía y
modernidad, véase Julio
Ramos: Desencuentros
de la modernidad en
América Latina.
Literatura y política en
el siglo XIX, Fondo
de Cultura Económica,
México, 1989,
especialmente las pp. 202-243. También
véase Julio Ramos:
“Trópicos de fundación:
poesía y nacionalidad en
José Martí”, en su
Paradoja de la letra, Ediciones eXcultura,
Caracas, 1996, pp. 153-164.
22. Para un estudio más
detallado de este y
otros asuntos
relacionados con la
tensión entre las
representaciones del
nacionalismo y la
homosexualidad, véase mi
libro Gay Cuban
Nation, University of Chicago
Press, Chicago, 2001. He
estudiado la idea de la
“mujer hombruna” en
Martí en “Amistad
funesta de José
Martí: la ‘mujer
hombruna’ como amenaza
del proyecto nacional”,
Confluencia, 211, 2006,
pp. 2-10.
23. Bejel: Gay Cuban
Nation, pp. 28-37.
24. Véase Jeffrey Weeks:
Coming Out.
Homosexual Politics in
Britain from the Turn of
the Nineteenth Century
to the Present,
edición revisada,
Quartet Books Limited, Londres, 1983,
pp. 5-6.
25. Véase Oscar Montero:
“Julián del Casal and
the Queers of Havana”,
en ¿Entiendes? Queer
Readings, Hispanic
Writings, editores,
Emile L. Bergmann y
Julian Paul Smith, Furham,
N.C.: Duke University
Press, 1995, pp. 92-112.
26. Benjamín de
Céspedes: La
prostitución en la
Ciudad de La Habana,
Establecimiento
tipográfico O’Reily,
No. 9, 1888, La Habana,
pp. 190-195.
27. Ibíd.
28. Ibíd., p. 198.
29. Ibíd., p. 202.
30. Véase Louis A. Pérez
Jr., “Between Baseball
and Bullfighting: The
Quest for Nacionality in
Cuba, 1868-1898”, The
Journal of American
History 81.2, septiembre,
1994, pp. 493-517.
Véase también el
extraordinario estudio
sobre el béisbol y su
significado para la
sociedad cubana de
Roberto González
Echevarría, The Pride
of Havana: A History of
Cuban Baseball, Oxford University Press,
Oxford, 1999.
31. Varona en Céspedes,
Ibíd., X.
32. Varona en Céspedes,
Ibíd., X.
(La traducción al
español de las citas
tomadas de “Do we want
Cuba?” y “A Vindication
of Cuba”, aparecidas
originalmente en inglés
en este documento,
pertenecen al autor.)
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